Jiménez sobre un suelo en movimiento: las fallas geológicas, las grietas y el acuífero que están transformando el territorio

Mapas del Servicio Geológico Mexicano confirman fallas normales y laterales en el municipio; el Atlas Estatal de Peligros advierte de una estructura “presumiblemente activa” al poniente de la ciudad, mientras otros estudios documentan agrietamientos relacionados con el descenso del agua subterránea. La ciencia obliga a distinguir tres fenómenos diferentes: fallamiento tectónico, sismicidad y subsidencia.

HISTORIASMX | Investigación especial

HISTORIASMX. – A simple vista, el territorio de Jiménez parece inmóvil. Una enorme planicie desértica se extiende entre campos agrícolas, caminos rurales, antiguas lagunas, mezquitales y serranías aisladas. El paisaje transmite una sensación de estabilidad que puede ser engañosa. Bajo esa superficie existe una arquitectura geológica compleja, formada durante decenas de millones de años mediante plegamientos, volcanismo, levantamiento y hundimiento de bloques de la corteza terrestre.

La investigación realizada por HISTORIASMX en cartografía del Servicio Geológico Mexicano (SGM), bases de datos del INEGI, documentos de la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA), el Atlas de Peligros Naturales del Estado de Chihuahua y literatura científica sobre la sismicidad regional confirma algo importante: en el municipio de Jiménez existen fallas geológicas reales y cartografiadas. Sin embargo, que una falla aparezca dibujada en un mapa no significa automáticamente que se encuentre activa, que esté acumulando energía o que vaya a provocar un terremoto.

Ahí se encuentra uno de los principales retos para comprender el subsuelo de Jiménez: en el territorio conviven estructuras tectónicas antiguas con procesos actuales de hundimiento y agrietamiento asociados al comportamiento del acuífero. A simple vista pueden parecer el mismo fenómeno, pero científicamente no lo son.

El asunto tiene además una dimensión humana. En Jiménez las grietas del terreno no pertenecen únicamente a un mapa geológico. Algunas han aparecido junto a caminos, parcelas y viviendas. El propio Atlas Estatal documentó daños en casas relacionados con el reacomodo del suelo. Para una familia que observa abrirse una fractura en su vivienda, poco importa inicialmente si el origen se encuentra a kilómetros de profundidad o unos metros debajo del piso: el daño es real. La diferencia científica, sin embargo, es indispensable para saber cómo prevenirlo.

Un municipio atravesado por una historia de deformación.

Una de las fuentes más importantes para comprender el territorio es la Carta Geológico-Minera Ciudad Jiménez G13-B41, escala 1:50,000, elaborada por el Servicio Geológico Mexicano en 2023. El estudio comprende 909 kilómetros cuadrados dentro del municipio, entre los paralelos 27°00′ y 27°15′ norte y los meridianos 104°40′ y 105°00′ oeste. Es, por tanto, un levantamiento geológico considerablemente más detallado que los mapas regionales a escala 1:250,000 utilizados durante décadas.

El estudio reconstruye una historia geológica profundamente violenta. Las rocas de Jiménez fueron primero comprimidas, plegadas y cabalgadas durante la llamada orogenia Laramide, ocurrida entre el Cretácico tardío y los primeros tiempos del Terciario. Después cambió el régimen tectónico: la corteza comenzó a extenderse. Grandes bloques empezaron a separarse, algunos descendieron mientras otros permanecieron elevados y las fracturas abrieron rutas para el ascenso de material magmático.

El SGM relaciona esa segunda etapa con el sistema tectónico denominado Cuencas y Sierras —Basin and Range—, cuyo episodio principal sitúa aproximadamente entre 32 y 12 millones de años atrás, aunque señala que sus límites temporales regionales pueden extenderse más allá. Fue ese proceso el que contribuyó decisivamente a producir el paisaje que hoy caracteriza buena parte de Chihuahua: largas planicies separadas por serranías aisladas.

Lo que una persona observa hoy como una sierra que emerge abruptamente del desierto puede ser, geológicamente, el resultado de enormes bloques de roca desplazados unos respecto de otros durante millones de años. Los valles posteriormente fueron rellenándose con conglomerados, gravas, arenas, limos y arcillas provenientes de la erosión de las montañas.

Jiménez, por tanto, no está construido simplemente sobre una planicie. Parte de esa planicie es el relleno acumulado sobre una corteza previamente fracturada.

