Sembrar la lluvia para recuperar el subsuelo: la urgencia de construir obras de infiltración en el centro-sur de Chihuahua

Mientras los acuíferos Jiménez–Camargo y Meoqui–Delicias acumulan juntos un déficit oficial superior a 334 millones de metros cúbicos anuales, gran parte del agua de las lluvias extraordinarias continúa escapando por calles, parcelas, arroyos y ríos. Las obras de infiltración pueden ayudar a retenerla, reducir la erosión y favorecer la recarga subterránea, pero la ciencia advierte algo esencial: ninguna infraestructura será suficiente si no se reduce simultáneamente la extracción.

HISTORIASMX. – En el centro-sur del estado de Chihuahua, la lluvia suele recibirse como una celebración. Después de meses de calor, polvo y vegetación seca, las nubes devuelven temporalmente el color al desierto, llenan arroyos, despiertan los pastizales y refrescan las ciudades. Sin embargo, bajo esa superficie transformada permanece una realidad mucho más difícil de observar: los acuíferos continúan perdiendo agua a una velocidad muy superior a su capacidad natural de recuperación.

Una tormenta intensa puede inundar calles, cortar caminos y hacer correr durante algunas horas el río Florido o los arroyos de la región. Esa abundancia momentánea no significa necesariamente que los depósitos subterráneos estén recuperándose. Una parte importante del agua se evapora, otra es aprovechada por la vegetación, otra continúa su camino aguas abajo y solamente una fracción consigue atravesar el suelo y desplazarse hasta las formaciones geológicas donde se almacena el agua subterránea.

En una región árida, con lluvias escasas, irregulares y concentradas en pocos episodios, permitir que cada avenida pluvial desaparezca sin retener parte de ella representa perder una oportunidad. De ahí la importancia de construir obras de infiltración: estructuras planeadas para disminuir la velocidad del escurrimiento, extender el tiempo durante el cual el agua permanece sobre terrenos permeables y facilitar su entrada al subsuelo.

No se trata simplemente de “hacer pozos para echarles agua”. La recarga requiere estudios geológicos, hidrológicos, ambientales y sanitarios. Una obra mal ubicada podría retener sedimentos sin producir recarga significativa o, en el peor de los casos, conducir contaminantes hacia el acuífero. Una intervención técnicamente diseñada, monitoreada y acompañada por una reducción real del bombeo, en cambio, puede convertirse en una pieza fundamental para reconstruir la seguridad hídrica regional.

Dos acuíferos que pierden cada año el equivalente a ciudades enteras.

Los datos más recientes publicados por la Comisión Nacional del Agua dimensionan el problema. En su actualización de 2024, el organismo federal calculó que el acuífero Jiménez–Camargo recibe una recarga media anual de 174.9 millones de metros cúbicos. De ese volumen deben reservarse 5.5 millones para descargas naturales comprometidas, mientras que el volumen de extracción inscrito alcanza aproximadamente 336.77 millones.

El resultado oficial es una disponibilidad negativa de 167.37 millones de metros cúbicos anuales. Esto no significa que el acuífero tenga un gran depósito de agua nueva esperando ser utilizado, sino exactamente lo contrario: los derechos o volúmenes contabilizados superan ampliamente el agua que, en promedio, ingresa al sistema cada año.

La situación es prácticamente igual en el acuífero vecino Meoqui–Delicias. La base oficial de CONAGUA reporta una recarga media de 211.2 millones de metros cúbicos y un volumen de extracción de 378.32 millones. Su déficit administrativo se calcula en 167.12 millones de metros cúbicos anuales. Juntos, ambos acuíferos presentan una disponibilidad negativa aproximada de 334.49 millones de metros cúbicos cada año.

Es importante precisar que estas cifras se construyen con la metodología oficial de disponibilidad y con los volúmenes inscritos o contabilizados por la autoridad. No representan necesariamente una medición directa y perfecta de cada metro cúbico efectivamente bombeado. La extracción clandestina, los pozos irregulares, la falta de medidores y el bombeo diferente al autorizado pueden ampliar la incertidumbre. No obstante, la magnitud del desequilibrio deja poco espacio para la duda: la región utiliza más agua subterránea de la que puede reponer en condiciones medias.

