Desde los primeros siglos del cristianismo hasta las cocinas familiares de Chihuahua, Durango y Coahuila, la celebración de San Judas Tadeo reúne historia, religión, gastronomía y solidaridad. La tradicional reliquia, preparada con asado rojo de puerco y distintas variedades de sopa, representa una de las manifestaciones culturales más arraigadas de la religiosidad popular del norte mexicano.
Por Gorki Rodríguez / HISTORIASMX
HISTORIASMX.– Cada 28 de octubre, mientras miles de creyentes mexicanos acuden a templos y santuarios para venerar a San Judas Tadeo, en numerosas viviendas del norte del país se desarrolla una celebración que trasciende los espacios religiosos y se convierte en una manifestación de identidad cultural, memoria familiar y solidaridad comunitaria.
Desde las primeras horas del día, las cocinas comienzan a transformarse. Grandes ollas reciben trozos de carne de cerdo que lentamente se cocinan en una salsa espesa de chile rojo. Sobre las estufas se preparan arroz, fideos y distintas variedades de pasta. En habitaciones contiguas, una imagen de San Judas Tadeo permanece rodeada de flores y veladoras.
Los familiares se reúnen para rezar. Algunos vecinos llegan con platos y recipientes, otros participan en la preparación de los alimentos, mientras los anfitriones organizan su distribución.
Lo que sucede en esas viviendas recibe un nombre profundamente arraigado en la cultura regional: la reliquia.
Aunque la palabra tiene otro significado dentro de la doctrina católica, en el norte de México también identifica una comida ofrecida gratuitamente como agradecimiento, promesa o manifestación de fe hacia un santo.
La tradición posee una documentación particularmente importante en la Comarca Lagunera de Coahuila y Durango, donde forma parte del patrimonio cultural inmaterial de sus comunidades y reúne elementos religiosos, gastronómicos, familiares y sociales.
Pero ¿quién fue realmente San Judas Tadeo?, ¿cómo llegó a convertirse en uno de los santos más venerados de México?, ¿de dónde surgió la costumbre de preparar comida para compartirla con los vecinos? Y, sobre todo, ¿por qué esta celebración encontró en las comunidades del norte mexicano una expresión tan particular?
Las respuestas conducen a un recorrido de casi dos mil años de historia religiosa y a varios siglos de transformación cultural en México.
San Judas Tadeo: del cristianismo primitivo a la devoción popular
El origen de San Judas Tadeo se encuentra en el cristianismo del siglo I, en el territorio de Palestina, entonces bajo dominio del Imperio romano.
Los evangelios lo incluyen entre los doce apóstoles de Jesús de Nazaret. Sin embargo, a diferencia de Pedro, Juan o Santiago, los textos del Nuevo Testamento ofrecen pocos detalles sobre su vida.
La identificación del personaje presenta ciertas complejidades históricas. Los evangelios de Mateo y Marcos mencionan a un apóstol llamado Tadeo, mientras que Lucas y los Hechos de los Apóstoles registran a Judas de Santiago.
La tradición cristiana occidental ha identificado ambas referencias con el mismo personaje, conocido actualmente como Judas Tadeo.
El origen exacto del sobrenombre Tadeo sigue siendo incierto. Una interpretación lo relaciona con una expresión aramea asociada con la magnanimidad.
El Evangelio de Juan también recoge una intervención de Judas, diferente de Judas Iscariote, durante la Última Cena, cuando pregunta a Jesús por qué habría de manifestarse a sus discípulos y no al mundo.
Algunas tradiciones cristianas identifican a Judas Tadeo como pariente cercano de Jesucristo. No obstante, los textos bíblicos no permiten establecer con certeza el grado de parentesco.
De igual manera, la autoría de la Epístola de Judas, incluida en el Nuevo Testamento, ha sido atribuida tradicionalmente al apóstol, aunque esa identificación continúa siendo objeto de discusión histórica.
Tras la muerte de Jesús, las narraciones religiosas sostienen que Judas Tadeo predicó en territorios de Siria, Mesopotamia y Persia.
