“En la reserva inicié en el año del 2007”, recuerda Fredy con serenidad, sentado a la sombra de un mezquite. “Me invitaron, yo me arrumé, empecé a escuchar las capacitaciones. Era sobre la tortuga ya. Y yo miraba que todo era bueno.”
HISTORIASMX / Reportaje especial – En el desierto más vasto del norte mexicano, donde el viento arrastra siglos de historia y los espejismos se confunden con la realidad, vive Fredy Servando, un hombre que ha hecho del cuidado de una especie casi olvidada su propósito de vida: la tortuga del Bolsón.
Desde su comunidad -Laguna de Palomas o Carrillo, del municipio de Jiménez- entre los límites áridos de Chihuahua y Coahuila, Fredy encarna la resistencia y la conciencia ecológica de una región marcada por la dureza del clima y la indiferencia institucional. Su historia, tejida entre el trabajo campesino y el amor por la naturaleza, es también la historia de cómo una comunidad aprendió a ver diferente al desierto.
Del campo a la conservación.
“En la reserva inicié en el año del 2007”, recuerda Fredy con serenidad, sentado a la sombra de un mezquite. “Me invitaron, yo me arrumé, empecé a escuchar las capacitaciones. Era sobre la tortuga ya. Y yo miraba que todo era bueno.”
Por aquellos años, la Reserva de la Biosfera de Mapimí, un área natural protegida que abarca territorios de Durango, Chihuahua y Coahuila -actualmente sigue siendo de la misma manera- comenzaba a fortalecer sus programas de conservación. A través de ingenieros como Heriberto Carvallo y Valdomero, se impulsaban capacitaciones para habitantes del desierto. Fredy, miembro del ejido, asistía como observador, curioso, hasta que decidió involucrarse.
Lo que comenzó como una curiosidad pronto se volvió una causa personal.
Antes de la conciencia.
Antes de que llegaran los proyectos de conservación, la tortuga del Bolsón –Gopherus flavomarginatus, por su nombre científico- era vista como un recurso más del desierto.
“Las utilizaban para comer o para vender. Eran alimento. Algunos las llevaban a la ciudad, era extracción ilegal.”
Esa práctica, que había persistido por generaciones, llevó a la especie al borde de la extinción local. En muchas zonas de Carrillo, cuenta Fredy, ya no se encontraban ejemplares.
Cuando los primeros monitoreos arrojaron resultados desalentadores —“una madriguera inactiva”, como recuerda—, él no se resignó.
“Yo les dije, no, sí hay. No sé de dónde fueron, ese lugar está equivocado.”
Sin esperar respaldo, decidió actuar por su cuenta.
El rastreador del desierto.
Solo, con una libreta y su conocimiento del terreno, Fredy comenzó a recorrer el desierto.
“Yo sabía dónde buscar. Cada madriguera que encontraba la registraba, tomaba coordenadas, orientación, todo.”
Así, logró ubicar 49 madrigueras activas en un área que ya no pertenecía al polígono original de la reserva, sino a la ampliación del ejido, en el municipio de Jiménez, Chihuahua.
Cuando llevó sus registros al Instituto Nacional de Ecología (INSEE), sorprendió a los técnicos.
“Me dijeron: ‘Oye Fredy, pero estas tortugas no están en Carrillo, están en otro predio’. Y les expliqué que era ampliación del ejido.”
A partir de ese momento, su trabajo se volvió clave para actualizar los mapas de distribución de la especie.
La tortuga vuelve a casa.
El esfuerzo no fue en vano.
“Sí se logró restablecer la población, la verdad. He estado visitándolos juntos, he encontrado otras madrigueras. Ya la gente respeta la tortuga como tal.”
El cambio de mentalidad fue tan profundo que hoy, en los ejidos donde antes se cazaban, los pobladores se convirtieron en sus guardianes.
“Antes, si alguien encontraba una tortuga, luego, luego… cuello para adentro. Las cocían como barbacoa.”
Fredy no lo dice con rencor, sino con una mezcla de tristeza y alivio por ver cómo la historia cambió.
De la basura al respeto por la tierra.
Pero la transformación no se limitó a la fauna. El trabajo de conservación trajo consigo una nueva cultura ambiental.
“Antes el ejido -Laguna de Palomas o Carrillo- parecía basurero. Donde quiera había basura y nadie quería recoger. Ahora ya somos responsables en ese rollo.”
Las jornadas comunitarias de limpieza, la educación ambiental y la organización ejidal han hecho del lugar un ejemplo de cómo la conservación puede nacer desde la comunidad misma.
El legado del desierto.
Hoy, Fredy Servando continúa trabajando con la misma convicción que lo llevó a registrar sus primeras madrigueras. Forma parte de la brigada de vigilancia comunitaria, realiza monitoreos y sigue educando a las nuevas generaciones sobre la importancia de cuidar la tortuga del Bolsón, una especie endémica y símbolo de resistencia.
Su historia no está escrita en los libros, sino en la arena, entre huellas, madrigueras y el eco del viento que atraviesa el Bolsón de Mapimí.
“Todo empezó por ayudar”, dice Fredy.
Y en esa frase se resume toda una vida dedicada a proteger lo más frágil del desierto.
El hombre que oyó al desierto.
Fredy no es biólogo ni investigador, pero su conocimiento del territorio supera cualquier manual. Su labor demuestra que la conservación no se impone, se aprende, y que los verdaderos guardianes del medio ambiente muchas veces no usan los tecnicismos de los científicos, sino sombrero y botas.
Actualmente Fredy, realiza monitoreos y acciones de conservación por cuenta propia, específicamente entre los limites de Chihuahua y Coahuila, que es donde ese han detectado las mayores poblaciones de tortuga.