Chihuahua antes de las fronteras: las ciudades de tierra y las memorias del desierto

De Paquimé a los abrigos de la Sierra Madre y las pinturas rupestres de Jiménez, el patrimonio arqueológico chihuahuense revela sociedades agrícolas, redes de intercambio y formas de habitar el territorio que desbordan la imagen de un norte vacío.

HISTORIASMX. – En Chihuahua, la historia antigua tiene formas que obligan a mirar con atención: habitaciones de tierra compactada, graneros construidos dentro de cuevas, terrazas sobre las laderas y figuras trazadas en la piedra. Su importancia no depende de parecerse a las grandes ciudades de piedra del centro y sur de México. Estos vestigios documentan otras maneras de organizar la vida, producir alimentos y relacionarse con ambientes de montaña, valles y desiertos. Paquimé es su expresión más conocida, pero está lejos de agotar la diversidad arqueológica del estado. Los registros del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) incluyen también conjuntos de viviendas en acantilados y paisajes con numerosas manifestaciones rupestres.

La distinción es fundamental: las cinco zonas arqueológicas que integran el circuito de atención al público del INAH en Chihuahua no representan la totalidad de sus sitios arqueológicos. Paquimé, Cueva de la Olla, Cuarenta Casas, Conjunto Huápoca y Cueva Grande constituyen una parte visible y administrada de un patrimonio mucho más amplio. Fuera de ese circuito existen lugares investigados por proyectos científicos, abrigos con pinturas y concentraciones de petrograbados que requieren condiciones particulares de protección. Confundir ambas categorías reduce una historia territorial extensa a unos cuantos destinos de visita.

Paquimé: una ciudad articulada por el agua y el intercambio.

En el municipio de Casas Grandes, Paquimé conserva las huellas de una sociedad cuya complejidad se reconoce tanto en sus edificios como en la circulación de bienes. El Museo Nacional de Antropología sitúa a este centro político de la cultura Casas Grandes entre las sociedades más importantes del norte de México y el suroeste de Estados Unidos durante el periodo aproximado de 1200/1250 a 1400/1450 de nuestra era. Sus habitantes intercambiaron cerámica policroma, plumas de guacamaya, ornamentos de concha, campanas de cobre, turquesa, metates y obsidiana con otras regiones. La antigua ciudad participaba, por tanto, en relaciones que atravesaban distancias mucho mayores que su propio valle.

La arquitectura permite acercarse a la vida cotidiana y a sus diferencias sociales. El INAH describe conjuntos de hasta tres pisos, habitaciones, bodegas y espacios asociados con los grupos dirigentes. También documenta infraestructura para conducir y almacenar agua. Detrás de esos muros existieron conocimientos constructivos, trabajo organizado y decisiones sobre el acceso a recursos esenciales. Leer Paquimé desde el agua ayuda a comprender que su desarrollo urbano estuvo ligado a la producción agrícola y a la capacidad de sostener una población concentrada en un ambiente de disponibilidad hídrica limitada.

Inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial en 1998, Paquimé posee además un valor que no termina en lo excavado. La UNESCO destaca que una parte considerable del sitio permanece sin excavar y que ello conserva información material para futuras investigaciones. Sus muros de tierra exigen mantenimiento especializado: las intervenciones utilizan materiales compatibles con los originales para proteger las estructuras frente a la intemperie. Conservar esta ciudad implica atender una arquitectura vulnerable, cuyo deterioro puede borrar tanto formas constructivas como evidencias de la organización de sus habitantes.

Cuarenta Casas: comunidades entre las paredes de la sierra.

En el municipio de Madera, Cuarenta Casas muestra una solución distinta al problema de habitar el territorio. Sus edificaciones de tierra y madera fueron levantadas dentro de abrigos rocosos y acantilados de la Sierra Madre Occidental. El Centro INAH Chihuahua las identifica dentro de la categoría arqueológica de “casas en acantilado”, una expresión que describe su ubicación y características constructivas. Su relevancia rebasa el atractivo del paisaje: el asentamiento participó en las relaciones que Paquimé sostuvo con las regiones costeras del Pacífico y del golfo de California.

