Casi cinco décadas de servicio público, caminos recorridos a pie, comunidades rurales, ganado, parcelas y productores forman la historia del ingeniero zootecnista que hoy encabeza el Distrito Agropecuario del Río Florido de la SADER
Por Gorki Rodríguez | HISTORIASMX
HISTORIASMX. – La historia profesional del ingeniero Roberto Baca Perea no puede entenderse únicamente desde una oficina, un nombramiento administrativo o una hoja curricular. Su trayectoria está hecha de caminos de terracería, comunidades aisladas, animales atendidos prácticamente con lo que había disponible, parcelas experimentales, programas agropecuarios, reuniones con campesinos, jornadas de campo y decisiones que, durante décadas, terminaron vinculándolo profundamente con los productores rurales. Actualmente al frente del Distrito Agropecuario del Río Florido de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, Baca Perea calcula que suma aproximadamente 47 años dentro de la institución. Hablar de ese periodo significa hablar prácticamente de una vida completa dedicada al sector agropecuario, pero también de una época de profundas transformaciones en la manera en que el Gobierno Federal atendió al campo mexicano.
Del campo a la Universidad Autónoma de Chihuahua.
Su vínculo con el medio rural comenzó mucho antes de convertirse en servidor público. Desde niño había estado cerca de los animales y de las actividades propias del campo. Su familia tenía relación con ese mundo y, cuando llegó el momento de elegir una profesión, la decisión de estudiar Zootecnia surgió precisamente de aquella convivencia cotidiana. En 1975 ingresó a la Universidad Autónoma de Chihuahua para cursar la carrera de ingeniero zootecnista. También había realizado examen en el Instituto Tecnológico de Chihuahua y había logrado ingresar, pero terminó decantándose por la Facultad de Zootecnia porque sentía que ahí estaba lo que verdaderamente conocía y disfrutaba: el trabajo con los animales, los ranchos y la producción rural. Con los años incluso ha llegado a bromear con que quizá otra profesión habría significado mejores condiciones económicas, pero cuando reflexiona sobre lo que finalmente eligió, vuelve inevitablemente a la misma idea: el campo le permitió encontrar una satisfacción que difícilmente puede medirse solamente a través de un salario.
La universidad tampoco fue una etapa sencilla. Baca Perea recuerda que sus padres podían proporcionarle alrededor de 500 pesos mensuales para sostener sus gastos de alimentación y estudios. La economía familiar era limitada y prolongar demasiado la carrera no era una posibilidad real. Por esa razón decidió avanzar a un ritmo mayor. La licenciatura estaba programada para nueve semestres, pero él asegura haberla terminado en siete, entre 1975 y 1979. Mientras estudiaba también buscó alternativas para obtener recursos e impartió clases en preparatorias con la intención de ayudarse económicamente. Aquella necesidad de resolver con pocos recursos sería una constante durante los primeros años de su vida profesional.
Un examen que abrió la puerta al servicio público.
Cuando terminó sus estudios comenzó inmediatamente otra etapa. Un grupo numeroso de jóvenes egresados presentó una evaluación para ingresar a trabajar en programas federales relacionados con el sector agropecuario. De alrededor de 60 participantes, recuerda Baca Perea, solamente tres aprobaron. Él fue uno de ellos. Los jóvenes viajaron hasta la Ciudad de México pensando que comenzarían inmediatamente a trabajar, pero al llegar recibieron una noticia inesperada: estaban contratados, aunque todavía debían cursar aproximadamente siete meses adicionales de preparación antes de ser enviados a trabajar al trópico mexicano. Para alguien que había acelerado su carrera precisamente porque necesitaba comenzar a ganar dinero, volver durante meses al aula no resultaba atractivo. Decidió buscar otra alternativa dentro de la propia estructura gubernamental.
El destino terminó resolviéndose de una manera que todavía recuerda con una mezcla de humor y sorpresa. Los tres compañeros tuvieron que repartirse diferentes regiones de trabajo y llegaron incluso a utilizar un volado para definir quién se trasladaría a determinados lugares. Baca inicialmente pensó que terminaría en Veracruz. Poco después, sin embargo, recibió instrucciones distintas: había necesidad de personal en Oaxaca. El joven profesionista aceptó. No conocía aquella región y estaba muy lejos de Chihuahua, pero tenía algo más poderoso que cualquier duda: necesitaba trabajar. Así comenzó uno de los capítulos más intensos de su vida.
