Una investigación histórica sobre el personaje que dio nombre a Ciudad Jiménez revela una distinción fundamental: José Mariano Jiménez no fue un conquistador español, sino un insurgente de la Independencia de México. Sin embargo, la región que hoy lleva su nombre fue escenario de una prolongada ocupación colonial, desplazamientos territoriales, trabajos forzados, campañas militares y procesos de exterminio que afectaron a los pueblos indígenas del Bolsón de Mapimí.
Por Gorki Rodríguez / HISTORIASMX
HISTORIASMX.– Mucho antes de que existiera Ciudad Jiménez, antes del establecimiento de las haciendas españolas, de la construcción del presidio de Santa María de las Caldas y de la llegada del ferrocarril, las extensas llanuras del sur de Chihuahua formaban parte de un territorio habitado y recorrido por diferentes pueblos originarios.
Los ríos, manantiales, serranías y planicies del actual municipio de Jiménez estaban integrados en una compleja geografía cultural que conectaba el norte de Durango, el sur de Chihuahua y el noroeste de Coahuila.
Entre sus habitantes se encontraban grupos identificados en los registros coloniales como tobosos, acoclames, cocoyomes, chizos y sisimbles, así como otras poblaciones indígenas cuya organización territorial no correspondía a las fronteras municipales y estatales modernas.
La expansión española transformó radicalmente aquella región.
Las expediciones militares, la ocupación de tierras, el establecimiento de explotaciones agrícolas y mineras, la evangelización y el despliegue de presidios alteraron las condiciones de supervivencia de sus pobladores.
La investigación histórica contemporánea ha documentado que varios de aquellos pueblos sufrieron una profunda reducción demográfica, desarticulación social y, en determinados casos, procesos descritos expresamente por especialistas como exterminio.
Una de las investigaciones más importantes sobre este fenómeno es la de la historiadora Chantal Cramaussel, titulada El exterminio de los chizos, sisimbles, acoclames y cocoyomes del Bolsón de Mapimí, publicada en 2014. Su estudio examina las causas de la desaparición de estos grupos como poblaciones diferenciadas, incluida la incidencia de enfermedades como la viruela.
Esta evidencia abre una interrogante fundamental sobre la memoria histórica del sur de Chihuahua: ¿cuánto conocemos realmente sobre los pueblos que habitaron estas tierras antes de la consolidación del dominio español?
José Mariano Jiménez: el personaje detrás del nombre de la ciudad
La primera precisión histórica es indispensable.
José Mariano Jiménez nació el 18 de agosto de 1781 en San Luis Potosí. Fue ingeniero de minas y participó en el movimiento insurgente encabezado por Miguel Hidalgo durante la Guerra de Independencia.
Se incorporó a la insurgencia en 1810, participó en operaciones militares y alcanzó una posición destacada dentro de las fuerzas independentistas.
Fue capturado en Acatita de Baján, trasladado a Chihuahua y fusilado el 26 de junio de 1811, junto con otros dirigentes insurgentes.
Por consiguiente, Mariano Jiménez no participó en la conquista española del territorio chihuahuense de los siglos XVI, XVII y XVIII, porque nació cuando ese proceso colonial llevaba más de dos siglos de desarrollo.
La actual Ciudad Jiménez lleva su nombre como homenaje a su participación en la Independencia, no porque haya sido su conquistador o fundador.
La localidad fue conocida anteriormente como Huejoquilla y Santa María de las Caldas. El 28 de octubre de 1826 recibió el nombre de Villa de Jiménez, y el 19 de julio de 1898 fue elevada a la categoría de ciudad.
El auténtico origen colonial de Jiménez debe buscarse, por tanto, en otros personajes: los expedicionarios y gobernantes de la Nueva Vizcaya, los propietarios de haciendas, los capitanes de presidio y las autoridades que promovieron la ocupación española del valle del río Florido.
La verdadera conquista del territorio: Francisco de Ibarra y la Nueva Vizcaya
Para comprender la transformación del sur de Chihuahua es necesario retroceder al siglo XVI.
