Donde el desierto guarda la memoria: los pueblos que habitaron el corredor Villa Ahumada–Juárez

Campamentos de cazadores, puntas de proyectil, aldeas de adobe, talleres de turquesa y miles de petrograbados revelan que el norte de Chihuahua nunca fue un territorio vacío

Reportaje especial | HISTORIASMX
Investigación y redacción: Gorki Belisario Rodríguez Ávila

HISTORIASMX. – A simple vista, la carretera que comunica Villa Ahumada con Ciudad Juárez parece atravesar una inmensidad despoblada. A los costados se extienden dunas, planicies salinas, matorrales, cauces secos y sierras que durante gran parte del año parecen negar cualquier posibilidad de vida permanente. Sin embargo, debajo de la arena y sobre las paredes de roca permanece otra historia: fogones, herramientas de piedra, puntas de proyectil, metates, entierros, habitaciones de adobe, fragmentos de cerámica, restos de animales, desechos de talleres de turquesa y miles de imágenes grabadas.

La documentación arqueológica consultada permite sostener que este corredor no fue solamente una ruta de paso. Durante distintos momentos funcionó como territorio de caza y recolección, espacio ceremonial, zona de habitación, área agrícola y nodo de intercambio entre el valle del río Bravo, el mundo Jornada Mogollón y las poblaciones relacionadas con Casas Grandes y Paquimé. No se trata de los restos de una sola tribu, sino de un paisaje ocupado y reinterpretado por grupos diferentes durante milenios.

Antes de hablar de tribus.

Existe una precaución científica indispensable. Los nombres Paleoindio, Arcaico, Jornada Mogollón, Mimbres y Casas Grandes son categorías creadas por la arqueología para organizar conjuntos de objetos, formas de vivienda, estilos cerámicos y periodos históricos. No necesariamente corresponden a los nombres que las personas utilizaban para identificarse.

Jornada Mogollón, por ejemplo, no fue una tribu única ni un pueblo políticamente uniforme. Es el nombre empleado por los arqueólogos para describir a poblaciones que, con importantes variaciones regionales, fabricaron cerámica, practicaron agricultura, cazaron, recolectaron plantas y habitaron casas semisubterráneas o construcciones de adobe en una amplia región del actual norte de Chihuahua, sur de Nuevo México y oeste de Texas.

Manso, Suma y Jumano, en cambio, aparecen principalmente en documentos coloniales de los siglos XVI y XVII. Intentar colocar cualquiera de esos nombres sobre una punta de proyectil o un petrograbado producido siglos antes puede resultar engañoso. La relación entre las antiguas poblaciones Jornada Mogollón y los grupos que los españoles llamaron mansos o sumas es una hipótesis importante, pero todavía no constituye una identidad demostrada en todos los casos.

Un paisaje construido alrededor del agua.

La ocupación humana del corredor estuvo determinada por el agua. Al sur, el río Carmen y la Laguna de Patos ofrecieron recursos a los antiguos habitantes de Villa Ahumada. Más al norte, los ojos de agua de Samalayuca, Ojo de la Casa, Ojo de En Medio y Ojo de la Punta funcionaron como puntos vitales dentro de una región donde las corrientes superficiales permanentes son prácticamente inexistentes.

Los actuales barreas, dunas y depresiones son parte de un sistema de antiguas cuencas lacustres. El paleolago Palomas llegó a abarcar territorios desde Samalayuca hasta sectores situados al sureste de Villa Ahumada. Cuando aquellos cuerpos de agua retrocedieron, quedaron playas, humedales temporales, cauces y manantiales alrededor de los cuales continuó organizándose la vida humana.

El desierto, por tanto, no debe imaginarse como un escenario inmóvil. Sus habitantes enfrentaron periodos de mayor humedad, sequías, cambios en la vegetación, desplazamiento de dunas e inundaciones repentinas. La movilidad no representaba falta de conocimiento del territorio: era una estrategia especializada para aprovechar recursos que aparecían en diferentes lugares y estaciones.

Los cazadores más antiguos.

Samalayuca ocupa un lugar relevante en la prehistoria mexicana porque allí fue reportada una de las primeras puntas acanaladas identificadas en el país. La pieza fue clasificada como tipo Folsom, una tecnología de los cazadores del final del Pleistoceno y comienzos del Holoceno. En la región también se han reportado puntas Clovis, Folsom, Plainview y otros artefactos tempranos.

Estos objetos confirman una presencia humana muy antigua, pero deben interpretarse con prudencia. Muchos fueron recogidos en superficie, fuera de un estrato arqueológico intacto. Una punta aislada puede demostrar que alguien estuvo en el lugar, pero no basta para reconstruir por sí sola un campamento, una fecha exacta o la relación directa entre sus fabricantes y los restos de megafauna encontrados en la región.

La investigación más reciente sobre Samalayuca considera que su registro representa más de diez mil años de ocupaciones. Aquellos primeros grupos dependían de la cacería y de la recolección. Seguían animales, conocían los puntos donde aparecía el agua y reconocían las propiedades de las plantas del desierto. Sus campamentos podían ser breves, pero no improvisados: cada fogón y cada herramienta respondían a una lectura minuciosa del paisaje.

Fogones, metates y una vida que dejó pocas paredes.

Para el periodo Arcaico, ubicado en la cronología regional aproximadamente entre 6000 antes de nuestra era y el comienzo de la era cristiana, aumenta considerablemente la evidencia. En los alrededores de Villa Ahumada se han localizado campamentos sobre antiguas orillas de laguna, dunas y márgenes del río Carmen.

