El oasis termal del ejido Las Playas no solo es un atractivo turístico: es un ecosistema frágil, conectado al acuífero Jiménez–Camargo, hogar de especies endémicas y símbolo de una crisis hídrica que avanza bajo tierra.
HISTORIASMX.– En medio del paisaje árido del sur de Chihuahua, donde el desierto parece imponerse sobre todo, el Ojo de Dolores permanece como una anomalía natural: agua clara, cálida, viva. Ubicado en el municipio de Jiménez, cerca del ejido Las Playas, este manantial termal ha sido por generaciones un sitio de recreo, descanso, identidad comunitaria y aprovechamiento agrícola. Pero su permanencia ya no puede darse por sentada.
La razón está bajo el suelo: el acuífero Jiménez–Camargo, del cual depende buena parte de la vida productiva y social de la región. Según la actualización de disponibilidad de CONAGUA, este acuífero cubre 9,948.39 kilómetros cuadrados y se extiende por los municipios de San Francisco de Conchos, Camargo, Allende, Jiménez, López, Coronado y Matamoros.
El problema es contundente: el acuífero recibe una recarga media anual de 174.9 millones de metros cúbicos, pero la extracción registrada asciende a 336.7 millones de metros cúbicos anuales. Es decir, se extrae casi el doble de lo que naturalmente se recarga. El resultado oficial es un déficit de 167.3 millones de metros cúbicos por año.
Un manantial conectado a un acuífero bajo estrés.
El Ojo de Dolores no puede analizarse como una alberca natural aislada. Los manantiales son expresiones visibles del agua subterránea: puntos donde el acuífero descarga hacia la superficie. En el caso Jiménez–Camargo, CONAGUA reconoce una descarga natural comprometida de 5.5 hm³ anuales, correspondiente a salida por manantiales, necesaria para sostener ecosistemas, evitar afectaciones a acuíferos vecinos y prevenir deterioro en la calidad del agua.
Esto vuelve crítica la situación: si el bombeo agrícola, urbano o productivo reduce los niveles del acuífero, los manantiales pueden perder presión, disminuir su caudal o incluso dejar de brotar. No se puede afirmar, con la información pública disponible, que el Ojo de Dolores vaya a secarse en una fecha determinada; pero sí existe base técnica para advertir que un manantial alimentado por agua subterránea queda en riesgo cuando el acuífero presenta déficit severo y extracción superior a la recarga.
La propia CONAGUA reconoce una limitación preocupante: para el acuífero Jiménez–Camargo no existe información piezométrica actual ni histórica suficiente para elaborar configuraciones confiables del nivel estático; por ello, el balance fue estimado mediante un método hidrometeorológico conservador.
El Ojo de Dolores: más que turismo.
El Ojo de Dolores ha sido descrito como un manantial termal de aguas cristalinas, con temperaturas cálidas, ubicado aproximadamente a 12 kilómetros de Jiménez, en el ejido Las Playas. México Desconocido lo presenta como un oasis del desierto chihuahuense y señala que sus aguas forman un espacio de valor recreativo y ecológico.
Pero su importancia va más allá del turismo. Reportes locales han señalado que el manantial abastece actividades primarias y comunidades como Las Playas, El Triunfo, La Hacienda y Jacobo, además de estar relacionado con zonas agrícolas cercanas. También se ha advertido que el sitio carece de estudios geohídricos específicos que determinen con precisión su aforo, origen, volumen almacenado y grado de afectación por la sobreexplotación regional.
Esa ausencia de estudios es uno de los puntos más delicados. Sin mediciones periódicas del caudal del manantial, niveles piezométricos cercanos, calidad del agua y presión de extracción en pozos aledaños, el Ojo de Dolores queda prácticamente sin diagnóstico fino. Se sabe que el acuífero está en déficit; se sabe que los manantiales dependen del equilibrio subterráneo; pero no existe, al menos públicamente, una vigilancia técnica suficiente para medir el deterioro específico del Ojo de Dolores.
El dato duro: Jiménez vive una crisis de agua desde hace años.
La preocupación no es nueva. En 2016, un punto de acuerdo presentado en la Cámara de Diputados advertía que Ciudad Jiménez y zonas aledañas atravesaban una situación crítica por la escasez de agua. El documento señalaba que el déficit del acuífero rondaba los 142 millones de metros cúbicos anuales en 2014, y advertía que la sobreexplotación también había propiciado valores altos de elementos nocivos como arsénico.
El mismo documento planteaba la necesidad de ordenar el acuífero, reducir extracciones, tecnificar el uso agrícola, tratar y reutilizar aguas residuales y coordinar acciones entre los tres niveles de gobierno.
Hoy, los datos más recientes de CONAGUA son todavía más graves: el déficit oficial actualizado es de 167.3 millones de metros cúbicos anuales.
Las especies únicas del Ojo de Dolores.
El Ojo de Dolores también es un refugio biológico. En sus aguas habitan dos peces endémicos asociados al manantial: Gambusia hurtadoi, conocido como guayacón de Hacienda de Dolores, y Cyprinodon macrolepis, conocido como cachorrito escamudo. México Desconocido identifica ambas especies como habitantes del Ojo de Dolores.
La importancia científica es enorme: se trata de especies adaptadas a condiciones muy particulares de agua clara, cálida y somera. En el caso de Cyprinodon macrolepis, literatura de peces dulceacuícolas de México registra ejemplares del Ojo de la Hacienda Dolores, al sur de Jiménez, Chihuahua.
EncicloVida, plataforma de CONABIO, también registra al cachorrito escamudo, Cyprinodon macrolepis, dentro de sus fichas de biodiversidad.