En Jiménez–Camargo, CONAGUA estima una precipitación media cercana a 350 milímetros anuales sobre la superficie analizada. De todo el volumen precipitado, aproximadamente 90.2% regresa a la atmósfera mediante evapotranspiración, mientras que el coeficiente estimado de infiltración es de alrededor de 5%. Estos valores ayudan a comprender por qué una temporada lluviosa, incluso cuando parece generosa, no corrige por sí sola décadas de extracción intensiva.

La diferencia entre mojar el suelo y recargar el acuífero.

El agua que penetra unos centímetros en la tierra no necesariamente llegará al acuífero. Primero debe atravesar la llamada zona no saturada, donde los poros del suelo contienen una combinación de aire y humedad. Durante ese recorrido puede ser absorbida por raíces, quedar retenida temporalmente o regresar a la atmósfera.

Para hablar de recarga efectiva, el agua debe desplazarse a suficiente profundidad hasta incorporarse a la zona saturada. Ese trayecto puede tomar días, meses, años o periodos todavía mayores, dependiendo del espesor del terreno, su permeabilidad, la presencia de capas arcillosas y la profundidad del nivel freático.

Los abanicos aluviales formados al pie de las sierras, los cauces con depósitos de arena y grava, las terrazas fluviales permeables y ciertas formaciones rocosas fracturadas suelen ofrecer mejores condiciones. En contraste, los terrenos arcillosos, salinos o compactados pueden retener el agua cerca de la superficie sin transmitirla hacia capas profundas.

La urbanización también modifica este proceso. El pavimento, los techos, las banquetas y los patios cubiertos aumentan el escurrimiento superficial. El agua llega más rápidamente a vialidades, colectores y zonas bajas, donde puede producir inundaciones, pero disminuye su contacto con superficies permeables. En el campo, el sobrepastoreo, la pérdida de cubierta vegetal y la compactación del suelo por maquinaria o ganado también reducen la infiltración y aceleran la erosión.

Las obras de recarga buscan modificar ese comportamiento: convertir una corriente rápida y destructiva en una reserva temporal que tenga oportunidad de penetrar lentamente en el terreno.

¿Qué obras podrían funcionar en el centro-sur de Chihuahua?

No existe una estructura universal. Cada microcuenca requiere estudios específicos, pero las alternativas disponibles permiten construir una red escalonada desde las sierras hasta los valles y las ciudades.

Presas filtrantes y gaviones.

Son pequeñas barreras permeables construidas con piedra acomodada, malla, gaviones u otros materiales dentro de cárcavas y arroyos de menor tamaño. No buscan formar una gran presa, sino reducir la velocidad del agua, retener sedimentos y prolongar la humedad.

Con el tiempo pueden ayudar a estabilizar cárcavas, recuperar suelo y crear pequeños depósitos aluviales más permeables. También benefician a la vegetación cercana y disminuyen la cantidad de sedimento que llega a infraestructura ubicada aguas abajo.

Estas estructuras deben calcularse de acuerdo con el tamaño de la cuenca y la intensidad de las avenidas. Una barrera improvisada puede ser rebasada, socavada o destruida, trasladando el problema hacia comunidades inferiores.

Bordos en curvas de nivel, zanjas y terrazas de infiltración.

En laderas y agostaderos degradados pueden construirse zanjas poco profundas, bordos semicirculares, terrazas o líneas de piedra siguiendo las curvas de nivel. Su función es interceptar el agua que baja por la pendiente, disminuir la erosión y permitir que permanezca más tiempo alrededor de las plantas.

Su principal beneficio puede presentarse primero en el suelo y la vegetación: aumentan la humedad disponible, favorecen el establecimiento de pastos nativos y reducen la pérdida de la capa fértil. Aunque no toda el agua retenida llegará a un acuífero profundo, recuperar la capacidad de absorción del paisaje fortalece el ciclo hidrológico completo.

La FAO reconoce que las barreras transversales a la pendiente y las obras de conservación pueden mejorar el almacenamiento de humedad e incrementar la infiltración en zonas semiáridas.

Vasos y estanques de infiltración.

Son depresiones o estanques construidos sobre materiales permeables para almacenar temporalmente escurrimientos. A diferencia de una represa convencional, su objetivo principal no es conservar agua en la superficie, sino transmitirla hacia el subsuelo.