Los restos recuperados permiten reconocer una economía diversa. Sus pobladores cultivaban maíz, calabaza y leguminosas; recolectaban bellotas, semillas de yuca y maguey, y aprovechaban animales como venados, conejos y aves. Esa combinación muestra que la agricultura convivía con la caza y la recolección. Las cuevas no deben imaginarse únicamente como refugios ocasionales: contenían espacios construidos y formaban parte de una vida comunitaria vinculada con recursos locales y relaciones de intercambio. La subsistencia dependía de conocer distintos ambientes y de aprovecharlos a lo largo del año.

Huápoca y Cueva Grande: arquitectura para vivir y almacenar.

El Conjunto Huápoca, también en Madera, reúne las unidades conocidas como Nido del Águila, Cueva de la Serpiente, Cueva del Mirador y La Atalaya. El INAH identifica entre sus rasgos la tierra compactada, las viviendas de dos niveles, las puertas en forma de “T” y los graneros. Estas características lo relacionan con la cultura Casas Grandes. Su arquitectura muestra que los abrigos naturales fueron transformados mediante soluciones que permitían distribuir actividades domésticas y conservar alimentos; el entorno rocoso formaba parte de la construcción del asentamiento.

Cueva Grande se encuentra en el mismo entorno regional, aunque el INAH la administra como una zona diferente, separada geográficamente de Huápoca por el río Papigochi. Su descripción institucional registra al menos nueve cuartos alrededor de una pequeña plaza y dos graneros para almacenar maíz. También señala restos de una atalaya interpretada como punto de comunicación con Huápoca. La distribución de habitaciones y reservas alimentarias permite pensar en necesidades compartidas y en la previsión de temporadas: guardar el alimento era una parte central de la permanencia de estas comunidades serranas.

Cueva de la Olla: el almacenamiento como parte de la historia.

En el municipio de Casas Grandes, Cueva de la Olla forma parte del Valle de las Cuevas y se ubica dentro de un abrigo natural. Su elemento emblemático es el granero que da nombre al sitio. En este tipo de construcciones, la importancia arqueológica del almacenamiento resulta especialmente clara: conservar las cosechas ampliaba las posibilidades de enfrentar periodos de escasez y sostener la vida doméstica. El paisaje de cuevas debe entenderse, por ello, como un espacio habitado y transformado, donde las condiciones naturales fueron incorporadas a las necesidades de las comunidades.

Al presentar estos lugares es necesario distinguir la antigüedad de las ocupaciones regionales de la fecha de las construcciones visibles. Una cueva puede contener evidencias de distintos periodos y haber sido utilizada por poblaciones sucesivas. La arqueología trabaja precisamente con esas diferencias: identifica materiales, asociaciones y secuencias antes de atribuir una edad a cada conjunto. Presentar todas las huellas de un abrigo como si pertenecieran a una sola comunidad o a un mismo momento puede distorsionar una historia mucho más prolongada y diversa. Esa superposición está documentada, por ejemplo, en los estudios sobre cuevas y abrigos de distintas regiones de Chihuahua.

Cerro Juanaqueña: una historia anterior a las grandes construcciones de Paquimé.

El pasado agrícola de Chihuahua tiene raíces mucho más antiguas que el auge urbano de Casas Grandes. Cerro Juanaqueña, en el municipio de Janos, es uno de los sitios fundamentales para estudiarlas. Las investigaciones sintetizadas por la Universidad de Nuevo México sitúan su principal ocupación aproximadamente entre 1350/1300 y 1100 antes de nuestra era. Sus habitantes consumían maíz junto con plantas silvestres y animales; las manos y metates muestran la importancia de procesar semillas. La evidencia permite reconocer comunidades cuya alimentación combinaba producción agrícola y aprovechamiento de recursos del entorno.

Las más de 500 terrazas registradas en el cerro constituyen una transformación considerable del terreno. Fueron utilizadas como superficies de habitación y estuvieron asociadas con construcciones circulares de piedra. El sitio ayuda a cuestionar una narración demasiado simple del pasado, según la cual primero existieron grupos móviles y después, de manera uniforme, aparecieron aldeas agrícolas. Las investigaciones dirigidas por Robert J. Hard y John R. Roney muestran la importancia de examinar procesos regionales y asentamientos concretos para comprender cómo cambiaron la residencia, la alimentación y el trabajo colectivo.

Samalayuca: un paisaje arqueológico grabado en roca.

