Lo que mide la ciencia: radiación natural en Jiménez, entre el suelo, el agua y el aire

Estudios científicos han documentado radionúclidos naturales, radón en viviendas y concentraciones de uranio en pozos y zonas mineras del municipio. Los datos justifican una vigilancia moderna y transparente, pero no permiten declarar que toda la población esté en peligro.

Por Gorki Belisario Rodríguez Ávila | HISTORIASMX
Investigación documental con corte al 3 de septiembre de 2026

JIMÉNEZ, CHIHUAHUA.— La radiación no tiene color, olor ni una frontera visible. En un territorio desértico como Jiménez, donde la vida depende del agua subterránea y buena parte de la economía se sostiene sobre la agricultura, hablar de uranio, radón o radiación gamma puede despertar miedo. El trabajo del periodismo, sin embargo, no consiste en amplificar ese temor, sino en colocar cada medición en su contexto: qué se midió, dónde, con qué instrumento, en qué unidad y qué conclusión permite —o no permite— sostener.

Una revisión de artículos científicos, repositorios académicos, documentos del Servicio Geológico Mexicano (SGM), normas sanitarias y registros de la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias (CNSNS) confirma que sí existen mediciones radiológicas relacionadas directamente con Jiménez. Las más relevantes abarcan cuatro ambientes distintos: suelos urbanos, viviendas, agua subterránea y áreas mineralizadas de Las Adargas.

El hallazgo central es doble. Por una parte, Jiménez tiene un fondo radiológico natural que merece atención: en estudios históricos aparecen valores superiores a los promedios de comparación adoptados por los investigadores, algunas viviendas registraron radón elevado y un grupo seleccionado de pozos agrícolas salobres presentó altas actividades de isótopos de uranio. Por otra, la evidencia pública disponible es fragmentaria, antigua en varios casos y no constituye un sistema municipal continuo de vigilancia. No permite afirmar que toda el agua de la red, todos los hogares o todo el territorio municipal presenten el mismo comportamiento.

Antes de interpretar los números.

Las unidades no son intercambiables:

  • Bq/kg expresa actividad radiactiva en un kilogramo de suelo o roca.
  • Bq/L expresa actividad radiactiva en un litro de agua.
  • Bq/m³ expresa, en este caso, la concentración de radón en el aire de una vivienda.
  • nGy/h mide la rapidez con la que se absorbe energía de la radiación en un punto.
  • mSv/año estima el efecto biológico anual bajo determinados supuestos de exposición.
  • ppm de uranio o de uranio equivalente (eU) expresa concentración mineral; no es una dosis recibida por una persona.

Por ello, encontrar uranio en una roca no equivale automáticamente a demostrar una dosis peligrosa en una casa, y medir radón en una vivienda no prueba que toda una colonia tenga el mismo nivel.

El mapa de las mediciones disponibles.

Medio y estudioMuestra o alcanceResultado directamente relacionado con JiménezLectura correcta
Radón en viviendas, campañas de 2002–200326 viviendas; mediciones de corta duración, principalmente en temporada fríaPromedio aproximado de 118–120 Bq/m³; intervalo de 40 a 380 Bq/m³; 8 viviendas, 31 %, superaron 148 Bq/m³Es una señal de atención en inmuebles concretos, no un promedio anual representativo de todo el municipio
Suelo urbano, artículo publicado en 201610 muestras en la ciudad; 164 muestras en 13 ciudades del estadoU-238: 40.4 ± 0.3 Bq/kg; Th-232: 42.3 ± 0.4 Bq/kg; K-40: 930.5 ± 6.1 Bq/kgActividad natural asociada al suelo y a la geología; no es contaminación industrial demostrada
Dosis modelada a partir del suelo urbanoCálculo derivado de las actividades anterioresEl mapa del estudio asignó a Jiménez aproximadamente 0.81 mSv/añoEs una estimación del modelo, no dosimetría personal ni diagnóstico de daño
Uranio en agua subterránea, artículo de 2006Pozos de nueve ciudades y acuíferos del estadoPromedio para Jiménez: 0.19 Bq/L de uranio total y 15.0 Bq/L de radón-222Es una fotografía histórica; no sustituye el análisis actual de cada pozo de la red pública
Dosis por ingestión estimada en 2006Cálculo por grupos de edadPor uranio: 3.7 µSv/año en lactantes, 4.9 en niños y 4.7 en adultos. Por radón: 51.8, 31.0 y 26.3 µSv/año, respectivamenteLas dosis calculadas fueron pequeñas en términos absolutos, aunque el radón del agua ameritaba seguimiento
Agua salobre de pozos agrícolas, artículo de 202130 pozos de riego muestreados; 7 pozos de alta salinidad analizados radiométricamenteSegún tres procedimientos, el uranio total presentó intervalos de 3.40–41.38, 6.40–69.16 y 16.24–33.91 Bq/L; medias de 21.00, 27.37 y 25.62 Bq/LMuestreo dirigido a pozos agrícolas salobres; no representa por sí mismo el agua potable que recibe toda la ciudad
Suelos de Jiménez, artículo metodológico de 20216 muestrasUranio total de aproximadamente 0.051 a 0.704 Bq/g, es decir, 51 a 704 Bq/kg, según el métodoConfirma gran variabilidad espacial; faltan coordenadas públicas suficientes para extrapolar a barrios o predios
Las Adargas, informe oficial del SGM de 2024Mina La Herradura y área Los ReyesEn La Herradura: 43–880 ppm de eU por radiometría; ensayes de 1,264 y 956 ppm de U en el nivel −12 y hasta 344 ppm de U en el nivel 0Son concentraciones localizadas en mineral y roca de mina, no niveles de dosis en la cabecera municipal

