El rancho sin relevo: la Ganadería de Chihuahua frente a una crisis de sucesión

En uno de los estados ganaderos más importantes de México, el envejecimiento de los productores, la migración juvenil, las dificultades para acceder a tierra y financiamiento y la ausencia de planes formales para preparar sucesores comienzan a plantear una pregunta incómoda: ¿quién va a manejar los ranchos de Chihuahua dentro de veinte años?

Por Gorki Rodríguez | HISTORIASMX

En Chihuahua, un rancho no se hereda únicamente cuando se firma un testamento o cuando cambia de nombre una escritura. Se comienza a heredar muchos años antes. Se transmite cuando alguien aprende a interpretar el estado de un agostadero, calcular una carga animal, reconocer cuándo una vaca está enferma, cuidar un parto complicado, decidir el momento del destete, administrar un pozo, reparar una cerca, negociar el precio de un becerro, entender la sanidad requerida para movilizar ganado y, quizá lo más difícil, saber cuándo un año seco obliga a vender animales antes de que el rancho pierda su capacidad para sostenerlos.

Por eso, cuando una familia ganadera carece de sucesores preparados, lo que está en juego no es solamente la propiedad de cientos o miles de hectáreas. Se encuentra en riesgo un conocimiento acumulado durante décadas y, en algunos casos, durante generaciones. Es una combinación de experiencia, relaciones comerciales, lectura del territorio, manejo del ganado y memoria ambiental que difícilmente puede transferirse de un día para otro.

Esa es una de las amenazas menos visibles que comienza a enfrentar el campo de Chihuahua.

No existen, por ahora, estadísticas públicas suficientemente detalladas que permitan responder una pregunta fundamental: ¿qué porcentaje de los ranchos ganaderos de Chihuahua tiene actualmente un sucesor identificado, capacitado y dispuesto a continuar con la explotación? Sin embargo, al reunir los datos disponibles aparece una señal que merece atención.

El Censo Agropecuario 2022 de INEGI señala que, entre las y los productores agropecuarios de Chihuahua, 47.5 por ciento tenía más de 45 y hasta 65 años, mientras que otro 25 por ciento superaba los 65 años. Únicamente 27.4 por ciento se encontraba entre los 18 y 45 años. Es importante precisar que esta estructura corresponde al conjunto de productores agropecuarios y no exclusivamente a ganaderos bovinos, pero constituye el panorama demográfico más amplio disponible sobre quienes están conduciendo actualmente las unidades productivas del estado.

La misma fuente revela otra señal. Entre los problemas que las unidades de producción de Chihuahua declararon enfrentar, 11.06 por ciento mencionó tener un productor de edad avanzada o enfermo y 5.99 por ciento reportó escasez de mano de obra. Por encima de ambos problemas aparecen dificultades todavía mayores, particularmente los altos costos de insumos y servicios, mencionados por 92.22 por ciento de las unidades. Es decir, el envejecimiento ocurre dentro de una actividad que simultáneamente debe enfrentar presión económica, problemas ambientales, inversión tecnológica y requerimientos cada vez mayores de administración.

UNA POTENCIA GANADERA QUE NECESITA PERSONAS QUE LA CONTINÚEN.

La preocupación adquiere otra dimensión cuando se observa el peso de Chihuahua dentro de la ganadería mexicana. El Censo Agropecuario contabilizó alrededor de 1 millón 742 mil 500 bovinos dentro de unidades de producción del estado, además de animales registrados en viviendas. Chihuahua no solamente posee grandes extensiones ganaderas; mantiene una cadena productiva vinculada estrechamente con la exportación de becerros hacia Estados Unidos.

Los registros oficiales estatales muestran que durante 2024 fueron exportados 546 mil 268 becerros, mientras que Data México, plataforma de la Secretaría de Economía, ubicó a Chihuahua como la entidad mexicana con mayor valor de exportaciones de bovinos vivos ese año, con aproximadamente 256 millones de dólares. Las cifras permiten dimensionar lo que está en juego: hablar del relevo generacional de los ganaderos no es solamente hablar de tradiciones familiares, sino de la continuidad de una actividad económica relevante para Chihuahua y para el comercio pecuario del país.

