México mira al cielo: más de un siglo de ovnis entre archivos, testigos, radares, cámaras y leyendas

De un misterioso “buque aéreo” reportado sobre Monterrey en 1897 al video infrarrojo de la Fuerza Aérea Mexicana en Campeche en 2004, el fenómeno ovni forma parte de la historia periodística y cultural del país. Una revisión de hemerotecas, archivos militares, registros astronómicos, documentos desclasificados y estudios técnicos revela algo más complejo que una simple disyuntiva entre “creer” o “no creer”: existen acontecimientos reales que fueron observados y registrados, explicaciones convencionales que llegaron años después y un pequeño territorio de incertidumbre donde la falta de datos impide saber con certeza qué ocurrió.

Investigación especial | HISTORIASMX

HISTORIASMX. – Durante unos minutos de la tarde del 18 de marzo de 1950, caminar por el centro de la Ciudad de México debió convertirse en algo extraño. La gente dejó de mirar los aparadores, los automóviles redujeron la marcha y cientos de rostros comenzaron a apuntar hacia arriba. Sobre las avenidas Juárez y Madero se observaba un punto luminoso, redondo, intensamente brillante. La crónica de la época lo comparó con una enorme moneda de plata suspendida sobre la ciudad.

La prensa calculó que unas 200 mil personas pudieron haber contemplado aquel objeto y que el tránsito llegó a detenerse durante varios minutos. No existían teléfonos celulares, cámaras digitales ni redes sociales capaces de multiplicar instantáneamente una grabación. Había, fundamentalmente, ojos humanos, llamadas telefónicas, fotógrafos y periodistas intentando describir algo que, por unos instantes, no sabían identificar. Una hipótesis surgida entonces apuntó a radiosondas meteorológicas lanzadas desde distintos observatorios; nunca se convirtió, sin embargo, en una demostración instrumental definitiva del objeto concreto que provocó aquella movilización. (El Universal)

Ese episodio resume buena parte de la historia de los ovnis en México: una observación genuina puede coexistir con interpretaciones extraordinarias, errores perceptivos, explicaciones astronómicas, fenómenos atmosféricos, tecnología humana, exageraciones periodísticas e incluso fraudes. La pregunta seria no es simplemente si “los ovnis existen”. Un objeto que un observador no puede identificar es, literalmente, un objeto volador no identificado. La verdadera pregunta es qué era aquello que permaneció sin identificar en el momento de la observación.

La NASA llegó a una conclusión metodológica semejante en su estudio independiente sobre los actualmente llamados UAP —fenómenos anómalos no identificados—: la mayoría de las observaciones puede atribuirse a fenómenos conocidos, pero numerosos casos carecen de la información suficiente para determinar con precisión su origen. El organismo señala además que, hasta ahora, la literatura científica revisada por pares no aporta evidencia concluyente de un origen extraterrestre para los UAP. Los testimonios humanos pueden ser valiosos, pero sin sensores calibrados, datos de posición, velocidad, distancia y observaciones independientes difícilmente permiten establecer una conclusión definitiva.

Antes de los “platillos voladores”: México ya miraba cosas extrañas en el cielo.

La historia mexicana del fenómeno es considerablemente anterior a Roswell y a la explosión cultural de los “platillos voladores” de mediados del siglo XX. La Hemeroteca Nacional de México rastreó 125 años de noticias sobre ovnis en la prensa mexicana y localizó uno de los registros más antiguos el 27 de abril de 1897.

Ese día, El Universal retomó una información procedente de Texas titulada “El monstruo aéreo”. La nota hablaba de un extraño objeto que atravesaba el cielo sin el ruido esperado de una aeronave, aunque emitía una especie de zumbido. En el mismo contexto apareció un telegrama con una frase todavía más sugerente: un “buque aéreo” habría pasado por Monterrey.

Estamos en 1897: seis años antes del vuelo de los hermanos Wright. Aquella noticia no demuestra que una nave de otro mundo cruzara el norte de México. Su importancia histórica es diferente. Demuestra que mucho antes de que existiera la palabra ovni, la prensa mexicana ya documentaba relatos sobre máquinas o luces desconocidas en el cielo.

