Los morteros de los Tobosos en la Sierra del Diablo: el legado olvidado de un pueblo nómada que observaba las estrellas

Entre piedras talladas, antiguos manantiales y la posible alineación con el Cinturón de Orión, un hallazgo arqueológico en Jiménez abre nuevas preguntas sobre los conocimientos de los antiguos habitantes del desierto chihuahuense

HISTORIASMX.– En medio de la inmensidad del desierto chihuahuense, donde las montañas parecen emerger del horizonte como murallas de piedra y el silencio domina gran parte del paisaje, sobreviven vestigios que hablan de una historia mucho más antigua que la fundación de pueblos, haciendas o caminos modernos.

Entre las sierras San Francisco y del Diablo, al extremo oriental del municipio de Jiménez y cerca de los límites con Coahuila, se localiza un conjunto de morteros tallados en roca que podrían constituir uno de los testimonios arqueológicos más importantes sobre la presencia de los antiguos Tobosos, una de las tribus nómadas más enigmáticas y resistentes que habitaron el norte de México durante siglos.

A simple vista podrían parecer únicamente cavidades erosionadas por el tiempo. Sin embargo, una observación detallada revela una manufactura deliberada, un patrón de distribución específico y una ubicación estratégica que sugieren algo mucho más complejo: un espacio donde la supervivencia cotidiana, el conocimiento del entorno y posiblemente la observación astronómica se combinaron para formar parte de la vida de quienes recorrieron estas tierras mucho antes de la llegada de los españoles.

Los Tobosos: señores del desierto.

Durante siglos, los Tobosos dominaron amplias regiones de lo que hoy son los estados de Chihuahua, Durango y Coahuila.

Las crónicas coloniales los describen como grupos nómadas extraordinariamente adaptados a las condiciones extremas del desierto. Eran cazadores, recolectores y conocedores profundos de los recursos naturales de la región.

A diferencia de las grandes civilizaciones agrícolas del centro de México, los Tobosos no construyeron ciudades monumentales ni templos de piedra. Su legado quedó disperso en el paisaje: senderos, refugios rocosos, pinturas rupestres, petrograbados, viviendas circulares y herramientas elaboradas directamente sobre las formaciones naturales del terreno.

Los españoles los consideraron durante décadas uno de los pueblos más difíciles de someter debido a su movilidad, conocimiento del territorio y capacidad para sobrevivir en ambientes donde otros simplemente perecían.

Precisamente por ello, cualquier vestigio asociado a los Tobosos adquiere una enorme relevancia histórica, pues ayuda a reconstruir la vida cotidiana de un pueblo del que existen relativamente pocos registros materiales.

El hallazgo entre las sierras.

El descubrimiento realizado por Carlos Medina se encuentra en un amplio valle encerrado entre las sierras San Francisco y del Diablo.

En este lugar aparecen varios morteros excavados directamente sobre una superficie rocosa.

Las estructuras presentan diámetros aproximados de entre 15 y 20 centímetros, mientras que sus profundidades oscilan entre los 20 y 30 centímetros. Algunos de ellos se encuentran alineados prácticamente en línea recta, separados por distancias que varían entre los 8 y los 18 centímetros.

Lo más sorprendente es que las marcas de manufactura aún permanecen visibles.

Las paredes interiores conservan huellas que sugieren un trabajo sistemático realizado mediante herramientas de piedra. La forma de los cortes indica que los artesanos comenzaron la excavación desde el centro y posteriormente ampliaron la cavidad hacia los bordes hasta obtener la profundidad requerida.

Junto a los morteros también fueron localizadas varias piedras de mano utilizadas para triturar semillas, raíces, frutos silvestres y posiblemente pigmentos minerales.

Estas evidencias permiten concluir que el sitio fue utilizado durante largos periodos como un espacio de procesamiento de alimentos y recursos vegetales.

La importancia del agua en el corazón del desierto.

Uno de los aspectos más llamativos del hallazgo es su relación con una posible fuente de agua.

A pocos metros de los tres morteros principales se localiza una cuarta cavidad cercana a una grieta natural de aproximadamente cinco centímetros de ancho.

De acuerdo con las observaciones realizadas en el lugar, de esta abertura emerge una corriente constante de aire húmedo acompañada por un sonido que recuerda el movimiento de agua bajo tierra.

Para quienes estudian la ocupación humana en ambientes áridos, este detalle resulta fundamental.

Ningún grupo nómada habría seleccionado un sitio de permanencia temporal sin garantizar acceso al recurso más valioso del desierto: el agua.

La presencia de vegetación asociada a antiguos cauces, la configuración geológica del terreno y la humedad detectada en la grieta sugieren que en el pasado pudo existir un manantial o afloramiento hídrico.

Si esta hipótesis es correcta, el lugar habría representado un punto estratégico para las rutas de desplazamiento de los Tobosos, proporcionando agua, refugio y recursos vegetales en una región donde estos elementos son escasos.

Una red arqueológica más amplia.