Diversas tradiciones describen su muerte como un martirio, frecuentemente asociado con el apóstol Simón. Sin embargo, las circunstancias precisas, el lugar y la fecha de ese acontecimiento no están plenamente documentados.
La Iglesia católica celebra conjuntamente a ambos apóstoles el 28 de octubre, fecha que posteriormente se convertiría en uno de los días más representativos de la religiosidad popular mexicana.
¿Por qué San Judas Tadeo es considerado el santo de las causas difíciles?
La devoción contemporánea presenta a San Judas Tadeo como intercesor en situaciones difíciles, desesperadas o consideradas imposibles.
Dentro de la teología católica, los santos no son considerados autores independientes de los milagros, sino figuras a quienes los creyentes solicitan intercesión ante Dios.
La transformación de Judas Tadeo en símbolo de esperanza constituye un proceso histórico desarrollado durante siglos.
Su condición de apóstol, su asociación con el martirio y el hecho de haber compartido nombre con Judas Iscariote forman parte de las explicaciones religiosas sobre la evolución de su culto.
Sin embargo, atribuir su popularidad a una sola causa sería históricamente insuficiente.
En México, el crecimiento de esta devoción también está relacionado con la actividad de congregaciones religiosas, las migraciones, las transformaciones urbanas y las necesidades espirituales de distintos sectores sociales.
Estas condiciones ayudan a comprender por qué su imagen pasó de los altares religiosos a ocupar un lugar cotidiano en viviendas, negocios, vehículos y espacios comunitarios.
La llegada de San Judas Tadeo a México y la expansión de su culto
La devoción a San Judas Tadeo en México no puede explicarse únicamente como una continuidad automática de la evangelización española del siglo XVI.
Aunque el catolicismo y la veneración de santos se extendieron durante el periodo virreinal, la expansión contemporánea del culto al apóstol tuvo momentos específicos durante el siglo XX.
Una investigación histórica sobre el templo de San Hipólito, en la Ciudad de México, reconstruye parte de este proceso.
Durante 1932, los misioneros claretianos promovían una novena dedicada a San Judas Tadeo en el templo de Jesús María.
Posteriormente, durante la década de 1950, la devoción adquirió mayor presencia en el templo de San Hipólito.
En 1955 se impulsó su veneración mediante una imagen del apóstol y, en 1958, su traslado dentro del recinto contribuyó a consolidar el espacio religioso que terminaría por convertirse en uno de los principales centros de culto del país.
Uno de los aspectos históricamente más significativos es que el templo actualmente asociado con San Judas Tadeo no fue construido originalmente en su honor.
El inmueble, conocido históricamente como Templo del Espíritu Santo y San Hipólito, tiene antecedentes coloniales. Su identificación popular con San Judas Tadeo es resultado de una transformación religiosa posterior.
Con el paso del tiempo, la imagen del apóstol comenzó a relacionarse especialmente con personas que enfrentaban enfermedades, desempleo, precariedad económica, problemas familiares y situaciones personales difíciles.
Esta identificación no significa que su devoción pertenezca exclusivamente a determinados sectores sociales. Su culto se extendió entre creyentes de diferentes edades y condiciones económicas.
Lo que comenzó como una veneración religiosa terminó convirtiéndose también en una expresión de pertenencia, esperanza e identidad popular.
El norte de México: una devoción que adquirió identidad propia
La expansión de las devociones religiosas en el norte mexicano no puede separarse de la historia de sus poblaciones.
Durante los siglos XIX y XX, el desarrollo del ferrocarril, la minería, la agricultura comercial, el crecimiento de las ciudades y los movimientos migratorios modificaron profundamente la organización social de territorios como Chihuahua, Durango, Coahuila y Zacatecas.
Estos movimientos facilitaron el intercambio de prácticas religiosas, celebraciones familiares y costumbres alimentarias.
La circulación de trabajadores, comerciantes y familias entre las regiones del norte contribuyó a la difusión de creencias y rituales que, con el tiempo, adquirieron características particulares en cada comunidad.