Las fallas que el Servicio Geológico Mexicano encontró en Jiménez.

El trabajo de campo del SGM es especialmente revelador porque no se limita a inferir fracturas desde fotografías aéreas. Los geólogos identificaron indicadores cinemáticos, estrías, brechas de falla y desplazamientos en roca que permiten establecer cómo se movieron determinados bloques.

El informe describe un régimen de deformación frágil con fallas laterales orientadas principalmente NW-SE y fallas normales NE-SW, seguido por otro régimen distensivo relacionado con Cuencas y Sierras.

Entre las estructuras específicamente nombradas se encuentra El Puerto, clasificada como falla lateral derecha, con rumbo N36°W y una longitud cartografiada de aproximadamente 1.5 kilómetros. Muy cerca se reconoce El Puerto 1, interpretada también como lateral derecha y con alrededor de 1.5 kilómetros.

Aparece además la falla Providencia, una falla normal medida con rumbo N70°E, inclinación de 45° hacia el noroeste y aproximadamente 1.7 kilómetros de longitud. La Mula, también normal, tiene rumbo N65°E y alrededor de 1.5 kilómetros.

En el sector de San Martín de los Reyes, el levantamiento registra la estructura San Martín LR, una falla normal de cerca de 1.45 kilómetros. La falla Los Reyes alcanza aproximadamente 2.88 kilómetros, mientras Los Reyes 2 tiene cerca de 1.4 kilómetros. En afloramientos de Los Reyes, los geólogos observaron incluso brechas de falla y evidencias del desplazamiento de las rocas.

El mismo estudio reconoce una historia todavía más antigua de deformación en Sierra Chupaderos y San Martín de los Reyes. Allí aparecen anticlinales, cabalgaduras y otras estructuras como Chupaderos, Chupaderos 2, Abra Chica, El Prieto, Las Minas, San Martín y El Espinazo. En Sierra Chupaderos se documentan brechas de falla y antiguas grietas de tensión rellenas posteriormente por minerales como hematita y calcita.

Nada de esto significa que todas estas estructuras continúen moviéndose hoy. Lo que demuestra es algo distinto pero igualmente importante: el subsuelo de Jiménez ha experimentado una deformación tectónica considerable y conserva sus cicatrices.

El INEGI coincide, a escala municipal, en representar fallas dentro del territorio de Jiménez mediante su Continuo Nacional de Información Geológica. Su Compendio Geográfico Municipal muestra que estas estructuras no están restringidas exclusivamente a los alrededores inmediatos de la cabecera, sino que forman parte de la geología de un territorio municipal mucho más extenso.

Incluso la interpretación magnética regional del SGM para las cartas Ciudad Camargo e Hidalgo del Parral detecta lineamientos y probables fallas profundas en el subsuelo del amplio corredor que comprende Jiménez, Escalón y el norte de Durango. Es importante insistir: un lineamiento magnético es una señal indirecta de una discontinuidad profunda, no una prueba de actividad sísmica actual.

Una advertencia particularmente delicada: una falla al poniente de Ciudad Jiménez.

Entre todos los documentos revisados existe uno que merece atención especial.

El Atlas de Peligros Naturales del Estado de Chihuahua, documento estatal citado posteriormente por instrumentos oficiales de planeación como el atlas publicado en 2017, señala expresamente que Ciudad Jiménez está afectada por los movimientos de una falla que califica como “presumiblemente activa”, identificada mediante evidencia geomorfológica. El documento le atribuye un rumbo aproximado de 20 grados al noreste y señala que la estructura abarca el lado occidental de la ciudad.

La expresión es importante, pero debe interpretarse con rigor.

“Presumiblemente activa” no significa “falla activa comprobada”.

Para demostrar científicamente que una falla ha tenido desplazamientos recientes capaces de producir terremotos se necesita una investigación mucho más específica. Entre otras cosas, habría que localizar con precisión su traza, excavar trincheras paleosísmicas, comprobar si corta sedimentos geológicamente jóvenes, fechar esos sedimentos y determinar cuándo ocurrió el último desplazamiento.

También sería necesario establecer una red de observación con GNSS, sismómetros locales y técnicas satelitales como InSAR que permitan determinar si actualmente existe deformación del terreno.

