LA NOCHE EN QUE LOS HOMBRES VERDES DESCENDIERON SOBRE EL RÍO FLORIDO.

Corría el mes de agosto de 2005. La temporada de lluvias había dejado algunos charcos dispersos sobre el cauce del río, mientras los mezquites y álamos proyectaban sombras largas sobre la arena húmeda. Aquella noche el calor persistía incluso después de la medianoche.

HISTORIASMX. – En los pueblos del norte existen historias que sobreviven al paso del tiempo. Algunas nacen de acontecimientos reales, otras se transforman con cada generación que las cuenta. Sin embargo, hay relatos que se niegan a desaparecer porque quienes los escuchan juran que detrás de ellos existe algo más que una simple leyenda. Una de esas historias comenzó, según cuentan los más viejos, durante una sofocante noche de verano en las inmediaciones del Río Florido en el cauce que pasa por el municipio de Jiménez, Chihuahua, cuando un extraño objeto luminoso descendió desde el cielo y varios habitantes aseguraron haber visto seres que no parecían pertenecer a este mundo.

Corría el mes de agosto de 2005. La temporada de lluvias había dejado algunos charcos dispersos sobre el cauce del río, mientras los mezquites y álamos proyectaban sombras largas sobre la arena húmeda. Aquella noche el calor persistía incluso después de la medianoche. El aire estaba inmóvil y el silencio resultaba tan profundo que podía escucharse el zumbido de los insectos entre la maleza.

A unos kilómetros de la ciudad de Jiménez, cerca de una curva donde el cauce se ensancha antes de perderse entre los matorrales, cuatro hombres habían decidido reunirse para pescar y convivir alrededor de una fogata. Entre ellos se encontraba don Ernesto Baca, un agricultor de 61 años; su sobrino Miguel, de 34; además de los hermanos Ramón y Jesús Alvarado, conocidos en la región por recorrer constantemente las márgenes del río.

La noche transcurría con normalidad. Entre risas, café caliente y anécdotas sobre antiguas inundaciones, ninguno imaginaba que estaba a punto de vivir algo que recordaría durante el resto de su vida.

—Mira nomás cómo está el cielo esta noche —comentó Ramón mientras observaba las estrellas—. Parece que se pueden tocar con la mano.

—Cuando el cielo se ve así siempre cambia el tiempo —respondió don Ernesto mientras acomodaba unos troncos en la fogata—. Mi abuelo decía que las noches demasiado tranquilas nunca traen nada bueno.

Miguel soltó una carcajada.

—Ya va a empezar con sus historias de aparecidos.

—Ríete todo lo que quieras —contestó Ernesto—, pero el desierto guarda cosas que nosotros no entendemos.

Nadie prestó demasiada atención a aquella frase. Durante años habían escuchado relatos sobre luces extrañas, bolas de fuego y fenómenos inexplicables que supuestamente ocurrían en los alrededores del Río Florido. Eran historias que formaban parte del folclore local y que normalmente terminaban provocando más risas que preocupación.

Sin embargo, poco después de la una de la madrugada ocurrió algo que interrumpió la conversación.

Primero desaparecieron los sonidos de los insectos.

Luego los perros de algunos ranchos cercanos comenzaron a ladrar desesperadamente.

Y después llegó aquel extraño zumbido.

No era el ruido de un motor. No se parecía al paso de un avión ni al eco lejano de un tráiler sobre la carretera. Era un sonido grave y constante que parecía provenir de todas partes al mismo tiempo. Los cuatro hombres guardaron silencio mientras intentaban identificar su origen.

—¿Escuchan eso? —preguntó Jesús con evidente nerviosismo.

—Sí lo escucho —respondió Miguel—. Parece como si estuviera debajo de nosotros.

Don Ernesto se puso de pie lentamente.

—No viene de la tierra —dijo sin apartar la mirada del horizonte—. Viene del cielo.

Todos voltearon hacia el norte.

Y entonces la vieron.

Una luz azulada apareció suspendida sobre la oscuridad del desierto.

Al principio parecía una estrella particularmente brillante, pero en cuestión de segundos comenzó a aumentar de tamaño. No avanzaba de manera normal. No parpadeaba como un avión. Tampoco seguía una trayectoria recta. Parecía deslizarse suavemente por el firmamento, como si flotara sobre una superficie invisible.

El silencio se volvió absoluto.

Nadie se atrevía a pronunciar una palabra.

Mientras la luz se aproximaba, comenzaron a distinguir una estructura oscura alrededor de ella. Poco a poco apareció la silueta de un objeto gigantesco cuya forma no se parecía a nada conocido.

—Dime que estoy soñando —susurró Miguel.

—Ojalá lo estuvieras —respondió Ramón sin poder apartar la vista.

La nave descendió lentamente sobre el cauce del Río Florido.

Era enorme.

Mucho más grande de lo que cualquiera de ellos había imaginado.

