Investigaciones geológicas y ambientales documentan minerales de uranio en distintos puntos del estado. Estudios publicados en 2024 y 2025 también examinan cómo sus partículas se desplazan por los arroyos de Peña Blanca. La evidencia plantea preguntas sobre vigilancia ambiental y exposición humana, pero exige distinguir entre la presencia de un mineral y un riesgo sanitario demostrado.
CHIHUAHUA.— Para una familia que depende de un pozo, conocer la calidad del agua significa saber qué llega a su mesa. En Chihuahua, parte de esa respuesta se encuentra en la geología: en rocas, fracturas y sedimentos que contienen uranio y que, bajo determinadas condiciones, pueden incorporarlo al ambiente. Investigaciones realizadas en Peña Blanca, San Marcos y el valle de Chihuahua han identificado minerales radiactivos y estudiado su relación con aguas superficiales, acuíferos y organismos. Esa conexión entre el subsuelo y la vida cotidiana da al tema una dimensión que rebasa el interés minero.
La documentación permite afirmar que Chihuahua cuenta con mineralizaciones naturales de uranio estudiadas durante décadas. No permite declarar que todo el estado esté contaminado ni atribuir enfermedades a una localidad por la sola existencia de un yacimiento cercano. El mapa de una mineralización y el mapa de la exposición humana responden a preguntas diferentes: el primero identifica dónde se encuentra el material; el segundo necesita conocer concentraciones, rutas de contacto y duración de la exposición. Las investigaciones consultadas ofrecen piezas de ese panorama, con alcances geográficos y fechas que deben conservarse al interpretar sus resultados.
La historia documental se remonta, al menos, a mediados del siglo pasado. El repositorio de la Universidad Nacional Autónoma de México conserva la tesis de Javier Lara Zavala, presentada en 1960, sobre los yacimientos de minerales radiactivos de la Sierra de Gómez, en el municipio de Aldama. Su registro confirma que estas manifestaciones eran objeto de investigación formal mucho antes de las discusiones ambientales actuales. También recuerda que los archivos universitarios contienen antecedentes indispensables para reconstruir qué se conocía del territorio y desde cuándo.
Peña Blanca ocupa un lugar central en esa historia. El Servicio Geológico Mexicano señala que en esta sierra y sus alrededores se detectó la mayor parte de las localidades uraníferas del estado incluidas en su síntesis histórica, entre ellas El Nopal, Las Margaritas y Puerto III. La institución recoge una estimación de 2,789 toneladas de U₃O₈ contenidas en los yacimientos evaluados. La precisión temporal resulta fundamental: el dato procede de información de 1983, compilada en 2004. Por tanto, corresponde a una evaluación histórica y no debe presentarse como una certificación actual de reservas explotables ni como una cantidad de uranio puro.
Entre los minerales identificados destaca la uraninita, un óxido de uranio que puede transformarse al interactuar con el ambiente. En Nopal I, investigaciones mineralógicas describen núcleos oscuros de uraninita asociados con productos de alteración como soddyita, uranofano y becquerelita. Estos nombres representan estructuras químicas diferentes que contienen uranio y ayudan a reconstruir la evolución del depósito. Identificar la especie mineral es relevante porque permite estudiar cómo se conserva, se altera o se moviliza ese elemento, en lugar de tratar todas las rocas radiactivas como si tuvieran el mismo comportamiento.
En San Marcos, al noroeste de la capital, los trabajos científicos describen otras asociaciones. La literatura sobre los afloramientos San Marcos I y Victorino registra uranofano y metatyuyamunita en el primero, y uranofano, uraninita, masuyita y becquerelita en el segundo. Se trata de identificaciones mineralógicas específicas; no son solamente lecturas elevadas en un detector de radiación. Esta diferencia es importante para evitar confundir una anomalía radiométrica —una señal que requiere interpretación— con la identificación de un mineral determinado o con la demostración de un yacimiento económicamente aprovechable.
La investigación sobre esas especies continúa. Un artículo publicado en Minerals en abril de 2024 estudió la caracterización geológica y cristalográfica de materiales del tipo margaritasita–carnotita procedentes de Las Margaritas, en Peña Blanca. El trabajo combinó el análisis de su estructura con la descripción del depósito. Su aportación amplía el conocimiento de los minerales uraníferos de Chihuahua, aunque su alcance debe mantenerse claro: caracterizar una muestra mineral no equivale a medir la exposición de una población ni a establecer las condiciones sanitarias de una comunidad.
La Sierra de Gómez aporta otra pieza del panorama. Un estudio de 2016, publicado en Ore Geology Reviews, examinó un depósito de uranio alojado en rocas calizas y situó su mineralización alrededor de 1.8 millones de años atrás. Los autores relacionaron su formación con procesos geológicos regionales del norte de México. El hallazgo muestra que la presencia del uranio en Chihuahua no responde a un único tipo de roca o a una sola historia: existen depósitos cuyo origen y evolución requieren explicaciones particulares.