La Hemeroteca Nacional conserva millones de páginas que permiten seguir la transformación del fenómeno. Durante el siglo XX aparecerían titulares sobre “discos voladores”, “platívolos”, objetos persiguiendo aviones y luces inexplicables. A partir de los años cincuenta, el tema abandonaría las pequeñas columnas de curiosidades y ocuparía primeras planas.

1950: el día que la Ciudad de México se detuvo para mirar arriba.

El episodio de marzo de 1950 fue especialmente significativo porque no dependió del relato aislado de una sola persona. La prensa recibió numerosos avisos y documentó concentraciones de ciudadanos mirando el objeto. El fenómeno se convirtió inmediatamente en acontecimiento social.

El México urbano de mediados del siglo XX vivía además bajo un contexto particular. La Segunda Guerra Mundial había terminado apenas unos años antes; comenzaba la Guerra Fría; los globos meteorológicos, los nuevos aviones a reacción y las tecnologías militares eran desconocidos para buena parte del público. Al mismo tiempo, la ciencia ficción llevaba décadas imaginando viajes interplanetarios.

La reconstrucción hemerográfica de El Universal muestra que durante esos años las redacciones recibían tantas llamadas sobre objetos extraños que los periódicos terminaron enviando reporteros a comprobar qué estaba ocurriendo. Tras 1947 también hubo reportes tempranos en Mexicali y Ciudad Juárez.

Fue así como el fenómeno extraterrestre comenzó a convertirse no sólo en una pregunta científica, sino también en un hecho cultural. Pedro Ferriz Santa Cruz llevaría posteriormente el tema a la radio y televisión mexicana mediante espacios de discusión como Un mundo nos vigila. En adelante, México tendría su propia tradición ufológica.

1952: Poza Rica entra en los archivos estadounidenses.

Dos años después aparece un capítulo especialmente interesante porque la historia rebasa la prensa mexicana y llega a documentación vinculada con Estados Unidos.

Una referencia al documento IR-254-52, fechado el 29 de agosto de 1952 en Veracruz, señala que autoridades consulares estadounidenses recibieron informes procedentes de la región de Poza Rica acerca de objetos luminosos observados durante los días 26, 27 y 30 de agosto. Entre los testimonios recopilados se mencionaban empleados, autoridades y personas consideradas confiables por quienes elaboraron el reporte.

Una revisión posterior de expedientes relacionados con Project Blue Book describe, para el 26 de agosto, un objeto luminoso y ovalado que habría atravesado el cielo cerca de Poza Rica, aparentemente pasando sobre instalaciones petroleras y produciendo un zumbido. Pero existe un detalle fundamental: esa misma revisión señala que la información procedía de notas periodísticas y que no hubo una investigación de campo suficiente para identificar el fenómeno. La clasificación resultante fue esencialmente “información insuficiente”.

Este punto es crucial. Un expediente militar o gubernamental no convierte automáticamente un relato en evidencia de visitantes extraterrestres. Muchas instituciones recopilan información simplemente porque un acontecimiento podría afectar la aviación, la defensa o la seguridad. Archivo oficial significa que el informe existió; no necesariamente que su interpretación extraordinaria haya sido confirmada.

Project Blue Book: lo que realmente dicen los archivos.

Los Archivos Nacionales de Estados Unidos conservan actualmente los documentos desclasificados de Project Blue Book, el programa de la Fuerza Aérea estadounidense dedicado a investigar reportes ovni. Los expedientes comprenden unos 37 pies cúbicos de archivos de casos individuales y fueron microfilmados en 94 rollos para consulta pública.

Entre 1947 y 1969 Blue Book recibió 12,618 reportes. De ellos, 701 quedaron clasificados como “Unidentified”, es decir, no identificados. Pero la propia Fuerza Aérea sostuvo al concluir el programa que no había encontrado evidencia de que esos casos representaran tecnología más allá del conocimiento científico disponible ni vehículos extraterrestres.