Antes de ingresar al vaso, el agua debe pasar por desarenadores o áreas de sedimentación. De lo contrario, las partículas finas tapan progresivamente los poros del terreno y reducen la capacidad de infiltración, fenómeno conocido como colmatación.

Estos estanques requieren mantenimiento: retiro periódico de sedimentos, control de vegetación, medición de las tasas de infiltración y vigilancia de la calidad del agua. Sin ello, una obra que inicialmente funcionaba puede convertirse en una laguna evaporativa.

Restauración de cauces y zonas naturales de inundación.

Los arroyos y ríos no son solamente canales destinados a sacar agua de una ciudad o zona agrícola. Sus lechos arenosos y sus planicies de inundación pueden constituir espacios naturales de recarga.

La extracción desordenada de materiales, la rectificación excesiva de cauces, la eliminación de vegetación ribereña y la ocupación urbana de las planicies pueden destruir esa función. Restaurar meandros, conservar áreas inundables y permitir que ciertos escurrimientos se extiendan de manera controlada puede aumentar el tiempo de contacto entre el agua y los depósitos permeables.

Esto debe realizarse sin bloquear completamente los flujos ni afectar a usuarios y ecosistemas situados aguas abajo. La retención de agua en una parte de la cuenca siempre debe analizarse como una intervención sobre un sistema compartido.

Captación pluvial urbana y pozos de absorción.

Los techos de viviendas, escuelas, edificios públicos, bodegas y naves industriales pueden funcionar como superficies de captación. El agua recolectada puede almacenarse para limpieza, riego o servicios sanitarios y, bajo condiciones adecuadas, dirigirse hacia jardines de lluvia, zanjas o estructuras de absorción.

Los primeros minutos de lluvia suelen arrastrar polvo, excremento de aves, aceites y otros residuos; por eso se requieren dispositivos de separación de primeras lluvias y filtración. El agua proveniente de calles y estacionamientos demanda mayores precauciones por la posible presencia de hidrocarburos, metales, basura y microorganismos.

Los pozos de absorción no deben confundirse con pozos de inyección directa. Cuanto más cerca se coloque el agua del acuífero, menor será la capacidad natural del suelo para retener o degradar contaminantes y mayor deberá ser el control sanitario.

Recarga mediante pozos.

Los pozos de recarga permiten superar capas superficiales poco permeables y conducir agua hacia formaciones profundas. Pueden manejar volúmenes importantes, pero son más costosos, complejos y delicados.

Requieren conocer la estratigrafía, la presión del acuífero, su calidad natural, la composición del agua introducida y las posibles reacciones químicas. También necesitan pretratamiento, desinfección cuando corresponda, limpieza y monitoreo mediante pozos de observación.

En México, la NOM-015-CONAGUA-2007 establece lineamientos para la infiltración artificial de aguas pluviales y escurrimientos superficiales, con el objetivo de proteger la calidad del agua subterránea. Cuando se pretende utilizar agua residual tratada aplican además los requisitos de la NOM-014-CONAGUA-2003.

Chihuahua ya cuenta con una experiencia que merece estudiarse.

La recarga gestionada no es una idea ajena al estado. El proyecto desarrollado en Los Ojos del Chuvíscar, en la ciudad de Chihuahua, aprovechó escurrimientos pluviales y condiciones favorables de roca fracturada para introducir agua al subsuelo.

La experiencia mostró que un sistema de recarga no siempre tiene que ser monumental. Una intervención relativamente sencilla puede operar durante años si el sitio fue correctamente seleccionado, el agua recibe acondicionamiento y existe mantenimiento. Sus autores destacan que el modelo funcionó durante un periodo prolongado y que podría ser replicable en otros lugares, siempre que se realicen estudios locales y no se copie la obra de manera automática.

La lección principal no es construir el mismo pozo en cada municipio. Es entender que Chihuahua ya posee conocimiento técnico, universidades, especialistas y experiencias suficientes para iniciar programas piloto adaptados a las cuencas de Jiménez, Camargo, Saucillo, Delicias, Meoqui y comunidades vecinas.

Una oportunidad contra las inundaciones, la erosión y la sequía.

