REPORTAJE ESPECIAL | HISTORIA, CULTURA Y PATRIMONIO
Entre rituales indígenas, celebraciones católicas, flores de cempasúchil y ofrendas familiares, México construyó a lo largo de los siglos una de sus expresiones culturales más representativas. Su origen, sin embargo, es más complejo de lo que comúnmente se cree: la investigación histórica revela una tradición en constante transformación, donde la memoria, la identidad y la relación con la muerte se entrelazan.
2 de noviembre de 2026 | Gorki Rodríguez / HISTORIASMX
HISTORIASMX.– Cada año, entre los últimos días de octubre y los primeros de noviembre, millones de mexicanos preparan un encuentro con quienes han muerto. Las casas se llenan de flores, los cementerios se iluminan con veladoras y sobre las mesas aparecen fotografías, alimentos, agua, pan y objetos que recuerdan a los seres queridos.
Para muchas familias, la muerte no representa una separación absoluta. A través del recuerdo y de los rituales heredados de generación en generación, los difuntos continúan ocupando un lugar dentro de la vida familiar y comunitaria.
Esta es la esencia del Día de Muertos, una celebración que ha trascendido las fronteras de México y que actualmente es reconocida como una de las manifestaciones más importantes de su patrimonio cultural.
No obstante, detrás de sus colores y símbolos existe una historia de varios siglos que involucra antiguas concepciones indígenas sobre la muerte, celebraciones religiosas de la Europa medieval, transformaciones durante el Virreinato y procesos de construcción de identidad nacional.
La investigación documental del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI) y la UNESCO permite reconstruir esa evolución y comprender por qué el Día de Muertos es mucho más que una fecha conmemorativa.
La muerte antes de la llegada de los españoles.
Mucho antes del establecimiento de la Nueva España, los pueblos mesoamericanos habían desarrollado complejas concepciones acerca de la vida, la muerte y el destino de quienes fallecían.
Para distintas sociedades indígenas, morir no significaba necesariamente desaparecer, sino ingresar a otra condición de existencia. El destino de los muertos podía depender de las circunstancias de su fallecimiento y de las creencias propias de cada pueblo.
Entre los mexicas, por ejemplo, el Mictlán era uno de los destinos de los difuntos. Se concebía como un ámbito al que debían llegar después de un recorrido lleno de obstáculos, asociado con las deidades Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.
Existían también otros destinos, como el Tlalocan, vinculado con Tláloc y con determinadas formas de muerte relacionadas con el agua.
Los rituales funerarios podían incorporar alimentos, objetos personales y otros bienes destinados a acompañar simbólicamente al fallecido. Asimismo, se realizaban ceremonias relacionadas con los ancestros, los ciclos agrícolas y la renovación de la naturaleza.
El antropólogo Patrick Johansson ha estudiado la importancia de los muertos dentro de las sociedades nahuas, donde los antepasados podían continuar participando simbólicamente en la vida colectiva, especialmente en actividades relacionadas con la agricultura y los acontecimientos comunitarios.
Sin embargo, hay una precisión histórica fundamental: las sociedades prehispánicas no celebraban el Día de Muertos exactamente como se conoce hoy, ni necesariamente en las mismas fechas.
La presencia de rituales ancestrales no significa que los altares contemporáneos, el pan de muerto actual o la división de las conmemoraciones entre el 1 y el 2 de noviembre existieran ya con sus formas modernas antes de la Conquista.
El encuentro de dos mundos: el origen de la celebración contemporánea.
La transformación decisiva comenzó durante el siglo XVI, con la llegada de los españoles y la introducción del calendario religioso católico.
En Europa ya existían las festividades de Todos los Santos, celebrada el 1 de noviembre, y de los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre. Ambas tenían una trayectoria histórica vinculada al cristianismo medieval.
Los misioneros introdujeron estas conmemoraciones en los territorios de la Nueva España. Durante el proceso de evangelización, las comunidades indígenas incorporaron elementos de sus propias prácticas y creencias a las nuevas ceremonias religiosas.
Las ofrendas de alimentos, el culto a los antepasados y algunas expresiones ceremoniales indígenas coexistieron con las cruces, las imágenes de santos, las misas y las oraciones por los difuntos.
El resultado fue una serie de celebraciones locales que se transformaron durante generaciones.