La pérdida o reducción del manantial no implicaría solamente la afectación de un balneario: podría significar la alteración de un hábitat único. En ecosistemas de manantial, pequeños cambios en caudal, temperatura, vegetación acuática, calidad del agua o presencia de especies invasoras pueden modificar por completo las condiciones que permiten sobrevivir a peces endémicos.
¿Puede desaparecer el Ojo de Dolores?
La respuesta responsable es: sí podría reducirse gravemente o desaparecer como manantial funcional si continúa la sobreexplotación del acuífero y no se protege su zona de influencia, aunque se requieren estudios específicos para determinar el grado exacto de riesgo.
El argumento técnico se sostiene en cuatro hechos:
Primero, el Ojo de Dolores depende del agua subterránea. Segundo, el acuífero Jiménez–Camargo tiene déficit oficial. Tercero, la extracción anual supera ampliamente la recarga. Cuarto, CONAGUA reconoce que la descarga por manantiales forma parte del equilibrio hídrico que debe conservarse.
Cuando un acuífero pierde almacenamiento de manera continua, los primeros signos pueden ser disminución de caudal en manantiales, abatimiento de pozos someros, deterioro de calidad del agua y mayor competencia entre usos agrícola, urbano y ecológico. En Jiménez, esa presión se agrava por la dependencia productiva del riego y por la expansión histórica de cultivos de alta demanda hídrica.
Lo que urge hacer.
El Ojo de Dolores necesita dejar de ser visto solo como sitio turístico. Debe ser tratado como patrimonio hidrológico, ecológico y comunitario. Para ello se requiere un estudio geohidrológico específico del manantial, medición permanente de caudal, monitoreo de especies endémicas, control de pozos en su zona de influencia, revisión de concesiones, vigilancia de calidad del agua y un plan de manejo turístico que no degrade el ecosistema.
También es indispensable actualizar el debate público: no se trata únicamente de “cuidar el balneario”, sino de entender que el Ojo de Dolores es un indicador visible de una crisis invisible. Si el agua deja de brotar ahí, el daño no habrá comenzado ese día; habrá sido el resultado acumulado de años de extracción superior a la recarga.
El antecedente que preocupa: cuando un manantial desaparece.
La advertencia sobre el futuro del Ojo de Dolores no surge únicamente de modelos teóricos o balances hidrológicos. En la región existe un antecedente que para muchos habitantes del sur de Chihuahua representa una señal alarmante: el caso del antiguo Ojo de Atotonilco, ubicado en el vecino municipio de Villa López.
Durante décadas, Atotonilco fue conocido por su manantial natural, un cuerpo de agua que abastecía actividades agrícolas, ganaderas y domésticas, además de formar parte de la identidad histórica de la zona. Habitantes de la región recuerdan que el sitio mantenía flujo constante de agua incluso en temporadas secas, convirtiéndose en un oasis en medio del entorno semidesértico.
Sin embargo, con el paso de los años y la intensificación de la extracción de agua subterránea para uso agrícola, particularmente para cultivos de alta demanda hídrica, el manantial comenzó a perder caudal hasta prácticamente desaparecer. Entre las actividades señaladas históricamente por pobladores y especialistas regionales se encuentra la expansión de la agricultura de riego y, especialmente, el crecimiento de las huertas de nogal, cultivo que requiere enormes volúmenes de agua para sostenerse en condiciones áridas.
El caso de Atotonilco es importante porque demuestra cómo un manantial aparentemente permanente puede colapsar cuando el acuífero que lo alimenta entra en desequilibrio. Los manantiales no generan agua por sí mismos; dependen de la presión y almacenamiento subterráneo. Cuando el nivel freático desciende demasiado por el bombeo intensivo, el agua deja de emerger naturalmente a la superficie.
Ese antecedente regional convierte al Ojo de Dolores en un ecosistema todavía más vulnerable. Lo ocurrido en Atotonilco muestra que la desaparición de un manantial en el desierto chihuahuense no es una hipótesis lejana ni una exageración ambientalista: es un fenómeno que ya ocurrió en la región sur del estado.
La preocupación aumenta al considerar que actualmente el acuífero Jiménez–Camargo mantiene un déficit oficial de más de 167 millones de metros cúbicos anuales, mientras continúa la presión agrícola y la expansión histórica de cultivos altamente consumidores de agua. En distintas investigaciones y análisis regionales, el nogal ha sido identificado como uno de los cultivos de mayor demanda hídrica en el norte de México, especialmente en zonas áridas donde el riego depende casi totalmente del bombeo subterráneo.
Por ello, para investigadores, ambientalistas y habitantes de la región, el Ojo de Dolores podría estar enfrentando un escenario similar al de Atotonilco si no se implementan medidas de protección, monitoreo y regulación del uso del agua.
El contraste entre ambos sitios es contundente: mientras Atotonilco representa el recuerdo de un manantial perdido por el agotamiento del agua subterránea, el Ojo de Dolores permanece todavía con vida. Pero el destino del primero podría convertirse en una advertencia del futuro del segundo.
Conclusión.
El Ojo de Dolores es uno de los símbolos naturales más valiosos de Jiménez. Sus aguas termales, su historia comunitaria, su función agrícola y su biodiversidad lo convierten en un sitio irrepetible. Pero su futuro depende de decisiones urgentes sobre el agua subterránea.
El acuífero Jiménez–Camargo ya no tiene margen cómodo: está oficialmente en déficit. Y cuando un acuífero se agota, no solo se secan pozos; también pueden apagarse manantiales, desaparecer hábitats y perderse especies que no existen en ningún otro lugar.
El Ojo de Dolores todavía vive. Pero la pregunta es cuánto tiempo más podrá resistir si Jiménez sigue extrayendo más agua de la que la tierra puede devolver.