En 1562, Francisco de Ibarra recibió el nombramiento de gobernador y capitán general de las tierras que integrarían la Nueva Vizcaya, una extensa jurisdicción colonial que comprendía territorios de los actuales estados de Durango, Chihuahua y regiones vecinas.
En 1563 se fundó la villa de Guadiana, actual Durango, desde donde avanzaron diferentes procesos de colonización.
Posteriormente, en 1567, Rodrigo del Río de Loza, integrante de las expediciones vinculadas a Ibarra, estableció la villa de Santa Bárbara, en el actual sur de Chihuahua.
El descubrimiento y explotación de yacimientos minerales impulsaron la expansión de asentamientos españoles, rutas de transporte y sistemas de abastecimiento.
El territorio dejó de ser visto por los nuevos ocupantes únicamente como una frontera por explorar: comenzó a integrarse en una economía colonial basada en la extracción de minerales, la agricultura, la ganadería y el trabajo indígena.
La historiadora Chantal Cramaussel documentó en su investigación Encomiendas, repartimientos y conquista en Nueva Vizcaya, publicada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia en 1991, la importancia del trabajo forzado indígena en las haciendas y explotaciones de aquella provincia.
Entre las formas de coerción se encontraban la esclavización y el servicio personal impuesto a personas indígenas, incluidas aquellas clasificadas por las autoridades como prisioneras de guerra.
Por tanto, la colonización no puede entenderse exclusivamente como la fundación de poblaciones y la apertura de rutas comerciales. También representó el establecimiento de nuevas relaciones de poder que condicionaron la libertad, el territorio y las formas de subsistencia de las comunidades originarias.
Los pueblos originarios del sur de Chihuahua: una geografía cultural anterior a las fronteras modernas
La documentación histórica y los estudios antropológicos permiten reconocer a diferentes pueblos y agrupaciones indígenas que habitaron o se desplazaron por el actual sureste de Chihuahua y el Bolsón de Mapimí.
No obstante, una advertencia metodológica resulta fundamental: muchos de los nombres conservados en los archivos fueron impuestos o utilizados por los españoles y no necesariamente corresponden a identidades étnicas independientes y permanentes.
Un mismo grupo podía recibir denominaciones diferentes según el periodo, su ubicación o sus relaciones de guerra y paz con los colonizadores.
Entre los principales grupos documentados se encuentran:
| Pueblo o denominación histórica | Área de presencia documentada |
|---|---|
| Tobosos | Bolsón de Mapimí, sur y sureste de Chihuahua y norte de Durango |
| Acoclames | Sectores del Bolsón de Mapimí y frontera oriental de Nueva Vizcaya |
| Cocoyomes | Amplias zonas entre los ríos Nazas y Bravo, incluyendo partes del Bolsón |
| Chizos o chisos | Sectores del Bolsón y territorios vinculados al sistema del río Conchos |
| Sisimbles | Áreas septentrionales del Bolsón de Mapimí |
| Salineros | Zonas salinas del norte de Durango y regiones desérticas vecinas |
| Conchos | Cuenca del río Conchos, Santa Bárbara y áreas del centro-sur de Chihuahua |
| Ocomes | Espacios del Bolsón de Mapimí y su entorno regional |
Estas denominaciones no constituyen un mapa de fronteras exactas. Algunas se superponían, se modificaron con el tiempo o fueron utilizadas de forma variable por los cronistas coloniales.
Las investigaciones de Arturo Guevara Sánchez, del Centro INAH Chihuahua, y de Chantal Cramaussel confirman la complejidad étnica y cultural de esta región, donde también aparecen en los registros nombres como cabezas, xipocales y cholomes.
Una forma de vida adaptada al desierto
Los habitantes del Bolsón de Mapimí desarrollaron estrategias de subsistencia adaptadas a un ambiente de lluvias irregulares, recursos hídricos dispersos y grandes variaciones estacionales.
La movilidad entre fuentes de agua, zonas de recolección y lugares de aprovechamiento de animales silvestres representaba una respuesta cultural al ambiente, no una señal de ausencia de organización social.
Las comunidades construyeron conocimientos territoriales sobre el clima, la vegetación, las rutas y los recursos indispensables para su supervivencia.