Pero un hato puede conservarse y un terreno puede heredarse sin que necesariamente sobreviva una empresa ganadera funcional. La continuidad necesita administración, conocimientos sanitarios, manejo del recurso hídrico, nutrición, genética, registros, finanzas, comercialización y capacidad para enfrentar años adversos.

Éste es justamente uno de los puntos centrales del problema: tener herederos no significa tener sucesores.

Un hijo puede recibir jurídicamente un rancho y desconocer cómo administrarlo. Puede poseer la tierra, pero vivir en Chihuahua capital, Ciudad Juárez, Monterrey o Estados Unidos. Puede conocer desde niño la propiedad familiar, pero haber construido otra profesión y otra fuente de ingresos lejos de ella. Puede incluso querer regresar, pero encontrarse con un negocio cuya administración todavía permanece totalmente en manos de sus padres y donde no dispone de capital, autonomía o capacidad real para tomar decisiones.

“LOS JÓVENES YA NO QUIEREN EL CAMPO”: UNA EXPLICACIÓN DEMASIADO SIMPLE.

En el medio rural se escucha con frecuencia una expresión: los jóvenes ya no quieren trabajar en el campo. El propio problema aparece documentado institucionalmente. Un diagnóstico de la Secretaría de Desarrollo Rural de Chihuahua para 2025 menciona entre las debilidades del sector la falta de interés de nuevas generaciones en las actividades productivas primarias y su impacto sobre un adecuado relevo generacional.

Una evaluación del Programa Estatal para el Desarrollo de Productores Agropecuarios, Agroindustriales, Acuícolas y Forestales —PRODAAAF— profundizó todavía más. El documento identifica expresamente la migración de jóvenes desde el campo hacia las ciudades como una amenaza para el relevo generacional y reconoce que la formalidad bancaria, administrativa y fiscal puede representar una barrera especialmente difícil para las juventudes rurales. La evaluación añade que el programa analizado no contaba con esquemas especiales de financiamiento u otros instrumentos específicamente orientados a estimular ese relevo.

Entre las personas beneficiarias para las que la evaluación obtuvo información sobre edad —una muestra limitada de 53 registros y, por ello, no representativa de toda la ganadería estatal—, casi la mitad correspondía a adultos mayores, mientras que 24.5 por ciento tenía 40 años o menos. El propio documento utiliza estos resultados para señalar la necesidad de acelerar la incorporación de nuevas generaciones y vincularla con tecnología, productividad y rentabilidad.

Sin embargo, reducir todo el fenómeno a una supuesta falta de voluntad juvenil sería ignorar una parte importante del problema.

Investigaciones mexicanas sobre sucesión de unidades familiares muestran que el relevo está relacionado con la rentabilidad de la explotación, la disponibilidad de ingresos, el acceso a la propiedad y la existencia de acuerdos sucesorios. Un estudio publicado en Papeles de Población analizó productores mayores de 55 años y encontró que la elección de un sucesor no depende únicamente de la disposición de los hijos. También intervienen factores económicos, familiares y emocionales. Algunos productores mayores retrasan la transferencia porque la propiedad representa su principal seguridad económica para la vejez y existe el temor de quedar desprotegidos después de entregar el patrimonio.

Ahí aparece una paradoja difícil de resolver dentro de numerosas familias rurales: el padre necesita conservar el rancho como seguridad para su vejez, mientras el hijo necesita participación real en el rancho para encontrar motivos económicos para quedarse.

