Creada a principios del siglo XX por el grabador José Guadalupe Posada y transformada décadas después por Diego Rivera, la figura de La Catrina nació como una representación satírica de las apariencias sociales. Con el paso del tiempo se convirtió en uno de los símbolos más reconocidos del Día de Muertos y de la identidad cultural mexicana.
HISTORIASMX.– Cada año, entre los últimos días de octubre y los primeros de noviembre, una figura femenina de rostro cadavérico, sombrero elegante y vestimenta refinada aparece en plazas públicas, desfiles, altares, exposiciones artísticas y celebraciones populares de todo México.
Su rostro está formado por una calavera, pero lejos de representar únicamente el miedo o la oscuridad, se ha convertido en una expresión de identidad, memoria, tradición y celebración de la vida.
Es La Catrina, uno de los personajes más reconocibles de la cultura mexicana.
Sin embargo, detrás de sus vestidos, flores, sombreros y maquillajes existe una historia mucho más compleja. La figura que actualmente representa una de las imágenes emblemáticas del Día de Muertos no surgió originalmente como una deidad prehispánica ni como un personaje religioso.
Su origen está relacionado con la desigualdad económica, las diferencias de clase, la influencia europea y la crítica política de finales del siglo XIX y principios del XX.
Una revisión de materiales del Archivo General de la Nación, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, de la Universidad Nacional Autónoma de México y de registros históricos del arte mexicano permite reconstruir la transformación de aquella calavera satírica en una figura de reconocimiento internacional.
José Guadalupe Posada: el artista que dibujó la muerte para retratar a los vivos
La historia de La Catrina comienza con José Guadalupe Posada, grabador, ilustrador y caricaturista mexicano nacido en Aguascalientes el 2 de febrero de 1852.
Posada desarrolló buena parte de su actividad artística durante el Porfiriato, una etapa caracterizada por profundas transformaciones económicas, modernización urbana y fuertes desigualdades sociales.
Sus ilustraciones aparecieron en publicaciones populares, hojas volantes, noticias, canciones y textos satíricos que circulaban entre amplios sectores de la población.
Las imágenes frecuentemente mostraban esqueletos que bailaban, bebían, trabajaban, discutían, montaban a caballo o participaban en escenas de la vida cotidiana.
La muerte era utilizada como instrumento de crítica social.
En esos grabados, ricos y pobres, políticos y trabajadores podían convertirse en calaveras. El esqueleto funcionaba como una representación de la condición común de todos los seres humanos, independientemente de su posición económica.
El Archivo General de la Nación señala que Posada trabajó para diferentes talleres de impresión, entre ellos el de Antonio Vanegas Arroyo, uno de los editores más importantes de la cultura gráfica popular mexicana.
Su producción permitió que el arte y la sátira circularan fuera de los espacios reservados a las élites.
De esa tradición gráfica surgió la imagen que posteriormente sería conocida como La Catrina.
La Calavera Garbancera: una burla contra las apariencias y las clases sociales
La representación original no mostraba a una mujer de cuerpo completo ni utilizaba los elaborados vestidos que actualmente caracterizan al personaje.
Era una calavera sonriente, de apariencia femenina, adornada con un enorme sombrero de estilo europeo, acompañado de flores y plumas.
La imagen quedó asociada a las llamadas garbanceras, una expresión utilizada en la sátira de la época para cuestionar la pretensión de aparentar una condición social distinta, particularmente mediante la imitación de las modas europeas.
En las explicaciones populares del personaje, el término también ha sido vinculado con personas que renegaban de sus raíces indígenas para presentarse como europeas.
La crítica no estaba dirigida únicamente a la vestimenta. En su interpretación histórica más difundida, cuestionaba una sociedad donde la apariencia, el prestigio y las diferencias de clase determinaban las relaciones humanas.
La contradicción visual era poderosa: una calavera sin cuerpo, sin riqueza y sin vida, pero adornada con un sombrero lujoso.
La imagen recordaba que el dinero, la ropa y la posición social pierden significado frente a la muerte.