Uno de los testimonios históricos más importantes aparece en los escritos del fraile franciscano Toribio de Benavente, conocido como Motolinía, quien documentó que, durante la primera mitad del siglo XVI, los pueblos indígenas ofrecían maíz, mantas, comida, pan, gallinas y cacao durante las conmemoraciones de los difuntos.
El registro resulta especialmente relevante porque demuestra que las ofrendas estaban presentes en las primeras décadas del periodo colonial.
La interpretación del origen de la tradición, sin embargo, continúa siendo objeto de debate académico.
Una corriente de investigación destaca el sincretismo entre las tradiciones mesoamericanas y europeas. Otra, asociada con los estudios de la historiadora Elsa Malvido y desarrollada también por investigadores del INAH, subraya el origen europeo de las fechas y de numerosas prácticas actuales.
Ambas aproximaciones coinciden en una cuestión esencial: el Día de Muertos contemporáneo es el resultado de un proceso histórico prolongado y no puede explicarse como una celebración que haya permanecido intacta desde la época prehispánica.
La ofrenda: un espacio donde la memoria adquiere forma.
Uno de los elementos centrales de la celebración es la ofrenda, un espacio preparado para recordar a los fallecidos y recibirlos simbólicamente, de acuerdo con las creencias familiares y comunitarias.
No existe una única manera de construirla. Su composición depende de la región, la tradición religiosa, los recursos disponibles y las costumbres transmitidas dentro de cada familia.
En muchas comunidades aparecen elementos cuyo significado se ha consolidado a través del tiempo.
La flor de cempasúchil, conocida por su intenso color amarillo y anaranjado, es utilizada para decorar altares, tumbas y caminos de pétalos. En diversas tradiciones se considera que su color y su aroma ayudan a orientar a las ánimas.
Las velas y veladoras representan la luz con la que se recibe y acompaña a los difuntos. El agua se coloca como una forma de hospitalidad, mientras que los alimentos evocan los sabores y preferencias que las personas tuvieron en vida.
El copal, empleado desde tiempos antiguos en ceremonias mesoamericanas, conserva un papel ritual en numerosas comunidades. El papel picado, las imágenes religiosas, las fotografías y las calaveras decorativas complementan distintas expresiones de los altares.
El pan de muerto constituye otro de los elementos más reconocidos. Su historia incorpora antecedentes de ofrendas alimentarias antiguas y la evolución de la panadería durante el periodo colonial.
De acuerdo con especialistas consultados por Ciencia UNAM, existen distintas explicaciones históricas sobre su origen, por lo que no debe presentarse una sola versión como definitivamente comprobada.
La ofrenda representa, ante todo, un gesto de memoria: una familia prepara un espacio para alguien que ya no está físicamente, pero continúa formando parte de su historia.
El 1 y 2 de noviembre: entre los pequeños difuntos y los adultos.
En muchas regiones de México, el calendario del Día de Muertos distingue diferentes momentos para recibir a las ánimas.
El 1 de noviembre, asociado con la solemnidad católica de Todos los Santos, suele destinarse al recuerdo de los niños fallecidos, conocidos popularmente como angelitos o muertos chiquitos.
El 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, se dedica comúnmente a los adultos fallecidos y a las visitas a los cementerios.
Sin embargo, esta distribución no es universal. Algunas comunidades comienzan las ceremonias desde el 28, 29, 30 o 31 de octubre, y otras las prolongan durante los primeros días de noviembre o incluso por periodos más extensos.
Esta diversidad demuestra que el Día de Muertos no constituye un ritual homogéneo, sino un conjunto de tradiciones que responden a distintas experiencias históricas y culturales.
Un país, múltiples maneras de recordar a sus muertos.
En comunidades purépechas de la región del lago de Pátzcuaro, las familias preparan ofrendas y participan en ceremonias de recuerdo, algunas de ellas alrededor de las tumbas de sus familiares. Las veladoras, las flores y las reuniones comunitarias forman parte de una tradición en la que el vínculo con los antepasados adquiere un carácter profundamente familiar.
La Huasteca: Xantolo
En comunidades nahuas y otras poblaciones huastecas de Hidalgo, Veracruz y San Luis Potosí, el Xantolo integra danzas, música, comparsas, arcos de flores y alimentos tradicionales. La celebración involucra a familias y comunidades enteras, y su preparación puede comenzar meses antes.
