Detrás de las pelucas, el maquillaje y los vestuarios hay una práctica que reúne teatro, diseño, danza y crítica social. Archivos históricos y estudios realizados en México permiten entender una expresión artística cuya historia también está marcada por la persecución y la construcción de comunidad.
HISTORIASMX.— Un rostro puede convertirse en un lienzo; un vestuario, en un relato, y una canción, en el vehículo para interpretar una vida distinta. En el arte drag, la transformación no termina cuando alguien se coloca una peluca o sube a unos tacones. La caracterización forma parte de una propuesta escénica que combina movimiento, actuación, música e imaginación para explorar cómo representamos lo femenino, lo masculino y aquello que desborda esas categorías. Su diversidad impide reducirlo a una sola apariencia o a una única manera de presentarse ante el público.
Comprender esta expresión exige mirar tanto el espectáculo como las condiciones en las que se produce. Las investigaciones consultadas muestran personajes construidos mediante decisiones técnicas, experiencias de discriminación que se convierten en discursos escénicos y vínculos de apoyo que nacen alrededor de la creación. El resultado es una práctica donde el entretenimiento puede convivir con la afirmación personal y la intervención política, aunque cada artista establezca una relación diferente entre esas dimensiones.
Una historia que también se conserva en registros de persecución.
La historia del drag no tiene un punto de partida único e indiscutible. Distintas tradiciones teatrales han utilizado la representación de personajes de otro género, pero sería impreciso convertir todas esas experiencias en una misma práctica o atribuirles idéntico sentido social. Para estudiar el drag moderno, los archivos de reuniones, bailes y comunidades ofrecen referencias más concretas que la búsqueda de un supuesto inventor.
Uno de los casos documentados es el de William Dorsey Swann, nacido bajo la esclavitud en Maryland en 1860. El investigador Channing Gerard Joseph reconstruyó su trayectoria a partir de registros históricos y noticias de prensa. Según sus hallazgos, durante la década de 1880 Swann organizaba bailes clandestinos en Washington y es la primera persona conocida que se identificó como una “queen of drag”. Esa precisión documental importa: ser el primer caso localizado no equivale a demostrar que antes no existieron otras experiencias semejantes.
Las reuniones estaban expuestas a la intervención policial. Joseph recupera una noticia de abril de 1888 sobre una redada durante la cual Swann intentó detener a los agentes. En 1896, después de ser condenado bajo una acusación que el investigador describe como falsa, solicitó un indulto presidencial que le fue negado. Su historia permite reconocer que, para algunas comunidades, reunirse, vestir de determinada manera y celebrar constituían actos sujetos a castigo.
Estos registros requieren una lectura crítica. Una noticia policial puede preservar nombres y acontecimientos, pero también reproducir el desprecio de su época. Investigar estas expresiones supone distinguir entre las personas retratadas y las etiquetas con las que fueron perseguidas.
Los bailes y la creación de familias elegidas.
El archivo digital Peabody Ballroom Experience, de las bibliotecas de la Universidad Johns Hopkins, sitúa antecedentes de la cultura ballroom contemporánea en bailes drag interraciales celebrados desde la década de 1890 en ciudades estadounidenses como Nueva York, Chicago y Baltimore. Además de ofrecer competencias y exhibiciones, estos encuentros permitían reconocerse colectivamente en un entorno social hostil.
Sin embargo, esos espacios también reproducían desigualdades raciales. La reconstrucción histórica explica que el rechazo al favoritismo hacia participantes blancos contribuyó al surgimiento de nuevas organizaciones. En ese proceso destaca Crystal LaBeija, vinculada con la creación de la House of LaBeija y con el desarrollo del sistema de houses durante la década de 1970. Estas casas funcionaron como redes de parentesco social: familias construidas mediante vínculos de pertenencia, acompañamiento y aprendizaje.
Drag y ballroom mantienen conexiones históricas, pero no son términos intercambiables. El ballroom comprende competencias, categorías y formas de organización propias; el drag abarca un campo escénico más amplio. Reconocer sus cruces sin borrar sus diferencias ayuda a conservar el papel específico de las comunidades que construyeron cada tradición.
El oficio detrás de la transformación.