No obstante, las investigaciones históricas recientes también han mostrado que varias de las explicaciones comúnmente repetidas sobre el nombre original y las intenciones exactas de Posada fueron construidas o simplificadas con posterioridad.
Por ello, el significado de La Catrina debe entenderse tanto desde el contexto de la sátira gráfica de la época como desde las interpretaciones que se añadieron durante el siglo XX.
1913: la publicación que dio origen a un símbolo nacional
Uno de los hallazgos más relevantes de la investigación histórica es que no existe certeza documental sobre el año exacto en que Posada dibujó por primera vez la famosa calavera.
Aunque diferentes publicaciones sitúan su creación alrededor de 1910 o 1912, el historiador Agustín Sánchez González documentó que su primera impresión conocida apareció en octubre de 1913, meses después de la muerte del grabador.
Posada falleció el 20 de enero de aquel año.
La ilustración se publicó en una hoja volante de la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo, bajo el título Remate de calaveras alegres y sandungueras, acompañada de versos sobre las mujeres denominadas garbanceras.
Aquella publicación constituye una pieza importante de la historia editorial mexicana: un grabado realizado para la circulación popular que posteriormente sería reinterpretado como emblema de la cultura nacional.
La investigación de Sánchez González también establece que Posada no necesariamente asignaba títulos definitivos a sus grabados. Los editores podían reutilizar las imágenes y publicarlas bajo diferentes nombres, de acuerdo con los textos que las acompañaban.
De hecho, la misma calavera apareció en diversas reimpresiones durante los años posteriores.
Esta evidencia permite corregir una afirmación frecuente: no está demostrado que Posada bautizara personalmente a su creación como La Catrina, ni que ese fuera el nombre con el cual circuló originalmente.
Diego Rivera: el artista que dio cuerpo y elegancia a La Catrina
La transformación decisiva del personaje ocurrió varias décadas después, gracias al muralista mexicano Diego Rivera.
En 1947, Rivera realizó Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, una de las obras monumentales más representativas del muralismo mexicano.
Pintado originalmente para el Hotel del Prado, en la Ciudad de México, el mural reúne personajes que forman parte de diferentes etapas de la historia nacional.
En el centro aparece una elegante figura esquelética con sombrero, vestido largo y una estola que representa a la serpiente emplumada.
A su lado se encuentra José Guadalupe Posada. También aparecen Rivera representado como niño y, detrás de él, Frida Kahlo.
La composición convirtió a la figura en un puente entre el México popular, el pasado indígena, las transformaciones políticas y la construcción de una identidad cultural moderna.
Rivera le otorgó un cuerpo completo, una indumentaria distinguida y una presencia monumental que el grabado original no tenía.
El término Catrina, relacionado con la palabra catrín, utilizada para designar a una persona elegantemente vestida, terminó identificando a la figura.
Sin embargo, el registro histórico contiene una precisión relevante: una publicación sobre la obra de Posada de 1930 ya incluía la denominación Calavera catrina. Por tanto, el nombre no debe atribuirse exclusivamente a la realización del mural de 1947.
Lo que hizo Rivera fue consolidar y popularizar la imagen de la dama esquelética elegante que hoy se reconoce en el mundo.
Actualmente, el mural se conserva en el Museo Mural Diego Rivera, después de haber sido rescatado del Hotel del Prado y trasladado a raíz de los daños ocasionados por los sismos de 1985.
¿La Catrina tiene un origen prehispánico?
Una de las confusiones más extendidas consiste en considerar a La Catrina como una figura que existía desde las antiguas civilizaciones mesoamericanas.
La evidencia histórica permite distinguir dos procesos diferentes: las antiguas concepciones de la muerte en los pueblos indígenas y el surgimiento de un personaje artístico moderno.
Mucho antes de la aparición de los grabados de Posada, diferentes culturas mesoamericanas desarrollaron complejos sistemas de creencias relacionados con los muertos, los antepasados y la continuidad de la existencia.
Entre los mexicas, por ejemplo, el Mictlán era uno de los destinos de los muertos, vinculado con las divinidades Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.