La existencia de esos 701 casos suele interpretarse incorrectamente. “No identificado” no significa “extraterrestre”. Puede significar que había muy pocos datos, una fotografía deficiente, ausencia de radar, información meteorológica incompleta o simplemente que la investigación no consiguió reconstruir el acontecimiento décadas después.

Un ejemplo mexicano ilustra perfectamente el problema. Fotografías tomadas en Ciudad de México el 11 de noviembre de 1967 han circulado posteriormente como imágenes extraordinarias. Sin embargo, una relación de Blue Book incluye el episodio de “Mexico City, Mexico”, atribuido a Henderson, dentro de “Additional sightings for information only — not cases” y anota sobre las fotografías: “Lens Flares”, reflejos internos producidos por la óptica de la cámara.

El expediente revela algo fundamental para cualquier investigación seria: regresar al documento original puede producir una historia muy distinta a la transmitida durante décadas por libros, televisión o internet.

1957: pilotos mexicanos frente a un objeto sobre Querétaro.

Otro episodio ocupó las páginas de los periódicos en diciembre de 1957. Según el relato recuperado por la hemeroteca de El Universal, el capitán Gilberto de Alba, el oficial Víctor Manuel Mora, una sobrecargo y pasajeros de un vuelo entre San Luis Potosí y Ciudad de México observaron cerca de Querétaro un objeto redondo y luminoso.

Los tripulantes afirmaron haberlo observado durante varios minutos y describieron cambios de altura y movimiento que, desde su perspectiva, no correspondían a un globo meteorológico. El objeto habría continuado visible durante parte del trayecto por San Juan del Río y Tula.

La relevancia del episodio reside en la naturaleza de sus testigos: personal aeronáutico acostumbrado a observar el cielo. Pero incluso un piloto experimentado puede describir con precisión lo que ve sin necesariamente poder determinar distancia, tamaño o naturaleza de un punto luminoso sin información instrumental adicional.

Eso distingue un testimonio competente de una identificación científicamente demostrada.

1965: México vive su gran oleada ovni.

Si hubo un momento en que los ovnis dejaron de ser únicamente historias aisladas para convertirse en fenómeno nacional, fue 1965.

Investigaciones hemerográficas han identificado aquel año como uno de los periodos de mayor volumen de reportes en México. Aparecieron noticias provenientes de Guerrero, Sonora, Oaxaca, Aguascalientes, Baja California, Veracruz, Guanajuato, Hidalgo y Morelos. La periodista Laura Castellanos, autora de una investigación histórica sobre el tema, recuperó posteriormente aquella atmósfera bajo la expresión del “pavor galáctico”.

El fenómeno fue también una extraordinaria demostración de cómo funcionan las oleadas de información. Cuando aumenta la cobertura periodística sobre un determinado tipo de acontecimiento, aumenta también la atención del público hacia el cielo. Luces que quizá en otro momento habrían pasado inadvertidas comienzan a convertirse en llamadas a las redacciones.

Y entonces ocurrió algo que parece escrito para una novela.

En septiembre de 1965 comenzó a circular la afirmación de que el 1 de octubre miles de platillos voladores atravesarían la Ciudad de México. El supuesto mensaje procedía de seres de Venus y prometía una exhibición extraordinaria: alrededor de 3,000 naves viajarían desde la Villa de Guadalupe hasta el Ángel de la Independencia e incluso harían levitar automóviles.

Centenares de personas acudieron a esperar.

Llegó la hora señalada.

No apareció ninguna flota.

La propia crónica histórica termina describiendo el anuncio como una farsa.

Pero la importancia sociológica del episodio es enorme. Para entonces los ovnis habían adquirido suficiente fuerza en la imaginación colectiva mexicana como para movilizar físicamente a ciudadanos hacia determinados puntos de la capital.

El fenómeno ya pertenecía tanto al cielo como a la cultura.

Coyame, Chihuahua: el “Roswell mexicano” que permanece en el terreno de la leyenda.

En el norte de México existe otra historia particularmente poderosa. El escenario es Chihuahua, cerca de Coyame, en pleno desierto.