Cuando el joven solamente trabaja, pero no puede decidir; cuando no tiene participación económica propia; cuando desconoce cuándo recibirá patrimonio; cuando no puede presentar garantías para solicitar crédito, o cuando durante años recibe el mensaje de que debe esperar hasta que fallezca la generación anterior para dirigir la unidad productiva, construir un proyecto de vida dentro del rancho se vuelve considerablemente más complicado.

Por eso el relevo generacional no debería comenzar a los 60 o 70 años del propietario. Debería ser un proceso gradual desarrollado durante años.

EL PROBLEMA NO ES HEREDAR VACAS; ES HEREDAR CONOCIMIENTO.

En la ganadería extensiva del norte de México existe una enorme cantidad de conocimientos que pocas veces aparecen escritos en un manual. Hay ganaderos capaces de mirar un potrero y estimar cuánto tiempo puede permanecer ahí un hato. Conocen dónde aparece primero el agua cuando llueve, qué aguaje suele resistir una sequía, cuál vaca debe conservarse como vientre y cuál animal debe salir antes del invierno. Ese conocimiento empírico tiene un valor productivo difícil de cuantificar.

Pero la ganadería contemporánea exige además conocimientos nuevos.

Una investigación desarrollada por especialistas de la Universidad Autónoma de Chihuahua sobre el sistema vaca-cría estudió información de más de 64 mil predios de las 67 municipalidades del estado y mostró cómo variables ambientales, económicas y de manejo influyen sobre la vulnerabilidad de los sistemas ganaderos. El estudio identificó riesgos relacionados con sobrepastoreo, cambios de uso de suelo, manejo inadecuado de los hatos y sequía, y encontró relevancia en la capacitación técnica para disminuir vulnerabilidades. Aunque los datos utilizados corresponden al periodo 2008-2013, el trabajo continúa siendo una referencia científica importante para entender que administrar un rancho en Chihuahua demanda mucho más que poseer ganado.

La nueva generación deberá aprender lo que sabía la anterior, pero además deberá comprender sensores remotos, eficiencia hídrica, mercados, genética, trazabilidad, sanidad, nutrición estratégica, conservación de pastizales, financiamiento, comercialización digital e incluso mecanismos ambientales que apenas comienzan a desarrollarse.

La paradoja es evidente: precisamente cuando la ganadería necesita productores cada vez más preparados, existe preocupación por quiénes asumirán la administración de las unidades en las próximas décadas.

SEQUÍA, SANIDAD Y COSTOS: HEREDAR TAMBIÉN SIGNIFICA HEREDAR RIESGOS.

El relevo tampoco ocurre en condiciones ideales. Quien decida continuar un rancho en Chihuahua heredará un negocio expuesto a algunos de los ambientes más variables y secos del país.

Investigaciones recientes de la UACH muestran la magnitud de este desafío. La universidad desarrolla proyectos para estimar el potencial forrajero de los pastizales y mejorar las decisiones de carga animal, estudia alternativas para aumentar la eficiencia alimenticia y disminuir emisiones de metano, analiza la tolerancia del ganado Criollo de Chihuahua frente al calor extremo y trabaja en estimaciones de carbono almacenado en pastizales mediante información satelital. Son ejemplos de cómo la ganadería comienza a transformarse de una actividad basada fundamentalmente en experiencia tradicional hacia una actividad que tendrá que integrar crecientemente ciencia, tecnología y datos.

A ello se suma el riesgo sanitario. Al 8 de septiembre de 2026, el Grupo Estatal de Emergencia en Sanidad Animal reportaba 227 casos acumulados de gusano barrenador del ganado en Chihuahua desde el 13 de julio, de los cuales 52 permanecían activos. Como respuesta habían sido revisadas 4 mil 963 unidades de producción en 25 municipios y más de 160 mil animales. Más allá de la evolución que tenga la emergencia, el episodio muestra la vulnerabilidad económica que puede generar una crisis sanitaria y la cantidad de conocimientos técnicos que hoy necesita una explotación pecuaria para responder.

