No es solamente sequía: el nogal y la extracción que vacían los acuíferos del centro-sur de Chihuahua

La falta de lluvia agrava la crisis, pero no explica por sí sola un déficit que se produce todos los años. En el acuífero Jiménez–Camargo se extrae prácticamente el doble del agua que puede recuperarse naturalmente. En el centro-sur del estado, la expansión de cultivos permanentes de alto consumo, principalmente el nogal pecanero, convirtió el agua subterránea en la base de un modelo agrícola económicamente exitoso, pero ambientalmente insostenible.

HISTORIASMX. – En la superficie, las huertas de nogal representan una de las imágenes más reconocibles de la prosperidad agrícola del centro-sur de Chihuahua. Son extensiones verdes, ordenadas y productivas en medio de una región desértica; árboles capaces de generar empleo, sostener cadenas comerciales y colocar a Chihuahua como líder nacional en producción de nuez pecana. Bajo la tierra, sin embargo, existe otra realidad: cada temporada de riego obliga a extraer millones de metros cúbicos de depósitos subterráneos cuya recuperación natural es mucho más lenta que el ritmo impuesto por las bombas.

La sequía es real. Chihuahua atraviesa periódicamente temporadas de escasa precipitación, temperaturas extremas y disminución del almacenamiento en presas. Pero utilizar únicamente la palabra “sequía” para explicar el abatimiento de pozos, la pérdida de manantiales y el déficit de los acuíferos resulta insuficiente. La sequía es un fenómeno climático; la sobreexplotación es una decisión acumulada de manejo. Una reduce temporalmente la disponibilidad de agua. La otra retira, año tras año, más agua de la que la naturaleza puede devolver.

En el acuífero Jiménez–Camargo, los propios números oficiales permiten observar la diferencia.

Un acuífero que pierde más de 167 millones de metros cúbicos cada año.

La actualización publicada por la Comisión Nacional del Agua establece que el acuífero Jiménez–Camargo recibe una recarga media anual de 174.9 millones de metros cúbicos. De esa cantidad deben conservarse 5.5 millones para descargas naturales comprometidas, mientras que el volumen de extracción registrado asciende a 336.77 millones de metros cúbicos anuales.

El resultado es una disponibilidad negativa de 167 millones 374 mil 574 metros cúbicos cada año. Dicho de otra manera: el volumen registrado para extracción equivale a aproximadamente 1.93 veces la recarga natural total. Aun antes de considerar posibles extracciones clandestinas o volúmenes bombeados por encima de lo concesionado, la contabilidad oficial ya se encuentra en números rojos.

Esta cifra no significa que bajo Jiménez y Camargo ya no quede una sola gota. Un acuífero no es una cisterna con paredes definidas que pueda declararse completamente vacía de un día para otro. Significa algo igualmente grave: que no existe agua disponible para nuevas concesiones y que una parte sustancial del bombeo se sostiene retirando agua almacenada durante años, décadas o periodos todavía más largos.

La región está gastando capital hídrico, no únicamente el “interés” producido por la recarga anual.

El documento técnico de CONAGUA reconoce además una limitación importante: para Jiménez–Camargo no existe información piezométrica histórica y actual suficiente en toda la superficie del acuífero. Por ello, el balance fue estimado principalmente mediante métodos hidrometeorológicos. Esto no invalida el déficit oficial, pero demuestra la necesidad urgente de contar con una red pública y continua de medición de niveles, extracciones y calidad del agua.

La lluvia que cae no es la misma agua que llega al subsuelo.

Uno de los argumentos más frecuentes durante los temporales lluviosos consiste en afirmar que el acuífero se está recuperando. Sin embargo, la mayor parte del agua que cae sobre una región árida no alcanza las capas profundas.

Para el territorio de Jiménez–Camargo, CONAGUA calculó una precipitación media equivalente a 3 mil 485.9 millones de metros cúbicos al año. De ese volumen, aproximadamente 90.2 por ciento regresa a la atmósfera mediante evapotranspiración. Otra parte escurre superficialmente y solamente alrededor de 5 por ciento de la precipitación fue considerada susceptible de infiltrarse.

Por eso, una tormenta abundante puede llenar arroyos, reverdecer el desierto, favorecer la fauna, disminuir la temperatura e incluso producir escurrimientos espectaculares sin compensar décadas de bombeo intensivo. La lluvia es indispensable, pero no puede convertirse en una absolución automática para la sobreexplotación.