Oaxaca: la verdadera escuela estaba en las comunidades.
Baca Perea llegó a Oaxaca como auxiliar pecuario, un puesto inicial dentro de la estructura gubernamental. Recuerda claramente su primera impresión al presentarse ante el jefe de la oficina. Mientras esperaba ser recibido escuchó cómo el funcionario reprendía fuertemente a otros trabajadores. Cuando finalmente llegó su turno le explicaron que allí había que trabajar y cumplir. La respuesta del joven ingeniero fue sencilla: precisamente a eso había ido. Apenas comenzaba a familiarizarse con la región cuando se encontró con una de las primeras responsabilidades importantes. Durante esos meses debía elaborarse la programación pecuaria para el siguiente año, un proceso que implicaba reunir y organizar información sobre inventarios ganaderos, número de vientres, sementales, porcinos, bovinos, caprinos, extracción y producción. Eran grandes volúmenes de información que debían aproximarse lo más posible a la realidad productiva de la región.
El joven ingeniero comenzó a observar, preguntar y calcular. Asegura que en aproximadamente quince días logró avanzar significativamente en aquella programación y, apenas un mes después de haber llegado a Oaxaca, recibió la instrucción de viajar a la Ciudad de México para presentar el trabajo. Allí incluso terminaron pidiéndole apoyo para revisar información relacionada con otros estados, pues ya había comprendido la lógica de los inventarios y proyecciones ganaderas. Sin embargo, el verdadero aprendizaje de aquellos años no ocurrió dentro de las oficinas de la capital del país. Ocurrió cuando regresó a Oaxaca y comenzó a internarse directamente en las comunidades rurales.
Vacunar, caminar y resolver con lo que había.
El trabajo pecuario de aquellos años era completamente distinto al que hoy podría imaginarse desde una institución moderna. Baca Perea recuerda que salían a atender ranchos, ejidos y comunidades cargando un termo con vacunas y los materiales básicos necesarios. En muchos casos no existían instalaciones adecuadas para contener al ganado, tampoco caminos transitables ni infraestructura veterinaria. Los técnicos tenían que llegar hasta donde se encontraban los productores y atender a los animales prácticamente en campo abierto. Vacunaban, desparasitaban, revisaban enfermedades y brindaban asistencia sanitaria. Según explica, el productor pagaba únicamente el costo de los medicamentos o productos utilizados, mientras que la atención técnica era proporcionada gratuitamente por el Gobierno.
Esos recorridos le mostraron una realidad rural profundamente distinta a la del norte de México. En algunas comunidades las parcelas eran extremadamente pequeñas y las familias dependían de unos cuantos animales o de superficies mínimas para sostenerse. Había lugares a los que solamente podía llegarse caminando durante horas. En una de las campañas para atender el derriengue —la rabia paralítica bovina asociada con la transmisión por murciélagos hematófagos— recuerda haber caminado alrededor de tres horas en zonas serranas acompañado por un médico veterinario y un técnico. Vacunar tampoco significaba simplemente hacer pasar al ganado por una manga de manejo. Muchas veces era necesario lazar una vaca, sujetarla entre varias personas, amarrarla a un poste y solamente entonces aplicar el biológico.
En una de aquellas jornadas dejaron una camioneta en una zona serrana porque las condiciones del terreno impedían continuar. Llegaron las lluvias y el vehículo permaneció prácticamente un mes sin poder salir. Para recuperarlo tuvieron que regresar con otro vehículo, cadenas y equipo. En otras ocasiones las caminatas eran tan largas que los zapatos terminaban completamente desgastados. Son experiencias que Baca Perea cuenta con naturalidad, pero que permiten dimensionar las condiciones bajo las cuales se desarrollaba buena parte de la extensión agropecuaria de aquella época. El técnico no esperaba al productor detrás de un escritorio. Tenía que encontrarlo.
Emergencias veterinarias y la confianza de la gente.