La versión popular sostiene que el 25 de agosto de 1974 un objeto desconocido habría colisionado con una pequeña aeronave y caído en una zona desértica próxima a la frontera. Las versiones posteriores añadirían militares mexicanos, recuperación secreta de restos, intervención estadounidense e incluso cuerpos extraterrestres.

Es una historia formidable.

El problema es documental.

Los registros disponibles que reconstruyen la genealogía del relato remiten principalmente a libros y publicaciones ufológicas aparecidos años después, entre ellos obras dedicadas específicamente al llamado “Coyame Incident” o “Mexico’s Roswell”. El archivo consultado lo clasifica explícitamente como una leyenda de recuperación de un accidente, no como un hecho corroborado por documentación gubernamental primaria.

En la investigación realizada para este reportaje no apareció un expediente oficial mexicano o estadounidense equivalente a una investigación de accidente aéreo que demuestre la existencia de una nave extraterrestre, un operativo binacional de recuperación o cuerpos no humanos.

Eso no permite demostrar que absolutamente nada sucedió en la región. Significa algo más limitado y periodísticamente esencial: las afirmaciones extraordinarias que hicieron famoso al caso Coyame no están respaldadas por documentación primaria equivalente a la magnitud de lo que se afirma.

Y precisamente por eso el caso resulta fascinante. Chihuahua posee enormes extensiones despobladas, cielos oscuros, zonas militares y una frontera internacional. Es el escenario perfecto para que un hecho difícil de reconstruir termine convirtiéndose, con el paso de las décadas, en leyenda.

1975: Carlos de los Santos y tres objetos alrededor de un avión.

El 3 de mayo de 1975 ocurrió otro de los episodios clásicos de la ufología mexicana. Carlos Antonio de los Santos Montiel, un joven piloto de 23 años, regresaba desde Guerrero hacia la Ciudad de México cuando aseguró que tres objetos se aproximaron a su aeronave en la zona de Tequesquitengo.

Fuentes ufológicas históricas afirmaron que uno se colocó cerca de cada ala y otro pasó por debajo del avión. El piloto aseguró haber sufrido problemas con los controles y el tren de aterrizaje. El caso adquirió fama adicional porque publicaciones especializadas sostuvieron que existieron comunicaciones con control aéreo e incluso seguimiento por radar.

Sin embargo, cuando se examina el expediente histórico aparecen inconsistencias. Distintas reconstrucciones no coinciden siquiera plenamente en el modelo de la aeronave —algunas hablan de un Piper Aztec, otras de un PA-24— y parte de la información procede de organizaciones ufológicas y testimonios recopilados posteriormente, no de un paquete público completo que contenga simultáneamente las cintas originales de control aéreo, trazas de radar calibradas, telemetría y documentación técnica de la aeronave.

Por ello, Tequesquitengo es importante como caso testimonial aeronáutico, pero mucho más difícil de utilizar como demostración física de una nave extraordinaria.

Aquí aparece otra enseñanza: cuanto más viejo es un caso, más importante se vuelve distinguir entre el acontecimiento original y las capas narrativas que posteriormente fueron agregadas a su historia.

1991: un eclipse, videocámaras y el nacimiento de una nueva era ovni.

El 11 de julio de 1991 México vivió uno de los acontecimientos astronómicos más impresionantes de su historia moderna: un eclipse total de Sol atravesó el territorio nacional. En algunos puntos la totalidad se prolongó casi siete minutos. Millones de personas estaban haciendo exactamente lo mismo al mismo tiempo: mirar y fotografiar el cielo.

Era una situación casi perfecta para producir una enorme cantidad de observaciones.

Durante la oscuridad del eclipse, varios ciudadanos grabaron un objeto extremadamente brillante que parecía permanecer suspendido. Los videos llegaron a televisión y fueron divulgados por Jaime Maussan, convirtiéndose en uno de los acontecimientos que impulsaron la gran oleada ovni mexicana de los años noventa.

Pero existe un dato astronómico extraordinariamente importante.

Observadores especializados que siguieron el eclipse documentaron que Venus brillaba intensamente durante la totalidad, con una magnitud aproximada de −4.8, suficientemente brillante para destacar de forma espectacular cuando el cielo se oscureció.