Los morteros de la Sierra del Diablo no constituyen un hallazgo aislado.

A varios kilómetros de distancia, en la llamada Cascada de los Chuzos, investigadores y exploradores locales han documentado más de una decena de morteros adicionales asociados con petrograbados y pinturas rupestres.

La repetición de este patrón resulta significativa.

En prácticamente todos los casos, los morteros aparecen próximos a antiguos cauces, ojos de agua o zonas donde existen evidencias de humedad permanente en épocas pasadas.

Esto fortalece la teoría de que los antiguos habitantes del desierto establecían sus espacios de actividad en torno a recursos hídricos estratégicos.

Asimismo, en diversos puntos de la Sierra del Diablo se han localizado estructuras circulares de piedra que posiblemente funcionaron como viviendas temporales o refugios.

Estas construcciones, sumadas a los morteros, conforman un paisaje cultural mucho más amplio que aún permanece escasamente estudiado por instituciones académicas.

¿Observaban los Tobosos las estrellas?

Más allá de su función práctica, los morteros presentan una característica que ha despertado especial interés.

Su disposición parece coincidir con la configuración de las tres estrellas que conforman el famoso Cinturón de Orión: Alnitak, Alnilam y Mintaka.

Conocidas popularmente como Las Tres Marías o Los Tres Reyes Magos, estas estrellas constituyen uno de los patrones más reconocibles del cielo nocturno.

La aparente alineación no demuestra por sí sola una intención astronómica, pero sí plantea preguntas fascinantes.

Diversos pueblos indígenas del norte de México utilizaban referencias celestes para orientarse durante sus desplazamientos, identificar cambios estacionales y organizar actividades relacionadas con la recolección y la caza.

La observación del cielo era una herramienta de supervivencia.

En numerosas culturas antiguas, determinadas estrellas marcaban el inicio de ciclos climáticos, migraciones de animales o periodos específicos de cosecha.

Si los Tobosos compartían prácticas similares, no resulta descabellado pensar que ciertos elementos del paisaje pudieran haber sido diseñados o utilizados tomando como referencia cuerpos celestes.

Orión: una constelación que fascinó al mundo.

La importancia simbólica del Cinturón de Orión trasciende continentes y épocas.

En el antiguo Egipto, la constelación de Orión estaba asociada con Osiris, dios de la muerte y la regeneración.

La famosa teoría de Robert Bauval sostiene que las tres grandes pirámides de Giza reproducen la disposición de las estrellas del cinturón.

En China, las mismas estrellas fueron vinculadas con los dioses de la prosperidad, la fortuna y la longevidad.

En las tradiciones grecorromanas representaban el cinturón del legendario cazador Orión.

En América, diversos pueblos indígenas desarrollaron interpretaciones propias de este conjunto estelar.

La universalidad de estas observaciones demuestra que las tres estrellas llamaron la atención de múltiples culturas debido a su brillo, alineación y fácil identificación en el cielo.

Por ello, la posibilidad de que los Tobosos también les atribuyeran significado merece ser explorada mediante investigaciones arqueológicas especializadas.

Un patrimonio arqueológico vulnerable.

A pesar de su relevancia potencial, estos vestigios enfrentan amenazas constantes.

La falta de señalización, protección oficial y estudios sistemáticos los expone al vandalismo, saqueo y deterioro natural.

Muchos sitios arqueológicos del sur de Chihuahua han sufrido daños irreversibles debido a la extracción de piezas, grafitis o actividades recreativas sin control.

La situación es especialmente preocupante porque gran parte del patrimonio asociado a los grupos nómadas del desierto permanece fuera de los grandes circuitos académicos y turísticos.

Cada mortero destruido, cada petrograbado alterado y cada pintura rupestre dañada representa una página perdida de la historia regional.

Un legado que aún guarda secretos.

Los morteros tallados entre las sierras San Francisco y del Diablo constituyen mucho más que simples cavidades excavadas en la roca.

Son evidencia tangible de la capacidad de adaptación de los antiguos Tobosos, de su conocimiento de los recursos naturales y posiblemente de una relación mucho más profunda con el entorno de la que tradicionalmente se les ha atribuido.

Su asociación con antiguos manantiales revela estrategias de supervivencia desarrolladas durante siglos en uno de los ambientes más extremos de México.

Su posible alineación con el Cinturón de Orión abre interrogantes sobre conocimientos astronómicos que aún no han sido plenamente estudiados.

Y su presencia en medio del desierto recuerda que la historia de Chihuahua no comenzó con haciendas, ferrocarriles o ciudades modernas, sino mucho antes, cuando grupos nómadas recorrían estas tierras guiados por el agua, las montañas y las estrellas.

Hoy, mientras el viento continúa recorriendo las cañadas de la Sierra del Diablo y las noches siguen iluminándose con las mismas constelaciones observadas hace cientos de años, estos morteros permanecen como silenciosos testigos de una civilización que aún tiene mucho que contar.

Por: Gorki Belisario Rodríguez Ávila.

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