Por ello, la ocupación colonial de manantiales, valles agrícolas y corredores de tránsito tuvo consecuencias más profundas que la simple pérdida de parcelas: podía alterar circuitos completos de subsistencia.
El desierto que los expedicionarios describieron con frecuencia como un espacio inhóspito no estaba vacío. Era un territorio socialmente conocido, utilizado y disputado mucho antes de la llegada europea.
De las primeras haciendas a la fundación de Jiménez: la ocupación del río Florido
La historia colonial específica del actual municipio de Jiménez está vinculada con la expansión de las haciendas hacia el valle del río Florido.
Según las reseñas históricas municipales, en 1643 el capitán Diego de Zubía estableció la Hacienda de Guajoquilla.
En 1644 se registró un levantamiento atribuido a los tobosos que afectó los asentamientos españoles de la zona.
La hacienda fue abandonada y rehabilitada en 1652 por el capitán Andrés Bello Montes de Oca. Los conflictos continuaron y el establecimiento volvió a experimentar dificultades durante las décadas siguientes.
En 1671 pasó a manos de Valerio Cortés del Rey.
Aquellos acontecimientos muestran que, durante el siglo XVII, el dominio colonial sobre el territorio era todavía inestable.
La resistencia indígena dificultaba la consolidación de haciendas, caminos y poblaciones españolas.
Aunque los documentos de la época describieron numerosos episodios como ataques, robos o sublevaciones, estas categorías deben interpretarse críticamente: fueron redactadas principalmente desde la perspectiva de quienes pretendían establecer el dominio colonial.
No todos los enfrentamientos pueden reducirse automáticamente a una lucha territorial, pero tampoco pueden explicarse únicamente como manifestaciones de violencia indígena sin considerar el despojo, la coerción laboral y la ocupación de espacios tradicionales.
Incluso un Plan Municipal de Desarrollo de Jiménez, correspondiente al periodo 2004–2007, reconocía que los pueblos nativos se oponían al sometimiento y defendían su territorio ante los conquistadores.
Este reconocimiento es importante porque introduce en la propia memoria institucional una interpretación que concede a los pueblos originarios capacidad de decisión y resistencia histórica.
El presidio de 1753: protección colonial y control del territorio
El 4 de enero de 1753, el capitán Bernardo Antonio de Bustamante y Tagle fundó formalmente el presidio de Santa María de las Caldas de Huejoquilla, antecedente directo de Ciudad Jiménez.
La nueva instalación militar respondió a la necesidad de proteger rutas comerciales, propiedades y asentamientos coloniales de una región que seguía siendo escenario de conflictos.
Su localización permitía establecer conexiones entre el valle de San Bartolomé, el río Florido, Santa Rosalía, San Francisco de Conchos y los caminos hacia el norte y el oriente.
Desde la perspectiva española, el presidio representaba seguridad para viajeros, comerciantes, soldados y pobladores.
Sin embargo, desde una perspectiva histórica más amplia, también formaba parte de una estructura militar mediante la cual la monarquía española buscó consolidar su autoridad sobre un territorio que no controlaba plenamente.
La historiadora Chantal Cramaussel, en su investigación sobre la compañía volante del valle de San Bartolomé entre 1688 y 1752, reconstruye las circunstancias que condujeron al desplazamiento de una fuerza militar hacia Huejoquilla.
Su trabajo señala que la instalación presidial se relacionó con las solicitudes de protección de propietarios y pobladores de la frontera oriental de Nueva Vizcaya.
La investigación identifica movimientos de la compañía hacia Huejoquilla en 1752, mientras que las crónicas locales sitúan el acto fundacional formal el 4 de enero de 1753. Ambos datos pueden referirse a momentos distintos del proceso de establecimiento.
La presencia de este presidio influyó directamente en la consolidación del asentamiento colonial que después se convertiría en Ciudad Jiménez.
Pero sería incorrecto afirmar que Bernardo Antonio de Bustamante y Tagle dirigió personalmente todas las campañas contra los grupos indígenas de la región o que fue responsable de su exterminio sin disponer de expedientes militares específicos que acrediten tales acciones.