Radón dentro de las casas: el dato más cercano a la exposición cotidiana.

Entre 2002 y 2003, investigadores del Centro de Investigación en Materiales Avanzados (CIMAV), la Universidad Autónoma de Chihuahua y otras instituciones colocaron detectores en viviendas de varias ciudades del estado. En Jiménez se estudiaron 26 casas. El resultado reportado fue un promedio cercano a 120 Bq/m³, un máximo de 380 Bq/m³ y ocho viviendas —31 % de la muestra— por encima de 148 Bq/m³, nivel de acción utilizado por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos. Los autores estimaron para Jiménez una dosis anual promedio de 0.61 mSv y una máxima de 2.0 mSv.

El dato es relevante porque el radón-222 se forma en la cadena natural de desintegración del uranio. Puede migrar desde el suelo y entrar por grietas, uniones, tuberías y espacios en contacto con el terreno. Al aire libre suele dispersarse; en una habitación cerrada puede acumularse.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que los países establezcan, cuando sea posible, un nivel de referencia promedio anual de 100 Bq/m³ y que, si las condiciones nacionales no permiten alcanzarlo, no se excedan 300 Bq/m³. La OMS también advierte que el riesgo de cáncer pulmonar crece con la exposición prolongada y se multiplica con el tabaquismo.

Pero existe una limitación decisiva: las mediciones de Jiménez fueron de corta duración y se realizaron hace más de dos décadas. La propia OMS señala que el radón cambia entre casas vecinas, estaciones, días e incluso horas; para estimar una media anual recomienda medir al menos tres meses. Así, los resultados históricos justifican repetir el estudio, pero no permiten etiquetar hoy a toda la ciudad ni declarar que una vivienda no muestreada tenga un nivel determinado.

Suelo urbano: una señal natural, no una sentencia sanitaria.

En 2016, la revista Acta Universitaria publicó un estudio de 164 muestras de suelo urbano tomadas en 13 ciudades de Chihuahua. Diez correspondieron a Jiménez. Las muestras fueron analizadas durante 22 horas mediante un detector de germanio hiperpuro; el control de calidad fue contrastado con otras instituciones.

Jiménez registró 40.4 Bq/kg de uranio-238, 42.3 Bq/kg de torio-232 y 930.5 Bq/kg de potasio-40. Frente a los valores mundiales de comparación usados por los propios autores —35, 35 y 370 Bq/kg, respectivamente—, las medias locales fueron aproximadamente 15 %, 21 % y 151 % mayores. El potasio-40 aportó la diferencia más marcada.

Esto no significa que el suelo urbano sea un residuo nuclear. Los tres son radionúclidos naturales presentes en la corteza terrestre. Su abundancia cambia con el tipo de roca, los sedimentos y, en el caso del potasio, también puede recibir aportes de fertilizantes. Los autores vincularon a Jiménez con terrenos de rocas ígneas ácidas, riolitas y dacitas consideradas uraníferas en el contexto estatal.