La importancia científica de Peña Blanca también ha trascendido las fronteras. Nopal I fue estudiado como un análogo natural para comprender procesos de alteración y transporte de uranio relevantes para la investigación sobre almacenamiento geológico de combustible nuclear gastado. Un trabajo de 1994 comparó la alteración de su uraninita con procesos estudiados para el entonces propuesto repositorio de Yucca Mountain, en Estados Unidos. Esa comparación científica no significa que Nopal I sea un depósito de combustible nuclear: significa que sus minerales ofrecen evidencia natural sobre procesos que los investigadores buscan comprender a escalas prolongadas.
La pregunta ambiental aparece cuando el material deja de permanecer en el lugar donde se formó. En Peña Blanca, una investigación publicada en agosto de 2024 en el Suplemento de la Revista Mexicana de Física describe que, después de la exploración intensiva de los años ochenta, mineral extraído y sin procesar quedó dispuesto en montones de roca expuestos a la intemperie. Los autores estudiaron el arroyo El Tigre para conocer el transporte de uranio mediante partículas o en forma disuelta. El antecedente permite distinguir dos procesos que pueden coincidir: la existencia natural del mineral y la modificación de su exposición ambiental por actividades humanas.
En ese trabajo se recolectaron nueve muestras de sedimento cerca de Nopal I y se separaron en fracciones de distinto tamaño. Mediante espectrometría y análisis con radiación de sincrotrón, el equipo identificó uranio hexavalente en las muestras examinadas y reconoció alfa-uranofano en una de las fracciones estudiadas. El resultado documenta que el análisis de un arroyo debe incluir los materiales sólidos que transporta o acumula. Una medición limitada al componente disuelto puede dejar fuera parte de la historia ambiental del elemento.
Un artículo de 2025 en Minerals profundizó en ese mecanismo. Sus resultados identificaron partículas de uranofano y concluyeron que, en el sistema investigado de Peña Blanca, el transporte de minerales de uranio ocurre mediante fragmentación de partículas, mientras el agua no transporta altas concentraciones de actividad de uranio. El matiz es decisivo: encontrar partículas uraníferas en sedimentos no autoriza a afirmar que toda el agua regional tenga concentraciones elevadas. A la vez, una concentración reducida en el agua no sustituye la evaluación de los sedimentos. Cada componente necesita mediciones propias.
En el valle de Chihuahua, la investigación ha seguido la relación entre sedimentos y aguas subterráneas. Un artículo de la Revista Mexicana de Ciencias Geológicas, correspondiente al volumen de 2012, describió capas y lentes de materiales arcillosos y arenosos con materia carbonosa en la zona noroccidental del valle. Los autores registraron anomalías radiométricas de hasta 612 becquereles por kilogramo, equivalentes aproximadamente a 50 partes por millón de uranio según su interpretación. Esas cifras corresponden a materiales sólidos estudiados; no son concentraciones de agua potable ni una medición uniforme del acuífero.
El mismo estudio propuso que ciertos horizontes pueden retener uranio y liberarlo nuevamente cuando cambian las condiciones químicas, particularmente la acidez y el ambiente de oxidación o reducción. Para quienes dependen del agua subterránea, la implicación es concreta: la composición del agua está relacionada con los materiales que atraviesa. Sin embargo, determinar el estado de un pozo requiere muestrearlo. La existencia de una capa enriquecida en uranio no permite asignar automáticamente la misma concentración a todos los aprovechamientos de una región.
También existen mediciones históricas directamente realizadas en agua. Un estudio publicado en Radiation Protection Dosimetry, en el volumen de 2006, reportó concentraciones de actividad de uranio total desde menos de 0.03 hasta 1.34 becquereles por litro en muestras de agua subterránea de Chihuahua. Para el radio, los valores fueron generalmente inferiores a 0.16 becquereles por litro, con excepciones; en un manantial de San Diego de Alcalá se registraron aproximadamente 5.3 becquereles por litro. Son resultados de sitios y muestras determinados, no promedios que puedan extenderse a todas las fuentes del estado.
Los autores señalaron además que diversos pozos de Aldama y Chihuahua superaban la referencia mexicana de calidad del agua utilizada en aquella investigación. El señalamiento conserva valor como antecedente para orientar el seguimiento, pero no constituye una evaluación del cumplimiento normativo en 2026. Para conocer la situación presente hacen falta resultados recientes, identificación de los pozos, condiciones de muestreo y datos del tratamiento y distribución. El agua extraída de una fuente y la que finalmente recibe una vivienda deben distinguirse al construir una conclusión sanitaria.
