RÍO FLORIDO: EL CAUCE QUE SE APAGA ENTRE LA SOBREEXPLOTACIÓN, LA PÉRDIDA DE SU RIBERA Y LA TRANSFORMACIÓN DEL TERRITORIO

El Río Florido tiene sus orígenes en las elevaciones de la Sierra Madre Occidental, en territorio de Durango, desde donde los escurrimientos avanzan hacia zonas progresivamente más secas hasta ingresar al sur de Chihuahua.

Investigación especial | HISTORIASMX

Jiménez, Chihuahua.— Durante generaciones, el Río Florido ha formado parte del paisaje, la agricultura y la memoria colectiva del sur de Chihuahua. Su cauce atraviesa un territorio en el que el agua determinó la ubicación de comunidades, permitió el establecimiento de zonas agrícolas y sostuvo buena parte del desarrollo económico regional. Sin embargo, el río que hoy conocen muchos habitantes es muy distinto al que describen los documentos hidrológicos y al que recuerdan las generaciones anteriores. En extensos tramos, durante buena parte del año, quedan arena, piedras, vegetación dispersa y señales de antiguas corrientes. Cuando finalmente llegan lluvias intensas, el Florido vuelve a ocupar el espacio que le pertenece y demuestra que, aunque debilitado, sigue siendo un sistema hidrológico activo.

La transformación del río no puede explicarse únicamente por la sequía. Los estudios técnicos consultados por HISTORIASMX muestran que detrás de la reducción de sus escurrimientos existe una combinación de factores acumulados durante décadas: extracción intensiva de agua subterránea, presión agrícola, regulación mediante presas, modificación del uso del suelo, pérdida de vegetación ribereña, erosión, azolvamiento y alteraciones físicas del cauce. A ello se suma un clima naturalmente árido, donde gran parte de la precipitación vuelve rápidamente a la atmósfera mediante evaporación y evapotranspiración. El resultado es un río sometido a una presión que comienza en las montañas donde nace, continúa en las presas y campos agrícolas y termina bajo la tierra, en un acuífero cuya disponibilidad presenta números negativos.

UN RÍO QUE CONECTA DURANGO, JIMÉNEZ, CAMARGO Y EL RÍO CONCHOS.

El Río Florido tiene sus orígenes en las elevaciones de la Sierra Madre Occidental, en territorio de Durango, desde donde los escurrimientos avanzan hacia zonas progresivamente más secas hasta ingresar al sur de Chihuahua. En su recorrido atraviesa una amplia región relacionada con poblaciones como Coronado, López, Allende y Jiménez, antes de continuar hacia Camargo y finalmente integrarse al sistema del Río Conchos. Por ello, hablar del Florido no significa hablar solamente de un cauce local: significa analizar una pieza de una red hidrológica de enorme importancia para Chihuahua y para la cuenca del Río Bravo.

A lo largo de su recorrido, el agua ha sido controlada, almacenada y utilizada mediante infraestructura hidráulica construida para favorecer la agricultura. Presas como Federalismo Mexicano —también conocida como San Gabriel— y Pico del Águila regulan una parte importante de los escurrimientos de la cuenca. Gracias a este sistema se desarrolló el Distrito de Riego 103 Río Florido y fue posible consolidar una actividad agrícola que durante décadas permitió producir alimentos y generar empleos. Sin embargo, la regulación y el aprovechamiento intensivo modificaron inevitablemente la cantidad, duración y temporalidad del agua que continuó avanzando río abajo.

EL FLORIDO NO SIEMPRE FUE UN RÍO QUE DEPENDÍA EXCLUSIVAMENTE DE LAS LLUVIAS.

Uno de los hallazgos más importantes de la documentación oficial sobre el acuífero Jiménez–Camargo modifica la manera de comprender la historia reciente del Río Florido. CONAGUA reconoce en sus estudios técnicos que, antes del desarrollo intensivo de la extracción de agua subterránea, el río recibía una aportación procedente del propio acuífero. Esa descarga subterránea mantenía un caudal base, es decir, una corriente que podía continuar alimentando al cauce incluso después de terminados los episodios de lluvia.