Para cubrir únicamente el déficit anual oficial de Jiménez–Camargo sería necesario recuperar más de 167 millones de metros cúbicos adicionales, aparte del agua que ya ingresa normalmente. Eso no se consigue con varios días de lluvia ni con una temporada excepcional si, al mismo tiempo, continúa la extracción en los volúmenes actuales.

Un árbol rentable en una tierra con poca agua.

El nogal pecanero, Carya illinoinensis, no es por sí mismo el enemigo. Es una especie productiva de gran importancia económica, genera empleos y sostiene el ingreso de agricultores, trabajadores, seleccionadoras, empacadoras, transportistas y comerciantes. El problema surge cuando un cultivo perenne de elevada demanda hídrica se expande en una región desértica sin que la superficie plantada se ajuste a la disponibilidad real del acuífero.

A diferencia de un cultivo anual, que puede dejar de sembrarse cuando disminuye el agua, una huerta de nogal representa una inversión de largo plazo. Los árboles necesitan años para comenzar a producir y décadas para recuperar su costo. Una vez establecidos, requieren riego todos los ciclos. Esa característica genera lo que especialistas denominan rigidez hídrica: incluso durante una crisis, el productor continúa bombeando porque dejar de regar puede significar la muerte del árbol y la pérdida de todo el patrimonio invertido.

Un estudio realizado en una huerta adulta del norte de México, con riego por goteo subsuperficial, documentó la aplicación de 12 mil 100 metros cúbicos de agua por hectárea durante un año. En los meses de mayor demanda se aplicaron entre 1,500 y 1,950 metros cúbicos por hectárea al mes. Los investigadores confirmaron que el nogal presenta un consumo alto frente a otros cultivos y que su demanda debe medirse para programar adecuadamente el riego.

Ese dato no debe interpretarse como una cifra universal. El consumo cambia con la edad de los árboles, densidad de plantación, temperatura, suelo, cobertura, sistema de riego, manejo de la huerta y duración de la temporada. En predios con riego menos eficiente o con pérdidas por conducción, el volumen extraído del pozo puede ser significativamente mayor. Diversas estimaciones agronómicas para zonas áridas colocan las necesidades y aplicaciones anuales en órdenes de 12 mil a cerca de 20 mil metros cúbicos por hectárea, dependiendo de esas condiciones.

Para dimensionarlo: una hectárea que recibe 12,100 metros cúbicos utiliza 12.1 millones de litros al año. Con una aplicación de 19 mil metros cúbicos, el volumen aumenta a 19 millones de litros. No toda esa agua termina en la nuez: una parte es utilizada fisiológicamente por el árbol y liberada a la atmósfera; otra evapora del suelo, alimenta vegetación asociada, se pierde durante la conducción o puede regresar parcialmente al subsuelo. Sin embargo, toda debe salir inicialmente de una presa, canal o pozo.

El crecimiento nogalero no fue acompañado por una planeación hídrica equivalente.

Chihuahua ha construido una industria sumamente exitosa alrededor de la nuez pecana. El Gobierno del Estado estimó que en 2025 la entidad aportaría aproximadamente 61 por ciento de la producción nacional, con 112.9 mil toneladas, concentradas principalmente en Camargo, Chihuahua, Jiménez y Aldama. La misma fuente señaló que entre 2016 y 2025 la superficie cosechada aumentó en más de 32 mil hectáreas.

Una investigación académica sobre la evolución del cultivo ya había advertido que Jiménez y Camargo concentraban una parte fundamental de la superficie y del valor de la producción estatal. El estudio concluyó que la expansión del nogal se realizó sin suficiente planeación agrícola y sin considerar plenamente la vocación productiva de los suelos.

El contraste es directo: mientras la superficie y el valor económico aumentaron, los dos grandes acuíferos agrícolas del centro-sur permanecieron profundamente deficitarios.

El acuífero Meoqui–Delicias registra una recarga media de 211.2 millones de metros cúbicos y un volumen de extracción de 378.32 millones. Su disponibilidad resulta negativa en 167.12 millones de metros cúbicos anuales. Jiménez–Camargo presenta un déficit todavía ligeramente mayor: 167.37 millones.