También existieron momentos límite. Durante sus años en Oaxaca le tocó intervenir animales en condiciones que actualmente parecerían impensables sin instalaciones veterinarias especializadas. Recuerda haber participado en cesáreas, atender marranas con problemas de parto, realizar procedimientos pecuarios y enfrentar emergencias con herramientas mínimas. En uno de esos episodios tuvo que intervenir una marrana con fiebre severa y complicaciones reproductivas; en otro debió atender un bovino con una infección importante durante una castración. La hemorragia que se produjo generó inmediatamente preocupación entre los propietarios y terminó convirtiéndose en un conflicto. Para las familias rurales, perder un animal podía significar mucho más que perder una pieza de ganado: podía significar perder una parte fundamental del patrimonio familiar.
Aquellos momentos también le enseñaron que trabajar en el campo implicaba construir confianza. Un ingeniero podía tener conocimientos técnicos, pero de poco servían si la comunidad no confiaba en él. Con el paso del tiempo, Baca Perea comenzó a desarrollar una relación cercana con los productores de Oaxaca. Cuando surgió la posibilidad de regresar a Chihuahua, recuerda que algunas de las personas a las que había atendido acudieron ante sus superiores para solicitar que no permitieran su traslado. Para él, aquella reacción continúa siendo uno de los reconocimientos más importantes de esa etapa. No provenía de una institución ni estaba escrito en un diploma. Venía directamente de las personas con las que había trabajado.
El regreso a Chihuahua y una nueva especialidad: la agricultura.
Después de aproximadamente dos años en Oaxaca recibió la oportunidad de cursar una maestría. Tenía buen desempeño académico y la posibilidad estaba disponible, pero decidió no continuar. Había observado que dentro de la Secretaría un ingeniero con estudios de posgrado podía terminar percibiendo prácticamente el mismo salario que otro profesionista sin ese grado. Después de años de sacrificio económico y de haber comenzado ya una carrera laboral, decidió continuar trabajando. Regresó a Chihuahua y terminó asignado a San Juanito, en plena Sierra Tarahumara.
San Juanito representó otro aprendizaje. La realidad agrícola era diferente a la oaxaqueña, aunque igualmente difícil. Predominaban superficies pequeñas, agricultura de temporal y condiciones climatológicas que limitaban la productividad. Ahí comenzó a involucrarse cada vez más en la agricultura. Aunque su formación original era como zootecnista, poco a poco aprendió sobre cultivos, fertilización, parcelas demostrativas, comercialización y programas de crédito. Esa transición profesional acabaría definiendo buena parte de su carrera. “Me fui transformando más agrícola que pecuario”, reconoce al mirar retrospectivamente su trayectoria.
Demostrar sobre la tierra, no desde el escritorio.
Durante aquellos años participó en la instalación de parcelas demostrativas y en pruebas con distintas dosis de fertilizante. El objetivo no era únicamente obtener producción, sino conocer qué cantidad de insumos permitía alcanzar un equilibrio económicamente conveniente para los productores. También hubo experimentos con diferentes cultivos, entre ellos trigo, frijol e incluso fresa. La manera de convencer al campesino no era mediante discursos: había que demostrarlo directamente en la tierra. Se dividían parcelas, se aplicaban tratamientos distintos y posteriormente se cosechaban y pesaban los resultados. Así podían comparar los rendimientos frente a los propios productores.
En Valle de Allende recuerda particularmente un ensayo con frijol. Algunos campesinos miraban con escepticismo el trabajo de los técnicos y dudaban abiertamente de que los tratamientos fueran a producir resultados. El temporal tampoco ayudaba inicialmente. Pero comenzaron las lluvias y las diferencias entre los tratamientos empezaron a aparecer. Cuando llegó la cosecha, los técnicos separaron las áreas experimentales, desgranaron y pesaron la producción. Para Baca Perea aquella forma de trabajar era fundamental porque permitía que el productor sacara sus propias conclusiones viendo directamente los resultados.