La conexión con los seres vivos también ha sido explorada. En 2012, un equipo encabezado por Marusia Rentería-Villalobos publicó una investigación sobre el entorno del río San Marcos–Sacramento que analizó uranio en agua, plantas y peces. Sus resultados señalaron una posible movilización desde el sustrato geológico hacia aguas superficiales y subterráneas, seguida de transferencia a organismos. La evidencia documenta una ruta ambiental que merece atención, pero no establece por sí sola daño ecológico generalizado ni permite declarar que todos los peces de una cuenca sean inseguros para el consumo.
El aire dentro de las viviendas introduce otra dimensión. El radón es un gas radiactivo natural relacionado con la desintegración del uranio presente en rocas y suelos. En Aldama, un estudio publicado en 2004 en el Journal of Environmental Radioactivity registró, mediante muestreos de corta duración, concentraciones interiores de entre 29 y 422 becquereles por metro cúbico. En el 76 por ciento de las casas examinadas se superaron los 148 becquereles por metro cúbico empleados como referencia en el trabajo. Ese porcentaje describe las viviendas estudiadas, no el conjunto de los hogares de Aldama.
Los investigadores plantearon que la actividad elevada de uranio en algunos suelos podía relacionarse con el procesamiento de mineral realizado anteriormente en la zona. Para explicar el radón también consideraron la posible presencia de rocas uraníferas bajo la ciudad. Ambas explicaciones deben conservarse como interpretaciones del estudio, sin convertirlas en una atribución definitiva para cada sitio. Separar la contribución geológica de posibles aportaciones de antiguas operaciones exige evidencia específica sobre materiales, dispersión y condiciones locales.
La Organización Mundial de la Salud reconoce al radón como una causa importante de cáncer de pulmón. También advierte que sus concentraciones pueden variar mucho entre edificios vecinos y a lo largo del tiempo; por ello, para estimar la media anual, recomienda mediciones de al menos tres meses. Esta consideración limita la interpretación de los muestreos breves: pueden identificar señales relevantes, pero no sustituyen automáticamente una evaluación prolongada. En Chihuahua, los antecedentes científicos justifican investigar la exposición; no permiten atribuir un caso individual de cáncer a una vivienda o a un mineral sin evidencia adicional.
En el agua, además, el uranio plantea una cuestión química. La ficha de la OMS establece un valor guía provisional de 30 microgramos por litro basado en su toxicidad química, con especial atención a los riñones, y aclara que esa evaluación no aborda sus efectos radiológicos. Por ello, las cifras expresadas en microgramos por litro y las expresadas en becquereles por litro no son intercambiables: unas describen masa y otras actividad radiactiva. Una información pública comprensible necesita explicar qué se midió, con qué método y contra qué referencia se está comparando.
La historia de Chihuahua incluye asimismo un episodio de naturaleza distinta: el accidente de Ciudad Juárez iniciado en 1983, relacionado con una fuente médica de cobalto-60 que entró en la cadena de la chatarra. La documentación del Organismo Internacional de Energía Atómica recoge este caso. Su origen debe diferenciarse de los minerales uraníferos de las sierras: una fuente radiactiva fabricada para uso médico y un depósito geológico natural requieren investigaciones y medidas de control diferentes. Mezclarlos impide comprender tanto la responsabilidad sobre los materiales industriales como los procesos naturales del subsuelo.
La revisión deja una necesidad periodística concreta: contrastar los antecedentes con información actual. Las preguntas para las autoridades y los organismos operadores incluyen cuáles fuentes de abastecimiento tienen análisis recientes de uranio, radio y actividad radiológica; qué seguimiento se ha dado a los sitios identificados por la ciencia; y qué resultados existen sobre radón en viviendas. En las antiguas áreas de exploración, también interesa conocer el estado de los materiales acumulados y la vigilancia de los cauces cercanos. Estas son líneas de investigación pendientes, no pruebas de que ninguna institución esté realizando esas tareas.
Para la población, el valor de esa información está en poder tomar decisiones con datos comprensibles. Un estudio mineralógico puede explicar qué contiene una roca; una evaluación ambiental, cómo se desplaza ese material; y una investigación sanitaria, cuánto contacto tienen las personas con él. Chihuahua cuenta con conocimiento científico que permite formular esas preguntas con precisión. El desafío público consiste en convertirlo en resultados verificables por localidad y por fuente de agua, de modo que quienes habitan el territorio puedan conocer también la parte de su entorno que permanece fuera de la vista.
Nota de alcance: reportaje documental elaborado con publicaciones científicas, registros universitarios y fuentes institucionales disponibles en línea, incluidos trabajos de 2024 y 2025. No incorpora entrevistas ni muestreos propios. Los datos históricos se presentan con su fecha y no se extrapolan como mediciones actuales de todo Chihuahua.