AcuíferoRecarga anualExtracción registradaDescarga comprometidaDisponibilidad
Jiménez–Camargo174.9 Mm³336.77 Mm³5.5 Mm³−167.37 Mm³
Meoqui–Delicias211.2 Mm³378.32 Mm³0 Mm³−167.12 Mm³
Parral–Valle del Verano26.7 Mm³47.44 Mm³0 Mm³−20.74 Mm³
Valle de Zaragoza104.1 Mm³14.47 Mm³101.1 Mm³−11.47 Mm³

Mm³: millones de metros cúbicos. Valores oficiales con corte de extracción al 30 de diciembre de 2022.

¿Puede afirmarse que el nogal agotó por sí solo el acuífero?

La respuesta científicamente responsable es: no puede atribuirse todo el déficit exclusivamente al nogal con la información pública disponible.

Los balances de CONAGUA reportan el volumen total concesionado o contabilizado, pero no presentan en el mismo documento una separación completa y actualizada de cuánto se bombea específicamente para nogal, alfalfa, chile, cebolla, otros cultivos, ganadería, industria o abastecimiento urbano. Tampoco permiten conocer con precisión el volumen de extracciones ilegales.

Por ello, sería incorrecto sostener que cada uno de los 167 millones de metros cúbicos del déficit fue provocado exclusivamente por los nogaleros. Existen otros cultivos irrigados, pozos pecuarios, sistemas municipales, pérdidas de conducción, aprovechamientos clandestinos y deficiencias institucionales.

Pero tampoco es sostenible negar la responsabilidad estructural del modelo nogalero. El nogal es uno de los cultivos permanentes más extendidos, rentables y demandantes de agua de la región. Jiménez y Camargo se encuentran entre los principales productores estatales, al mismo tiempo que comparten el acuífero con el mayor déficit oficial de Chihuahua entre los valles agrícolas del centro-sur.

La coincidencia territorial, la superficie plantada, el elevado requerimiento hídrico y la expansión de las huertas ofrecen evidencia suficiente para identificar al nogal como una de las presiones principales, aunque no como la única.

Llamarle sequía a todo: una explicación cómoda e incompleta.

La sequía ocurre cuando durante un periodo disminuye la precipitación respecto de las condiciones normales. La sobreexplotación aparece cuando se extrae más agua subterránea de la que puede recuperarse de manera sostenible. Ambos fenómenos pueden ocurrir simultáneamente, pero no son sinónimos.

Si un acuífero mantiene un déficit incluso bajo valores medios de precipitación, entonces el problema no es solamente la falta de lluvias. Es también la magnitud de la demanda.

Decir que “los pozos se secaron por la sequía” puede ser cierto en el sentido inmediato: una temporada seca disminuye la recarga y obliga a bombear más. Pero resulta engañoso cuando se omite que el acuífero ya operaba con extracciones cercanas al doble de su recarga media. La sequía acelera y hace visible el deterioro; no necesariamente lo origina.

También existe un incentivo económico para mantener esa narrativa. Presentar la pérdida de agua como un desastre estrictamente natural desplaza la discusión sobre quién extrae, cuánto extrae, con qué título, mediante qué medidor y bajo qué vigilancia. Convierte un problema de gobernanza en una fatalidad climática.

La evidencia histórica en otras regiones agrícolas mexicanas muestra un patrón semejante: expansión de cultivos comerciales de alto valor, perforación intensiva, concentración del acceso al agua, bombeo ilegal y retraso de las instituciones para imponer límites efectivos. Una investigación publicada en 2025 identifica la falta de medición, la débil gobernanza y el desequilibrio entre recarga y modelo productivo como elementos centrales de estas crisis.

En ese contexto, la expresión “saqueo del agua” pertenece al terreno de la crítica social y política, no a la terminología hidrogeológica. Puede emplearse periodísticamente cuando describe apropiaciones clandestinas, extracción superior a lo autorizado, concentración inequitativa o una conducta deliberada que transfiere los costos ambientales a toda la población. Sin pruebas individualizadas, no debe utilizarse para acusar penalmente a todos los productores de nogal. La responsabilidad es diferenciada: incluye usuarios legales e ilegales, grandes propietarios, pequeños productores, autoridades federales y estatales, organismos de cuenca y políticas públicas que promovieron la expansión agrícola sin asegurar primero la sustentabilidad hídrica.

La paradoja: las propias huertas comienzan a morir.

El modelo también está alcanzando a quienes dependen económicamente de él. En 2023 se documentó el crecimiento de 80 a 200 hectáreas de nogaleras secas en la región de Jiménez, asociado con estrés hídrico y extracción desmedida.