Para un joven que evalúa entre incorporarse al rancho familiar o buscar un salario estable en una ciudad, esas variables pesan. El campo ofrece patrimonio y autonomía potencial, pero también jornadas prolongadas, inversiones importantes, ingresos variables, sequía, mercados fluctuantes, enfermedades animales y responsabilidades permanentes.

La pregunta correcta, entonces, quizá no sea únicamente por qué algunos jóvenes no quieren quedarse. También habría que preguntar: ¿qué condiciones económicas y patrimoniales estamos ofreciendo para que quedarse resulte viable?

UN RANCHO SIN SUCESOR PUEDE SEGUIR EXISTIENDO… PERO DEJAR DE SER EL MISMO.

La falta de relevo no significa necesariamente que cientos de ranchos vayan a desaparecer físicamente. La tierra permanece. Puede venderse, rentarse, dividirse entre herederos, integrarse a otras explotaciones o cambiar de actividad. Precisamente ahí se encuentra uno de los riesgos.

Cuando muere el propietario de una explotación familiar sin un acuerdo claro, varios hijos pueden convertirse simultáneamente en propietarios. Uno quiere conservar el ganado, otro necesita vender su parte, otro vive lejos y otro nunca participó en las decisiones productivas. Lo que durante cuarenta años funcionó como una unidad puede fragmentarse patrimonialmente en poco tiempo.

La literatura sobre sucesión agrícola demuestra que designar un heredero no equivale a planificar una sucesión. Un proceso exitoso requiere definir quién tendrá la responsabilidad productiva, cómo serán compensados los demás integrantes de la familia, cuándo se transferirá autoridad, qué patrimonio se entregará y cómo conservará seguridad económica la generación que se retira. La ausencia de estos acuerdos incrementa la incertidumbre alrededor de la continuidad de la unidad familiar.

En una empresa urbana sería difícil imaginar que el propietario esperara hasta el último día de su vida para decir quién administrará el negocio. Sin embargo, en las explotaciones rurales la mezcla entre familia, patrimonio, identidad y trabajo hace que esas conversaciones puedan postergarse durante décadas.

Y cuando finalmente ocurren, puede ser demasiado tarde para transmitir conocimiento.

EL OTRO RIESGO: PERDER UNA CULTURA PRODUCTIVA.

La ganadería de Chihuahua es también una construcción cultural. Durante generaciones ha moldeado comunidades, caminos, ferias, vocabulario, arquitectura rural, relaciones comerciales e incluso buena parte de la identidad del norte del estado.

Cuando desaparece una generación de productores sin que otra aprenda el oficio, no solamente se pierde capacidad económica. También desaparece memoria.

Existe conocimiento sobre plantas, suelos, animales, ciclos de lluvia y comportamiento del territorio que rara vez está documentado. La ciencia puede medir un pastizal mediante imágenes satelitales y calcular su productividad, pero eso no vuelve innecesario al productor que ha vivido cincuenta años sobre ese terreno. El reto consiste precisamente en unir ambas formas de conocimiento: la experiencia acumulada de los mayores y las herramientas científicas y tecnológicas que dominan las generaciones más jóvenes.

Y ahí puede encontrarse también una oportunidad.

El Consejo Estatal Agropecuario de Chihuahua colocó explícitamente el relevo generacional dentro de la agenda de Expo Agro Internacional Chihuahua 2026, incluyendo espacios dedicados a “Jóvenes agropecuarios y el cambio generacional”. Que uno de los encuentros sectoriales del estado coloque el tema en su programa refleja que la discusión ya salió del ámbito familiar y comenzó a ser reconocida como una cuestión estratégica para el futuro del sector.

LA GANADERÍA QUE HEREDARÁ LA SIGUIENTE GENERACIÓN SERÁ DIFERENTE.

La solución difícilmente consiste en convencer a los jóvenes de reproducir exactamente la forma en que trabajaron sus padres y sus abuelos. En muchos casos, el futuro dependerá precisamente de permitirles hacer las cosas de manera diferente.