Su trabajo también implicaba verificar personalmente la aplicación de los programas gubernamentales. En algunas comunidades de la Sierra Tarahumara las condiciones eran tan complicadas que ni siquiera podían llegar en vehículo. Para comprobar que los créditos, fertilizantes o apoyos realmente fueran utilizados en las parcelas correspondientes, tenían que rentar animales de carga y trasladarse en mula. La anécdota puede parecer menor, pero resume una forma de trabajo profundamente ligada al territorio. Si el expediente señalaba que existía determinada parcela y determinado productor, alguien tenía que llegar físicamente y comprobarlo.
Parral: más de dos décadas entre programas y productores.
Después vendría Parral, uno de los capítulos más extensos de su vida profesional. Baca Perea buscó personalmente el traslado porque quería acercarse nuevamente al sur del estado y a la región de donde provenía. Conseguirlo no fue sencillo. Relata que inicialmente sus superiores no querían permitirle el cambio, por lo que tuvo que gestionar directamente ante autoridades de Chihuahua hasta obtenerlo. Pero llegar a Parral tampoco significó inmediatamente alcanzar una posición importante. Volvió a comenzar prácticamente desde abajo dentro de la estructura y nuevamente tuvo que abrirse camino a través del trabajo.
Con los años llegó a desempeñarse como coordinador y subjefe de distrito. Entre diferentes etapas calcula haber permanecido alrededor de 21 años en Parral. Durante ese periodo le correspondió participar en algunos de los programas agropecuarios más importantes que ha tenido el Gobierno Federal, entre ellos Procampo, programas de tecnificación, repoblamiento ganadero, fertilización, diésel agropecuario y esquemas destinados a incentivar la productividad. Su memoria permite reconstruir también una etapa del campo mexicano en la que existían numerosos instrumentos gubernamentales de apoyo y una estructura técnica que mantenía contacto permanente con los productores.
Procampo, filas de 500 productores y la presión por los apoyos.
Procampo fue quizá uno de los programas que más conflictos generó debido al enorme número de beneficiarios y a las expectativas alrededor de los pagos. Baca Perea recuerda largas filas de campesinos esperando sus cheques y episodios en los que cientos de personas llegaban a las instalaciones para exigir respuestas. En una ocasión, asegura, alrededor de 500 productores tomaron las oficinas inconformes porque querían recibir inmediatamente los recursos. En medio de aquella presión, Baca Perea tuvo que salir a explicar el procedimiento. Los pagos, insistía, tenían que realizarse conforme se registraban y revisaban los expedientes. También debía comprobarse que la superficie realmente existiera y estuviera sembrada cuando así lo requerían las reglas.
Esa forma de trabajar le ganó reconocimiento, pero también conflictos. Durante la entrevista insiste repetidamente en que una de sus principales reglas ha sido hablar con claridad al productor, incluso cuando la respuesta no resulta favorable. “Siempre decirles la verdad”, repite al explicar su manera de entender el servicio público. Para él, administrar recursos públicos también significaba dejar claro que el dinero no pertenecía al funcionario y que los apoyos no podían entregarse simplemente por presión política, amistad o exigencia. Los expedientes tenían que revisarse, los beneficiarios comprobarse y los recursos entregarse de acuerdo con las reglas.
Cuando un apoyo significaba patrimonio para una familia.
En algunas ocasiones esa postura lo colocó frente a situaciones tensas. Recuerda presiones de organizaciones y dirigentes que exigían pagos para determinados productores y episodios en los que la inconformidad llegó a niveles extremos. Pero también conserva otra cara de aquellos programas: la de familias para las cuales unos cuantos miles de pesos podían significar una diferencia real. En Valle del Rosario recuerda especialmente el programa de repoblamiento ganadero. Existían apoyos para adquirir vaquillas o conservar hembras dentro del hato con la intención de incrementar la población ganadera. El productor podía recibir recursos por los animales que mantuviera para reproducción.
Entre los recuerdos de aquella etapa está el de una mujer adulta mayor que había recibido un apoyo correspondiente a tres vaquillas, mientras otro integrante de su familia había incorporado un número mayor de animales al programa. Inicialmente la mujer creía que el recurso nunca había llegado y fue directamente a reclamar. Al revisar los registros comprobaron que el depósito estaba disponible. Baca Perea recuerda esa historia porque representa la dimensión humana que muchas veces se pierde cuando se habla únicamente de presupuesto público. Para una persona con grandes extensiones y capital, unos cuantos miles de pesos pueden parecer poco. Para una familia rural podían representar una cantidad enorme.
