A pocos metros, se escucha el zumbido del viento entre los durmientes del tren y el murmullo de los productores que preparan carteles. Algunos dicen: “Sin campo no hay nación” o “El maíz no se vende, se defiende”.
Jiménez, Chihuahua. – A las ocho de la mañana, cuando el sol apenas comienza a calentar el asfalto y el polvo del desierto se levanta con el viento, un grupo de hombres y mujeres se congrega junto a las vías del tren, justo donde la carretera libre Jiménez–Camargo cruza el ramal ferroviario. Tractores, camionetas y algunos bultos de costales forman una barrera improvisada. No hay violencia, pero sí determinación.
Los productores del sur de Chihuahua han decidido detener el paso del tren.

“Ya no nos dejaron otra salida”, dice el profesor Arturo Rentería, líder regional de Agrodinámica Nacional, con voz firme y pausada. Está rodeado de campesinos que asienten mientras él habla. “El movimiento se generó por la falta de atención del gobierno hacia el campo. En estas últimas décadas, el campo ha venido de más a menos, y cada vez se recrudece más la situación.”
A pocos metros, se escucha el zumbido del viento entre los durmientes del tren y el murmullo de los productores que preparan carteles. Algunos dicen: “Sin campo no hay nación” o “El maíz no se vende, se defiende”.
Rentería continúa:
“Los campesinos le estamos haciendo frente al problema como podemos, pero nuestras condiciones son cada vez más precarias. Esto no es solo aquí, es en todo México. Los gobiernos —el de Claudia, el de López Obrador, y todos los que se dicen neoliberales— han dejado que el campo se vaya cayendo poco a poco. Lo único que han hecho es favorecer a los grandes consorcios. Pero los pequeños y medianos productores, ésos, están en total olvido.”
Una protesta que cruza el país.
El profesor cuenta que esta movilización no es aislada. “Tuvimos una reunión en la Ciudad de México, convocada por economistas de la UNAM, de la Facultad de Economía y de Chapingo. Acudimos productores de varios estados, y ahí determinamos hacer una movilización nacional para exigir atención al campo. Hoy están participando 17 estados de la República. Aquí en Chihuahua estamos nosotros.”

Mientras habla, el movimiento se hace visible también en otros puntos:
— “Allá en el noroeste, los de Casas Grandes, Janos, Ascensión y Galeana tomaron la carretera que va a Sonora; los de Cuauhtémoc tienen tomadas las vías del Chepe; los de Delicias también; los de Villa Ahumada en la carretera; y aquí, nosotros. Hasta los meloneros de Ceballos se unieron.”
Los productores de Jiménez no están solos. A lo largo del país, miles de campesinos se han sumado a una jornada nacional para exigir lo mismo: atención, precios justos y que los granos básicos sean protegidos del comercio desigual con Estados Unidos y Canadá.
“El tratado nos dejó en la ruina”.
El tema del Tratado de Libre Comercio (TLCAN, hoy T-MEC) surge inevitablemente. Rentería no necesita leer cifras para explicarlo. Lo ha vivido en carne propia.
“Desde que se firmaron los tratados de libre comercio nos pusieron a competir con los productores de Estados Unidos y Canadá. Aquellos sí están subsidiados, tienen respaldo de sus gobiernos, y además son los que ponen el precio del mercado. Pero aquí en México, el productor está olvidado. Y los precios, desde entonces, los dicta la Bolsa de Chicago, no el gobierno mexicano. Allí cotizan los grandes consorcios. Ellos deciden si el maíz vale 4.80 o menos, sin importar cuánto nos cuesta producirlo aquí. Así estamos en la ruina.”