Conforme aumentó el bombeo de pozos y comenzaron a descender los niveles del agua subterránea, aquella conexión perdió fuerza. El nivel del acuífero dejó de alcanzar las condiciones necesarias para alimentar de la misma manera al río y el caudal base desapareció. Esto significa que la imagen actual del Florido —un cauce seco durante largos periodos y activo principalmente después de lluvias importantes— no necesariamente representa su funcionamiento histórico natural. El río se ha vuelto mucho más dependiente de precipitaciones, liberaciones de presas y retornos agrícolas.

La diferencia es fundamental. Si un acuífero alimenta naturalmente a un río, extraer grandes cantidades de agua del subsuelo no sólo afecta a los pozos: puede afectar también al agua superficial. Río y acuífero son partes de un mismo sistema. Lo que ocurre varios metros debajo de la tierra puede terminar manifestándose en un cauce aparentemente desconectado de los pozos agrícolas.

UN ACUÍFERO CON MÁS DE 167 MILLONES DE METROS CÚBICOS DE DÉFICIT ANUAL.

El dato más contundente sobre la presión hídrica del territorio se encuentra bajo el suelo. La actualización oficial de CONAGUA para el acuífero Jiménez–Camargo estima una recarga media anual cercana a 174.9 millones de metros cúbicos, mientras que el volumen registrado para extracción supera los 336.7 millones de metros cúbicos anuales. Después de descontar además la descarga natural comprometida, el resultado del balance es una disponibilidad negativa aproximada de 167.4 millones de metros cúbicos por año.

Dicho de una manera sencilla: el volumen reconocido como extracción es mucho mayor que el agua que el sistema puede reponer naturalmente en un año promedio. Es una cuenta hídrica en números rojos. El déficit no significa necesariamente que cada uno de esos metros cúbicos desaparezca de manera irreversible en un solo año, porque los acuíferos almacenan grandes volúmenes acumulados durante largos periodos geológicos; significa, sin embargo, que se está recurriendo de manera sostenida a reservas almacenadas y que esa situación no puede mantenerse indefinidamente sin consecuencias.

El deterioro tampoco es reciente. Los balances anteriores ya mostraban disponibilidad negativa. La comparación entre estudios oficiales indica que el problema se ha mantenido y profundizado. Esa presión tiene implicaciones para la agricultura, el abastecimiento urbano, la energía requerida para bombear desde mayor profundidad y, potencialmente, para el propio funcionamiento del Río Florido.

LA SOBREEXPLOTACIÓN NO ES SOLAMENTE UN PROBLEMA DE LOS POZOS.

Hablar de sobreexplotación en el Florido exige mirar más allá de la superficie del río. Técnicamente, buena parte de la extracción ocurre en el acuífero Jiménez–Camargo mediante pozos, pero sus consecuencias pueden expresarse en todo el sistema hidrológico. Si el agua subterránea disminuye y desaparece la descarga que anteriormente alimentaba al cauce, el río pierde una de sus fuentes naturales. Si además se regulan los escurrimientos mediante presas y una proporción importante del agua se destina al riego, la cantidad que continúa río abajo se reduce todavía más durante numerosos periodos del año.

Por ello, cuando se habla coloquialmente de “sobreexplotación del Río Florido”, conviene comprenderla como la sobreexplotación de un sistema completo de agua superficial y subterránea, y no únicamente como la extracción directa del cauce. La presión acumulada sobre presas, pozos, áreas agrícolas, retornos de riego y zonas de recarga termina reflejándose en un río que tiene menos capacidad de sostener corrientes permanentes.