En Chihuahua, una de las manifestaciones más representativas de la devoción a San Judas Tadeo se desarrolla en el santuario localizado en la comunidad de Tomás García, junto a la carretera Chihuahua–Delicias.
Cada 28 de octubre, numerosos creyentes realizan peregrinaciones hacia el recinto religioso.
Durante estas caminatas, el cumplimiento de promesas se combina con actos de solidaridad. Familias y devotos ofrecen agua, bebidas y alimentos a los peregrinos, mientras otros participan en ceremonias religiosas o acuden al santuario para agradecer favores que consideran recibidos.
En municipios del sur de Chihuahua, como Jiménez y Parral, las reuniones domésticas dedicadas a San Judas Tadeo permiten observar otra dimensión de la religiosidad popular: la celebración dentro de los hogares.
En estas reuniones, la imagen del santo ocupa un altar familiar y la comida forma parte de un acto colectivo de agradecimiento.
Sin embargo, la existencia de estas celebraciones en Chihuahua no demuestra que la receta de las siete sopas haya surgido en el estado.
La documentación patrimonial disponible identifica con mayor precisión esa modalidad gastronómica en la Comarca Lagunera de Coahuila y Durango.
La Comarca Lagunera: el territorio donde la reliquia se convirtió en patrimonio cultural
En ciudades como Torreón, Coahuila, y Gómez Palacio y Lerdo, Durango, la reliquia constituye una de las tradiciones religiosas y gastronómicas más reconocibles.
Su preparación no depende exclusivamente de la fiesta de San Judas Tadeo.
También se organiza en honor de la Virgen de Guadalupe, la Virgen de San Juan de los Lagos y otras advocaciones religiosas.
Tradicionalmente, las familias organizan una comida como cumplimiento de una manda o promesa.
El acto incluye oraciones, preparación colectiva de alimentos y distribución gratuita entre quienes acuden a recibirlos.
En determinadas comunidades también participan danzantes conocidos como matachines, cuya presencia añade una dimensión ceremonial a la celebración.
La tradición combina tres elementos fundamentales: la veneración religiosa, la convivencia social y la obligación moral de compartir.
A diferencia de otras celebraciones donde el alimento permanece como una ofrenda simbólica, en la reliquia su distribución constituye una parte esencial de la ceremonia.
La comida se prepara para entregarse a otras personas.
¿De dónde surgió realmente la reliquia?
Esta es una de las preguntas más importantes para comprender la celebración.
La palabra reliquia proviene del latín reliquiae, relacionada con restos o vestigios.
Dentro de la tradición católica, una reliquia puede ser un resto corporal de una persona venerada como santa o un objeto relacionado con ella.
Sin embargo, la reliquia gastronómica practicada en el norte de México no constituye una reliquia religiosa en ese sentido material.
Se trata de una comida votiva, es decir, una ofrenda vinculada al cumplimiento de una promesa o voto religioso.
Esta diferencia es fundamental porque no debe confundirse la distribución de asado y sopas con los restos físicos atribuidos a San Judas Tadeo que se veneran en determinados templos.
La conexión histórica con Zacatecas
Una de las explicaciones regionales más difundidas sostiene que la costumbre de preparar reliquias llegó a la Comarca Lagunera desde Zacatecas mediante los movimientos migratorios del siglo XIX.
El historiador y cronista lagunero Sergio Antonio Corona Páez estudió esta tradición y su simbolismo religioso.
Las reconstrucciones históricas regionales relacionan la llegada de la costumbre con poblaciones procedentes de Zacatecas y con el desarrollo de las comunicaciones ferroviarias.
Algunos relatos mencionan que las primeras formas de esta celebración estaban dedicadas a Santa Ana y que se compartían alimentos como atole, pinole y pan ranchero, antes de consolidarse las preparaciones actuales.
Sin embargo, las investigaciones también han señalado las dificultades para localizar documentos que permitan determinar exactamente cuándo, dónde y por iniciativa de qué comunidad comenzó la costumbre.