La desaparición de los pueblos originarios: el exterminio documentado en el Bolsón de Mapimí
Uno de los hallazgos más relevantes de la historiografía regional es que la desaparición de numerosas agrupaciones indígenas del Bolsón no puede explicarse únicamente mediante la idea de una integración pacífica a la sociedad colonial.
En su estudio de 2014, Chantal Cramaussel analiza el exterminio de chizos, sisimbles, acoclames y cocoyomes.
La investigadora explica que este proceso tuvo múltiples causas y destaca la necesidad de estudiar el impacto de enfermedades, especialmente la viruela, que afectaron a poblaciones indígenas en circunstancias que no siempre coincidían con grandes epidemias registradas en los asentamientos coloniales.
En otro trabajo, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México en 2020, la misma historiadora aborda las campañas de exterminio del siglo XVIII, las denominaciones impuestas a los habitantes del Bolsón y la transformación de sus relaciones con el orden colonial.
Estas aportaciones permiten comprender que la reducción demográfica indígena ocurrió dentro de un contexto de violencia militar, enfermedades, desplazamientos, subordinación y reorganización territorial.
No todos esos factores fueron necesariamente intencionales ni actuaron de igual manera sobre cada comunidad, pero sus efectos acumulativos fueron determinantes.
La esclavización y las deportaciones
Una investigación de Chantal Cramaussel y Celso Carrillo Valdez, publicada en Historia, reconstruyó la trayectoria de Juan Mapos, un dirigente indígena ocome que vivió entre 1616 y 1676.
A partir de documentación del Archivo Histórico Municipal de Parral, los investigadores identificaron las relaciones de conflicto entre comunidades indígenas y colonizadores durante el siglo XVII.
El estudio confirma que la reducción a la esclavitud y la deportación de indígenas sublevados eran prácticas arraigadas entre los españoles.
Esto constituye evidencia de que el conflicto colonial no se limitaba a enfrentamientos militares abiertos.
La captura de personas y su traslado forzado representaban mecanismos de dominación con efectos directos sobre las familias, el funcionamiento de las comunidades y la continuidad de sus estructuras sociales.
La investigación también muestra que los pueblos indígenas mantuvieron dirigentes, alianzas y estrategias de resistencia, negociación y supervivencia.
Por tanto, no fueron actores pasivos ante la expansión colonial.
La tesis del genocidio: ¿existió una política de destrucción de los pueblos indígenas?
La evidencia histórica permite formular una hipótesis que merece ser examinada con rigor científico:
La conquista y consolidación colonial del Bolsón de Mapimí incluyeron prácticas de violencia, esclavización, deportación y exterminio que pudieron adquirir características genocidas contra determinadas poblaciones indígenas.
Esta tesis encuentra sustento en las investigaciones históricas que documentan campañas de exterminio, pero requiere distinguir entre tres conceptos: la desaparición de un grupo como identidad diferenciada, el exterminio físico de sus integrantes y el genocidio.
La distinción no es menor.
El término genocidio fue desarrollado en el siglo XX y quedó definido jurídicamente en la Convención de las Naciones Unidas de 1948.
Conforme a ese instrumento, el genocidio supone la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, mediante actos como asesinatos, lesiones graves o la imposición deliberada de condiciones de vida orientadas a su destrucción.
Por consiguiente, la existencia de masacres, esclavización o un descenso poblacional no demuestra automáticamente, por sí sola, que se haya cometido genocidio en sentido jurídico.
Para sostener esa conclusión respecto de un episodio histórico concreto es necesario investigar la intención destructiva, las órdenes militares, las prácticas sistemáticas y sus efectos sobre las poblaciones afectadas.
Evidencias que sostienen la hipótesis
En el caso del Bolsón de Mapimí, los estudios consultados ofrecen elementos particularmente relevantes.
Primero, documentan campañas de exterminio contra poblaciones indígenas durante el periodo colonial, especialmente en el siglo XVIII.
Segundo, acreditan la práctica de esclavizar y deportar a integrantes de comunidades consideradas enemigas del dominio español.
Tercero, identifican procesos de disminución demográfica, fragmentación y transformación de agrupaciones originarias.
Cuarto, revelan la existencia de formas sistemáticas de control territorial y laboral relacionadas con la colonización.
