Los periodistas que se juegan la vida para que otros sepan la verdad.

Según informes, el propio Estado mexicano, en diferentes niveles, figura como agresor: en ataques documentados contra periodistas, cerca del 42 % de las agresiones provienen de funcionarios públicos.

HISTORIASMX. – Cada mañana, un periodista en México —ya sea de un medio local, de una radio comunitaria o un medio digital— se levanta con una incertidumbre latente: ¿volveré a mi casa o a mi lugar de trabajo?
Ese pensamiento no es exageración, es parte de la rutina de quienes deciden contar la verdad en un país con una de las condiciones más peligrosas del mundo para el ejercicio de la prensa.

Una profesión que duele.

Ejercer el periodismo en México no es simplemente redactar notas o reportar eventos. Implica caminar por calles donde el crimen organizado, los intereses económicos, las autoridades municipales, estatales o federales y las estructuras de poder se entrelazan. Implica a veces elegir entre informar o callar, entre publicar o autocensurarse, entre regresar con vida o no regresar.

El país es considerado entre los más mortíferos del mundo para los periodistas, por fuera de escenarios de guerra abierta. En México el asesinar a un periodista es el de cometer un crimen cualquiera, dado que a las autoridades Federales, Estatales o Municipales; poco o nada les importa.
De 2000 a 2022 se documentaron al menos 163 asesinatos de periodistas en México; mientras que en el 2022, México registró 11 periodistas asesinados, lo que lo colocó como el país con más muertes de comunicadores en el mundo en ese año.
Las cifras no son meramente estadísticas: son vidas rotas, familias que esperan justicia y una profesión que se tensa al límite.

Un riesgo omnipresente y múltiple.

El peligro para los periodistas en México no viene sólo del crimen organizado. También está en la sombra de las autoridades, de los intereses económicos y de la impunidad estructural.

  • Según informes, el propio Estado mexicano, en diferentes niveles, figura como agresor: en ataques documentados contra periodistas, cerca del 42 % de las agresiones provienen de funcionarios públicos.
  • Las desapariciones forzadas y los homicidios sin resolución son la norma: la impunidad ronda el 95 % en los asesinatos de periodistas.
  • El mecanismo federal de protección para periodistas, creado en 2012, aunque en papel es un avance, enfrenta críticas por su eficacia, recursos y coordinación.

Por tanto, un periodista en México no sólo se juega la exposición ante la nota, sino a veces la vida. Y todo esto ocurre en un ambiente en el que el temor es una herramienta más de autocensura.

El peso del silencio.

El ejercicio del periodismo crítico hace que muchas historias queden sin narrar, que muchas carpetas de investigación se cierren. Cuando un periodista es amenazado, agredido o asesinado, la consecuencia no es sólo personal: la comunidad entera pierde una voz, se sella un silencio, se permite que la impunidad se normalice.

La pretensión de informar —sobre corrupción, crimen, abuso de autoridad o despojo— choca con un muro de intereses que no quieren ser vistos. En ese choque, los periodistas pagan el precio. Y no siempre con su libertad, muchas veces con su vida.

Las causas se entrelazan

¿Por qué México es tan peligroso? Porque convergen varios factores:

  • La influencia del crimen organizado en muchas regiones, que ve al periodismo como amenaza directa.
  • Un aparato estatal que en algunos casos actúa como obstáculo del periodismo o directamente como agresor.
  • La economía precaria del periodismo, donde la falta de recursos obliga a corresgos mayores: muchos reporteros trabajan sin protección, sin respaldo institucional.
  • La impunidad estructural, que envía un mensaje: “Puedes matar a un periodista y casi seguro no habrá consecuencias”. Esto siembra miedo y autocensura.

¿Y qué pasa allá afuera?

El periodista sale. Sale a buscar la nota. Pero no sabe a qué se expone. En una cobertura de violencia, podría toparse con un cártel. En una indagación de corrupción municipal, con policías o políticos que reaccionan mal. En una nota de derechos humanos, con el olvido del Estado. En cualquier nota, con la mirada vigilante del poder.

Y al terminar su turno, podría regresar a casa. Pero lo que espera ahí no es sólo descanso: es comprobar que sigue vivo, que su familia sigue sujeta a que regresó bien. Porque en México, la normalidad para muchos periodistas incluye esa ansiedad.

¿Qué se necesita?

La libertad de prensa es un pilar de la democracia. Cuando el periodismo se silencia, la democracia se debilita. Por eso:

  • Se debe fortalecer el mecanismo de protección federal y adaptarlo a las realidades locales.
  • Investigar y castigar los asesinatos y agresiones a comunicadores, sin excepciones.
  • Garantizar condiciones dignas para el periodismo: seguridad, recursos, respaldo institucional.
  • Visibilizar que el peligro no es sólo del crimen organizado: también está en la corrupción, en el poder económico y en el abandono estatal.

El periodista que pisa las calles de México no solo cubre una nota: enfrenta la duda de si volverá o no. Esa duda debería escandalizarnos, pues revela un debate que va más allá de una profesión: es sobre el derecho a saber, a preguntar, a documentar.

Cuando un periodista se silencia, no es sólo su voz la que cesa. Es la de todos nosotros.

Por: Gorki Rodríguez / HISTORIASMX-LABP.

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