Ni una década de lluvias bastaría para recuperar el acuífero Jiménez-Camargo

Para que el acuífero Jiménez-Camargo empiece a recuperarse no basta con que llueva más: tendría que reducirse drásticamente la extracción agrícola, recuperar cauces, permitir escurrimientos, proteger zonas de infiltración y sostener durante años condiciones climáticas excepcionales

HISTORIASMX. – El acuífero Jiménez-Camargo no está enfermo por falta de una lluvia. Está enfermo por décadas de extracción mayor a su capacidad natural de recarga. Esa es la diferencia que pocas veces se explica cuando se habla del agua subterránea en el sur de Chihuahua: un temporal bueno puede reverdecer el campo, llenar charcos, correr arroyos y aliviar momentáneamente la sequía superficial, pero no necesariamente recupera un acuífero sobreexplotado.

De acuerdo con los registros técnicos de la Comisión Nacional del Agua, el acuífero Jiménez-Camargo tiene una recarga media anual estimada en 174.9 millones de metros cúbicos. Sin embargo, el volumen de extracción registrado asciende a 336.7 millones de metros cúbicos al año. La diferencia es brutal: cada año se extraen alrededor de 167.3 millones de metros cúbicos más de los que el sistema puede reponer de manera natural.

Esa cifra no es menor. Significa que el acuífero no solo está siendo utilizado: está siendo minado. Se le saca agua acumulada durante años, décadas o incluso siglos, mientras la lluvia actual apenas alcanza para sostener una parte del equilibrio natural.

¿Cuánto tendría que llover?

La pregunta parece sencilla, pero la respuesta es incómoda: tendría que llover casi el doble de lo normal, durante varios años, y aun así no sería suficiente si se mantiene el mismo ritmo de extracción.

CONAGUA calcula que sobre la superficie del acuífero caen en promedio 350 milímetros de lluvia al año. Esa lluvia equivale a un volumen aproximado de 3,485.9 millones de metros cúbicos sobre toda la superficie del acuífero. Pero la mayor parte se pierde por evapotranspiración, principalmente por calor, vegetación, suelo expuesto y condiciones áridas. Según el balance técnico, cerca del 90 por ciento de esa lluvia se evapotranspira.

De todo lo que llueve, apenas alrededor del 5 por ciento termina infiltrándose y convirtiéndose en recarga efectiva para el acuífero. Por eso, aunque parezca que una temporada lluviosa “recarga” el subsuelo, en realidad solo una pequeña fracción llega a las capas subterráneas.

Si se mantiene el mismo patrón de extracción actual, el acuífero necesitaría una recarga anual cercana a 342 millones de metros cúbicos solo para dejar de perder agua. Con el coeficiente de infiltración estimado por CONAGUA, eso implicaría una precipitación aproximada de entre 680 y 700 milímetros anuales sobre toda la superficie del acuífero, casi el doble del promedio actual.

Pero incluso ese escenario sería apenas para equilibrar entradas y salidas. No para recuperar lo perdido.

La recuperación no empieza con lluvia: empieza con dejar de extraer de más.

La condición número uno para que el acuífero Jiménez-Camargo comience a recuperarse no es que llueva más, sino que se extraiga menos agua. Mientras el bombeo anual siga superando la recarga natural, el acuífero seguirá bajando, aunque existan años lluviosos.

En términos simples: si entran 174.9 millones de metros cúbicos al año y salen más de 336 millones, el sistema pierde más de 167 millones cada año. Para que el acuífero al menos deje de caer, la extracción tendría que reducirse aproximadamente a 169 millones de metros cúbicos anuales, descontando la descarga natural comprometida que sostiene manantiales, caudales base, ecosistemas y la calidad del agua.

Eso significa que, bajo las condiciones actuales, el acuífero tendría que reducir prácticamente a la mitad su volumen de extracción para entrar en equilibrio. Sin esa reducción, ninguna lluvia será suficiente.

¿Cuántos años tardaría en recuperarse?

No existe una cifra exacta porque CONAGUA reconoce que no hay información piezométrica histórica suficiente y consistente para construir un modelo completo del almacenamiento del acuífero. Es decir, se sabe cuánto entra y cuánto se extrae, pero no se conoce con precisión toda la “deuda acumulada” ni el volumen total perdido por décadas de sobreexplotación.

