La planta fue instalada por el Gobierno Federal en 1967, cuando México impulsaba una política de industrialización más ambiciosa. En aquella época, Petróleos Mexicanos no era visto únicamente como una empresa extractora de crudo, sino como una plataforma para desarrollar cadenas productivas completas: gas natural, petroquímica, amoniaco, urea y fertilizantes.
HISTORIASMX. – En el sur de Chihuahua existe una historia industrial que durante años pareció escrita en acero, vapor, gas natural y promesas de desarrollo. Es la historia de la planta petroquímica de Camargo, una instalación que nació en 1967 como parte de una visión nacional para transformar el petróleo y el gas en insumos estratégicos para el campo mexicano.
No era una planta cualquiera. En una región profundamente agrícola, donde el agua, la tierra y la producción rural han marcado la vida económica de generaciones, la planta de Camargo representó durante décadas una pieza clave para la fabricación de amoniaco, materia prima indispensable para la producción de urea y fertilizantes nitrogenados.
Desde su origen, su función estuvo ligada al campo. El objetivo era producir amoniaco para fortalecer la elaboración de fertilizantes y reducir los costos de los insumos agrícolas. En otras palabras: lo que se producía en Camargo no se quedaba solamente en una estadística industrial, sino que terminaba vinculado a la producción de alimentos, a la siembra, al rendimiento de las tierras de riego y al bolsillo de los agricultores del norte del país.
La planta fue instalada por el Gobierno Federal en 1967, cuando México impulsaba una política de industrialización más ambiciosa. En aquella época, Petróleos Mexicanos no era visto únicamente como una empresa extractora de crudo, sino como una plataforma para desarrollar cadenas productivas completas: gas natural, petroquímica, amoniaco, urea y fertilizantes.
Camargo entró así a una etapa distinta de su historia. La ciudad, tradicionalmente agrícola y ganadera, también comenzó a ser identificada por sus chimeneas, sus trabajadores petroleros, sus instalaciones industriales y su papel estratégico dentro de la petroquímica nacional.
Una planta con capacidad de 132 mil toneladas anuales.
Los registros técnicos localizados señalan que la planta de amoniaco de Camargo tenía una capacidad aproximada de 132 mil toneladas anuales. Esto la convertía en una unidad relevante dentro del sistema petroquímico de Pemex, aunque de menor tamaño frente a complejos como Cosoleacaque, Veracruz.
Su importancia no debe medirse únicamente por volumen nacional, sino por ubicación estratégica. Camargo estaba en el corazón agrícola del centro-sur de Chihuahua, cerca de zonas productivas de alto consumo de fertilizantes y con conexión hacia el norte del país. Por eso, su producción tenía sentido económico y territorial: acercaba el insumo al productor, reducía costos logísticos y sostenía una cadena regional de empleo.
Durante sus años de funcionamiento, la planta no solo generó fertilizantes o materia prima para fertilizantes. Generó identidad obrera. Alrededor de ella crecieron familias petroleras, técnicos especializados, operadores, personal sindicalizado, proveedores, transportistas y una economía paralela que dependía directa o indirectamente del complejo.
Para Camargo, la planta significó empleo estable, salario industrial y una presencia federal fuerte. En una región donde buena parte de la economía dependía del campo, contar con una petroquímica representaba una diversificación poco común para el sur de Chihuahua.
El cierre: mantenimiento, gas caro y una decisión que se volvió definitiva.
La historia comenzó a cambiar en abril de 2002. De acuerdo con los antecedentes revisados en archivos legislativos, la planta cerró inicialmente por un periodo de mantenimiento de 15 días. Sin embargo, al concluir ese plazo, Pemex anunció el cierre definitivo bajo el argumento de que la operación se había vuelto incosteable.
La razón central fue el precio del gas natural. El gas era el insumo principal para producir amoniaco. Sin gas barato y estable, la producción perdía rentabilidad. En los debates legislativos de Chihuahua se expuso que el costo por millón de BTU pasó de alrededor de un dólar hacia el año 2000 a niveles cercanos a nueve dólares en 2002, lo que golpeó directamente la economía de la planta.
El cierre de Camargo no fue un hecho aislado. Formó parte de una crisis más amplia de la industria petroquímica nacional. Durante esos años, México redujo su capacidad de producción de amoniaco y fertilizantes, mientras aumentaba su dependencia de importaciones. La industria nacional comenzó a operar por debajo de su capacidad instalada y el país fue perdiendo terreno en un sector estratégico para la soberanía alimentaria.
La paradoja fue evidente: un país agrícola, con millones de hectáreas productivas, fue dejando caer su capacidad para producir los fertilizantes que su propio campo necesitaba.
El golpe social: trabajadores, salarios y una liquidación incierta.
El cierre no solo apagó equipos industriales. También abrió un largo conflicto laboral y social. Documentos legislativos federales señalan que, aunque la planta cerró operaciones en 2002, el proceso de cierre fue incierto y los trabajadores continuaron recibiendo salarios hasta 2006, lo que representó una erogación cercana a 920 millones de pesos, según información atribuida a Pemex.