Sin embargo, no existe evidencia histórica que permita identificar directamente a La Catrina de Posada como una representación original de Mictecacíhuatl.
La Catrina pertenece al contexto artístico mexicano de finales del siglo XIX y principios del XX, mientras que las creencias relacionadas con el inframundo y las divinidades de la muerte tienen antecedentes prehispánicos.
La UNAM, a través del investigador Andrés Medina Hernández, explica que la figura fue incorporada a los discursos nacionalistas del siglo XX, cuando diferentes artistas recuperaron elementos del pasado indígena para construir nuevas representaciones de la identidad mexicana.
Esta reinterpretación permitió que un personaje inicialmente satírico comenzara a relacionarse con las tradiciones de conmemoración de los muertos.
De la caricatura política al Día de Muertos
La incorporación de La Catrina a las celebraciones del Día de Muertos fue consecuencia de un proceso cultural desarrollado principalmente durante el siglo XX.
El personaje encontró un espacio dentro de una festividad donde la muerte no se representa exclusivamente mediante el duelo, sino también a través del recuerdo, la convivencia, el simbolismo y las expresiones artísticas.
El Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías documenta que La Catrina se transformó en una de las figuras más utilizadas por los artesanos mexicanos, quienes comenzaron a reproducirla en barro, cartonería y otros materiales.
Dejó de existir únicamente sobre el papel y los muros para convertirse en una escultura, una vestimenta, una máscara, un maquillaje o una representación teatral.
Su imagen comenzó a aparecer en exposiciones culturales, festivales, concursos y actividades comunitarias.
Este proceso también transformó su significado.
La crítica contra las apariencias sociales continuó formando parte de su historia, pero surgieron nuevas interpretaciones relacionadas con la belleza de lo efímero, el recuerdo de los difuntos y la capacidad de los mexicanos para representar la muerte mediante el humor y el arte.
La Catrina pasó de ser una imagen utilizada para cuestionar a los vivos a convertirse en una figura que invita a reflexionar sobre la mortalidad.
El Día de Muertos: una tradición más antigua que La Catrina
Aunque actualmente resulta difícil imaginar determinadas celebraciones del Día de Muertos sin esta figura, ambas expresiones tienen historias distintas.
Las fiestas dedicadas a los muertos poseen antecedentes mucho más antiguos y se desarrollaron mediante la interacción de tradiciones indígenas, prácticas católicas y transformaciones sociales ocurridas durante varios siglos.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, reconoce la importancia de las fiestas indígenas dedicadas a los muertos por su función en la preservación de la memoria familiar y comunitaria.
La celebración fue proclamada patrimonio cultural inmaterial en 2003 y quedó inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2008.
Entre sus principales elementos se encuentran las ofrendas, las flores, los alimentos, las veladoras y los rituales mediante los cuales las familias recuerdan a sus seres queridos.
La declaratoria corresponde a las fiestas indígenas dedicadas a los muertos, no específicamente a La Catrina.
Esta diferencia es importante para comprender que el personaje artístico fue incorporado a una celebración que ya poseía una larga trayectoria cultural.
En otras palabras, el Día de Muertos no nació con La Catrina; fue La Catrina la que terminó encontrando un lugar dentro del Día de Muertos.
La muerte como representación de la igualdad humana
Una de las razones por las que La Catrina alcanzó una enorme aceptación cultural está relacionada con el mensaje que puede transmitir su apariencia.
Aunque viste elegantemente, debajo de sus ropas no existe diferencia alguna respecto de otros esqueletos.
Su imagen representa una contradicción entre las distinciones sociales construidas durante la vida y la igualdad biológica que impone la muerte.
Desde una perspectiva artística, el personaje permite cuestionar la vanidad, las aspiraciones de estatus y la importancia otorgada a las posesiones materiales.
Esta interpretación conserva parte del sentido satírico asociado a la obra de Posada.
También encuentra antecedentes en las calaveras literarias, las representaciones de esqueletos y otras expresiones populares mexicanas que utilizaron el humor para hablar de la muerte.