La cartografía geológico-minera del SGM de 2023 confirma múltiples fallas en el área estudiada, pero no presenta por sí misma una cronología paleosísmica que permita afirmar que una falla bajo la mancha urbana de Jiménez se encuentre actualmente acumulando deformación y sea capaz de producir un sismo.

Tampoco puede concluirse lo contrario: que no existe ningún riesgo.

El Atlas Estatal plantea una hipótesis que merece ser estudiada con técnicas modernas. Lo científicamente responsable es mantener ambas ideas al mismo tiempo: existe una señal geomorfológica que merece atención, pero hacen falta pruebas adicionales para definir su grado de actividad.

Cuando la tierra se abrió en Lagunas.

La discusión dejó de ser completamente abstracta en septiembre de 2020.

Habitantes del ejido Lagunas, en el municipio de Jiménez, encontraron una enorme grieta en el terreno a un costado del camino hacia Las Adargas. En aquel momento fue descrita en medios como una “falla geológica”. Los primeros recorridos estimaron que se prolongaba aproximadamente dos kilómetros. La abertura sorprendió a pobladores y autoridades porque aparentemente había surgido en una superficie desértica donde, días antes, no se había advertido una ruptura de semejante tamaño.

Para quien observa una grieta de kilómetros atravesando el desierto, resulta natural imaginar que la corteza terrestre se partió. Pero las investigaciones posteriores introdujeron una explicación diferente.

El 9 de octubre de 2020, investigadores de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Autónoma de Chihuahua informaron que la estructura superaba los dos kilómetros y alcanzaba hasta cuatro metros de profundidad. Su interpretación atribuyó la formación de grietas y hundimientos observados en distintas zonas del centro-sur de Chihuahua a la disminución del nivel freático, entonces severamente afectado por varios años de sequía.

El profesor e investigador Ignacio Alfonso Reyes Cortés explicó que cuando se pierde humedad en materiales como arena, limo y arcilla puede producirse compactación y desplazamientos internos capaces de romper la superficie.

Es decir: una grieta gigantesca no necesariamente es la manifestación superficial de una falla tectónica profunda.

Esa diferencia cambia por completo la interpretación del riesgo.

El agua también puede hacer que la tierra se mueva.

Existe otro documento que conecta directamente el problema del agua con las afectaciones al suelo de Jiménez: el propio Atlas Estatal de Peligros.

En su apartado sobre el acuífero Jiménez-Camargo señala que desde años atrás se habían registrado agrietamientos y reacomodos del terreno relacionados con la severa explotación del agua subterránea. El documento incluso muestra una vivienda dañada y señala que algunas casas llegaron a ser desalojadas debido a las afectaciones.

Aquí convergen dos problemas que normalmente se estudian por separado: la crisis hídrica y el riesgo geológico.

Cuando un acuífero se encuentra contenido dentro de espesos depósitos de arenas, limos y arcillas, el agua subterránea contribuye parcialmente a sostener la estructura de esos materiales. Si el nivel del agua desciende de manera considerable, ciertos estratos pueden compactarse.

El terreno superficial puede entonces descender lentamente.

A ese fenómeno se le denomina subsidencia.

Si todo el valle descendiera exactamente a la misma velocidad, el movimiento podría pasar casi inadvertido. El problema surge cuando una zona baja más que otra. Esa diferencia genera esfuerzos en el suelo y puede producir grietas, escalones y desplazamientos capaces de romper carreteras, canales, tuberías, cimentaciones y viviendas.

El Instituto Politécnico Nacional explica que los agrietamientos superficiales pueden estar relacionados precisamente con subsidencia y extracción de agua subterránea y que la estructura geológica sepultada puede controlar dónde se concentra la deformación.

Esto introduce una posibilidad particularmente importante para Jiménez: una falla geológica antigua sepultada y la sobreexplotación del acuífero pueden interactuar sin que esa falla esté produciendo terremotos. Una discontinuidad preexistente en el basamento puede convertirse en una zona donde el hundimiento diferencial se manifieste con mayor intensidad.

El acuífero Jiménez-Camargo: las cifras detrás del problema.

El contexto hídrico actual refuerza esa preocupación.

La actualización oficial de CONAGUA sobre el acuífero Jiménez-Camargo calcula una recarga media anual de 174.9 millones de metros cúbicos. En contraste, el volumen de extracción registrado en el REPDA con corte al 30 de diciembre de 2022 asciende a 336.77 millones de metros cúbicos anuales.