La agricultura ha sido históricamente el principal usuario del agua subterránea en la región. Los estudios oficiales han identificado porcentajes muy elevados de extracción destinados al sector agrícola. Esto no convierte automáticamente a los productores en responsables individuales de la crisis. Durante décadas, el propio modelo de desarrollo territorial impulsó la expansión agrícola y la perforación de pozos. El problema actual es estructural: una economía construida alrededor de la disponibilidad de agua enfrenta ahora los límites físicos del territorio que la sostiene.

LA PÉRDIDA DE LA RIBERA: CUANDO EL RÍO PIERDE SU PROPIA PROTECCIÓN NATURAL.

El deterioro del Florido no se encuentra solamente en la cantidad de agua disponible. También está presente en sus márgenes. Estudios desarrollados para la cuenca han advertido transformaciones importantes de la vegetación ribereña y cambios de uso de suelo vinculados con el crecimiento de superficies agrícolas, incluyendo zonas dedicadas al nogal. En algunos sectores, la vegetación natural asociada al río ha sido sustituida o fragmentada, reduciendo la continuidad del corredor ecológico.

La vegetación ribereña cumple una función mucho más importante que simplemente dar sombra o mejorar el paisaje. Árboles, arbustos, pastos y otras especies estabilizan las márgenes con sus raíces, disminuyen la velocidad de los escurrimientos, reducen la erosión, capturan sedimentos y proporcionan refugio y alimento a numerosas especies. En regiones áridas, estos corredores representan además auténticas franjas de biodiversidad capaces de conectar hábitats separados por kilómetros de desierto y zonas agrícolas.

Cuando la ribera es desmontada, fragmentada o sustituida, el cauce pierde parte de su protección natural. El suelo queda más expuesto a la erosión, los escurrimientos pueden alcanzar mayor velocidad y aumentan las posibilidades de que grandes cantidades de tierra y material sean arrastradas durante tormentas intensas. Con el paso de los años, la modificación de las márgenes puede cambiar la geometría del río, favorecer procesos de azolvamiento en determinados puntos y reducir la capacidad del territorio para absorber y almacenar lentamente el agua.

DEFORESTACIÓN Y CAMBIO DE USO DEL SUELO: UNA CRISIS QUE COMIENZA LEJOS DEL CAUCE.

La salud del Florido no depende únicamente de lo que ocurre junto al agua. Una cuenca funciona desde las partes altas hasta las zonas bajas. La vegetación de montañas, laderas y planicies ayuda a disminuir la velocidad con que la lluvia llega a los arroyos. Cuando existe suficiente cobertura vegetal, parte del agua permanece más tiempo sobre el territorio, otra parte se infiltra y otra llega paulatinamente a los cauces. Cuando esa cobertura disminuye, el comportamiento hidrológico cambia.

Los estudios sobre la cuenca del Río Conchos han documentado pérdidas de cobertura y transformaciones de uso de suelo durante las últimas décadas. La reducción de vegetación puede incrementar erosión y modificar los patrones de escurrimiento. Una tormenta sobre un suelo degradado puede producir una respuesta mucho más rápida: grandes cantidades de agua corren hacia los cauces en poco tiempo, llevando consigo tierra, rocas y sedimentos.

Esto genera una paradoja difícil de comprender a primera vista. Una cuenca puede sufrir escasez crónica de agua y, simultáneamente, experimentar crecientes violentas. Más agua corriendo durante unas cuantas horas no necesariamente significa una mejor condición ambiental. Puede significar, en algunos casos, que el territorio tiene menor capacidad para retenerla e infiltrarla.

OBSTRUCCIONES, AZOLVE Y ALTERACIONES DENTRO DEL CAUCE.

A la pérdida de vegetación y al cambio de uso del suelo se suma otro problema que requiere atención específica: las obstrucciones y modificaciones físicas dentro del cauce. Después de crecientes importantes, ramas, troncos, sedimentos, piedras y vegetación arrastrada pueden acumularse en puntos estrechos, vados, puentes o estructuras construidas por el ser humano. También pueden aparecer residuos, escombro y otras intervenciones que disminuyan localmente la capacidad hidráulica del río.