La presencia de esqueletos vestidos como personas de diferentes ocupaciones o clases sociales fue una característica de la gráfica popular durante el Porfiriato.
De esta manera, La Catrina no constituye una representación aislada, sino que forma parte de una tradición artística más amplia, en la que la muerte sirve para observar críticamente el comportamiento humano.
La Catrina contemporánea: tradición, arte e identidad
Durante las últimas décadas, La Catrina ha continuado transformándose mediante la fotografía, la pintura, el cine, la escultura, el diseño de vestuario y las celebraciones públicas.
Actualmente puede aparecer con sombreros monumentales, vestidos inspirados en la moda del Porfiriato, coronas de flores de cempasúchil y maquillajes que reproducen los rasgos de una calavera.
La diversidad de estas representaciones demuestra que su imagen no permanece inmóvil.
Cada generación incorpora nuevas técnicas, materiales y elementos visuales, aunque conserva características que permiten identificarla inmediatamente: el rostro esquelético, la elegancia y la relación simbólica con la muerte.
La fotografía artística, en particular, ha encontrado en La Catrina una figura que permite combinar elementos de la historia mexicana con composiciones contemporáneas.
El maquillaje, la iluminación, los textiles y los escenarios se utilizan para reinterpretar al personaje, desde una representación cercana a los grabados originales hasta imágenes cinematográficas de gran elaboración estética.
Sin embargo, esta popularidad también plantea una cuestión cultural: el riesgo de que el personaje sea reducido únicamente a una imagen decorativa, dejando de lado su origen satírico y su historia dentro del arte mexicano.
Conocer su procedencia permite recuperar una dimensión que frecuentemente queda oculta detrás de las interpretaciones modernas.
El legado de Posada: un artista reconocido después de su muerte
La historia del creador de La Catrina también contiene una de las paradojas más significativas del arte mexicano.
José Guadalupe Posada falleció el 20 de enero de 1913 sin alcanzar en vida el reconocimiento internacional que posteriormente recibiría su obra.
El Archivo General de la Nación documenta que su muerte pasó prácticamente desapercibida y que sus restos terminaron en una fosa común.
Durante los años posteriores, su producción gráfica comenzó a recibir mayor atención de artistas, investigadores y promotores culturales.
El muralismo mexicano y las publicaciones dedicadas a su trabajo contribuyeron a consolidarlo como uno de los grandes referentes de la gráfica nacional.
Su creación más famosa alcanzó una trascendencia que difícilmente habría podido imaginar.
La calavera que alguna vez apareció en una impresión popular terminó formando parte de museos, investigaciones académicas, celebraciones nacionales y representaciones de México alrededor del mundo.
La historia contiene una ironía cercana al propio lenguaje artístico de Posada: un grabador que utilizó la muerte para criticar la sociedad terminó alcanzando la inmortalidad cultural mediante una de sus calaveras.
Una figura que cambió de significado sin perder su historia
Más de un siglo después de su primera publicación conocida, La Catrina continúa siendo una de las imágenes más poderosas del arte popular mexicano.
Su transformación revela cómo un símbolo puede adquirir nuevos significados a lo largo del tiempo.
Nació como parte de una tradición de sátira gráfica; se convirtió en una figura monumental mediante el muralismo y posteriormente encontró su lugar entre las expresiones culturales del Día de Muertos.
No representa únicamente una mujer esquelética vestida con elegancia.
También es testimonio de las desigualdades sociales del México porfiriano, del papel de la prensa popular, de la influencia del muralismo y de la constante transformación de las tradiciones.
En sus orígenes, la calavera de Posada cuestionaba las apariencias y las diferencias entre las personas.
En la actualidad, su imagen también representa el recuerdo, la identidad y una forma particular de comprender la muerte.
Porque detrás del sombrero, las flores y el vestido de La Catrina permanece una idea que ha sobrevivido durante generaciones: la muerte no distingue entre ricos y pobres, poderosos y humildes.
Y quizá esa sea la razón por la que una sencilla calavera impresa en papel terminó convirtiéndose en uno de los rostros más reconocidos de México.