Al descontar además 5.5 millones de metros cúbicos correspondientes a descarga natural comprometida, CONAGUA obtiene una disponibilidad media anual de -167.374574 millones de metros cúbicos. En términos administrativos e hidrogeológicos, el resultado significa que no existe volumen adicional disponible: hay un déficit de más de 167 millones de metros cúbicos anuales.

El propio estudio de CONAGUA ofrece otra pista clave sobre el terreno. La parte superior del acuífero está constituida por sedimentos aluviales y conglomerados de granulometría variable que pueden alcanzar varios cientos de metros de espesor en el centro de los valles, especialmente en depresiones de origen tectónico. Debajo se encuentran rocas volcánicas cuya permeabilidad depende parcialmente de su fracturamiento.

En otras palabras, el agua de Jiménez está almacenada precisamente dentro de una geología construida en parte por las antiguas fallas que formaron el valle.

La crisis del acuífero no crea las estructuras tectónicas antiguas, pero puede modificar los esfuerzos en los sedimentos que las cubren.

Y ahí se encuentra uno de los riesgos más tangibles para la población.

¿Puede haber terremotos en Jiménez?

Chihuahua se encuentra lejos de los límites tectónicos más activos de México. No está frente a la zona de subducción del Pacífico que produce los grandes terremotos de Oaxaca, Guerrero, Michoacán o Colima.

Pero eso no significa que el estado sea completamente asísmico.

El 1 de noviembre de 1928 ocurrió cerca de Parral uno de los terremotos históricos más importantes del norte de México. Estudios posteriores han calculado su magnitud entre Mw 6.3 y 6.4. Una revaluación científica publicada en Geoscience Data Journal en 2023 volvió a procesar los antiguos sismogramas y obtuvo una magnitud cercana a 6.4 y una profundidad aproximada de ocho kilómetros en su solución preferida.

El caso es relevante para Jiménez porque demuestra que el centro-sur de Chihuahua posee estructuras capaces de liberar energía sísmica considerable.

Décadas después apareció otra evidencia.

Entre agosto y diciembre de 2013 se produjo un enjambre sísmico en el sur de la provincia Basin and Range de Chihuahua. El Servicio Sismológico Nacional localizó alrededor de 60 eventos inicialmente; una red temporal permitió estudiar más de 200 movimientos. El mayor alcanzó Mw 5.3 el 21 de septiembre.

El análisis científico relacionó gran parte de los hipocentros con las fallas Vallecillo y Peñasco, alrededor de la cuenca desértica de El Caballo. Los mecanismos focales mostraron extensión tectónica regional, demostrando que el proceso de deformación de la provincia de Cuencas y Sierras no pertenece exclusivamente al pasado remoto.

Los autores estimaron que, en función de la longitud cartografiada de esas estructuras concretas, podrían ser físicamente capaces de generar eventos mayores; sin embargo, esas fallas se encuentran fuera de la cabecera de Jiménez y no existe fundamento para trasladar automáticamente esa capacidad sísmica a cada falla cartografiada dentro del municipio.

Lo que sí demuestra el estudio es que Chihuahua continúa sometido a un régimen de extensión tectónica. Otro trabajo clásico sobre el sismo de Parral también concluyó que la parte oriental del estado presenta extensión actual.

Entonces, ¿qué riesgo enfrenta realmente Jiménez?

A partir de la evidencia revisada, el panorama es más complejo que simplemente afirmar que “Jiménez está sobre una falla”.

Existen tres fenómenos distintos que deben evaluarse separadamente.

El primero es el movimiento sísmico regional. Los antecedentes de Parral en 1928 y del enjambre de 2013 demuestran que el centro-sur de Chihuahua puede producir terremotos. Esto justifica que edificios públicos, hospitales, escuelas, puentes, infraestructura hidráulica y construcciones nuevas incorporen criterios adecuados de ingeniería estructural, aun cuando la frecuencia sísmica sea mucho menor que en el Pacífico mexicano.

El segundo es la ruptura tectónica superficial. Para que una falla represente un peligro directo de ruptura del terreno tendría que demostrarse que ha experimentado desplazamientos geológicamente recientes. El Atlas Estatal señaló una estructura “presumiblemente activa” al poniente de Ciudad Jiménez, pero falta una investigación paleosísmica detallada que establezca cuándo se movió por última vez, cuánto se desplazó y cuál podría ser su recurrencia.

