Plomo contra la disidencia: la crónica del triple asalto bancario que marcó a Chihuahua.

De los años sesenta a bien entrada la década de los ochenta, el Estado mexicano optó por la represión como lenguaje político. La consecuencia fue inevitable: un quiebre social profundo, particularmente entre los jóvenes universitarios, quienes comenzaron a mirar la historia reciente —Cuba, la Sierra Maestra, Fidel Castro, el Che Guevara— y la propia —Villa y Zapata— como ejemplos de que la vía armada era, quizá, la única salida.

HISTORIASMX. – Durante la segunda mitad del siglo XX, México vivió bajo una calma aparente. Por debajo, sin embargo, hervía el descontento. Protestas estudiantiles, marchas del silencio, manifestaciones obreras, organización civil y toda expresión que cuestionara la ética y el autoritarismo de los gobiernos del PRI fueron respondidas, una y otra vez, con plomo y sangre.

De los años sesenta a bien entrada la década de los ochenta, el Estado mexicano optó por la represión como lenguaje político. La consecuencia fue inevitable: un quiebre social profundo, particularmente entre los jóvenes universitarios, quienes comenzaron a mirar la historia reciente —Cuba, la Sierra Maestra, Fidel Castro, el Che Guevara— y la propia —Villa y Zapata— como ejemplos de que la vía armada era, quizá, la única salida.

En ese contexto nació la guerrilla urbana en México. Y en Chihuahua, ese estallido tuvo nombre y fecha.

El sueño de una expropiación imposible

Para Diego Lucero Martínez, exdirigente estudiantil chihuahuense, la idea parecía tan audaz como necesaria: expropiar simultáneamente tres bancos en la ciudad de Chihuahua, algo nunca antes visto en la capital del estado. No era un golpe criminal, insistían ellos; era una expropiación política. El dinero tenía un destino claro desde el inicio: financiar la guerrilla de Lucio Cabañas y de Genaro Vázquez Rojas en Guerrero, donde el Ejército había cercado comunidades enteras.

La operación recibió un nombre simbólico: Operación Madera, en memoria del asalto al cuartel militar de 1965. Para Diego, el norte era estratégico: menos vigilancia guerrillera, menor sospecha, mayor posibilidad de obtener una suma cuantiosa. El objetivo no era Chihuahua; era el país.

“Pensaron que nadie lo esperaría aquí”

Francisco Javier Pizarro, integrante del Grupo N y uno de los sobrevivientes del triple asalto, lo explicó años después con crudeza:

“La expropiación triple se pensó como una sorpresa. Las anteriores habían sido en grandes ciudades: Guadalajara, Monterrey, Ciudad de México. Chihuahua no estaba en el radar”.

Pizarro ya había participado en expropiaciones previas. Tras una operación en Guadalajara, regresó a la Ciudad de México, donde un compañero —Melchor— le dio la noticia: Diego estaba en Chihuahua, decidido a operar. Ya tenía estudiantes reclutados. La mayoría eran jóvenes universitarios.

Pizarro no dudó. Tomó camino al norte.

El plan, la ideología y los “Guajiros”

Diego Lucero veía más lejos. No pensaba solo en dinero, sino en un frente nacional, urbano y rural, que unificara a los grupos dispersos. Cuando expuso la idea a Lucio Cabañas, la respuesta fue tajante:

Eso es un sueño guajiro.

La frase se quedó. Desde entonces, al Grupo N se le conocería como “Los Guajiros”, nombre que circuló entre organizaciones como Unión del Pueblo, Frente Urbano Zapatista y Los Procesos.

15 de enero de 1972: la ciudad sitiada

Ese día, Chihuahua despertó sin saber que estaba a punto de entrar en la historia.

Tres sucursales bancarias fueron asignadas con nombres simbólicos: Arturo Gámiz, Óscar González Eguirte y Carlos Armendáriz. Dos operaciones resultaron exitosas:

  • En la esquina de 20 de Noviembre y Ocampo, se obtuvieron 215 mil pesos.
  • En la sucursal Futurama, en División del Norte y Universidad, bajo el mando de Pizarro, se lograron 300 mil pesos.

La tercera fue distinta. En la sucursal del Banco Comercial, en Revolución y 25, la sorpresa se rompió. Hubo enfrentamiento. Avelina Gallegos (“Natalia”), maestra y militante, murió. También cayó Mario Pérez, en el hospital. La operación fracasó.

La cacería

Horas después, comenzó la persecución. Rosendo Muñoz Colomo fue entregado por su propio padre. Asunción Carrillo fue detenido y torturado hasta morir. Los nombres comenzaron a caer uno por uno.

El 16 de enero, Javier Pizarro fue capturado y trasladado al Campo Militar Número Uno, en la Ciudad de México.

La narrativa oficial

El 18 de enero de 1972, El Heraldo de Chihuahua tituló en primera plana:

“Hace tres meses reclutaron a los jóvenes para cometer asaltos”
“Los estudiantes chihuahuenses, víctimas del dolo y mezquindad de gentes de fuera”
“Tres detenidos más, otro muerto”.

En la misma edición, el rector de la UACH sentenciaba:

“Ser universitario no confiere derechos para cometer delitos”.

El mensaje era claro: despolitizar el conflicto, criminalizar a los jóvenes, cerrar filas con el poder.

Tortura y oscuridad

Para los sobrevivientes, el infierno apenas comenzaba. Pizarro conoció Lecumberri y al rostro más siniestro de la represión: Miguel Nazar Haro.

Golpes, simulacros de fusilamiento, amenazas, humillaciones. En uno de esos episodios, Nazar Haro le dijo:

Yo quisiera tener un hijo como usted.

La respuesta de Pizarro fue inmediata:

Yo no quisiera tener un padre grotesco como usted.

La bofetada fue la antesala del traslado al Palacio Negro.

La solidaridad y el exilio

Mientras tanto, en Chihuahua, el Comité de Defensa Popular denunciaba las torturas y exigía su traslado. La DFS los espiaba. Todo quedaba registrado.

En 1973, el secuestro del cónsul estadounidense Terrance George en Guadalajara cambió el tablero. El canje fue inevitable. Entre los liberados estaba Javier Pizarro, quien partió al exilio en Cuba durante seis años.

Cuando regresó, la lucha armada había terminado. Pero no la social. Pizarro se integró al Partido Comunista Mexicano, convencido de que la historia no se abandona: se transforma.

Epílogo

El triple asalto bancario de Chihuahua no fue solo un acto armado. Fue el síntoma de un país cerrado al disenso, donde la represión fabricó sus propios enemigos. Medio siglo después, la pregunta persiste:

¿Fue delincuencia o fue historia?

La respuesta sigue incomodando al poder.

Por: Gorki Rodríguez.

Volver arriba