Un joven puede no sentirse atraído por una ganadería de jornadas interminables, administración informal y decisiones tomadas exclusivamente con experiencia, pero sí puede encontrar oportunidades en una explotación manejada mediante sistemas de información, monitoreo de agua, drones, sensores, genética, administración financiera, venta directa, trazabilidad, energías renovables y manejo regenerativo de pastizales.

Las investigaciones que actualmente desarrolla la UACH sobre carbono, eficiencia alimentaria, disponibilidad forrajera y adaptación del ganado al calor muestran que esa transición ya empezó. El rancho del futuro probablemente seguirá necesitando caballo, camioneta, cercos y corrales, pero también requerirá computadoras, información satelital, registros, indicadores productivos y capacidad empresarial.

Esa transformación puede representar uno de los mejores argumentos para atraer nuevas generaciones, siempre que puedan participar económicamente del resultado.

No basta con decirle a un hijo que algún día el rancho será suyo. Necesita un camino concreto para convertirse gradualmente en productor: ganado propio, participación en decisiones, acceso a financiamiento, responsabilidad administrativa, capacitación y certeza jurídica sobre su futuro.

EL CRÉDITO, OTRA PUERTA ESTRECHA.

El acceso al financiamiento constituye otra barrera importante. De las 85 mil 628 unidades agropecuarias activas contabilizadas por INEGI en Chihuahua en 2022, únicamente 4 mil 803 —5.6 por ciento— reportaron haber obtenido crédito y apenas 2.6 por ciento contó con seguro. El propio INEGI concluyó que, aunque ambos indicadores habían mejorado respecto a 2007, su utilización continuaba siendo muy baja.

Para alguien que comienza desde cero el problema puede ser todavía mayor. Sin tierra a su nombre, historial crediticio, activos suficientes o ingresos comprobables, un joven puede encontrar grandes dificultades para financiar ganado, infraestructura hidráulica, maquinaria o tecnología. La evaluación del PRODAAAF reconoció precisamente que los requisitos bancarios, administrativos y fiscales pueden convertirse en barreras de entrada para jóvenes y otros grupos rurales.

En consecuencia, el relevo generacional necesita ser entendido también como un problema financiero.

NO ES UNA CRISIS DE MAÑANA; ES UNA ADVERTENCIA PARA LAS PRÓXIMAS DÉCADAS.

La evidencia disponible no permite afirmar que la ganadería chihuahuense se encuentre próxima a desaparecer. Sería una conclusión exagerada. Chihuahua mantiene un enorme inventario bovino, una estructura comercial consolidada, experiencia productiva, asociaciones ganaderas, instituciones académicas especializadas y una relación histórica con el mercado estadounidense.

Pero tampoco existen razones para minimizar la advertencia.

Cuando una cuarta parte de los productores agropecuarios del estado supera los 65 años; cuando casi la mitad se encuentra entre 45 y 65; cuando documentos oficiales reconocen la migración juvenil y la falta de relevo generacional como amenazas; cuando el acceso al crédito sigue siendo reducido y cuando las unidades productivas necesitan conocimientos cada vez más complejos para enfrentar sequías, mercados y contingencias sanitarias, el problema deja de ser anecdótico. Se convierte en una cuestión estratégica.

Hay además un vacío que Chihuahua debería comenzar a medir con mucha mayor precisión. No sabemos públicamente cuántas explotaciones bovinas cuentan con un sucesor designado; cuántos de esos sucesores trabajan efectivamente en el rancho; cuántos participan en las decisiones; cuántos conocen la administración financiera; cuántos poseen ganado propio; cuántos propietarios tienen testamento o un esquema sucesorio definido; cuántas mujeres están siendo preparadas para asumir la explotación familiar, ni cuántos ranchos podrían cambiar de dueño en los próximos diez o veinte años.

Sin esa información es difícil diseñar soluciones.