El tercero es posiblemente el más inmediato: subsidencia y agrietamiento por descenso del agua subterránea. Aquí las evidencias locales son mucho más directas. Hay antecedentes de viviendas afectadas descritos en el Atlas Estatal, una gran grieta investigada en 2020 por la UACH y un acuífero oficialmente deficitario de acuerdo con CONAGUA.

Confundir estos tres fenómenos puede conducir tanto al alarmismo como a la negligencia.

Lo que todavía no sabemos de Jiménez.

Después de revisar cartografía, estudios y bases científicas, aparece también un vacío de información.

Jiménez necesita un estudio específico del subsuelo urbano y periurbano.

La cartografía geológico-minera tiene objetivos regionales y mineros. El Atlas Estatal identifica peligros a una escala diferente. CONAGUA analiza el acuífero como una unidad hidrogeológica de casi diez mil kilómetros cuadrados. Ninguno sustituye una microzonificación geológica, geotécnica, sísmica y de subsidencia de Ciudad Jiménez.

Una investigación moderna debería combinar trincheras paleosísmicas sobre la estructura señalada al poniente de la ciudad; datación de depósitos cuaternarios; imágenes satelitales InSAR para determinar si algunas áreas están hundiéndose milímetros o centímetros por año; estaciones GNSS; monitoreo sistemático de niveles piezométricos; tomografía eléctrica; sísmica de refracción; perforaciones geotécnicas y una pequeña red local de acelerómetros o sismómetros.

Sólo entonces sería posible responder preguntas básicas para una ciudad que continúa creciendo: ¿qué colonias se encuentran sobre sedimentos más susceptibles a compactación?, ¿por dónde pasa exactamente la estructura identificada al poniente?, ¿las grietas históricas siguen avanzando?, ¿coinciden con zonas de abatimiento del acuífero?, ¿existen fallas cubiertas por aluviones recientes?, ¿qué infraestructura estaría más expuesta?

Una tierra que guarda memoria.

La historia geológica de Jiménez no comenzó con la agricultura ni con la fundación de la ciudad. Mucho antes de que existieran caminos, nogaleras, pozos o viviendas, fuerzas profundas comprimieron las rocas, levantaron sierras y después estiraron nuevamente la corteza.

Las fallas de El Puerto, Providencia, La Mula, San Martín y Los Reyes son cicatrices de aquella historia. Las grandes cuencas rellenas por sedimentos son también producto de ella. Y debajo de esos sedimentos se almacena hoy el agua que sostiene buena parte de la economía regional.

Ahí surge la paradoja.

El mismo valle que las fallas ayudaron a crear se convirtió en un enorme depósito natural de agua. Décadas de explotación de ese recurso, combinadas con periodos prolongados de sequía y escasa recarga, están modificando ahora las condiciones físicas del subsuelo.

Por eso, cuando la tierra se abre en un camino rural de Jiménez no basta con llamarla “falla geológica”. Puede ser la expresión de una antigua estructura tectónica, un hundimiento diferencial, la compactación de sedimentos, un proceso de erosión interna o una combinación de varios factores.

La ciencia no permite afirmar hoy que un terremoto destructivo sea inminente en Jiménez. Tampoco permite sostener que el subsuelo sea completamente estable.

La evidencia disponible demuestra que el municipio posee fallas geológicas comprobadas; que existe una estructura al poniente de la ciudad considerada “presumiblemente activa” por el Atlas Estatal pero aún necesitada de verificación paleosísmica; que Chihuahua conserva actividad tectónica regional; y, sobre todo, que Jiménez ya presenta antecedentes documentados de agrietamiento y reacomodo del terreno en un contexto de fuerte presión sobre su acuífero.

Para los habitantes, el mensaje no debería ser de miedo.

Debería ser de prevención.

Porque quizá la pregunta más importante ya no sea solamente si debajo de Jiménez existe una falla capaz de volver a moverse. También habría que preguntar cuánto está descendiendo el suelo hoy, qué relación guarda con la extracción de agua y qué viviendas, carreteras, tuberías y obras públicas se encuentran sobre las zonas más vulnerables.

En un territorio donde el agua y la geología están íntimamente unidas, conocer lo que sucede debajo de nuestros pies puede terminar siendo tan importante como observar lo que ocurre sobre ellos.

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