El mismo trabajo calculó dosis derivadas de esos materiales y colocó a Jiménez en aproximadamente 0.81 mSv al año. Esa cifra debe manejarse con cautela: es el resultado de una fórmula y supuestos de permanencia, no la lectura de un dosímetro portado por un habitante. Tampoco debe compararse mecánicamente con el límite de 1 mSv anual para exposición pública planificada, porque ese límite regulatorio internacional excluye la radiación natural de fondo y la exposición médica. El valor sirve para construir una línea base y decidir dónde medir mejor, no para diagnosticar enfermedad.

El agua: dos fotografías muy diferentes del mismo territorio.

Un artículo de 2006 midió uranio total, radio-226 y radón-222 en aguas subterráneas de diferentes acuíferos de Chihuahua. Para Jiménez reportó promedios de 0.19 Bq/L de uranio total y 15.0 Bq/L de radón. Las dosis comprometidas por ingestión calculadas para la localidad fueron de unos pocos microsieverts al año por uranio y de 26.3 a 51.8 µSv/año por radón, según la edad.

El promedio de uranio de aquel estudio no puede compararse de forma directa con la actual NOM-127-SSA1-2021 como si fuera una prueba de cumplimiento, porque la norma mexicana exige medir radiactividad alfa total y beta total, no únicamente uranio. Los límites vigentes son 0.5 Bq/L para alfa total y 1.0 Bq/L para beta total. Para el radón en agua, la comparación histórica de 11 Bq/L utilizada por los investigadores procedía de una propuesta estadounidense; Estados Unidos no tiene hasta ahora un límite federal definitivo y exigible específico para radón en agua.

La segunda fotografía apareció en 2021. Investigadores de la UACH, CIMAV y la Universidad de Sevilla estudiaron 30 pozos empleados para riego de huertas nogaleras en el acuífero Jiménez–Camargo. De ellos seleccionaron siete con alta salinidad para aplicar tres procedimientos radiométricos. El uranio total mostró medias entre 21.00 y 27.37 Bq/L, muy superiores a los antecedentes estatales citados por los autores. También se observaron sólidos disueltos, calcio, sulfato, cloruros, nitratos y nitritos elevados.

El estudio halló correlaciones positivas del uranio con nitratos, zinc, cloruros, bromo, sulfatos y otros parámetros. Los autores propusieron que el origen principal es geológico y profundo, mientras que la sobreexplotación y ciertas prácticas agrícolas podrían aumentar su movilidad. Una correlación, sin embargo, no demuestra por sí sola causalidad.

Aquí está la distinción esencial para la comunidad: aquellos siete pozos fueron escogidos precisamente por presentar alta salinidad y se utilizaban para riego. No fueron una muestra aleatoria de todos los pozos municipales de abastecimiento y el artículo no demuestra que el agua distribuida en cada hogar tuviera esas concentraciones. Sí demuestra que en un sector hidroagrícola del acuífero existen condiciones que justifican análisis confirmatorios, trazabilidad de los pozos y vigilancia periódica.

Las Adargas: uranio localizado en roca, no una nube sobre la ciudad.

La geología de Jiménez contiene un antecedente histórico de interés uranífero. En 1978, el geólogo Sergio Bazán Barrón incluyó a la Sierra de Adargas y la mina La Herradura entre los distritos uraníferos reconocidos de México. Décadas después, el SGM volvió al área.

En su Informe de Autoevaluación 2024, el organismo oficial señaló que concluyó un estudio geológico y radiométrico en Las Adargas y Los Reyes. En La Herradura obtuvo lecturas de 43 a 880 partes por millón de uranio equivalente, además de ensayes de 1,264 y 956 ppm de uranio en el nivel −12 y hasta 344 ppm en el nivel 0. El área de Los Reyes fue descartada para trabajos posteriores.

Estas cifras son importantes para la exploración geológica, pero no miden la dosis de los habitantes de Ciudad Jiménez. Para convertir una concentración mineral en una evaluación de exposición se necesitarían, entre otros datos, tasas de dosis gamma in situ, radón en galerías, polvo respirable, tiempo de permanencia, rutas de acceso, dispersión de partículas y análisis de agua y suelo alrededor del sitio. Sin ese puente metodológico sería incorrecto presentar los valores de la mina como evidencia de una emergencia urbana.

