El comedor comunitario de Laguna de Palomas: Un puesto de comida en medio del desierto.

La harina blanca de trigo —sin relieves de levadura— es amasada, golpeada contra la mesa, extendida con esfuerzo hasta que adopta una forma ovalada y delgada. Luego será colocada sobre el comal caliente. Entre el crepitar de la leña y el aroma tenue que despierta desde las brasas, las gorditas comienzan a volverse firmes, listas para recibir los rellenos que la comunidad esperará con hambre y gratitud.

HISTORIASMX / Reportaje Especial. – Laguna de Palomas, también conocida como Estación Carrillo, se asienta en el extremo sureste del municipio de Jiménez, Chihuahua, justo en el límite del vasto Bolsón de Mapimí.

En este rincón remoto, donde el sol arde sin clemencia, donde los vientos azotan las planicies y donde la sal brilla como testimonio fósil del antiguo mar que una vez fue, la vida se organiza con urgencia, con sencillez, con vocación. Aquí, en medio del desierto, existe un comedor comunitario modesto pero vital para quienes habitan esa porción casi olvidada del mapa.

Despertar entre viento y frío.

Antes del alba, cuando el aire aún es cortante y el horizonte apenas comienza a clarear, un puñado de mujeres de la comunidad abandona sus hogares. De sus pasos emerge el sonido de tablas raspadas, de cuchillos sobre leña seca, de manos que ya conocen el oficio y el peso de la responsabilidad. Caminan hacia el centro del ejido. En el comedor, austero y sencillo, estas mujeres encenderán el comal, la estufa, las brasas. Allí se preparará el sustento para la mañana.

La harina blanca de trigo —sin relieves de levadura— es amasada, golpeada contra la mesa, extendida con esfuerzo hasta que adopta una forma ovalada y delgada. Luego será colocada sobre el comal caliente. Entre el crepitar de la leña y el aroma tenue que despierta desde las brasas, las gorditas comienzan a volverse firmes, listas para recibir los rellenos que la comunidad esperará con hambre y gratitud.

Guisados como rojo, verde, frijoles, chicharrón y otros ingredientes modestos, preparados con esmero y cariño, aguardan su turno para rellenar cada pan delgado. Las mujeres, con precisión y dedicación, rellenan, doblan, entregan.

Unos pocos podrán sentarse en el interior del comedor: hay bancas largas y mesas que sostienen a cerca de diez personas, como máximo. Para quienes salen temprano al trabajo en las salinas, la alternativa es pedir las gorditas para llevar —lonches para quienes labran la sal, el sustento que impera en Laguna de Palomas.

Sal que brota del desierto: el motor económico local.

La comunidad de Laguna de Palomas no existe al margen del contexto geográfico y económico que la rodea. Más que una simple comunidad rural, está inserta en la dinámica fascinante —y dura— de la producción de sal en la cuenca del Bolsón de Mapimí.

Según investigaciones locales, más de 100 ejidatarios colaboran activamente en la producción salinera en esta zona del municipio de Jiménez. Las explotaciones se realizan mediante la técnica tradicional de evaporación del agua salina en charcas, hasta que la sal cristaliza y puede ser cosechada. No obstante, la actividad ha sufrido contratiempos: lluvias atípicas en el segundo semestre de 2022 inundaron las charcas y frenaron la cosecha.

La altitud de la zona es un dato clave: 1,106 metros sobre el nivel del mar, lo que contribuye a un clima marcado por contrastes térmicos que oscilan entre temperaturas bajas en invierno y extremas en verano. Laguna de Palomas, antiguamente estación de ferrocarril, es hoy una comunidad dedicada casi exclusivamente a la extracción de salinas, pues las condiciones para la agricultura son prácticamente nulas en este suelo desértico.

Cabe recordar que el Bolsón de Mapimí, compartido entre Chihuahua, Durango y Coahuila, es una cuenca endorreica; es decir, sus aguas no desembocan en el océano sino que se encajan en su interior, alimentando charcas, lagunas efímeras o evaporándose bajo el sol inclemente. La pluviosidad anual es escasa, entre 200 y 300 milímetros, y las temperaturas pueden fluctuar desde alrededor de 4 °C en invierno hasta más de 40 °C en verano.

En las salinas vecinas, como en Estación Carrillo —que forma parte de esta zona salinera del desierto chihuahuense— se extraen hasta 1,500 toneladas de sal al mes, aunque el manantial de agua es limitado y condiciona la producción. Este volumen da cuenta de la importancia económica que la sal adquiere en un entorno donde pocas otras actividades pueden prosperar.

Entre hambre, comunidad y dignidad.

Volviendo al comedor: allí se encuentra el latido cotidiano de una comunidad que sobrevive con lo mínimo, que resiste frente al aislamiento, frente al viento que azota la llanura y frente al agotamiento de recursos.

Las señoras que atienden el comedor son guardianas de memoria y sustento. No solo cocinan: nutren comunidad, fortalecen vínculos. Los comensales, obreros de las salinas, madres, adultos mayores, jóvenes, tienen en esas gorditas matutinas su impulso para enfrentar otro día en medio del silencio del desierto.

El precio es reducido, casi simbólico para quienes viven ahí; se ajusta ligeramente para visitantes. Ningún cliente, local o foráneo, queda sin opción. En esa sencillez está la grandeza: el comedor es la única alternativa concreta de alimento en un vasto tramo del desierto donde no hay más tiendas, más mercados, más opciones.

Y cuando alguien pide para llevar, esas gorditas se convierten en lonche de medianoche o al mediodía, acompañando la labor en las salinas. Sal y sustento conviven simbióticamente: la extracción de sal es el motor económico, el comedor es el motor social.

Paisaje, fauna y fragilidad.

Este territorio pertenece también a la Reserva de la Biosfera Mapimí, que protege ecosistemas desérticos, especies endémicas y paisajes que parecen eternos. En ella habita la tortuga del Bolsón (Gopherus flavomarginatus), especie ícono y vulnerable que representa la lucha por conservar vida en medio de la sequedad.

La vegetación dominante es el matorral xerófilo, plantas adaptadas a la escasez extrema de agua. En los suelos salinos emergen formas halófilas que sobreviven en condiciones casi inhóspitas. Los fósiles marinos que reposan en muchas partes del Bolsón atestiguan el pasado lejano: hace millones de años, este territorio fue parte del mar.

El viento, el sol abrasador y el contraste térmico son actores implacables. Las lluvias, cuando llegan, son tormentas repentinas que pueden inundar charcas e interrumpir la vida técnica y productiva —como le sucedió a la comunidad hace años.

Memoria que alimenta futuro

Al mediodía, cuando el sol ya inclina su cenit y el viento levanta polvo en la llanura, el comedor queda en silencio. Las brasas se apagan. Las mesas vacías susurran historias de cuerpos que comieron, hablaron, convivieron. Las mujeres regresan a sus casas, al descanso breve, para preparar la jornada del día siguiente.

Ese comedor no es solo un recinto físico: es espacio de dignidad. Es una pequeña luz que alumbra el rostro de quienes pocas veces ven los beneficios del desarrollo. Es una resistencia suave pero persistente, donde se cocina más que comida: se cocina comunidad, se cocina esperanza.

En Laguna de Palomas, la sal troncha la soledad del desierto. En el comedor, las gorditas sostienen cuerpos, ánimos y sueños. Entre viento, sal y harina, la vida reclama lugar; reclama que no se olvide este rincón del mundo, donde lo mínimo es lo más necesario.

Por: Gorki Rodríguez | HISTORIASMX–LABP

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