El accidente de 1983–1984 conectó una fuente médica de Ciudad Juárez con la fabricación de acero en la capital del estado. Los archivos oficiales y los estudios metalúrgicos explican cómo el cobalto-60 sobrevivió a la fundición y viajó dentro de productos comerciales.
HISTORIASMX.– La emergencia radiológica que alcanzó a Aceros de Chihuahua, conocida como ACHISA, comenzó fuera de sus instalaciones: una fuente de radioterapia terminó mezclada con chatarra. Su paso por la industria transformó un material peligroso, inicialmente concentrado, en un problema de distribución y rastreo de productos metálicos.
La planta de Chihuahua fue uno de los puntos centrales del accidente por cobalto-60 iniciado en Ciudad Juárez en diciembre de 1983 y descubierto en enero de 1984. Para entender su papel es necesario seguir dos procesos: la circulación de la chatarra y el comportamiento de un elemento radiactivo dentro del acero fundido.
La documentación permite reconstruir una contaminación industrial. No describe una reacción nuclear descontrolada en el horno, sino la incorporación de material radiactivo a productos fabricados mediante procesos metalúrgicos.
La alerta que condujo a la fundidora
Un informe de la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias, fechado el 1 de junio de 1984, registra que el 19 de enero recibió información del Departamento de Salud de Texas: varilla corrugada procedente de Aceros de Chihuahua presentaba contaminación radiactiva.
La comunicación fue confirmada por la Comisión Reguladora Nuclear estadounidense. Ese mismo día, los ingenieros Raúl Ortiz Magaña y Rafael A. Márquez Licón se trasladaron a Chihuahua para iniciar la investigación en la empresa.
Este documento establece una diferencia geográfica importante: Ciudad Juárez fue el origen de la dispersión de la fuente médica; la capital del estado fue escenario de su incorporación a la producción de varilla.
El hallazgo inicial en Estados Unidos había ocurrido el 16 de enero, cuando un cargamento de acero contaminado activó detectores en Los Álamos, Nuevo México. La alarma abrió la investigación sobre proveedores y procedencia del material.
Cómo llegó el cobalto a la chatarra
La reconstrucción conservada por el Museo de Radiación y Radiactividad de Oak Ridge Associated Universities describe que una cápsula de un equipo de teleterapia fue perforada y liberó gránulos de cobalto-60.
Parte quedó en el vehículo utilizado para transportarla. En el deshuesadero, las maniobras con una grúa magnética dispersaron material y lo mezclaron con otros metales enviados a fundiciones.
El accidente involucró dos circuitos productivos que deben distinguirse: la fabricación de varilla y la elaboración de bases metálicas para mesas. No todos los productos contaminados salieron de una sola planta.
La cadena de reciclaje permitió que un residuo médico perdiera su identidad ante quienes lo manipulaban. Su apariencia de metal aprovechable no revelaba el peligro: la radiactividad necesitaba instrumentos para ser reconocida.
Qué encontraron dentro de ACHISA
El informe técnico mexicano describe que, la noche del 19 de enero, fueron inspeccionados tres tráileres con chatarra y se encontró contaminación. El día 21, un analizador multicanal permitió identificar el cobalto-60.
La descontaminación comprendió el patio de chatarra, aceración, molinos, forja, almacenes y el sistema de control ambiental. En el patio, los trabajos comenzaron el 25 de enero y terminaron el 18 de febrero; de esa zona se recuperaron cien gránulos.
Estos hallazgos muestran que el problema no podía resolverse únicamente retirando la varilla terminada. Había que localizar material en distintas etapas del proceso y controlar el acceso a las áreas afectadas.
La identificación instrumental también fue decisiva: detectar una lectura elevada indica que existe una fuente; reconocer el radionúclido permite caracterizar mejor el peligro y planear la respuesta.
Por qué el horno no destruyó la radiactividad
El calor de una fundición modifica el estado físico del metal y puede cambiar la distribución química de sus componentes. No convierte por sí mismo al cobalto-60 en un elemento estable.
La radiactividad es una propiedad del núcleo atómico. Por eso, un metal puede fundirse, solidificarse y adquirir una nueva forma conservando radionúclidos incorporados.
Una investigación publicada en 2008 en el Journal of Chemical Engineering of Japan, realizada por Byung Youn Min y colaboradores, estudió acero contaminado con cobalto-60 y cesio-137 mediante un horno de arco de plasma.
Bajo las condiciones ensayadas, aproximadamente entre 90 y 95 por ciento del cobalto-60 se recuperó en los lingotes y muy poco pasó a la escoria.
El resultado ayuda a explicar por qué el acero puede conservar cobalto radiactivo después de la fusión. Es un experimento posterior y distinto: ese porcentaje no debe atribuirse a ACHISA ni utilizarse para calcular cuánto cobalto quedó en su producción.
La lección metalúrgica es que cada radionúclido tiene un comportamiento particular. No es válido suponer que todos abandonan el acero de la misma forma durante el calentamiento.
Contaminación del acero y exposición de las personas
El cobalto-60 tiene una vida media aproximada de 5.27 años y emite radiación beta y gamma. La radiación gamma permite que una fuente externa produzca exposición sin necesidad de ingerir el material.