En julio de 2026, ante el avance de una creciente del Florido hacia Camargo, autoridades realizaron trabajos de retiro de azolve y materiales en el sector del vado de Los Silos. Este tipo de situaciones muestra que el funcionamiento del cauce no depende únicamente del volumen de agua que llega. La presencia de obstáculos puede modificar la dirección y velocidad de la corriente, generar remansos, aumentar presión sobre determinadas márgenes y elevar localmente el riesgo de desbordamientos.

Sin embargo, cualquier evaluación seria sobre la magnitud de las obstrucciones en todo el Río Florido debe realizarse tramo por tramo. No sería correcto afirmar que el cauce completo está bloqueado de manera uniforme. Lo que sí puede establecerse es que azolvamiento, acumulación de materiales y modificaciones humanas constituyen factores capaces de alterar el comportamiento hidráulico, especialmente durante avenidas importantes, y por ello requieren monitoreo permanente.

La limpieza tampoco debe confundirse con eliminar indiscriminadamente toda la vegetación de las márgenes. Una intervención mal ejecutada puede terminar destruyendo la misma cobertura vegetal que protege al río. La gestión adecuada debe distinguir entre vegetación ribereña funcional y obstrucciones que representan un riesgo hidráulico.

EL RÍO VIVE ENTRE LA SEQUÍA Y LAS CRECIENTES.

El Florido actual está definido por extremos. Durante meses puede presentar corrientes mínimas o prácticamente inexistentes en determinados sectores. Después, durante una temporada favorable de lluvias, puede recuperar en cuestión de horas una fuerza capaz de movilizar sedimentos, afectar caminos y exigir vigilancia de puentes y vados.

Esta dualidad no es contradictoria. Un río sometido a fuerte presión hídrica puede seguir teniendo crecidas porque las avenidas dependen de precipitaciones intensas ocurridas en periodos cortos. El déficit del acuífero, por el contrario, representa un problema acumulado durante años y décadas. Una tormenta extraordinaria puede llenar temporalmente el cauce sin recuperar las reservas de agua subterránea que han tardado mucho tiempo en almacenarse.

Por esa razón, evaluar el estado del Florido únicamente observándolo durante una creciente puede producir una falsa impresión de abundancia. De la misma forma, verlo completamente seco durante algunos meses tampoco permite entender toda su dinámica. Para conocer su verdadera condición es necesario estudiar simultáneamente precipitación, presas, escurrimientos, acuífero, extracción, vegetación, suelo y cambios de uso territorial.

UNA REGIÓN DONDE CASI TODA EL AGUA REGRESA A LA ATMÓSFERA.

Las condiciones naturales hacen todavía más delicado el balance. Los estudios técnicos para el acuífero Jiménez–Camargo utilizan valores promedio de precipitación cercanos a los 350 milímetros anuales y estimaciones de evapotranspiración que representan aproximadamente nueve décimas partes de esa precipitación. En otras palabras, gran parte del agua que llega a la superficie regresa posteriormente a la atmósfera mediante evaporación directa y transpiración de las plantas.

En un ambiente con estas características, la cantidad que finalmente se convierte en escurrimiento o infiltración es relativamente pequeña. Por ello, una reducción de la cobertura vegetal, un incremento de superficies productivas demandantes de agua o un aumento persistente de la extracción subterránea pueden tener consecuencias mucho mayores que en regiones húmedas. En el desierto, cada metro cúbico cuenta.

LA CRISIS TAMBIÉN ES DE INFORMACIÓN Y VIGILANCIA.

Existe además un problema menos visible: la insuficiencia de datos continuos para conocer con absoluta precisión la evolución del acuífero. La propia documentación de CONAGUA reconoce limitaciones en la información piezométrica histórica disponible para toda la superficie de Jiménez–Camargo. Esto ha obligado a utilizar diferentes metodologías para estimar la recarga y disponibilidad.

