Un oasis en el Desierto Chihuahuense: las aguas termales ocultas de la Sierra de los Remedios (Ojo del Caballo)

Aquí, en una región dominada por la escasez de agua, temperaturas extremas y vegetación adaptada a la supervivencia, ocurre una contradicción geológica que desafía toda lógica del desierto: el agua caliente brota de la tierra.

HISTORIASMX. — En el extremo sur del municipio de Jiménez, donde el paisaje parece detenido en una larga pausa de polvo y silencio, se levanta una formación que rompe la linealidad del horizonte: la Sierra de los Remedios. Su silueta rojiza emerge en pleno Gran Desierto Chihuahuense, uno de los ecosistemas áridos más extensos y complejos de América del Norte, compartido por Chihuahua, Durango y Coahuila.

Aquí, en una región dominada por la escasez de agua, temperaturas extremas y vegetación adaptada a la supervivencia, ocurre una contradicción geológica que desafía toda lógica del desierto: el agua caliente brota de la tierra.

Un oasis en el corazón del Gran Desierto Chihuahuense.

La Sierra de los Remedios forma parte integral del Desierto Chihuahuense, específicamente del Bolsón de Mapimí, una vasta cuenca cerrada reconocida por su singular biodiversidad y por ser un territorio donde la vida se expresa de formas extremas y resilientes.

En este contexto árido, de suelos calichosos y aire seco, surgen dos nacimientos termales: Los Remedios y el Ojo del Caballo, ambos ubicados dentro del Ejido División del Norte, una comunidad donde hoy apenas sobreviven unas cuantas familias. La presencia de estos manantiales no convierte al desierto en vergel; lo que hace es revelar su complejidad. El desierto no es ausencia de vida, es otra manera de sostenerla.

Un corazón volcánico bajo la arena.

La explicación está en el origen de la sierra. Se trata de una formación de origen volcánico, con un sistema subterráneo que aún conserva calor. El agua se filtra a profundidad, se mineraliza y emerge a temperaturas que oscilan entre 35 y 40 grados centígrados, cargada de azufre, calcio y magnesio.

El vapor que se eleva contrasta con el viento frío del amanecer y con el paisaje seco que lo rodea. El olor a tierra húmeda —raro en el desierto— envuelve las albercas rústicas de piedra. Es un fenómeno que parece imposible, pero que lleva miles de años ocurriendo, ajeno a carreteras, gobiernos o fronteras administrativas.

Camino de polvo, viento y resistencia.

Llegar al sitio implica salirse del mapa turístico oficial. El acceso se encuentra en el kilómetro 165 de la Carretera Federal 49, rumbo a Durango. No hay señalamientos. Solo un camino de terracería que se abre paso entre arena, rocas volcánicas oscuras y matorrales resistentes al sol inclemente del Desierto Chihuahuense.

El trayecto es áspero. El silencio domina. Hasta que el paisaje cambia de manera casi imperceptible: aparece una pequeña arboleda y el sonido tenue del agua. En medio del desierto, el Ojo del Caballo respira.

El guardián del agua.

Este oasis es cuidado por Don Domitilo, un hombre de más de 70 años que, junto con su esposa Doña Lencha, ha dedicado su vida a resguardar este rincón del desierto. Sus padres llegaron hace más de seis décadas, cuando estas tierras formaban parte de la antigua Hacienda de los Remedios.

Fue su padre quien, con pico y paciencia, cavó hasta que el agua caliente brotó. Desde entonces, el manantial no se ha detenido. Don Domitilo no se asume como dueño absoluto, sino como custodio: del agua, del territorio y de una memoria que no aparece en archivos oficiales, pero que sostiene la vida cotidiana del lugar.

Entre el abandono institucional y la resistencia comunitaria.

A pesar de encontrarse cerca de la Reserva de la Biósfera del Bolsón de Mapimí, el Ojo del Caballo carece de apoyo institucional. No hay inversión pública, ni señalización, ni programas de desarrollo turístico sustentable. El camino está deteriorado y la promoción es inexistente.

Aun así, el sitio recibe visitantes. Llegan guiados por la recomendación oral y, en años recientes, por aplicaciones digitales. Buscan descanso, silencio y la experiencia única de sumergirse en aguas calientes en pleno desierto.

Durante la pandemia, el lugar cerró. El agua siguió brotando, pero el entorno quedó vacío. Con la reapertura en 2021, regresaron las familias y, con ellas, una esperanza frágil de que el sitio no termine absorbido por el abandono.

La amenaza del despojo.

En 2022, esa fragilidad se hizo evidente. Personas ajenas a la comunidad intentaron despojar a Don Domitilo del terreno y del derecho al agua, argumentando supuestos documentos legales. La intención era clara: convertir el oasis en un negocio privado.

El intento fue contenido de manera temporal con apoyo de conocidos, pero la incertidumbre persiste. En su momento, incluso cortaron el flujo del agua como forma de presión. Es una historia que se repite en muchas regiones del país: quienes cuidan el territorio son los más vulnerables frente a intereses externos.

El espejo del desierto.

Desde las albercas del Ojo del Caballo se observa una panorámica que sintetiza al Desierto Chihuahuense: los cerros de San Ignacio, las Tetas de Juana y, a lo lejos, la entrada a la Zona del Silencio. En las rocas quedan marcados los depósitos minerales; en primavera, brotan biznagas, gobernadoras y flores efímeras, que solo el desierto sabe producir.

No hay grandes construcciones ni ruido. Solo el agua caliente, el viento y un paisaje que exige respeto.

Un llamado desde el sur del desierto.

Las aguas termales de la Sierra de los Remedios no son solo un balneario rústico. Son patrimonio natural del Desierto Chihuahuense, memoria viva de procesos geológicos milenarios y una oportunidad real para un turismo sustentable, respetuoso y comunitario.

Mientras el sol se oculta detrás de la sierra, el vapor se eleva y el desierto recupera su silencio. Don Domitilo continúa vigilando el manantial, consciente de que el agua no le pertenece, pero que sin su cuidado podría desaparecer.

Por: Gorki Rodríguez / HISTORIASMX-LABP

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