Por tanto, la conexión zacatecana representa una hipótesis histórica regional y no una fecha de fundación definitivamente comprobada.
Tampoco puede afirmarse que la reliquia haya surgido originalmente para honrar a San Judas Tadeo.
Su asociación con diferentes santos y advocaciones marianas indica que pertenece a una tradición religiosa más amplia.
El asado rojo de puerco y las siete sopas: la gastronomía como expresión de fe
La preparación tradicional de la reliquia lagunera consiste en un guiso de carne de cerdo cocinada con salsa de chile rojo, acompañado de siete variedades de sopa seca.
Los ingredientes y recetas pueden variar de una familia a otra.
Entre las preparaciones habituales se encuentran el arroz, el fideo, el macarrón y el tallarín, además de pastas con formas de letras, estrellas, almejas y semillas de melón.
A diferencia de una sopa caldosa, estas preparaciones se sirven con una consistencia relativamente seca, resultado de la absorción o reducción del líquido de cocción.
Su elaboración requiere tiempo, organización y trabajo colectivo.
En algunas familias, la preparación comienza desde la noche anterior. Se limpian los ingredientes, se preparan las salsas, se acondicionan los utensilios y se distribuyen las tareas entre quienes participarán.
La carne debe cocinarse lentamente para alcanzar la consistencia deseada, mientras que las sopas se preparan en cantidades suficientes para atender a las personas que acudirán a recibir la reliquia.
La celebración puede reunir a familiares de distintas generaciones, quienes participan en una actividad que combina conocimientos culinarios y prácticas religiosas.
¿Por qué son siete sopas?
Una de las interpretaciones simbólicas más difundidas relaciona el número siete con las virtudes que se contraponen a los siete pecados capitales.
Según la explicación histórica regional, el asado representa el alimento corporal, mientras que las sopas simbolizan el alimento espiritual.
Las siete virtudes asociadas a esta interpretación son la humildad, la generosidad, la castidad, la paciencia, la templanza, la caridad y la diligencia.
Estas se contraponen, respectivamente, a la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza.
De esta manera, el banquete adquiere un significado moral relacionado con las obligaciones del creyente.
No obstante, es importante precisar que se trata de una interpretación histórica y simbólica de la costumbre, no de una disposición bíblica ni de una regla universal de la Iglesia católica.
Tampoco todas las familias preparan necesariamente siete variedades.
Las limitaciones económicas y las variantes locales pueden modificar el menú sin eliminar el sentido religioso de la celebración.
El elemento que permanece es la intención de compartir los alimentos.
La comida de altar: entre la ofrenda, la promesa y la solidaridad
En la religiosidad popular mexicana, los alimentos pueden adquirir significados distintos según la celebración.
En el Día de Muertos, por ejemplo, la comida colocada en los altares está relacionada con la memoria de los difuntos y las creencias sobre su retorno simbólico.
En las reliquias dedicadas a San Judas Tadeo, el propósito es diferente.
La comida no está destinada a alimentar físicamente al santo ni a representar necesariamente un banquete para los muertos.
Se prepara para compartirla entre personas vivas, dentro de una celebración religiosa.
El altar funciona como punto de referencia espiritual de la reunión.
Frente a él se realizan rezos, agradecimientos y peticiones.
La comida, por su parte, convierte el agradecimiento religioso en una acción comunitaria.
El significado de cumplir una manda
Una manda es una promesa que una persona realiza dentro de su práctica religiosa.
Puede surgir ante una enfermedad, una dificultad económica, un viaje peligroso, una situación familiar compleja o una experiencia que el creyente considera extraordinaria.
Quien realiza la promesa puede comprometerse a visitar un santuario, rezar, organizar una celebración o repartir comida.
Cuando considera que recibió ayuda o desea expresar agradecimiento, cumple el compromiso.
En la tradición de la reliquia, esa obligación frecuentemente se transforma en una celebración anual.