La falta de una red suficientemente amplia, permanente y transparente de monitoreo plantea un problema de gobernanza. En un acuífero con disponibilidad negativa, conocer la profundidad del agua en los pozos, su variación anual, la dirección del flujo subterráneo y los cambios en su calidad debería ser una herramienta básica de administración pública. Sin datos frecuentes y accesibles resulta mucho más difícil saber dónde se están produciendo los mayores abatimientos y qué medidas están funcionando.

La restauración del Río Florido debería comenzar también por recuperar conocimiento. Medir el agua es tan importante como conservarla.

UNA ADVERTENCIA QUE EXISTE DESDE HACE MÁS DE SETENTA AÑOS.

La preocupación por el futuro hídrico de la región no nació en el siglo XXI. Desde 1951, el Gobierno Federal había establecido medidas de restricción para nuevas extracciones de aguas subterráneas en la región de Jiménez y municipios próximos. Un año después, en 1952, fue decretada una zona de protección forestal y repoblación para la cuenca de alimentación del Río Florido.

El razonamiento utilizado entonces resulta sorprendentemente vigente. El decreto relacionaba la conservación de la vegetación con la reducción de erosión, el control de sedimentos y la protección de las obras hidráulicas y de la agricultura. Desde aquella época se reconocía que destruir la cobertura vegetal de una cuenca podía terminar perjudicando el agua que se pretendía aprovechar.

Más de siete décadas después, aquella relación vuelve a colocarse en el centro del problema. No existe seguridad hídrica sin conservación del territorio que captura y conduce el agua.

EL DESAFÍO NO CONSISTE EN CULPAR AL CAMPO.

Cualquier discusión sobre el Florido debe reconocer una realidad social: la agricultura sostiene a miles de personas. Productores, trabajadores agrícolas, transportistas, comerciantes, empacadoras y numerosos negocios dependen de ella. Pedir una recuperación del acuífero sin considerar la economía local sería desconocer la dimensión humana de la crisis.

Sin embargo, ignorar el déficit tampoco protegerá al campo. Si los niveles continúan descendiendo, extraer agua requerirá mayores profundidades y más energía. Los productores con menor capacidad económica serán probablemente los primeros afectados. La crisis hídrica puede terminar transformándose en una crisis agrícola y posteriormente en una crisis económica regional.

El reto consiste, por ello, en producir con menos presión sobre el sistema. Tecnificación de riego, medición efectiva, control de extracciones irregulares, reconversión productiva donde resulte viable, protección de áreas de recarga y restauración de riberas deben formar parte de una estrategia conjunta. La eficiencia tiene que traducirse en ahorro real de agua; si el volumen ahorrado se utiliza inmediatamente para ampliar nuevas superficies, el acuífero no recibe ningún beneficio.

RECUPERAR LA RIBERA PARA RECUPERAR EL RÍO.

Una política de restauración del Florido tendría que mirar seriamente sus márgenes. Identificar los tramos donde aún existe vegetación nativa, protegerlos y conectar nuevamente sectores fragmentados podría ayudar a recuperar funciones ecológicas perdidas. En las zonas degradadas sería necesario establecer proyectos de restauración con especies propias del ecosistema y evitar soluciones meramente ornamentales.

También sería indispensable delimitar adecuadamente las zonas federales y evitar que nuevas ocupaciones, rellenos o estructuras reduzcan el espacio que el río necesita durante sus crecientes. Un cauce no es solamente la franja por donde circula agua durante la temporada seca. El río necesita una planicie de inundación y un margen de seguridad capaces de recibir avenidas extraordinarias.

Restaurar la ribera también significaría recuperar hábitat para aves, pequeños mamíferos, reptiles, insectos y numerosas especies vegetales asociadas a los corredores riparios. En pleno Desierto Chihuahuense, unos cuantos metros de vegetación alrededor de un cauce pueden representar una diferencia enorme para la biodiversidad.

EL COSTO HUMANO DE PERDER UN RÍO.