En un objeto contaminado, la dosis depende de su actividad, la distancia, el blindaje y el tiempo de permanencia cerca de él. Una lectura tomada junto a un gránulo no equivale a la exposición de un trabajador durante toda su jornada ni a la de una persona dentro de un edificio.
Tampoco son sinónimos exposición y contaminación. Puede recibirse radiación de un objeto sin llevar material radiactivo en el cuerpo. La contaminación implica la presencia del material en superficies o en el organismo.
Esta distinción evita describir a todos los trabajadores, compradores o vecinos como personas contaminadas sin una medición individual que lo demuestre.
Un accidente que viajó con los productos
La distribución comercial multiplicó las tareas de recuperación. Una comunicación de la Comisión Reguladora Nuclear estadounidense de 2008 refiere alrededor de 4,000 toneladas de acero contaminado en el episodio, incluidas unas 600 enviadas a 23 estados de ese país.
Las cifras corresponden al alcance descrito por esa fuente. No representan exclusivamente el inventario de ACHISA ni el peso total de los residuos generados durante toda la limpieza.
Para una investigación de este tipo importa identificar qué lote se produjo, cuándo salió, quién lo adquirió y dónde terminó instalado. La trazabilidad deja de ser un asunto únicamente comercial y se convierte en una herramienta de protección radiológica.
Un producto de apariencia normal puede seguir emitiendo radiación. Por ello, ni su aspecto ni la resistencia mecánica del acero bastan para descartar contaminación.
Lo que enseña la literatura científica
En 1986, J. O. Lubenau y D. A. Nussbaumer publicaron en Health Physics un análisis sobre contaminación radiactiva de productos manufacturados.
El trabajo señaló que, desde 1983, se habían registrado siete episodios de contaminación accidental de acero fabricado o importado en Estados Unidos. Cinco pasaron inadvertidos para los operadores de las plantas y fueron descubiertos mediante mediciones realizadas por otros motivos.
Los autores documentaron costos de descontaminación de acerías estadounidenses desde 50,000 hasta más de 2.2 millones de dólares. Son cifras de los casos estudiados, no un cálculo del costo del accidente de Chihuahua.
El artículo sitúa el problema en una escala industrial: la radiactividad puede atravesar controles de fabricación que no fueron diseñados para detectarla. La calidad metalúrgica y la seguridad radiológica responden a preguntas diferentes.
Los efectos en la salud necesitan evidencia propia
La radiación ionizante puede dañar células y ADN. La Organización Mundial de la Salud señala que sus efectos dependen de la dosis y de la rapidez con que se recibe, entre otros factores.
Las exposiciones elevadas pueden producir lesiones en tejidos; las de menor intensidad pueden incrementar el riesgo de cáncer a largo plazo. Sin embargo, reconocer ese mecanismo no permite atribuir automáticamente una enfermedad particular al accidente.
Para establecer consecuencias en trabajadores de una planta se requieren registros de exposición, reconstrucciones dosimétricas, expedientes clínicos y seguimiento. Un recuento general de personas expuestas en el accidente no equivale a un estudio epidemiológico específico de la fundidora.
La revisión documental realizada para este reportaje no permite establecer un número definitivo de cánceres o fallecimientos atribuibles exclusivamente a la actividad de ACHISA durante el episodio.
De la limpieza al confinamiento
Retirar contaminación de una instalación no elimina la necesidad de gestionar los materiales recuperados. La limpieza genera residuos que deben identificarse, trasladarse y mantenerse bajo control.
El informe nacional de México de octubre de 2020, presentado en el marco de la Convención Conjunta sobre seguridad de los desechos radiactivos, identifica La Piedrera, al sur de Ciudad Juárez, como un sitio de disposición para materiales del accidente.
El documento describe actividades de vigilancia ambiental y revisión de las condiciones del confinamiento. Sus datos corresponden a ese periodo; no sustituyen una evaluación de las instalaciones o terrenos en 2026.
De igual forma, el antecedente de contaminación de ACHISA no permite declarar que todos los espacios cercanos a la antigua planta presentan hoy un riesgo. Una conclusión actual necesita mediciones actuales y delimitación precisa del sitio.
La prevención comienza antes del horno
Las actas de la conferencia internacional sobre material radiactivo incorporado inadvertidamente a chatarra, celebrada en Tarragona en 2009 y publicadas por el OIEA en 2011, destacan la vigilancia en fronteras, deshuesaderos y plantas de fusión, junto con planes de respuesta.
La detección debe acompañarse de custodia de las fuentes durante toda su existencia y de mecanismos para impedir que equipos fuera de uso terminen en circuitos informales de reciclaje.
El caso de Aceros de Chihuahua muestra el alcance de una falla que atravesó sectores distintos. Una fuente destinada a la medicina pasó a la chatarra y después al acero; la transformación industrial cambió su forma y extendió su distribución, pero no eliminó su radiactividad.
Conservar los archivos de producción, recuperación y vigilancia permite convertir ese antecedente en conocimiento útil. La prevención depende de reconocer el material antes de que llegue al horno y de mantener información verificable cuando una contaminación ya ocurrió.