Jiménez: regresar a la región propia.
Con el paso de los años llegó finalmente a Jiménez. El movimiento significaba acercarse definitivamente a su región, aunque tampoco llegó inmediatamente como jefe del distrito. Continuó desempeñándose en áreas vinculadas con comercialización y programas agrícolas. Entre ellos estuvo el diésel agropecuario, un esquema mediante el cual los productores recibían subsidios calculados con base en diversos factores, como superficie cultivada, tipo y potencia de maquinaria. Baca recuerda que el procedimiento era mucho más complejo de lo que públicamente podía parecer. No bastaba llevar una fotografía de un tractor; era necesario documentar características, superficies y necesidades reales para determinar el apoyo correspondiente.
Después de décadas dentro de la Secretaría surgió la oportunidad de competir formalmente por la jefatura del Distrito Agropecuario del Río Florido. La decisión implicaba un riesgo extraordinario. Según su propio relato, para ingresar al proceso tuvo que renunciar a una plaza acumulada durante aproximadamente 35 años. Si no aprobaba las evaluaciones podía perder la estabilidad laboral construida durante toda una vida. Aun así decidió competir. “Me la he jugado”, resume cuando recuerda aquel momento.
Apostarlo todo por la jefatura del distrito.
El proceso incluyó varios exámenes y decenas de participantes. Baca Perea asegura que en una de las primeras evaluaciones fue el único aspirante que logró aprobar y posteriormente continuó avanzando frente a otros candidatos. Fueron varias etapas. La última estuvo a punto de perderla por una circunstancia inesperada. Ese día se encontraba recorriendo el campo, rumbo a Villalobos, porque no había recibido oportunamente el aviso del examen. Mientras estaba en carretera le comunicaron que tenía que presentarse antes de una determinada hora o quedaría automáticamente fuera del proceso. Inicialmente, agotado después de tantos años y evaluaciones, pensó en abandonar. Finalmente regresó y presentó el examen.
Obtuvo una calificación de 95, según recuerda. El resultado le permitió quedarse con la responsabilidad. Primero permaneció de manera interina desde el 1 de agosto de 2009 y posteriormente, el 1 de enero de 2010, recibió formalmente el nombramiento. Para entonces habían transcurrido aproximadamente tres décadas desde aquel joven que había llegado a la Facultad de Zootecnia tratando de terminar rápidamente sus estudios porque la economía familiar no permitía sostenerlo demasiado tiempo fuera de casa.
Cuarenta y siete años después, todavía salir al campo.
Hoy, después de alrededor de 47 años de trabajo institucional, la rutina de Baca Perea continúa teniendo un componente que considera fundamental: salir al campo. Durante la propia entrevista explica que todavía realiza verificaciones de productores y parcelas. Un día antes, por ejemplo, había acudido a la región de Búfalo para comprobar casos relacionados con la entrega de fertilizantes. También esperaba revisar una relación de productores seleccionados aleatoriamente desde instancias superiores. Su postura frente a esos programas continúa siendo prácticamente la misma de décadas atrás: los apoyos tienen que llegar a quien realmente produce.
Esa visión también lo ha llevado a cuestionar algunos problemas actuales de los padrones agropecuarios. Una de sus preocupaciones es el envejecimiento de la población rural. Existen beneficiarios de edad muy avanzada que siguen apareciendo registrados aunque físicamente ya no puedan trabajar directamente la tierra. Para Baca Perea, el sistema debería permitir con mayor facilidad una actualización que incorpore a quienes realmente continúan cultivando las parcelas, particularmente a nuevas generaciones. El problema toca uno de los desafíos más profundos del campo mexicano: el relevo generacional.
Agua, nogal y estadísticas: conocer el territorio para entender los números.