Península de Yucatán: Hanal Pixán
La tradición maya del Hanal Pixán, frecuentemente traducida como comida de las ánimas, conserva una relación especial con la preparación de alimentos, los altares domésticos y la convivencia familiar. Las recetas regionales y los conocimientos transmitidos por los mayores son componentes fundamentales de la ceremonia.
Campeche: la limpieza de huesos en Pomuch
En Pomuch existe una práctica funeraria particular: familiares realizan labores rituales de cuidado y limpieza de los restos óseos de sus difuntos, conforme a sus costumbres comunitarias. Es una expresión que pone de manifiesto la diversidad de las relaciones culturales con la muerte.
Estas expresiones, documentadas por organismos culturales y estudios antropológicos, reflejan que la riqueza del Día de Muertos no radica únicamente en sus símbolos más conocidos, sino en la diversidad de los pueblos que los mantienen vigentes.
Chihuahua y el norte de México: otras formas de vivir la tradición.
Aunque las celebraciones de Michoacán, Oaxaca y el centro del país han adquirido una mayor proyección internacional, el norte de México también conserva expresiones propias relacionadas con el culto a los difuntos.
En Chihuahua, la diversidad cultural permite encontrar prácticas vinculadas con las tradiciones católicas, las costumbres rurales y las cosmovisiones de los pueblos originarios.
Entre los rarámuris, por ejemplo, las ceremonias relacionadas con la muerte se encuentran estrechamente vinculadas con su interpretación espiritual de la existencia, la comunidad y la continuidad de la vida. Estas prácticas no son idénticas en todas las localidades de la Sierra Tarahumara.
El Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas ha documentado la celebración de Todos Santos entre comunidades rarámuris, mientras que investigaciones antropológicas del INAH han estudiado sus prácticas funerarias y sus antecedentes históricos.
En el sur de Chihuahua existe, además, una tradición particularmente significativa: Los Seremos, del Valle de Allende.
Esta costumbre, documentada por el Centro INAH Chihuahua, se realiza durante la noche del 1 de noviembre y se relaciona con la conmemoración de los niños difuntos, conocidos como angelitos.
Los Seremos representan una expresión de identidad local que evidencia cómo las celebraciones de los muertos adquirieron características diferentes en cada región del país.
Su permanencia también demuestra que el patrimonio cultural mexicano no se limita a las tradiciones más difundidas en el centro y sur de la República.
La Catrina: de la crítica social al símbolo de la muerte mexicana.
Uno de los símbolos más reconocidos de la celebración es La Catrina, representada como una figura femenina de rostro esquelético, vestida elegantemente y frecuentemente acompañada de sombreros y accesorios.
Su origen, sin embargo, no se encuentra en las antiguas civilizaciones mesoamericanas.
La figura tiene como antecedente la Calavera Garbancera, creada por el grabador mexicano José Guadalupe Posada, quien utilizó las representaciones de esqueletos como instrumentos de sátira y crítica social.
Posteriormente, el muralista Diego Rivera retomó el personaje y lo incorporó a su obra Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, realizada en 1947.
En este mural, la calavera adquirió la imagen elegante que terminaría por consolidarse en el imaginario popular.
Con el tiempo, La Catrina se transformó en un símbolo de la identidad mexicana, de la crítica a las diferencias sociales y de la manera en que el arte nacional representa la inevitabilidad de la muerte.
Actualmente, los maquillajes, los vestuarios y las caracterizaciones de Catrinas forman parte de desfiles, festivales, producciones fotográficas y expresiones artísticas en México y el extranjero.
Su historia constituye un ejemplo de cómo la celebración continúa incorporando nuevos elementos culturales.
Del ritual religioso a la construcción de una identidad nacional.
El Día de Muertos no permaneció inalterado después de la Independencia de México.
Durante el siglo XIX, las transformaciones políticas, religiosas y urbanas modificaron algunas de sus prácticas. La construcción de cementerios civiles y el traslado de los lugares de sepultura fuera de los centros urbanos contribuyeron a transformar las formas de visitar y recordar a los difuntos.
En el siglo XX, especialmente durante el periodo posrevolucionario, diversas manifestaciones culturales fueron incorporadas a los proyectos de identidad nacional.
La muerte, las calaveras, las ofrendas y las costumbres populares comenzaron a ocupar espacios importantes en el arte, la educación y las representaciones oficiales de la cultura mexicana.
