Enseñar en el desierto profundo de Laguna de Palomas.

Laguna de Palomas, también conocida como Estación Carrillo o comunidad Carrillo, es una localidad pequeña del municipio de Jiménez, Chihuahua. Se encuentra en las coordenadas aproximadas de 26°53′07″N, 103°55′57″O, a 1,105 metros sobre el nivel del mar.

HistoriasMx / Laguna de Palomas. — En los márgenes del inmenso Desierto de Chihuahua, donde el sol abrasa de día y la noche congela, existe una comunidad que pocas horas de carretera y muchas de aislamiento separan de la ciudad. Allí vive y trabaja la maestra Jennifer Zúñiga Rodríguez, directora de la telesecundaria del lugar, originaria de Camargo, quien llegó hace casi dos años a esta zona tan apartada para cumplir con la noble misión de educar.

El lugar: geografía, clima y aislamiento.

Laguna de Palomas, también conocida como Estación Carrillo o comunidad Carrillo, es una localidad pequeña del municipio de Jiménez, Chihuahua. Se encuentra en las coordenadas aproximadas de 26°53′07″N, 103°55′57″O, a 1,105 metros sobre el nivel del mar.

La población ronda los 240-360 habitantes, dependiendo de la fuente, lo que habla de su carácter muy reducido, casi íntimo.

Se trata de un punto muy aislado. La antigua vía de ferrocarril —Estación Carrillo— ya no funciona, y el acceso depende de caminos rurales que lo conectan con Escalón y la carretera federal.

El clima es uno de los desafíos más fuertes. Las temperaturas varían con amplitudes extremas: en verano puede alcanzar los 42 °C o más, mientras en invierno bajar hasta –14 °C, con lluvias escasas e irregulares. La zona forma parte del Desierto de Chihuahua, dentro del Bolsón de Mapimí.

La vegetación y fauna reflejan esa dureza: cactus, agave, yucca, plantas xerófitas; animales adaptados al desierto como conejos, liebres, coyotes, etc. El suelo muchas veces árido, con problemas para cultivo convencional.

El agua es un recurso limitado, dependiente de lluvias que no siempre llegan de forma oportuna, y con acuíferos que tienen capacidades restringidas.

El reto de dar clases en medio del desierto.

Para Jennifer, cada día de clases es un acto de resistencia y esperanza. Llegó hace casi dos años a Laguna de Palomas, dejando atrás la ciudad de Camargo tanto físicamente como en términos de comodidades. El cambio fue «radical», relata: los recursos disminuyen, las oportunidades escasean, lo rutinario en la ciudad se convierte en privilegio.

Ella enseña en telesecundaria, lo que significa trabajar con jóvenes en un nivel educativo de secundaria a distancia también apoyada con tecnologías mediadas, pero en condiciones muchas veces desfavorables.

Los principales retos que enfrenta:

  • Comunicación: con la ciudad, con los servicios, con acceso a internet o telefonía confiable; muchas veces interrumpida o de baja calidad.
  • Recursos básicos: la electricidad, el agua potable, el acceso a bienes de primera necesidad, incluso alimentos y materiales escolares. No siempre llegan con facilidad.
  • Infraestructura educativa: materiales, libros, medios digitales; en algunos casos la escuela debe suplir carencias que en zonas urbanas serían dados por hecho.
  • Nivel académico de los estudiantes: ella considera que los alumnos tienen un buen potencial, pero enfrentan dificultades especialmente en lectura y matemáticas. Esto puede deberse tanto al contexto familiar como a la escasez de apoyo extraescolar.
  • Climatología extrema: calor intenso durante los meses de estío, frío fuerte en invierno; sequía prolongada; condiciones que afectan la salud, la asistencia de alumnos y el entorno educativo en general.

Aprendizajes, valor y humanidad.

Jennifer habla con humildad de lo que este entorno le ha enseñado: que no todos los lugares son iguales, que cada comunidad tiene su propia manera de resistir con lo que tiene, y que ser maestra aquí no es sólo impartir lecciones, sino acompañar, motivar y construir esperanza.

Ella observa que los alumnos, a pesar de sus límites materiales, muestran compromiso, ganas; que los padres quieren para sus hijos mejores oportunidades, aunque lo cotidiano se imponga con dureza.

Su labor también implica liderazgo comunitario, resolver lo que falta —agua, luz, alimentos— muchas veces más allá de lo puramente educativo. Ser maestra aquí significa ser también gestora, mediadora, cuidadora.

Una mirada hacia el futuro.

Pese a la adversidad, existe una posibilidad latente: la comunidad ha despertado interés en proyectos turísticos sustentables, aprovechando la belleza singular de la Laguna de Palomas cuando hay lluvias; la flora y fauna del desierto; la mística de la Zona del Silencio cercana.

También la producción artesanal de sal es parte esencial de la economía local, aunque ha sido afectada por inundaciones atípicas y lluvias que impiden el uso de las salinas.

Para Jennifer, cualquier mejora en servicios básicos, apoyo institucional para infraestructura educativa, programas de estímulo para maestros en zonas aisladas, y una red de apoyo para alumnos serían pasos enormes hacia un mejor futuro.

En Laguna de Palomas, la maestra Jennifer vive la enseñanza como una misión que trasciende aulas. En medio del desierto, del frío, del aislamiento, lo que más pesa no es sólo el calor o la falta de agua, sino la distancia hacia los sueños. Distancia que ella acorta día a día, con paciencia, con entrega, con vocación.

Ser maestra aquí, en ese rincón olvidado para muchos, significa sembrar cuando la tierra está reseca, regar cuando no hay lluvia, mantener vivo el deseo de aprender cuando todo parece obstáculo.

Y lo hace con dignidad, porque la educación no es sólo un servicio, es un faro en la oscuridad.

Por: Gorki Rodríguez.

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