EL RELEVO DEBERÍA COMENZAR ANTES DE LA HERENCIA.

La evidencia científica y los diagnósticos revisados apuntan hacia una idea común: preparar al sucesor necesita convertirse en parte de la administración normal de una explotación ganadera.

Eso implicaría avanzar hacia programas de capacitación entre padres e hijos, esquemas de mentoría, acceso específico de jóvenes a crédito y garantías, acompañamiento jurídico para la sucesión, educación financiera, escuelas prácticas de manejo de ranchos y mecanismos mediante los cuales el productor mayor pueda transferir gradualmente responsabilidades sin perder inmediatamente su patrimonio ni su seguridad económica. La propia evaluación estatal del PRODAAAF propone impulsar el relevo mediante asesoría técnica, intercambio intergeneracional, formación, mentoría y colaboración académica.

El relevo tampoco debe pensarse exclusivamente en masculino. Si durante generaciones la propiedad y dirección de numerosos ranchos se transfirió prioritariamente de padre a hijo varón, la incorporación efectiva de hijas, nietas, profesionistas, médicas veterinarias, ingenieras zootecnistas y administradoras puede ampliar considerablemente la base de posibles sucesores.

La pregunta no debería ser únicamente quién heredará la tierra.

Debe ser quién aprenderá a manejarla.

EL ÚLTIMO BECERRO.

Quizá el mayor riesgo para la ganadería de Chihuahua no sea que un día desaparezcan todas las vacas de sus agostaderos. El escenario puede ser mucho más gradual y silencioso.

Un productor envejece. Sus hijos viven lejos. Durante algunos años conserva el hato. Después vende una parte porque ya no puede recorrer todo el rancho. Deja de reparar determinada infraestructura. Reduce vientres. Finalmente arrienda el terreno o vende los últimos animales. La propiedad permanece, pero una unidad ganadera familiar que tardó décadas en construirse termina en una generación.

Multiplicado por cientos o miles de explotaciones, ese proceso podría modificar profundamente la estructura productiva rural del estado.

Por eso el relevo generacional es mucho más que una cuestión sentimental sobre mantener una tradición familiar. Es un problema de seguridad económica, conocimiento, patrimonio, territorio y continuidad productiva.

Chihuahua aprendió durante más de un siglo a producir ganado en uno de los territorios más extensos y difíciles de México. El desafío ahora será conseguir que toda esa experiencia no termine únicamente en fotografías antiguas, marcas de herrar colgadas en una pared y ranchos cuyos propietarios viven a cientos de kilómetros de distancia.

La generación que hoy dirige buena parte del campo chihuahuense posee algo que no puede comprarse: décadas de experiencia.

La siguiente posee herramientas que sus padres nunca tuvieron: educación especializada, tecnología, conectividad, información inmediata y nuevas formas de comercialización.

El futuro de la ganadería probablemente dependerá de conseguir que ambas generaciones trabajen juntas antes de que llegue el momento de la herencia.

Porque un rancho puede transmitirse mediante una escritura.

Pero un ganadero necesita formarse durante años.

Nota metodológica

Este análisis fue elaborado mediante el cruce de resultados definitivos del Censo Agropecuario 2022 de INEGI para Chihuahua; estadísticas de comercio exterior de Data México–Secretaría de Economía; informes y diagnósticos de la Secretaría de Desarrollo Rural del Estado; la Evaluación 2025 del PRODAAAF; literatura científica publicada en Papeles de Población y la Revista Mexicana de Ciencias Pecuarias; así como proyectos recientes de investigación de la Facultad de Zootecnia y Ecología de la Universidad Autónoma de Chihuahua. La investigación no encontró una medición pública estatal que determine específicamente qué porcentaje de ranchos bovinos de Chihuahua carece de sucesor, por lo cual no se extrapoló una cifra. Esa ausencia constituye, por sí misma, uno de los principales vacíos de información para evaluar la dimensión futura del problema.

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