No obstante, también existen factores que impiden simplificar el fenómeno: epidemias, desplazamientos voluntarios o forzados, matrimonios entre poblaciones distintas, alianzas políticas y cambios en la manera en que los españoles clasificaban a los grupos indígenas.
La desaparición de una denominación de los registros coloniales no equivale necesariamente a la muerte de todos sus integrantes.
La historiadora Susan M. Deeds, en su libro Defiance and Deference in Mexico’s Colonial North: Indians under Spanish Rule in Nueva Vizcaya, publicado en 2003, aborda precisamente las distintas respuestas de las poblaciones indígenas ante el dominio colonial y los procesos por los cuales determinados pueblos conservaron su identidad mientras otros se integraron a nuevas configuraciones sociales.
En consecuencia, la tesis científicamente defendible no consiste en atribuir un genocidio generalizado a todos los conquistadores ni en afirmar que cada pueblo desapareció por una misma causa.
Consiste en reconocer que en el proceso colonial del norte novohispano existieron campañas y prácticas de exterminio documentadas, algunas de las cuales justifican investigar su posible carácter genocida.
¿Dónde tuvo influencia la conquista y qué pueblos resultaron afectados?
La ocupación española que transformó el territorio de la actual Ciudad Jiménez formó parte de una red regional mucho más amplia.
Valle del río Florido y Huejoquilla
Actual Jiménez y alrededores. Zona de haciendas, rutas coloniales y establecimiento presidial, vinculada especialmente con los conflictos registrados con los tobosos y otras agrupaciones del desierto.
Santa Bárbara y valle de San Bartolomé
Actual Santa Bárbara, Allende y áreas vecinas. Espacio temprano de minería y colonización, con presencia histórica de conchos y relaciones con diferentes grupos indígenas del sur de Chihuahua.
San Francisco de Conchos y cuenca del río Conchos
Región de misiones, asentamientos y presencia militar donde la conquista afectó a comunidades conchas y poblaciones relacionadas.
Bolsón de Mapimí
Territorio compartido actualmente por Chihuahua, Durango y Coahuila. Espacio documentado de presencia de tobosos, cocoyomes, acoclames, chizos, sisimbles y otras agrupaciones.
Las zonas indicadas representan ámbitos regionales de presencia y conflicto, no límites étnicos exclusivos ni territorios controlados permanentemente por un solo grupo.
La resistencia indígena: una historia que también debe contarse
La documentación colonial utilizó con frecuencia expresiones como indios de guerra, bárbaros y rebeldes para describir a diferentes pueblos indígenas.
Sin embargo, estas clasificaciones no fueron neutrales.
Desde el punto de vista de las autoridades españolas, la resistencia a la ocupación podía considerarse una amenaza para los caminos, haciendas y poblaciones.
Desde la perspectiva indígena, los mismos acontecimientos podían representar la defensa del territorio, la respuesta a la captura de personas o la oposición a una autoridad impuesta.
Los estudios contemporáneos permiten recuperar esa dimensión del conflicto.
La investigación sobre Juan Mapos y otros dirigentes del Bolsón de Mapimí muestra que las agrupaciones indígenas contaban con liderazgos, establecían alianzas y desarrollaban estrategias militares y políticas.
No toda su relación con el mundo colonial estuvo marcada por la guerra.
También existieron negociaciones, acuerdos de paz, intercambio de cautivos, desplazamientos e incorporación a determinados asentamientos.
La historiadora Sara Ortelli ha documentado, además, que la frontera de Nueva Vizcaya fue un espacio de circulación y convivencia multiétnica, cuya realidad social resultaba mucho más compleja que la separación absoluta entre españoles e indígenas.
Esta perspectiva resulta indispensable para no reproducir únicamente la memoria de los conquistadores.
Los pueblos originarios poseían historia, organización social y capacidad de decisión antes de que las autoridades coloniales registraran sus nombres.
De territorio indígena a ciudad colonial: la transformación cultural de Jiménez
La evolución de Huejoquilla hasta convertirse en Ciudad Jiménez permite observar un proceso de transformación territorial de larga duración.
Los primeros asentamientos españoles estuvieron relacionados con la expansión de propiedades rurales y la explotación de recursos.