Lo que sí puede afirmarse.

La evidencia revisada permite sostener que:

  1. Jiménez posee un fondo radiológico natural medible, relacionado con su geología y con la presencia de uranio, torio, potasio-40 y radón.
  2. Un muestreo histórico encontró radón por encima de valores de referencia en una proporción relevante de las viviendas estudiadas.
  3. Los suelos urbanos presentaron actividades medias superiores a los valores mundiales de comparación empleados por los investigadores, especialmente para potasio-40.
  4. Existen pozos agrícolas salobres del acuífero Jiménez–Camargo con actividades elevadas de isótopos de uranio en un estudio dirigido.
  5. Las Adargas contiene una anomalía uranífera localizada y confirmada por el SGM.

Lo que la evidencia no permite afirmar.

No hay base suficiente para declarar que:

  1. Todo Jiménez sea una “zona radiactiva peligrosa”.
  2. Toda el agua potable municipal exceda los límites sanitarios.
  3. La actividad minera de Las Adargas haya contaminado la cabecera municipal.
  4. Los valores medidos hayan causado enfermedades específicas en la población.
  5. Los datos de hace dos décadas describan sin cambios la situación de 2026.

El vacío más importante: falta una línea base municipal actual.

La CNSNS opera la Red Nacional Automatizada de Monitoreo Radiológico Ambiental, integrada por 91 estaciones para medir radiación gamma y detectar cambios anómalos en tiempo real. Sus metas públicas priorizan las capitales estatales, las ciudades de más de 100 mil habitantes, fronteras, costas e instalaciones radiológicamente relevantes.

En la revisión de información abierta no se localizó una serie continua y públicamente identificada para el municipio de Jiménez que reúna radiación gamma ambiental, radón residencial, actividad alfa y beta en cada pozo de abastecimiento y mediciones en zonas agrícolas y mineras. El problema no es la ausencia total de ciencia, sino su dispersión: campañas puntuales, muestras pequeñas, años distintos, matrices diferentes y resultados que no forman todavía un sistema de vigilancia local.

Una agenda pública razonable.

El camino responsable no es sembrar alarma ni ignorar las señales. Es medir mejor. Jiménez necesita una línea base coordinada entre autoridades de agua y salud, la CNSNS, el SGM, Protección Civil y universidades con capacidad radiométrica.

Ese programa debería incluir:

  • medición de alfa total y beta total en cada pozo de la red pública conforme a la NOM-127-SSA1-2021;
  • análisis específicos de U-234, U-238, Ra-226, Ra-228 y Rn-222 cuando los tamizajes o la geología lo justifiquen;
  • un muestreo residencial de radón estadísticamente representativo, con detectores pasivos colocados durante al menos tres meses e inclusión de escuelas, oficinas, viviendas de planta baja y comunidades rurales;
  • recorridos georreferenciados de radiación gamma ambiental con equipos calibrados en la cabecera, zona nogalera, Las Adargas y otras comunidades;
  • protocolos de seguridad para cualquier ingreso o reactivación de labores en minas con anomalías uraníferas;
  • publicación de resultados completos: ubicación protegida cuando corresponda, fecha, método, incertidumbre, laboratorio y comparación con la norma aplicable.

Conclusión.

Jiménez no necesita una leyenda nueva sobre radiación; necesita información nueva. La ciencia disponible demuestra que el tema es real y merece vigilancia. También demuestra que el dato aislado puede engañar: 880 ppm en una roca de mina, 380 Bq/m³ en una casa o 69 Bq/L en un pozo agrícola describen lugares, medios y rutas de exposición distintas.

Para las familias, la pregunta no es si existe radiación —existe en todas partes—, sino cuánto hay en el lugar donde viven, qué parte proviene del fondo natural, por qué vía podría llegar al cuerpo y si puede reducirse. Hoy, la respuesta para Jiménez está incompleta. La obligación científica y pública consiste en completarla con mediciones actuales, repetibles y abiertas.

La prudencia no significa silencio. Significa decir con honestidad que hay indicios suficientes para investigar más, pero no pruebas suficientes para condenar a todo un territorio. Entre el alarmismo y la indiferencia existe un camino más serio: medir, comparar, explicar y actuar.

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