En México, el maquillaje drag ya es objeto de investigación desde el diseño. En un artículo publicado en marzo de 2026, Luisa Fernanda Becerril Jiménez analiza la caracterización como un proceso técnico y performático. Su trabajo aborda cómo las decisiones de maquillaje responden a necesidades del escenario y a aquello que cada artista busca comunicar. La transformación del rostro aparece así como parte de la construcción de un personaje y de una propuesta visual.
Ese enfoque permite valorar el trabajo que una mirada superficial puede pasar por alto. El maquillaje se relaciona con el vestuario, el peinado y la actuación; las disciplinas se articulan para producir una presencia escénica. La documentación universitaria también identifica música, danza, declamación y expresión teatral entre los recursos de esta práctica. Su calidad artística requiere examinar cómo se utilizan esos elementos y qué relación establecen con el público.
En un diálogo recogido por Gaceta Políticas de la UNAM, Titania Monster destacó el compromiso de construir un espectáculo con sustento discursivo. Edén de la Noche abordó, por su parte, la complejidad de organizar una presentación alrededor de un tema y utilizar objetos de utilería para comunicar una postura. Son testimonios que desplazan la atención hacia la elaboración de la obra: qué se quiere expresar y mediante qué decisiones se consigue hacerlo.
¿Quién puede hacer drag?
Las categorías más conocidas incluyen a las drag queens, asociadas con exploraciones de la feminidad, y a los drag kings, que trabajan con representaciones de la masculinidad. También existen propuestas andróginas o que combinan y desbordan esas referencias. Estas denominaciones orientan al público, aunque no agotan las posibilidades de una expresión en constante transformación.
La participación de mujeres también cuestiona las definiciones que restringen el drag a hombres representando personajes femeninos. Florentino de Jesús Posadas Roque y Evangelina Tapia Tovar estudiaron a tres hiperreinas de Aguascalientes mediante entrevistas y análisis de sus atuendos. El artículo, publicado en 2025, describe esta figura drag como una práctica realizada por mujeres cisgénero, mujeres transgénero y algunas personas no binarias.
En los casos examinados, la indumentaria y el adorno permitían celebrar la feminidad y cuestionar los significados sociales atribuidos a la ropa. El hallazgo muestra por qué el personaje escénico no permite deducir automáticamente la identidad de quien lo interpreta. También obliga a reconocer que las fronteras de participación han sido discutidas y ampliadas dentro del propio campo artístico.
Lo que revelan los estudios mexicanos.
Una investigación de Mauricio Saldivar Lara y Diego de Jesús Badillo Ortiz, publicada en 2020 en la Revista Electrónica de Psicología Iztacala, entrevistó a diez drag queens de Ciudad de México, de entre 19 y 35 años. El estudio examinó los motivos para dedicarse a esta práctica, la construcción del personaje, los vínculos afectivos y su utilización como plataforma política.
Los autores identificaron experiencias relacionadas con el fortalecimiento de la autoestima, beneficios percibidos para el bienestar emocional y recursos para enfrentar la discriminación. Por su alcance, estos resultados describen las experiencias del grupo entrevistado; no representan a todas las personas que hacen drag ni demuestran por sí mismos un efecto terapéutico general. Su valor consiste en documentar cómo la creación artística puede adquirir significado en trayectorias personales concretas.
México: del escenario nocturno al espacio universitario.
La ampliación de los lugares de presentación puede observarse en Universidrag, concurso que comenzó en 2023. La cobertura de su edición de 2024 documenta la participación de quince estudiantes de distintas carreras de la UNAM, con presentaciones que incorporaron metal, pop, danza folclórica y música regional mexicana. Entre los temas abordados estuvieron la discriminación, el cambio climático y la pertenencia al barrio.
El encuentro muestra una apropiación situada: los personajes y espectáculos dialogan con referencias musicales, territoriales y sociales cercanas a sus intérpretes. También abre una pregunta cultural sobre las condiciones de reconocimiento. Si el drag reúne actuación, diseño y danza, su valoración requiere prestar atención a la formación, la producción y los espacios disponibles para presentar ese trabajo.
La documentación revisada permite proponer una lectura: la fuerza del drag reside tanto en su capacidad de construir una ilusión como en las preguntas que esa ilusión devuelve al público. ¿Por qué una prenda se considera masculina o femenina? ¿Quién puede ocupar un escenario? ¿Qué experiencias merecen convertirse en arte? Las respuestas cambian entre artistas y generaciones. Sobre esa diversidad se sostiene una práctica donde transformar la apariencia puede ser, también, una manera de reclamar presencia.