Su superficie parecía metálica, pero no reflejaba la luz de la luna. Más bien emitía un resplandor tenue y uniforme que le daba una apariencia fantasmal. No tenía alas, hélices, ventanas ni marcas visibles. Era una estructura perfectamente lisa y silenciosa.

Cuando se encontraba a unos veinte metros del suelo, el viento desapareció por completo.

Las llamas de la fogata dejaron de moverse.

Los árboles quedaron inmóviles.

Incluso el aire parecía haberse detenido.

—Vámonos de aquí —dijo Jesús retrocediendo varios pasos.

—No puedo moverme —contestó Miguel con la voz quebrada.

La nave finalmente tocó tierra.

Un destello azul iluminó todo el valle durante unos segundos.

La intensidad de la luz fue tal que los hombres tuvieron que cubrirse los ojos.

Cuando pudieron volver a mirar, observaron algo que les heló la sangre.

Una abertura circular se había formado en la parte inferior de la nave.

Y desde aquella compuerta comenzó a emerger una luz verde.

Los cuatro permanecieron inmóviles.

Sentían miedo.

Pero también una curiosidad imposible de controlar.

Fue entonces cuando apareció la primera figura.

Pequeña.

Delgada.

De aproximadamente un metro de altura.

La criatura descendió lentamente por una especie de plataforma luminosa. Detrás de ella aparecieron otras tres figuras similares.

Los seres caminaban con movimientos extraños, casi mecánicos.

Sus extremidades eran largas y delgadas.

Las cabezas resultaban desproporcionadamente grandes.

Y sus ojos negros reflejaban la luz verde de la nave como si fueran dos espejos oscuros.

Miguel sintió que las piernas le temblaban.

—¿Qué son esas cosas?

—No lo sé —respondió Ernesto—. Pero no son personas.

—Tenemos que irnos.

—No podemos correr.

—¿Por qué?

—Porque nos están observando.

Los cuatro notaron entonces que una de aquellas criaturas había girado lentamente la cabeza hacia ellos.

Aunque se encontraban a varios cientos de metros de distancia, todos tuvieron la sensación de que aquellos enormes ojos negros estaban clavados directamente sobre sus rostros.

El miedo comenzó a transformarse en terror.

Y entonces ocurrió algo todavía más inquietante.

Sin mover la boca.

Sin emitir sonido alguno.

Una voz apareció dentro de sus cabezas.

Clara.

Perfectamente comprensible.

—No teman.

Miguel dio un grito.

Jesús cayó de rodillas.

Ramón retrocedió varios pasos mientras miraba desesperadamente a sus compañeros.

—¿Escucharon eso?

—Sí.

—Yo también.

—No puede ser.

La voz volvió a escucharse.

—No teman. No venimos a dañarlos.

Los cuatro se observaban mutuamente intentando comprender lo que estaba ocurriendo.

—¿Quién eres? —gritó don Ernesto reuniendo todo el valor que le quedaba.

Por unos segundos no hubo respuesta.

Después la voz regresó.

—Somos viajeros.

—¿Viajeros de dónde? —preguntó Ramón.

La criatura permaneció inmóvil.

—De muy lejos.

—¿Qué quieren aquí?

—Observar.

—¿Por qué nosotros?

La respuesta tardó varios segundos.

—Porque ustedes observan el cielo.

Los hombres sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.

La conversación parecía imposible.

Irracional.

Y sin embargo estaba ocurriendo.

Durante varios minutos intercambiaron preguntas y respuestas breves con aquella presencia desconocida. Ninguno comprendía exactamente cómo funcionaba aquella comunicación, pero todos podían escuchar las mismas palabras resonando dentro de sus pensamientos.

Finalmente las criaturas comenzaron a regresar hacia la nave.

Antes de desaparecer, una de ellas volvió a mirar directamente hacia los hombres.

Entonces pronunció la última frase que escucharían aquella noche.

—Aún no están preparados para conocer la verdad.

La compuerta se cerró.

La nave comenzó a elevarse.

Primero lentamente.

Después con una velocidad imposible.

En cuestión de segundos desapareció entre las estrellas.

Y el silencio regresó al Río Florido.

Durante varios minutos nadie habló.

Nadie se movió.

Los cuatro hombres permanecieron inmóviles observando el lugar donde momentos antes había estado aquella gigantesca estructura.

Muchos años después seguirían recordando aquella noche con el mismo temor.

Y aunque algunos habitantes de Jiménez aseguraron que todo se trataba de una historia inventada, otros afirmaron haber visto luces extrañas sobre el río durante las semanas posteriores.

Hasta el día de hoy, cuando el viento sopla entre los carrizos del Río Florido y la luna ilumina el cauce seco, todavía hay quienes evitan acercarse a aquel lugar después de la medianoche.

Porque algunos secretos, dicen los viejos del pueblo, jamás abandonaron realmente el río.

Y porque hay noches en las que una extraña luz verde sigue apareciendo sobre el desierto, como si estuviera esperando el momento adecuado para regresar.

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