Estudios científicos documentan minerales de uranio, transporte de partículas hacia cuerpos de agua y presencia de radón en viviendas. El accidente de Ciudad Juárez pertenece a otra historia: la dispersión de una fuente médica. Distinguir estos procesos es indispensable para evaluar sus riesgos sin convertir a municipios completos en supuestas zonas de peligro.
HISTORIASMX.– En Chihuahua, la radiactividad forma parte de la historia geológica y también de su memoria industrial. Está presente en minerales de sierras uraníferas, ha sido medida en aguas subterráneas y puede manifestarse como radón dentro de las viviendas. A esa condición natural se suma el accidente por cobalto-60 iniciado en Ciudad Juárez en 1983 y descubierto en 1984.
Pero hablar de “zonas radiactivas” requiere precisión. Un yacimiento, un pozo con radionúclidos y un depósito de residuos no representan el mismo fenómeno. Tampoco basta con detectar radiación para determinar cuánto riesgo enfrenta una persona: se necesitan datos de concentración, tipo de radionúclido, tiempo de exposición y vías de contacto.
La literatura científica consultada identifica áreas de interés en Peña Blanca y su drenaje hacia la Laguna del Cuervo; la región de Aldama; el sector San Marcos–Sacramento, al noroeste de la capital, y determinados puntos de agua subterránea y manantiales. El expediente del cobalto-60 incorpora sitios de contaminación histórica y confinamiento en el norte del estado. Es un conjunto de evidencias localizadas, no un mapa que permita declarar contaminado todo Chihuahua.
Peña Blanca: el uranio que la erosión puede movilizar
La Sierra de Peña Blanca, en el municipio de Aldama, al noreste de la capital, concentra importantes depósitos de uranio. Entre los sitios estudiados destaca Nopal I, utilizado en investigaciones sobre el comportamiento de estos elementos en medios geológicos.
El interés científico va más allá de conocer cuánto mineral existe. Las rocas expuestas, las fracturas y los materiales removidos por antiguas actividades mineras permiten investigar cómo el agua y la intemperie movilizan o retienen uranio.
Un trabajo publicado en 2025 en la revista Minerals, encabezado por Cristina Hernández-Herrera y colaboradores del Centro de Investigación en Materiales Avanzados y centros de luz sincrotrón, analizó partículas minerales en sedimentos de los cauces que drenan los principales depósitos hacia la Laguna del Cuervo.
Los investigadores combinaron microscopía, espectrometría gamma y técnicas de absorción y fluorescencia de rayos X. Identificaron uranio en estado de oxidación VI y confirmaron la presencia de uranofano, un mineral secundario que contiene este elemento.
En muestras cercanas a las fuentes registraron densidades de partículas entre 124 y 2,500 por gramo. La cifra describe las muestras analizadas; no equivale a una dosis recibida por la población ni puede extrapolarse a todos los suelos de la región.
El hallazgo demuestra que el uranio no permanece necesariamente inmóvil en el yacimiento. Parte puede desplazarse como fragmentos minerales y acumularse en sedimentos.
Laguna del Cuervo: seguir el recorrido de los radionúclidos
Una investigación publicada en 2022 en el Suplemento de la Revista Mexicana de Física examinó sedimentos y agua intersticial —el agua contenida entre los granos del sedimento— de la Laguna del Cuervo.
El equipo estudió isótopos de uranio y su distribución entre agua y sólidos para comprender el transporte desde Peña Blanca. El trabajo describe mineral extraído y sin procesar que quedó expuesto a la intemperie después del cierre de actividades.
Este enfoque permite estudiar un problema que una medición aislada no resuelve: dónde se retiene el uranio y bajo qué condiciones puede volver a movilizarse.
Encontrar radionúclidos en sedimentos no demuestra, por sí mismo, una exposición peligrosa en comunidades cercanas. Para establecerla se necesita reconstruir la conexión entre la fuente, el ambiente y las personas.
Una evaluación de 2023 introduce un matiz importante
La evidencia sobre Peña Blanca no ofrece una conclusión uniforme para todos los tipos de riesgo.
Fredy Guzmán-Martínez y colaboradores publicaron en Environmental Monitoring and Assessment una evaluación de sitios con indicios de pasivos de minería de uranio. Analizaron 60 muestras de suelo, su mineralogía, elementos potencialmente tóxicos y capacidad de generar drenaje ácido.
Su conclusión fue que el potencial de contaminación del área estudiada era relativamente bajo en términos generales. Sin embargo, reconocieron potencial de contaminación de suelos y sedimentos y recomendaron pruebas de lixiviación para identificar qué elementos se solubilizan efectivamente.
El resultado no certifica la inocuidad radiológica de toda la sierra. Evalúa determinados procesos geoquímicos, muestras e indicadores. Tampoco contradice automáticamente los estudios de transporte de partículas: cada investigación responde preguntas distintas.
San Marcos–Sacramento: la radiactividad también tiene un origen geológico
Al noroeste de la ciudad de Chihuahua, una investigación publicada en 2012 en la Revista Mexicana de Ciencias Geológicas estudió el origen y distribución del uranio en la zona de San Marcos y el valle de Chihuahua.
Los autores documentaron concentraciones elevadas en agua y peces de la presa San Marcos, así como en algunos pozos del sector noroccidental del valle. También identificaron estratos y lentes de material arcilloso y arenoso asociados con anomalías de uranio.
En materiales geológicos específicos se reportaron valores de hasta 612 becquereles por kilogramo, equivalentes aproximadamente a 50 partes por millón de uranio según el estudio.