Reconstrucciones astronómicas posteriores identificaron el principal punto luminoso de muchas de aquellas imágenes con Venus. La ausencia de paralaje entre filmaciones tomadas desde lugares separados, su posición en el cielo y su comportamiento estacionario son compatibles con un objeto astronómico extremadamente distante. Además, las videocámaras analógicas de la época podían convertir un punto brillante saturado en una figura aparentemente estructurada.

Esto tampoco permite afirmar que absolutamente todas las filmaciones de aquella jornada representaran Venus. Hubo numerosos videos y reportes diferentes. Pero para el objeto que se convirtió en la imagen emblemática del fenómeno del eclipse, la explicación astronómica posee un respaldo considerablemente mayor que la hipótesis de una nave suspendida sobre la capital.

Paradójicamente, uno de los episodios ovni más influyentes de México enseña precisamente lo difícil que es interpretar una imagen sin datos de distancia.

2004: cuando la Fuerza Aérea Mexicana grabó algo que no pudo identificar.

El episodio mexicano más importante desde el punto de vista instrumental ocurrió el 5 de marzo de 2004.

Una aeronave de la Fuerza Aérea Mexicana realizaba una operación de vigilancia contra el narcotráfico en la región de Campeche cuando su equipo infrarrojo comenzó a detectar fuentes de calor desconocidas.

Las imágenes llegaron a mostrar hasta once puntos luminosos. Algunos parecían desplazarse respecto al avión. Los tripulantes no lograron observarlos directamente a simple vista y parte de las detecciones apareció en los instrumentos. El material fue posteriormente entregado a los medios con autorización de la Secretaría de la Defensa Nacional. Associated Press informó entonces que la propia dependencia confirmó que el video había sido filmado por integrantes de la Fuerza Aérea Mexicana.

Eso convierte al caso Campeche en algo muy distinto a una grabación doméstica.

El video es auténtico. La aeronave existió. La misión ocurrió. Los operadores observaron señales que en ese momento no identificaban.

La pregunta es qué producía aquellas señales.

Aquí comienza la segunda mitad de la historia.

Investigadores técnicos propusieron que las fuentes térmicas correspondían a las grandes antorchas utilizadas para quemar gas en las plataformas petroleras del complejo Cantarell, ubicadas mar adentro. Observadas mediante un sistema infrarrojo desde una aeronave en movimiento, fuentes fijas situadas a gran distancia pueden parecer desplazarse por efecto del paralaje. La explicación también ayuda a entender por qué poderosas fuentes de calor podían verse claramente en infrarrojo sin comportarse como aeronaves convencionales en radar.

Parte de la tripulación sostuvo que los movimientos que observó no coincidían con fuentes estacionarias y la grabación pública no contiene todos los datos brutos necesarios para realizar hoy una reconstrucción absolutamente independiente. Por ello es razonable distinguir dos afirmaciones: está documentado que la Fuerza Aérea grabó fuentes térmicas que inicialmente no identificó; no está demostrado que esas fuentes fueran vehículos extraterrestres.

El caso Campeche es posiblemente el mejor ejemplo mexicano de por qué “auténtico” y “extraterrestre” son dos cosas completamente distintas. Un video militar puede ser completamente auténtico y, al mismo tiempo, registrar un fenómeno ordinario interpretado erróneamente por sus operadores.

El verdadero enemigo de una investigación ovni: la ausencia de datos.

Algo se repite una y otra vez cuando se examinan estos episodios.

Tenemos testigos, pero no distancia.

Tenemos fotografías, pero no negativos originales.

Tenemos videos, pero no telemetría.

Tenemos luces, pero no espectros.

Tenemos afirmaciones de radar, pero no las trazas originales.

Tenemos historias de restos recuperados, pero no materiales disponibles para laboratorios independientes.

Y cuando pasan veinte, cincuenta o cien años, esas ausencias son prácticamente imposibles de reparar.