Cuando desciende el nivel freático, los productores deben profundizar pozos, cambiar bombas y gastar más electricidad. Los pequeños propietarios son generalmente los primeros en quedar fuera: carecen de capital para perforar más profundo o modernizar el riego. Los usuarios con mayor capacidad económica pueden seguir descendiendo, pero esa adaptación individual empeora el problema colectivo.

Así se genera una carrera hacia el fondo. Cada pozo más profundo protege temporalmente una huerta, pero acelera el abatimiento que afecta a los pozos vecinos. El resultado no es seguridad para el sector agrícola, sino una competencia cada vez más costosa por una reserva común en disminución.

La población urbana tampoco queda al margen. Los sistemas de agua potable deben competir físicamente con cientos o miles de captaciones agrícolas dentro del mismo sistema subterráneo. Aunque el consumo doméstico suele ser menor que la demanda de riego, las familias resienten primero la caída de presión, el tandeo, el encarecimiento de nuevos pozos y el deterioro de la calidad.

Ahorrar agua no siempre significa recuperar el acuífero.

Tecnificar el riego es necesario, pero no basta. El goteo, los sensores de humedad, la nivelación, el control de presiones y la programación basada en evapotranspiración pueden reducir pérdidas y mejorar la productividad por metro cúbico.

Sin embargo, existe un riesgo conocido como efecto rebote: un productor ahorra agua por hectárea, pero utiliza el volumen liberado para ampliar la huerta o incrementar la producción. En ese caso mejora la eficiencia económica, pero la extracción total no disminuye.

Por ello, cualquier programa de tecnificación debe acompañarse de límites volumétricos reales, medidores verificables y prohibición efectiva de aumentar la superficie irrigada con el agua “ahorrada”. La recuperación no depende solamente de producir más con cada metro cúbico; requiere bombear menos metros cúbicos en total.

Lo que tendría que cambiar.

Una política seria para Jiménez, Camargo, Delicias y los municipios vecinos debería comenzar por una auditoría pública del agua. No únicamente revisar documentos, sino medir físicamente los volúmenes extraídos.

Se requiere:

  • Instalar y verificar medidores en los pozos agrícolas de mayor volumen.
  • Publicar datos periódicos de extracción por acuífero, municipio, uso y tipo de cultivo, protegiendo los datos personales pero no ocultando la contabilidad hídrica.
  • Localizar, clausurar o regularizar conforme a la ley los pozos clandestinos y las extracciones superiores a los títulos.
  • Suspender la expansión de cultivos permanentes de alta demanda en acuíferos sin disponibilidad.
  • Condicionar los apoyos públicos y tarifas eléctricas agrícolas al cumplimiento de volúmenes autorizados.
  • Establecer programas graduales y compensados de reducción de extracción.
  • Apoyar a pequeños productores en reconversión, tecnificación y retiro ordenado de superficies inviables.
  • Proteger zonas naturales de recarga, cauces, abanicos aluviales y márgenes de ríos.
  • Construir obras de infiltración donde los estudios hidrogeológicos demuestren que realmente pueden aportar al acuífero.
  • Garantizar primero el derecho humano al agua y los caudales indispensables para manantiales y ecosistemas.

El verdadero nombre de la crisis.

La sequía merece atención, prevención y apoyos de emergencia. Pero no puede seguir siendo utilizada como una explicación total que borre décadas de decisiones productivas, concesiones, tolerancia institucional y bombeo acumulado.

En Jiménez–Camargo, el dato central no admite demasiadas interpretaciones: ingresan aproximadamente 174.9 millones de metros cúbicos al año y se encuentran registrados para extracción 336.77 millones. La diferencia negativa supera los 167 millones.

La naturaleza no está cerrando las cuentas. La región está retirando del subsuelo casi el doble de lo que el sistema puede reponer.

El nogal ha dado riqueza, trabajo e identidad agrícola al centro-sur de Chihuahua. Reconocerlo no obliga a ignorar su huella hídrica. Defender verdaderamente la actividad nogalera no consiste en negar el déficit, culpar exclusivamente al cielo o perforar cada vez más profundo. Consiste en aceptar que ningún cultivo, por rentable que sea, puede sostenerse indefinidamente sobre un acuífero que pierde agua todos los años.

La sequía cae del cielo. La sobreexplotación se decide y se permite sobre la tierra. Y mientras ambas realidades sigan confundiéndose, el agua continuará desapareciendo en silencio bajo las huertas verdes del desierto.

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