Posteriormente, el presidio contribuyó a consolidar una población permanente, reforzar las comunicaciones y dar estabilidad a la organización colonial del valle.
Durante el siglo XIX, la localidad experimentó nuevas transformaciones políticas, económicas y demográficas.
La investigación doctoral de Guillermo Cervantes, De un presidio colonial a una ciudad: Santa María de las Caldas hoy Jiménez, Chihuahua, desarrollada en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, constituye una referencia para reconstruir esa evolución.
Su trabajo aborda el contexto de los presidios novohispanos, la fundación del asentamiento y el crecimiento urbano posterior.
Pero la historia de una ciudad no comienza necesariamente con su fundación española.
En términos arqueológicos e históricos, el establecimiento de un presidio representa un momento dentro de una secuencia de ocupación humana mucho más extensa.
Así, la fecha del 4 de enero de 1753 debe entenderse como un acontecimiento de la historia colonial de Jiménez, no como el inicio absoluto de la presencia humana en la región.
La memoria ausente: ¿qué ocurrió con los descendientes de aquellos pueblos?
Una de las cuestiones más complejas de la investigación es determinar qué sucedió con los descendientes de los grupos que dejaron de aparecer en los documentos coloniales.
En algunos casos, las fuentes permiten identificar muertes, capturas y desplazamientos.
En otros, los registros reflejan cambios de nombre, integración a asentamientos coloniales o la formación de nuevas comunidades.
Por ello, la desaparición documental de los tobosos, acoclames o cocoyomes como categorías históricas no autoriza a concluir que todas las personas vinculadas con esos grupos murieron ni que carecieron de descendencia.
Tampoco sería correcto atribuir automáticamente una identidad étnica específica a las poblaciones actuales del sur de Chihuahua sin investigaciones genealógicas, documentales y antropológicas que la sustenten.
La historia de la región todavía presenta importantes vacíos.
Determinar la magnitud demográfica de la población indígena anterior y posterior a la conquista, reconstruir los movimientos de las comunidades y localizar documentación sobre campañas militares constituye una tarea pendiente para la investigación histórica.
Conclusión: una ciudad con dos memorias
Ciudad Jiménez lleva el nombre de un personaje de la Independencia de México: José Mariano Jiménez, ingeniero y militar insurgente fusilado en Chihuahua en 1811.
Su figura pertenece a un periodo distinto del de los conquistadores españoles que ocuparon progresivamente el sur del actual estado de Chihuahua.
Sin embargo, detrás de la historia oficial del establecimiento de Huejoquilla y del presidio de Santa María de las Caldas se encuentra otro proceso histórico: el de los pueblos originarios que habitaron durante siglos el territorio y enfrentaron la expansión colonial.
Las investigaciones académicas consultadas demuestran que la conquista de la Nueva Vizcaya estuvo acompañada por explotación laboral, esclavización, deportaciones, enfrentamientos militares y campañas de exterminio.
Los estudios sobre los chizos, sisimbles, acoclames y cocoyomes del Bolsón de Mapimí aportan evidencia particularmente importante sobre la destrucción y transformación de comunidades indígenas.
Determinar hasta qué punto determinadas campañas constituyeron genocidio exige reconstruir sus objetivos, órdenes y consecuencias mediante documentos históricos específicos.
Pero esa precisión no disminuye la gravedad de los hechos ya documentados.
La historia de Jiménez no puede comprenderse exclusivamente desde sus haciendas, su presidio, sus fundadores españoles o los personajes independentistas que dieron nombre a la ciudad.
También debe reconstruirse desde quienes habitaron el territorio antes de la colonización.
Desde los pueblos que conocían sus ríos, sus manantiales y sus desiertos.
Desde quienes resistieron, negociaron, sobrevivieron o fueron desplazados por una transformación política y militar que modificó profundamente el norte de México.
Reconocer aquella historia no significa negar el patrimonio colonial de Jiménez, sino comprender que ese patrimonio surgió sobre un territorio con una historia indígena anterior.
La investigación sobre los pueblos originarios del sur de Chihuahua continúa abierta, y su recuperación es indispensable para construir una memoria regional más completa.
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