Ese dato revela la magnitud del problema: la planta ya no producía, pero su estructura laboral seguía viva. Había trabajadores en activo, jubilados, derechos sindicales, obligaciones pendientes y una comunidad obrera que no desapareció con solo apagar las máquinas.
En 2006, el Consejo de Administración de Pemex Petroquímica autorizó la desincorporación y baja de los bienes de la Unidad Camargo. Ese paso marcó el camino hacia el retiro, venta o desmantelamiento de activos, aunque con el paso de los años el tema no dejó de generar cuestionamientos públicos, reclamos laborales y exigencias de claridad sobre la situación jurídica del complejo.
La promesa de reactivación que nunca terminó de cumplirse.
La planta de Camargo ha sido, durante más de dos décadas, una promesa recurrente. En 2014 se anunció una inversión de Pemex para rehabilitar la planta de amoniaco. La expectativa era recuperar empleos y producir nuevamente fertilizantes para el campo. Se habló de cientos de empleos directos, miles indirectos y de una capacidad de 132 mil toneladas anuales.
Pero el proyecto no avanzó como se esperaba. Documentos de análisis sobre infraestructura petrolera señalan que, aunque en 2014 se anunció la reactivación, en 2016 el proyecto fue cancelado. Es decir, la planta volvió al terreno de las promesas incumplidas.
En 2019 y 2020 volvió a hablarse de rehabilitación. Desde el Gobierno Federal se mencionó la posibilidad de echar a andar nuevamente la planta de fertilizantes de Camargo, bajo el argumento de recuperar la producción nacional y apoyar al campo. Incluso se incluyó el proyecto dentro de paquetes de inversión energética.
Sin embargo, hasta ahora no existe evidencia pública suficiente de que la planta haya regresado a una operación industrial plena. Lo que permanece es una instalación con valor histórico, económico y estratégico, pero envuelta en incertidumbre.
¿Por qué era importante para Chihuahua?
La importancia de la planta debe entenderse desde tres dimensiones: industrial, agrícola y social.
En lo industrial, Camargo formó parte de la red petroquímica nacional de Pemex. Producía amoniaco, un insumo base para fertilizantes nitrogenados. Su existencia demostraba que Chihuahua podía tener industria estratégica más allá de la maquila, la minería o la producción primaria.
En lo agrícola, la planta estaba conectada con una necesidad permanente del campo: fertilizantes accesibles. Cuando México produce menos fertilizante, importa más. Cuando importa más, los costos dependen de mercados internacionales, transporte, tipo de cambio y crisis energéticas. Eso termina afectando al productor.
En lo social, la planta representó empleos especializados y estabilidad para cientos de familias. Su cierre golpeó directamente a trabajadores petroleros y debilitó una cadena económica regional que durante décadas sostuvo parte de la vida de Camargo.
La lección: sin industria estratégica, el campo queda más vulnerable.
La caída de la planta petroquímica de Camargo es también una advertencia sobre el abandono de la política industrial. Durante años, México fue desmontando o debilitando partes de su infraestructura productiva bajo argumentos de rentabilidad inmediata, sin considerar siempre el valor estratégico de largo plazo.
Una planta de fertilizantes no solo debe analizarse como negocio aislado. Debe analizarse como parte de una cadena nacional de seguridad alimentaria. Sin fertilizantes accesibles, el campo produce más caro. Si el campo produce más caro, los alimentos también se encarecen. Y si el país depende de fertilizantes importados, queda expuesto a crisis internacionales.
Camargo fue víctima de esa lógica: el gas natural se encareció, la operación fue considerada incosteable, la planta cerró, los empleos se perdieron y el país siguió dependiendo cada vez más de insumos externos.
Un complejo que sigue esperando respuesta.
A más de dos décadas del cierre, la planta de fertilizantes de Camargo continúa siendo una pregunta abierta para Chihuahua. ¿Cuál es su situación jurídica actual? ¿Qué activos permanecen? ¿Qué se desmanteló? ¿Qué pasó con sus ductos, terrenos e infraestructura? ¿Es viable técnicamente reactivarla o tendría que construirse una nueva instalación sobre la base del antiguo complejo?
Las respuestas no son menores. Se trata de patrimonio industrial, de derechos laborales, de memoria obrera y de una posible herramienta estratégica para el campo del norte de México.
Camargo no solo perdió una planta. Perdió una posibilidad de desarrollo industrial que pudo haber cambiado la historia económica del centro-sur de Chihuahua.
Hoy, cuando el país vuelve a hablar de autosuficiencia alimentaria, fertilizantes, producción nacional y rescate de Pemex, la antigua petroquímica de Camargo vuelve a aparecer como símbolo de lo que México tuvo, dejó caer y quizá todavía podría repensar.
Porque en aquellos terrenos no solo hubo fierro, tuberías y tanques. Hubo trabajo, hubo producción, hubo familias, hubo campo beneficiado y hubo una visión de país que entendía que la industria también puede sembrar futuro.