Una familia puede comenzar repartiendo unas cuantas porciones y continuar durante décadas, incluso cuando quienes hicieron la promesa original han fallecido.
Así, la celebración adquiere un carácter hereditario.
Los descendientes no sólo reciben una receta; también conservan el recuerdo de la promesa y la responsabilidad de organizar la reunión.
Los rezos, las veladoras y los matachines: el ritual antes de compartir los alimentos
La reliquia no comienza cuando se sirven los alimentos.
Su organización puede iniciar días antes, con la compra de ingredientes, la preparación del altar y la convocatoria a familiares y vecinos.
En determinadas comunidades, la celebración comprende el rezo del rosario, letanías, cantos religiosos y danzas.
Una forma tradicional de la ceremonia incluye los cinco misterios del rosario.
Después de concluir las oraciones comienza la distribución de los alimentos.
En algunos lugares, los matachines participan frente al altar, antes y después del reparto.
Su presencia incorpora una expresión de danza ritual que forma parte de diversas tradiciones religiosas mexicanas.
Sin embargo, no todas las reliquias incluyen danzantes, ni existe un ceremonial único para todas las comunidades.
El hogar convertido en espacio ceremonial
Desde una perspectiva antropológica, uno de los elementos más interesantes es la transformación temporal de la vivienda.
Durante unas horas, la casa deja de ser exclusivamente un espacio privado.
La cocina se convierte en centro de preparación colectiva; la habitación del altar funciona como lugar de oración y la entrada del domicilio se transforma en punto de reunión para los vecinos.
El festejo también modifica las relaciones cotidianas.
Familiares que viven en otras ciudades regresan para participar. Los vecinos colaboran con utensilios o ingredientes. Algunas personas ayudan a cocinar y otras se encargan de distribuir la comida.
Estas acciones permiten interpretar la reliquia como un mecanismo de fortalecimiento de los vínculos familiares y comunitarios.
Desde la antropología de la alimentación, las comidas rituales pueden estudiarse no sólo por sus ingredientes, sino por las relaciones sociales que se construyen durante su preparación, distribución y consumo.
En este caso, el alimento funciona simultáneamente como expresión de agradecimiento, recurso de convivencia y símbolo de pertenencia.
Las diferencias entre el norte y el centro de México
Aunque compartir comida en honor de San Judas Tadeo es una práctica que se observa en distintas regiones mexicanas, sus expresiones no son idénticas.
En la Ciudad de México, los alrededores del templo de San Hipólito reciben cada 28 de octubre a devotos que regalan tamales, tortas, tacos, café, pan y otros alimentos a los asistentes.
Esta distribución también puede relacionarse con promesas y agradecimientos religiosos.
En cambio, en la Comarca Lagunera se reconoce una fórmula gastronómica regional más definida: asado rojo acompañado de siete sopas, precedido habitualmente por oraciones y, en determinados casos, danzas.
En Chihuahua, las peregrinaciones y el reparto de comida a caminantes constituyen otra manifestación de la relación entre fe y solidaridad.
Estas diferencias permiten comprender que la devoción a un mismo santo puede producir celebraciones culturalmente distintas.
La religión proporciona un referente compartido, pero son las comunidades quienes, a lo largo del tiempo, desarrollan sus propias formas de expresión.
La reliquia como patrimonio cultural: una tradición transmitida entre generaciones
Desde una perspectiva cultural, la importancia de la reliquia no reside exclusivamente en la receta.
Su valor se encuentra en la combinación de conocimientos y prácticas que se transmiten entre generaciones.
Una persona aprende a preparar el asado observando a su madre o abuela. Otra conoce los rezos porque los escuchó desde su infancia. Los más jóvenes participan acomodando mesas, transportando ollas o entregando porciones.
Con el paso de los años, esos aprendizajes pueden convertirse en una tradición familiar reconocible.
La reliquia de la Comarca Lagunera se encuentra registrada dentro del Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de México, como una práctica social, ritual y festiva.
Este reconocimiento permite identificar su relevancia cultural y su importancia para las comunidades que la conservan.