En el norte del estado, Samalayuca obliga a ampliar nuevamente la mirada. El proyecto arqueológico del INAH señala que la poligonal del Área de Protección de Flora y Fauna Médanos de Samalayuca incluye más de 50 sitios arqueológicos, en su mayoría de petrograbados. La cifra corresponde a ese espacio delimitado y no debe confundirse con un conteo estatal. Su importancia reside también en la relación entre las figuras y el paisaje: estudiar un panel implica observar su emplazamiento y las conexiones con otros elementos del territorio.

Los grabados no ofrecen una traducción inmediata. Identificar una forma geométrica, una figura animal o una representación humana es apenas una parte del análisis; atribuirles funciones rituales, calendáricas o territoriales requiere evidencia adicional. El propio proyecto de Samalayuca plantea investigar cuál fue la función de las manifestaciones rupestres dentro de su contexto social y geográfico. Esa pregunta abierta tiene valor periodístico: permite mostrar una disciplina que construye interpretaciones mediante comparaciones y documentación, sin convertir cada imagen antigua en un mensaje cuyo significado ya se conoce.

Cueva de las Monas: distintas épocas sobre una misma superficie.

Cueva de las Monas ofrece un ejemplo de cómo un lugar puede conservar memorias de diferentes periodos. En su informe sobre la conclusión del proyecto de conservación durante el primer semestre de 2026, el INAH recoge la identificación de al menos tres etapas pictóricas por el arqueólogo Enrique Chacón Soria. La primera se sitúa aproximadamente hacia 300 antes de nuestra era; otras manifestaciones se vinculan con la tradición tarahumara en periodos de precontacto y coloniales, mientras que algunas representaciones se relacionan con presencia apache hacia el siglo XIX.

Esta secuencia impide tratar el conjunto como una obra realizada de una sola vez. Sus pinturas documentan usos y relaciones que cambiaron con el tiempo, incluidos contactos con símbolos del catolicismo. La conservación de esas superficies permite estudiar tanto las imágenes como sus diferencias técnicas y sus asociaciones. Una intervención inadecuada puede afectar precisamente las características que ayudan a reconocer etapas distintas, de modo que proteger el sitio significa también conservar la posibilidad de hacer nuevas preguntas sobre él.

Jiménez también forma parte del mapa arqueológico.

El sureste chihuahuense tiene un lugar en esta historia. En su número 45, correspondiente a marzo de 2024, GacetINAH Chihuahua incluye una referencia a la Cueva de los Remedios, ubicada en la hacienda del mismo nombre, cerca de Escalón, municipio de Jiménez. La publicación la describe como un abrigo rocoso de grandes dimensiones que conserva pinturas rupestres. Esa documentación permite incluirla en el panorama estatal con respaldo institucional, aunque no proporciona, por sí sola, elementos suficientes para asignar una fecha precisa o una identidad étnica a todas sus representaciones.

Para la región de Jiménez, el sitio abre una línea de investigación relevante: conocer el territorio anterior a la formación de sus poblaciones actuales y estudiar cómo fueron utilizados sus abrigos y paisajes. El primer paso es distinguir lo documentado de lo que permanece pendiente. La existencia de pinturas está respaldada por la publicación del INAH; reconstruir su cronología, las actividades asociadas y sus relaciones con otros sitios requiere trabajo especializado. Ese límite no reduce su importancia: define las preguntas que una investigación regional tendría que resolver.

Un patrimonio cuya conservación también produce conocimiento.

La diversidad de estos lugares demanda formas distintas de cuidado. En Paquimé, el mantenimiento de la arquitectura de tierra es una tarea continua; en las cuevas habitacionales, deben protegerse estructuras y materiales; en los sitios rupestres, la conservación de las superficies resulta esencial. El Centro INAH Chihuahua plantea que la protección debe incorporar a las comunidades vecinas y relacionarse con el entorno social y ambiental. El patrimonio se sostiene mediante investigación y conservación, pero también a través de la participación de quienes viven cerca de él.

Vistos en conjunto, los sitios arqueológicos de Chihuahua permiten reconstruir una historia de múltiples escalas: hogares que almacenaban maíz, comunidades que transformaban cerros, centros urbanos conectados con regiones lejanas y grupos que dejaron imágenes en la roca durante épocas distintas. El desafío consiste en hacer visible esa diversidad sin reducirla a una cultura única ni presentar las interpretaciones como certezas definitivas. Entre los muros de Paquimé y las pinturas cercanas a Escalón hay historias diferentes, enlazadas por una misma necesidad presente: conservar las evidencias que permiten conocerlas.

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