Para las estadísticas, el problema puede resumirse en millones de metros cúbicos. Para una comunidad, la pérdida es mucho más difícil de cuantificar. Un río es también memoria. Es el lugar donde una familia cruzó durante décadas, donde alguien aprendió a reconocer las crecientes, donde se instalaron parcelas porque había agua, donde crecieron árboles que proporcionaron sombra y donde distintas generaciones construyeron una idea del territorio.

Las personas mayores pueden recordar un Florido diferente al que hoy observan los jóvenes. Esa memoria oral constituye una fuente invaluable para reconstruir la transformación ambiental del río. Fotografías antiguas, registros agrícolas, imágenes satelitales y testimonios podrían permitir identificar cuándo comenzaron a desaparecer determinados tramos de vegetación, cuánto cambió el ancho del cauce y cómo evolucionaron las superficies agrícolas.

El deterioro ambiental deja de ser entonces un concepto abstracto. Se convierte en una transformación de la vida cotidiana.

UN RÍO HERIDO, PERO NO NECESARIAMENTE PERDIDO.

El Río Florido conserva capacidad de responder. Cada temporada favorable demuestra que el agua sigue descendiendo desde las partes altas, que los arroyos todavía conectan territorios y que el cauce continúa reconociendo su antiguo camino. El problema es lo que ocurre antes, durante y después de esas crecientes.

Si el agua encuentra una cuenca degradada, puede escapar rápidamente. Si encuentra márgenes deforestadas, puede erosionarlas. Si encuentra obstáculos, puede desviarse. Si llega a un territorio cuyo acuífero continúa siendo extraído por encima de su capacidad natural de recuperación, una parte del beneficio potencial se pierde nuevamente.

Por ello, la recuperación del Florido necesita mucho más que esperar años lluviosos. Necesita disminuir la presión sobre el agua subterránea, conservar la cuenca alta, recuperar vegetación ribereña, controlar cambios de uso de suelo, mantener libres los puntos hidráulicamente críticos, impedir tiraderos y rellenos dentro del cauce y construir una red moderna de monitoreo.

EL FLORIDO NO ESTÁ VACÍO: ESTÁ CONTANDO UNA HISTORIA.

El cauce seco que hoy atraviesa parte del sur de Chihuahua no es un espacio muerto. Es el registro visible de decisiones tomadas durante décadas. En sus arenas pueden leerse el crecimiento agrícola, la extracción de agua, la construcción de presas, los años de sequía, las lluvias extraordinarias, la pérdida de vegetación y la transformación del paisaje.

El dato de 167.4 millones de metros cúbicos de déficit anual del acuífero Jiménez–Camargo es posiblemente la señal más contundente, pero no es la única. La desaparición documentada del antiguo caudal base del Florido demuestra que ya ocurrió una modificación profunda del sistema.

La pérdida de vegetación ribereña muestra que el problema también existe sobre la superficie. Los episodios de azolvamiento y acumulación de materiales recuerdan que el cauce requiere vigilancia. Los estudios sobre cambios de uso de suelo demuestran que lo que sucede lejos de la orilla también termina afectando al río.

El Florido todavía corre cuando las condiciones se lo permiten. Todavía recibe las lluvias de una enorme cuenca. Todavía conecta comunidades y ecosistemas. Todavía existe un acuífero bajo el territorio.

Pero cada año con un balance negativo reduce el margen de maniobra.

La pregunta para Jiménez, Camargo y toda la región ya no debería ser simplemente cuándo volverá a llevar agua el Río Florido.

La verdadera pregunta es qué encontrará esa agua cuando vuelva: una ribera protegida capaz de contenerla e infiltrarla, o un cauce cada vez más degradado, fragmentado y desconectado del acuífero que alguna vez ayudó a mantenerlo vivo.

El futuro del Florido no dependerá únicamente de que vuelva a llover.

Dependerá también de qué hagamos con el agua, con la tierra y con el río cuando la lluvia finalmente llegue.

HISTORIASMX | Periodismo del Norte, Periodismo con Carácter

Volver arriba