Sin embargo, no debe confundirse dicho registro con una declaratoria de patrimonio de la humanidad de la UNESCO.
Los desafíos de conservar una costumbre centenaria
Como sucede con otras prácticas culturales, su continuidad depende de las decisiones de las propias comunidades.
El costo de los ingredientes, la disponibilidad de tiempo, los cambios en la organización familiar y la migración pueden modificar la manera de celebrar.
También existen adaptaciones: algunas familias preparan cantidades más pequeñas, sustituyen ingredientes o distribuyen los alimentos en recipientes desechables.
Desde el punto de vista patrimonial, estas modificaciones no significan necesariamente la desaparición de la tradición.
Las expresiones culturales vivas cambian junto con quienes las practican.
Lo esencial es documentar sus conocimientos, significados, historias familiares y formas de transmisión antes de que desaparezcan las generaciones que conservan esos recuerdos.
Lo que todavía falta investigar sobre la reliquia en Chihuahua
La reconstrucción histórica permite establecer algunos hechos: San Judas Tadeo pertenece a la tradición apostólica cristiana; su culto adquirió una presencia destacada en México durante el siglo XX; y la reliquia gastronómica constituye una práctica patrimonial particularmente identificada con la Comarca Lagunera.
Sin embargo, permanecen preguntas relevantes.
No se ha establecido documentalmente la fecha exacta en que comenzó la reliquia gastronómica, ni existe una explicación histórica definitiva sobre la incorporación del asado rojo y las siete sopas.
La atribución de sus orígenes a Zacatecas merece nuevas investigaciones en archivos parroquiales, documentos de haciendas, registros familiares y testimonios orales.
También se requiere mayor documentación sobre la distribución histórica de esta costumbre en Chihuahua, particularmente en municipios del sur como Jiménez, Parral, López, Coronado y Camargo.
Sería necesario recuperar relatos de familias que llevan varias generaciones preparando reliquias, registrar sus recetas y conocer las razones por las cuales iniciaron la celebración.
Estos testimonios permitirían establecer si su presencia regional se relaciona con movimientos migratorios desde Durango y Zacatecas, con prácticas religiosas locales o con una combinación de ambas.
La evidencia histórica disponible permite plantear estas posibilidades, pero no demostrar una ruta única de transmisión.
San Judas Tadeo y la reliquia: una tradición donde compartir también significa recordar
Cada 28 de octubre, cuando las familias preparan sus altares y encienden las primeras veladoras, una tradición religiosa vuelve a ocupar las cocinas y habitaciones de numerosos hogares mexicanos.
Para algunos creyentes, la celebración representa el cumplimiento de una promesa. Para otros, constituye una manera de agradecer la recuperación de un familiar, recordar a sus padres o continuar una costumbre heredada.
Pero incluso más allá de su dimensión estrictamente religiosa, la reliquia conserva un profundo significado social.
La distribución gratuita de alimentos rompe, por unas horas, la separación cotidiana entre la vivienda y la comunidad.
El vecino deja de ser un desconocido frente a la puerta. El familiar que llega de lejos participa nuevamente en una actividad compartida. La receta que alguna vez prepararon los abuelos regresa a la mesa.
El asado rojo y las sopas representan entonces algo más que una preparación culinaria.
Son parte de una memoria colectiva sostenida por generaciones.
Porque mientras la historia de San Judas Tadeo conduce al cristianismo de hace casi dos mil años, la historia de la reliquia pertenece también a las familias que la han conservado en las comunidades del norte de México.
En una olla de asado, en un rosario compartido, en las manos que sirven la comida y en la fila de vecinos que esperan frente a una vivienda, permanece una tradición donde la fe, la memoria y la solidaridad continúan encontrándose.
Una tradición que, en las cocinas del norte mexicano, ha convertido el alimento en una expresión de agradecimiento y la hospitalidad en una forma de preservar la historia.
Gorki Rodríguez / HISTORIASMX
Periodismo del Norte, Periodismo con Carácter.