Ese dato corresponde a sólidos. No describe la concentración del agua potable ni una dosis de radiación en habitantes.
La investigación señala que las condiciones químicas del agua pueden favorecer la movilización del uranio. Esto muestra por qué una anomalía natural puede tener importancia ambiental sin haber sido provocada por un derrame industrial.
También obliga a interpretar los resultados en su fecha y sitio de muestreo. Un artículo de 2012 no establece por sí solo la calidad actual de cada pozo o de toda la red de abastecimiento.
Aldama y los hallazgos históricos en agua
Un estudio publicado en 2006 en Radiation Protection Dosimetry evaluó radiactividad natural en aguas subterráneas de distintas localidades del estado.
Las concentraciones de actividad de uranio total fueron desde menos de 0.03 hasta 1.34 becquereles por litro. Para el radón, el intervalo fue de 1.0 a 39.8 becquereles por litro.
El trabajo reportó que, en las ciudades de Aldama y Chihuahua, los promedios y numerosos pozos individuales presentaban valores de actividad de uranio que superaban el referente mexicano de calidad del agua utilizado por los autores en aquel momento.
En agua del manantial de San Diego de Alcalá se encontró una concentración de actividad de radio cercana a 5.3 becquereles por litro, una excepción frente a los valores generalmente menores reportados en el estudio.
Son antecedentes científicos relevantes para orientar vigilancia y nuevos muestreos. No constituyen un diagnóstico del abastecimiento de 2026: para eso harían falta resultados recientes por fuente de suministro y una evaluación conforme a los criterios aplicables.
Radón en viviendas: una exposición que no se ve
El radón es un gas radiactivo generado en las cadenas naturales de desintegración. Puede ingresar desde el terreno y acumularse en espacios interiores.
Una investigación publicada en 2018 midió radón durante tres días en 12 viviendas de Aldama. Encontró concentraciones que superaron los valores de referencia empleados por los autores y variaciones a lo largo del día, con niveles mayores durante la noche.
El alcance del estudio debe quedar claro: la muestra fue pequeña, no probabilística y de corta duración. No permite calcular la exposición anual de toda la población ni establecer que los padecimientos respiratorios de una persona fueron causados por el radón.
La Organización Mundial de la Salud reconoce que la exposición prolongada al radón incrementa el riesgo de cáncer de pulmón. Propone un nivel de referencia de 100 becquereles por metro cúbico como promedio anual y, cuando las condiciones del país impidan alcanzarlo, uno que no supere los 300.
Una medición de tres días y un promedio anual no son intercambiables. Los hallazgos de Aldama justifican ampliar la evaluación, con mediciones representativas de las condiciones de ocupación y de las variaciones estacionales.
Ciudad Juárez y el cobalto-60: una historia distinta
El accidente documentado por la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias tuvo un origen artificial: una fuente médica de cobalto-60 terminó en la cadena de manejo de chatarra.
La dispersión comenzó en 1983 y fue descubierta en enero de 1984, después de que un cargamento de acero contaminado activara detectores en Los Álamos, Nuevo México.
La emergencia implicó rastrear materiales, evaluar exposiciones y recuperar residuos. Su historia está asociada al confinamiento de La Piedrera, en la región de Samalayuca, mencionado también en documentación ambiental de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas.
Fue un accidente radiológico relacionado con una fuente de uso médico y su dispersión. Describirlo como una explosión de reactor o trasladar automáticamente sus efectos a toda Ciudad Juárez impide entender lo ocurrido.
Los antecedentes históricos tampoco sustituyen una inspección actual del confinamiento. Para valorar sus condiciones presentes se requieren registros recientes de integridad, inventario y vigilancia radiológica ambiental. La documentación revisada para este reportaje no permite emitir una certificación de su estado en 2026.
Qué significa realmente medir radiactividad
La actividad radiactiva se expresa en becquereles: un becquerel representa una desintegración nuclear por segundo. Según el medio, se informa por litro de agua, kilogramo de suelo o metro cúbico de aire.
Estas unidades indican actividad, no directamente daño. Los resultados en sólidos, agua y aire no deben compararse como si midieran lo mismo.
Determinar una dosis exige conocer el radionúclido, la energía emitida y la forma de exposición. Para evaluar el riesgo también importan la duración y las características de la población expuesta.
Por eso, una señal radiométrica elevada sirve para localizar y estudiar una fuente; no basta para atribuir enfermedades a una comunidad.
El reto: transformar antecedentes en vigilancia actual
Las investigaciones muestran que Chihuahua posee áreas donde la radiactividad merece seguimiento científico. También revelan que las preguntas siguen abiertas y que los datos pertenecen a sitios, fechas y métodos concretos.
En Peña Blanca y la Laguna del Cuervo, el interés se concentra en la movilidad del uranio y los materiales de antiguas actividades mineras. En San Marcos–Sacramento y determinados aprovechamientos de agua, en la interacción entre geología y acuíferos. En Aldama, los estudios de radón añaden la necesidad de evaluar el aire interior. En La Piedrera, la pregunta corresponde al seguimiento de un legado radiológico industrial.
La prioridad que se desprende de esta revisión es contar con información actualizada, comparable y pública: muestreos por pozo, mediciones prolongadas de radón y vigilancia de sitios con residuos.
La ciencia disponible permite ubicar procesos y áreas de interés. El siguiente paso es medir con suficiente continuidad para determinar dónde existe exposición relevante, cómo cambia y qué medidas necesita cada sitio.