Por eso la ciencia contemporánea insiste en sensores múltiples. Una observación verdaderamente excepcional debería poder correlacionarse, idealmente, con datos ópticos, infrarrojos, radar, meteorología, astronomía, posición GPS, hora precisa y sensores independientes. NASA advierte precisamente que la falta de calibración, metadatos y mediciones simultáneas dificulta gran parte del estudio actual de los UAP.

Es también la razón por la que un caso “sin explicación” no necesariamente es el caso más extraordinario. Puede ser simplemente el peor documentado.

Entonces, ¿México ha tenido ovnis reales?

Sí, si utilizamos correctamente la palabra.

México ha registrado durante más de un siglo objetos y fenómenos que determinados observadores no pudieron identificar inicialmente. Algunos fueron vistos por multitud de personas. Otros fueron observados por pilotos. Algunos llegaron a archivos militares extranjeros. Uno de los más famosos fue grabado por sensores de la propia Fuerza Aérea Mexicana.

Eso está documentado.

Lo que no está documentado con el mismo grado de certeza es el siguiente salto: afirmar que esos objetos constituyeron visitas de civilizaciones extraterrestres.

El extenso archivo de Project Blue Book demuestra que incluso después de décadas de investigación pueden quedar casos sin identificación: de 12,618 reportes, 701 terminaron bajo esa categoría. Pero los propios archivos estadounidenses señalan que no encontraron evidencia que permitiera concluir que fueran vehículos extraterrestres.

La NASA mantiene actualmente una postura semejante: investigar lo desconocido es científicamente legítimo, pero una explicación extraterrestre requiere evidencia que supere las alternativas ordinarias y pueda ser verificada independientemente.

Más que extraterrestres: una historia profundamente humana.

Quizá ahí se encuentre la parte más interesante del fenómeno ovni mexicano.

En 1897 alguien levantó la vista y describió un “buque aéreo” sobre Monterrey. En 1950 miles de capitalinos abandonaron por unos minutos su rutina para contemplar un punto brillante sobre Avenida Juárez. En 1965 centenares esperaron que tres mil naves provenientes de Venus aparecieran sobre la Basílica. En 1991 millones contemplaban simultáneamente un eclipse mientras las videocámaras domésticas registraban luces que serían discutidas durante décadas. Y en 2004, dentro de la cabina de un avión militar, operadores especializados miraban una pantalla infrarroja intentando comprender una serie de manchas calientes que sus instrumentos les mostraban.

Las tecnologías cambiaron.

La reacción humana casi no.

Cuando aparece algo que no comprendemos inmediatamente, intentamos darle una forma utilizando aquello que conocemos, aquello que tememos y aquello que esperamos encontrar.

El fenómeno ovni, por eso, pertenece tanto a la astronomía y a la aeronáutica como a la psicología, la historia de los medios, la cultura popular y la sociología. La Hemeroteca Nacional no conserva necesariamente 125 años de “visitas extraterrestres”; conserva algo igual de fascinante desde el punto de vista histórico: 125 años de mexicanos tratando de interpretar aquello que aparece sobre sus cabezas y no encaja inmediatamente con el mundo conocido.

Y queda una última pregunta.

No si estamos solos en el universo —la ciencia todavía trabaja para responderla— sino qué haríamos el día en que apareciera evidencia verdaderamente extraordinaria.

Probablemente, como en 1897, 1950, 1965, 1991 y 2004, comenzaríamos haciendo lo mismo.

Mirar hacia arriba.

Criterio documental de esta investigación.

Para este reportaje contrasté material de la Hemeroteca Nacional de México y UNAM, los National Archives de Estados Unidos y Project Blue Book, documentación y catálogos históricos relacionados con expedientes estadounidenses, reconstrucciones hemerográficas de prensa mexicana, registros astronómicos del eclipse de 1991, informes técnicos sobre el caso Campeche y el informe científico independiente de NASA sobre UAP. Se distinguieron deliberadamente tres niveles: hechos documentados mediante archivos o instrumentos; testimonios históricos cuya existencia puede comprobarse pero cuya interpretación permanece discutida; y relatos ufológicos —como Coyame— para los cuales las afirmaciones más extraordinarias no cuentan actualmente con documentación primaria equivalente.

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