Mientras lo dice, un grupo de productores de maíz y frijol asiente en silencio. Algunos recuerdan los años en que los precios de garantía eran reales, cuando las cosechas daban para vivir, no solo para sobrevivir.
Rentería prosigue:
“Por eso pedimos que en la próxima revisión del tratado —que será el próximo año— se dejen fuera los granos básicos: maíz, frijol, trigo. Que el gobierno los subsidie, que ponga precios de garantía. Que sea rentable producir. Esa es una de nuestras principales demandas. Queremos una reunión urgente con el secretario de Economía, con Hacienda, Sader, Conagua, CFE. Aquí no nos vamos a mover hasta que tengamos respuesta.”
El líder campesino lanza una frase que se queda flotando en el aire:
“Si el campo se muere, se muere México.”
El gusano, la frontera y el olvido.
En la charla surge otro tema que parece menor, pero no lo es: el gusano barrenador del ganado. Rentería lo explica como parte del mismo problema estructural.
“Los ganaderos también están siendo golpeados. Ahorita tenemos las fronteras cerradas porque los gringos son los que ponen las condiciones. Dicen que por el gusano barrenador, pero ese gusano viene del sur, del ganado que entra infectado. ¿Y qué hace el gobierno? Nada. Ellos, los de Estados Unidos, cuidan sus intereses, y nosotros seguimos perdiendo.”

“De aquí no nos vamos hasta que nos escuchen”.
El ambiente es tenso pero pacífico. Policías estatales y algunos federales observan a distancia. Los productores reparten agua, lonas y comida. Nadie se mueve de su sitio.
“Nos vamos a quedar el tiempo que sea necesario —dice Rentería—. Todo depende del gobierno. Si nos dan fecha, hora y lugar para una reunión formal, quizá levantemos la toma. Si no, aquí seguimos.”

El reloj marca el mediodía. El tren que debía pasar a las diez sigue detenido en alguna estación cercana. Los campesinos, en cambio, permanecen firmes. En medio del ruido del viento y del sol que cae implacable sobre el desierto, la escena se vuelve símbolo de algo más grande: la lucha por la dignidad de un sector olvidado que hoy vuelve a decir basta.
Contexto nacional: un campo golpeado por el libre comercio.
La voz del profesor Rentería resume un problema que lleva tres décadas gestándose: la desigualdad creada por el modelo agrocapitalista y los efectos del Tratado de Libre Comercio en la agricultura mexicana.
Desde la firma del TLCAN en 1994, México abrió sus fronteras al mercado agrícola de Estados Unidos y Canadá. La promesa era modernizar el campo, generar empleos y aumentar la competitividad. Pero los resultados fueron muy distintos.
Según análisis de la UNAM, la apertura eliminó apoyos estatales como los precios de garantía y subsidios, dejando al productor nacional a merced del mercado internacional.
Mientras tanto, los agricultores estadounidenses y canadienses continuaron recibiendo miles de millones de dólares anuales en subsidios. Con eso, pueden vender su maíz, trigo o leche más baratos que los costos de producción en México. El resultado: quiebras rurales, migración y abandono de tierras.
Un estudio de Clacso (2016) lo llama “el círculo vicioso del libre comercio”, donde la riqueza se concentra en unos pocos y la pobreza rural se profundiza. Los grandes consorcios agroindustriales —los “agrocapitalistas”— controlan el precio, la distribución y hasta la semilla, mientras el ejidatario queda atrapado entre deudas y sequías.

Además, con la dependencia de insumos importados (fertilizantes, semillas, combustibles), los costos de producción se disparan. Y los precios, como señala Rentería, se fijan en la Bolsa de Chicago, donde cotizan los grandes consorcios internacionales.
En 2024, México perdió un panel internacional del T-MEC sobre el maíz transgénico frente a Estados Unidos y Canadá, confirmando que el país tiene poco margen para proteger su producción nacional sin violar el tratado.
Epílogo: el tren que no pasa.
A las seis de la tarde, el sol comienza a caer sobre las vías del tren que siguen bloqueadas. Los campesinos se acomodan bajo lonas, preparando café y pan dulce. Nadie se desespera. La jornada ha sido larga, pero la convicción se mantiene.
Arturo Rentería mira el horizonte y dice con calma:
“Esto no es solo una protesta. Es una llamada de auxilio. Si no se atiende el campo, se acaba todo. Y por eso, aquí seguimos.”
El tren no pasa. Pero la voz del campo —esa que durante años fue ignorada— vuelve a hacerse escuchar, firme, desde las entrañas del desierto chihuahuense.