Las obras de infiltración producen beneficios que comienzan antes de que el agua alcance el acuífero. Al reducir la velocidad de los escurrimientos pueden disminuir los picos de avenida y el riesgo de inundaciones en zonas bajas. Al retener sedimentos protegen caminos, parcelas y canales. Al conservar humedad permiten recuperar vegetación y combatir la erosión.

En agostaderos deteriorados, una red de pequeñas estructuras puede favorecer la regeneración de pastos y arbustos nativos. Las raíces y la materia orgánica mejoran la estructura del suelo, crean poros y aumentan su capacidad de absorción. Se forma entonces un círculo virtuoso: la obra retiene agua, la vegetación se recupera y el suelo vivo infiltra mejor las lluvias futuras.

En las ciudades, jardines de lluvia, parques inundables y superficies permeables pueden aliviar los drenajes pluviales. En lugar de conducir toda el agua lo más rápidamente posible hacia un punto bajo, se distribuye parte del volumen en espacios seguros donde puede almacenarse temporalmente.

La recarga subterránea también presenta una ventaja frente a las presas superficiales: el agua almacenada bajo tierra queda protegida de gran parte de la evaporación. En una región con altas temperaturas, aire seco y radiación intensa, esa diferencia puede ser significativa.

El peligro de infiltrar contaminación.

No toda agua de lluvia está limpia. Después de recorrer calles, campos agrícolas, corrales o zonas industriales puede transportar fertilizantes, plaguicidas, aceites, combustibles, sales, materia fecal, microorganismos y metales.

El centro-sur de Chihuahua ya enfrenta problemas de calidad natural y antropogénica del agua. Investigaciones recientes han documentado la presencia y dinámica de arsénico y plomo en muestras del acuífero Meoqui–Delicias, lo que demuestra que cualquier programa de recarga debe incorporar estudios hidrogeoquímicos y una red de vigilancia, no solamente cálculos de volumen.

La recarga puede incluso modificar las condiciones químicas del subsuelo y movilizar elementos presentes naturalmente en las rocas. Por eso debe analizarse la compatibilidad entre el agua infiltrada y la del acuífero. La idea de que “toda agua que se mete a la tierra es agua ganada” resulta técnicamente peligrosa.

Los sitios cercanos a basureros, fosas sépticas, establos intensivos, talleres, gasolineras, descargas de drenaje o parcelas con alta aplicación de agroquímicos deben recibir atención especial o ser descartados.

La obra más importante sigue siendo dejar de extraer.

Las obras de infiltración pueden recuperar millones de metros cúbicos, pero no deben presentarse como una solución mágica. El déficit de Jiménez–Camargo supera los 167 millones de metros cúbicos anuales. Para compensarlo exclusivamente mediante recarga artificial tendría que captarse, tratarse e infiltrarse exitosamente un volumen equivalente, todos los años, sin contar pérdidas ni años secos. Esa escala muestra lo poco realista que sería depender únicamente de infraestructura.

Además, aumentar la recarga sin controlar el bombeo puede generar una paradoja: el agua infiltrada se extrae nuevamente antes de producir una recuperación sostenida de los niveles. El beneficio termina subsidiando el consumo existente en lugar de restaurar el acuífero.

La recuperación requiere actuar en ambos lados del balance:

  • Captar e infiltrar una mayor proporción de los escurrimientos disponibles.
  • Medir la extracción real de todos los aprovechamientos.
  • Clausurar pozos clandestinos y corregir extracciones superiores a las autorizadas.
  • Revisar concesiones y evitar nuevos compromisos en acuíferos sin disponibilidad.
  • Modernizar el riego y verificar que el agua ahorrada permanezca efectivamente en el acuífero.
  • Favorecer cultivos y actividades compatibles con la disponibilidad regional.
  • Restaurar pastizales, cauces, suelos y zonas naturales de recarga.
  • Proteger primero el abastecimiento humano y las descargas necesarias para los ecosistemas.

La eficiencia agrícola tampoco debe medirse solamente por cuánta agua se ahorra en una parcela. Si el ahorro se utiliza para ampliar la superficie cultivada o sembrar especies más demandantes, el consumo total puede mantenerse o aumentar. Toda tecnificación debe estar acompañada de límites volumétricos, medición y vigilancia.