Sin embargo, se puede hacer una estimación periodística con base en el déficit anual oficial. Si el acuífero pierde 167 millones de metros cúbicos cada año, una década de sobreexplotación equivale a más de 1,670 millones de metros cúbicos de agua subterránea comprometida.

Si mañana se detuviera la sobreextracción y se lograra dejar un saldo positivo de alrededor de 100 millones de metros cúbicos anuales, recuperar solo diez años de déficit podría tomar entre 15 y 20 años. Si el saldo positivo fuera menor, el proceso podría tardar varias décadas. Y si se mantiene la extracción actual, la recuperación simplemente no ocurrirá.

En acuíferos de zonas áridas, como los del norte de México, la recuperación suele ser lenta porque la recarga natural depende de lluvias irregulares, cauces intermitentes, infiltración en sierras, arroyos y ríos, y no de precipitaciones constantes como ocurre en regiones húmedas.

La importancia de los ríos y arroyos.

En zonas áridas, los acuíferos no se recuperan únicamente por lluvia directa sobre el valle. Una parte fundamental de la recarga ocurre cuando los ríos, arroyos y escurrimientos bajan de las sierras, corren por cauces naturales y permiten que el agua se infiltre lentamente en gravas, arenas y depósitos aluviales.

En el caso del acuífero Jiménez-Camargo, CONAGUA señala que la recarga proviene principalmente de la infiltración de lluvia desde las sierras formadas por rocas calizas, basaltos y riolitas. También reconoce la presencia de depósitos aluviales asociados a ríos y arroyos, entre ellos el Río Florido.

Esto significa que los cauces no deben verse como canales de desagüe, sino como venas de recarga. Cuando un río deja de correr, cuando se desmonta la vegetación ribereña, cuando se invaden arroyos, cuando se compacta el suelo o cuando se interrumpe el flujo natural con obras mal planeadas, se rompe parte del mecanismo que permite que el agua llegue al subsuelo.

La tesis propuesta: recuperar el acuífero exige cambiar el modelo de agua.

La recuperación del acuífero Jiménez-Camargo requiere una estrategia integral, no un discurso de temporada. La tesis central es clara: el acuífero solo podrá estabilizarse si se reduce la extracción, se protege la recarga natural y se transforma el modelo agrícola de alto consumo hídrico.

La primera medida tendría que ser una auditoría real del agua concesionada, extraída y utilizada. No basta con saber cuántos pozos existen en papel; se necesita saber cuánta agua se bombea realmente, quién la usa, para qué cultivos, con qué tecnología y bajo qué permisos.

La segunda medida debe ser la reducción gradual de extracciones en cultivos de alta demanda hídrica. En una región con déficit oficial, seguir expandiendo superficies agrícolas intensivas en agua equivale a firmar la sentencia del acuífero.

La tercera medida debe ser proteger las zonas de recarga: sierras, piedemontes, arroyos, cauces, abanicos aluviales y márgenes de ríos. Estas áreas deben tratarse como infraestructura hídrica natural.

La cuarta medida debe incluir proyectos de recarga gestionada: bordos de infiltración, presas filtrantes, zanjas de recarga, restauración de cauces, recuperación de vegetación nativa, control de erosión y obras que permitan que el agua de lluvia permanezca más tiempo en el territorio en lugar de perderse rápidamente por escurrimiento o evaporación.

La quinta medida debe ser política: reconocer que el problema no es doméstico, sino estructural. La crisis del acuífero no se explica por el consumo urbano de las familias, sino por el volumen masivo destinado al uso agrícola.

Conclusión.

Para recuperar el acuífero Jiménez-Camargo no se necesita una lluvia milagrosa. Se necesita una decisión histórica.

Tendría que llover casi el doble del promedio anual solo para acercarse al equilibrio bajo el nivel actual de extracción. Pero para recuperar lo perdido, además de lluvias extraordinarias, se necesitarían décadas de manejo responsable, reducción del bombeo, restauración de cauces y protección de zonas de infiltración.

El acuífero no está esperando una tormenta. Está esperando que dejemos de tratarlo como si fuera infinito.

Porque si cada año se extrae más agua de la que entra, el resultado no es una sequía pasajera: es el vaciamiento lento del futuro hídrico del sur de Chihuahua.

Por: Gorki Belisario Rodríguez Ávila / HISTORIASMX

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