Investigaciones del INAH, retomando los planteamientos de Elsa Malvido, señalan que durante el cardenismo, entre 1934 y 1940, se fortaleció la presentación del Día de Muertos como un símbolo de mexicanidad.
Este proceso no significó que las comunidades abandonaran sus tradiciones anteriores, sino que las prácticas locales comenzaron a coexistir con una imagen nacional de la celebración.
Así, el Día de Muertos se consolidó progresivamente como una expresión cultural reconocible dentro y fuera de México.
2008: el reconocimiento de la UNESCO.
2003
Proclamación original como patrimonio oral e inmaterial
2008
Inscripción en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial
Fechas oficiales registradas por la UNESCO para las fiestas indígenas dedicadas a los muertos.
El reconocimiento internacional llegó en 2003, cuando la UNESCO proclamó las fiestas indígenas dedicadas a los muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
Posteriormente, en 2008, la celebración quedó inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
La distinción reconoció su importancia para las comunidades indígenas, su relación con el ciclo agrícola del maíz y su papel en la transmisión de conocimientos, creencias y valores entre generaciones.
Para la UNESCO, las celebraciones también representan un momento de encuentro entre familias, generaciones y comunidades.
Este reconocimiento no se refiere exclusivamente a los altares monumentales, los desfiles o las representaciones turísticas, sino a las prácticas culturales vivas que las comunidades mantienen y transmiten. UNESCO Patrimonio cultural inmaterial.
El desafío contemporáneo: preservar la tradición frente a la comercialización.
El crecimiento del turismo cultural, los festivales y las celebraciones multitudinarias ha contribuido a extender la presencia del Día de Muertos en la vida pública.
Sin embargo, también ha generado nuevos debates sobre la relación entre patrimonio, economía y prácticas comunitarias.
Una investigación publicada en junio de 2025 en la revista académica Península, de la UNAM, analizó la patrimonialización de los rituales mortuorios en Pomuch, Campeche.
El estudio, realizado por María Fernanda Apipilhuasco Miranda, examina las relaciones entre las ceremonias locales, el mercado, los festivales y las transformaciones que experimentan las comunidades cuando sus costumbres adquieren visibilidad pública.
Por su parte, un trabajo de divulgación científica de la UNAM sobre Janitzio, publicado en octubre de 2025, analiza la evolución de la Noche de Muertos y su relación con el turismo.
Estas investigaciones plantean una cuestión fundamental: el reconocimiento cultural y el aprovechamiento turístico pueden generar oportunidades económicas, pero también nuevas tensiones sobre quién organiza, representa y obtiene beneficios de las tradiciones.
El reto consiste en preservar su dimensión comunitaria y garantizar que las poblaciones portadoras de estos conocimientos continúen siendo protagonistas de su propia cultura.
La muerte como memoria: el significado de una tradición que permanece.
Más allá de los cambios históricos, el Día de Muertos conserva una dimensión profundamente humana.
En una sociedad donde la muerte suele relacionarse con la pérdida, el dolor y la ausencia, esta celebración permite construir un espacio colectivo para recordar.
Las fotografías recuperan rostros y las ofrendas reproducen algunos de los sabores que acompañaron la vida de quienes fallecieron.
Las familias regresan a los cementerios, limpian las sepulturas, colocan flores y comparten recuerdos que forman parte de su historia.
En las comunidades rurales, las tradiciones pueden convertirse en un punto de encuentro entre generaciones. Los mayores enseñan a los jóvenes cómo preparar los alimentos, colocar las ofrendas y comprender los significados heredados.
La celebración se transforma entonces en un mecanismo de transmisión cultural.
El Día de Muertos no elimina el dolor de una ausencia ni convierte la muerte en un acontecimiento exclusivamente festivo. Por el contrario, permite que el duelo conviva con la memoria, la convivencia familiar y las expresiones artísticas.
Su importancia histórica no radica en que todos los mexicanos hayan celebrado siempre de la misma manera, sino en la capacidad de sus comunidades para preservar, adaptar y transmitir sus conocimientos a lo largo del tiempo.
Después de siglos de transformaciones, el Día de Muertos continúa expresando una de las relaciones más profundas de la sociedad mexicana con su pasado.
Porque entre flores, alimentos, fotografías y veladoras persiste una práctica que trasciende las diferencias regionales: recordar a quienes murieron y reconocer que su existencia continúa formando parte de la historia de quienes permanecen vivos.