Un programa regional, no obras aisladas para la fotografía.

La región necesita un Programa de Recarga Gestionada y Restauración Hidrológica del Centro-Sur de Chihuahua, construido con participación de CONAGUA, Gobierno del Estado, municipios, Juntas de Agua, universidades, módulos de riego, productores, comunidades rurales y organizaciones ambientales.

El primer paso tendría que ser elaborar mapas de aptitud para identificar:

  • Cauces y abanicos aluviales con alta permeabilidad.
  • Profundidad y comportamiento del nivel freático.
  • Espesor de las capas arcillosas.
  • Calidad del agua superficial y subterránea.
  • Riesgos de contaminación.
  • Derechos de propiedad y posibles afectaciones.
  • Usuarios y ecosistemas aguas abajo.

Posteriormente podrían instalarse proyectos piloto instrumentados. Cada obra tendría que contar con pluviómetros, medidores de caudal, piezómetros, muestreo de calidad y registros públicos de operación. Así sería posible conocer cuánta agua recibió, cuánto volumen se infiltró realmente, cómo respondió el nivel subterráneo y cuánto costó cada metro cúbico recuperado.

La transparencia es indispensable. Construir un bordo y afirmar que “se recargó el acuífero” sin mediciones no constituye evidencia. El éxito debe demostrarse mediante balances, monitoreo piezométrico y análisis de calidad antes y después de cada temporada.

También debe garantizarse mantenimiento permanente. Los vasos se azolvan, las zanjas se rellenan, los gaviones pueden dañarse y los filtros pierden eficiencia. Una obra abandonada puede dejar de infiltrar o convertirse en un riesgo para la población.

La dimensión humana de un problema subterráneo.

El abatimiento de los acuíferos suele presentarse mediante cifras abstractas, pero sus consecuencias ya forman parte de la vida cotidiana. Se reflejan en pozos que deben perforarse cada vez más, equipos de bombeo más costosos, comunidades que dependen de pipas, agricultores pequeños incapaces de competir con aprovechamientos de gran capacidad y familias preocupadas por la calidad del agua que llega a sus hogares.

También aparece una desigualdad fundamental: quienes poseen capital pueden profundizar pozos, comprar bombas más potentes y absorber el aumento del costo eléctrico. Quienes dependen de un pozo comunitario o de una red pública deteriorada no tienen esa posibilidad. Cuando el nivel desciende, la escasez no golpea a todos por igual.

Por eso infiltrar lluvia no es solamente una obra hidráulica. Es una forma de reconstruir la relación entre las comunidades y el territorio. Significa reconocer que el agua que corre por un arroyo no es un desperdicio, pero tampoco un recurso sin dueño que pueda retenerse sin considerar a los demás. Es parte de una cuenca compartida y debe gestionarse con evidencia, justicia y visión de largo plazo.

Sembrar agua, pero también cambiar el modelo de consumo.

El centro-sur de Chihuahua todavía recibe lluvias capaces de movilizar grandes cantidades de agua en periodos cortos. La tarea es aprender a convivir con esos pulsos: conservar una parte en el paisaje, dirigir otra hacia lugares geológicamente adecuados y permitir que otra continúe sosteniendo ríos, humedales, usuarios y ecosistemas aguas abajo.

Presas filtrantes, terrazas, zanjas, restauración de cauces, vasos de infiltración, parques inundables, captación en techos y pozos técnicamente controlados pueden formar una red regional. Ninguna estructura, por pequeña que sea, debe despreciarse; pero tampoco debe exagerarse su alcance.

La recarga gestionada puede reducir la velocidad con la que se vacían los acuíferos, almacenar agua con menores pérdidas por evaporación, restaurar suelos y disminuir daños por inundación. Lo que no puede hacer es volver sostenible una extracción que supera cada año, por cientos de millones de metros cúbicos, la capacidad natural del territorio.

Sembrar la lluvia es indispensable. Sin embargo, para que el agua permanezca bajo la tierra y beneficie a las próximas generaciones, Chihuahua también tendrá que aprender a dejar de bombear más de lo que la naturaleza y las obras de recarga pueden devolver. Esa es la parte menos visible, más difícil y decisiva de cualquier política hídrica seria.

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