La región de Jiménez también ha colocado a Baca Perea dentro de discusiones cada vez más complejas en torno al agua, la superficie agrícola, la producción de nogal y la disponibilidad de recursos hídricos. Sus estadísticas y estimaciones han sido cuestionadas en diferentes momentos. Él reconoce que ningún dato levantado en campo puede considerarse absolutamente perfecto, pero sostiene que la información que manejan posee un nivel elevado de confiabilidad porque existe verificación territorial. Habla de aproximadamente un 90 por ciento de confiabilidad y defiende una metodología basada no únicamente en registros digitales, sino en recorrer las zonas agrícolas, observar los cultivos y contrastar la información directamente con productores.
Esa manera de entender el campo parece ser el hilo que atraviesa toda su trayectoria. Oaxaca le enseñó que para vacunar había que caminar durante horas. La Sierra Tarahumara le mostró que para verificar una parcela algunas veces era necesario subir a una mula. Valle de Allende le confirmó que un productor cree más en una parcela demostrativa que en una explicación teórica. Parral le mostró la presión social que puede generarse alrededor de los recursos públicos. Jiménez, finalmente, lo ha colocado frente a uno de los desafíos más complejos de la agricultura contemporánea: producir en una región donde el agua representa cada vez más una condición determinante.
Una memoria del campo mexicano que podría convertirse en libro.
Cuando Roberto Baca Perea recuerda el conjunto de esas experiencias, reconoce que en distintas ocasiones le han sugerido escribir un libro. No resulta difícil entender por qué. Su memoria está llena de escenas que hoy parecen pertenecer a otra época: técnicos caminando con termos de vacunas; bovinos sujetados contra un poste para poder inmunizarlos; vehículos abandonados durante semanas porque la lluvia cortó el camino; parcelas a las que únicamente podía llegarse montando una mula; cientos de campesinos esperando un cheque; funcionarios realizando demostraciones de fertilización sobre la propia tierra; familias que veían en una vaquilla o unos cuantos miles de pesos una oportunidad para mantener su patrimonio.
Pero su historia también permite observar una transformación mucho más amplia. Durante 47 años ha visto cambiar a la propia administración pública, desaparecer programas, nacer otros, digitalizarse los padrones, modificarse las reglas de operación y reducirse o transformarse las estructuras técnicas que antes recorrían constantemente las comunidades. Lo que permanece, según su visión, es la necesidad de conocer directamente la realidad rural.
Porque el campo no termina donde termina un expediente.
Existe detrás de cada número una parcela. Detrás de cada parcela hay una familia. Detrás de cada hectárea existe agua, inversión, trabajo, incertidumbre y, muchas veces, toda una forma de vida.
“Siempre decirles la verdad”: la filosofía que resume una trayectoria.
Después de casi medio siglo dentro del servicio público, Baca Perea asegura que productores de regiones en las que trabajó hace muchos años todavía continúan llamándolo para realizar consultas. Personas de distintas zonas del estado mantienen contacto con él. Más que un dato anecdótico, ese vínculo refleja una relación construida durante décadas.
Las posiciones administrativas eventualmente terminan. Los programas cambian. Los gobiernos se suceden. Las reglas se modifican y las instituciones adoptan nuevas estructuras. La confianza del productor tarda mucho más tiempo en construirse.
Roberto Baca Perea comenzó su trayectoria como un joven ligado al campo que decidió estudiar Zootecnia porque conocía a los animales y disfrutaba trabajar con ellos. Estudió con recursos limitados, aceleró su formación, viajó al sur del país, recorrió comunidades a pie, atendió ganado en condiciones difíciles, regresó a Chihuahua, aprendió agricultura directamente sobre las parcelas, administró programas federales, soportó auditorías y protestas, asumió responsabilidades administrativas y terminó encabezando el distrito agropecuario de la región a la que pertenece.
Al mirar hacia atrás, entre todas las historias, programas y cargos, existe una frase que repite y que probablemente sintetiza mejor que cualquier currículum su manera de entender el trabajo:
“Me ha gustado de corazón atender a los productores y siempre decirles la verdad”.
Quizá allí se encuentre el verdadero centro de su historia. No solamente en haber permanecido 47 años dentro de una institución, sino en haber pasado casi medio siglo mirando el campo desde donde realmente sucede: desde la parcela, el rancho, el ejido y la comunidad, junto a las personas que todos los días continúan intentando vivir de la tierra.