En sitios registrados como E-21, E-22 y E-23 aparecieron fogones de piedras quemadas, ceniza, núcleos y desechos de talla, raspadores, cuchillos, bifaciales, puntas de proyectil, manos de molienda y fragmentos de metate. Las materias primas incluyen pedernal, riolita, obsidiana, calcedonia y jaspe. La procedencia de algunas rocas sugiere desplazamientos entre el río, las planicies y sierras como El Chiquilote y San Miguel.

El sitio E-23 llegó a medir aproximadamente 600 por 300 metros, aunque se encuentra alterado por erosión y caminos. Allí también fueron registrados restos humanos cremados correspondientes a dos individuos. La posición de uno de ellos indica que habría sido quemado después de morir como parte de un tratamiento funerario. El hallazgo recuerda que estos lugares no fueron únicamente áreas para obtener alimento: también fueron espacios de identidad, duelo y memoria.

En El Carmen 1, uno de los campamentos arcaicos más extensos de la zona, se documentaron numerosos fogones, instrumentos de molienda y puntas con pedúnculo y muescas. Por su tecnología, el asentamiento ha sido colocado tentativamente entre 3000 y 1000 antes de nuestra era. La ausencia de cerámica y la presencia de herramientas diversas son compatibles con grupos de cazadores-recolectores que regresaban periódicamente a los mismos lugares.

No eran personas extraviadas en un territorio hostil. Sabían dónde conseguir piedra para fabricar instrumentos, qué zonas se inundaban, cuándo aparecían determinadas plantas y en qué puntos podían encontrarse con otros grupos.

Villa Ahumada: una población de adobe bajo la arena.

El asentamiento conocido como Villa Ahumada o Loma de los Moctezumas es una de las evidencias más importantes de todo el corredor. Se localiza en las cercanías del río Carmen y está integrado por al menos dos conjuntos habitacionales. La unidad principal cubre alrededor de 13,400 metros cuadrados y está formada por restos de muros de adobe derrumbados y cubiertos por arena.

Cuando el arqueólogo E. B. Sayles visitó el lugar en 1933 observó habitaciones rectangulares organizadas en conjuntos, además de cerámica, puntas, raspadores, metates y abundantes huesos de animales. Investigaciones posteriores identificaron varias etapas constructivas, pisos de adobe y cuartos con fogones circulares.

Las dos etapas más profundas utilizaron una técnica de adobe semejante a la observada en Paquimé. En cierto momento, los habitantes cortaron muros anteriores, rellenaron habitaciones y levantaron una plataforma sobre la cual construyeron nuevos cuartos. Los estudios de polen, humedad del suelo y resistencia magnética llevaron a plantear que estas modificaciones pudieron ser una respuesta a las inundaciones del río Carmen. Incluso se propuso la existencia de un muro de contención para desviar las corrientes, aunque esta interpretación requiere nuevas excavaciones.

Esta capacidad para modificar el terreno desmiente la idea de comunidades pasivas frente al desierto. Los habitantes de Villa Ahumada no se limitaron a sobrevivir: transformaron el espacio, protegieron sus viviendas y sostuvieron una población organizada.

¿Jornada Mogollón o gente de Paquimé?

Durante décadas se pensó que Villa Ahumada era el límite oriental del mundo de Casas Grandes y posiblemente un asentamiento controlado por Paquimé. La excavación estratigráfica modificó esa interpretación.

De 4,782 fragmentos cerámicos analizados, el conjunto El Paso representó 36.8 por ciento, mientras que los tipos asociados con Casas Grandes alcanzaron únicamente 2.6 por ciento. Los investigadores Rafael Cruz Antillón y Timothy Maxwell concluyeron que la principal ocupación correspondió a una población local Jornada Mogollón que mantuvo interacción con Paquimé, pero que no necesariamente estuvo dominada por ese centro.

La presencia de cerámica Ramos Policromo, Babícora Policromo, Villa Ahumada Policromo, Mimbres Negro sobre Blanco, El Paso Policromo y Chupadero Negro sobre Blanco demuestra circulación de objetos, conocimientos y estilos entre distintas regiones. Sin embargo, encontrar una vasija foránea no significa automáticamente que una población completa haya emigrado. La cerámica pudo llegar mediante intercambio, matrimonio, visitas, alianzas o circulación de artesanos.

Villa Ahumada aparece así como una comunidad con identidad local y capacidad de relacionarse con dos grandes ámbitos culturales: Paquimé al oeste y la región Jornada de El Paso al norte.

La extraordinaria cacería de conejos y liebres.

La vida cotidiana quedó registrada de forma especialmente clara en los huesos. En una parte excavada del asentamiento se recuperaron 22,172 piezas de hueso y concha. De los restos que pudieron identificarse, 10,871 correspondían a conejos y liebres: 97.1 por ciento del conjunto reconocido.

También aparecieron peces, tortugas, patos, guajolotes, codornices, cánidos, gato montés, tejón, berrendo y venado. Numerosos fragmentos mostraban señales de fuego o procesamiento humano. Los cálculos arqueozoológicos indican que los lagomorfos pudieron aportar alrededor de 60.5 por ciento de la carne representada en la muestra estudiada. Además, más de 200 puntas pequeñas completas o fragmentadas pudieron estar relacionadas con su cacería.

Detrás de esos números aparece una escena humana. Cazar tal cantidad de animales pequeños posiblemente exigió conocimiento de madrigueras, cooperación entre varias personas y jornadas organizadas. Las presas eran transportadas al asentamiento, cocinadas y compartidas. Los huesos acumulados no representan simple basura: son el registro material de comidas, trabajos colectivos y estrategias para sostener la vida.

Los talleres de la turquesañ

Uno de los descubrimientos más relevantes se encuentra en los residuos de turquesa. En Villa Ahumada se recuperaron 1,075 piezas; 83.7 por ciento corresponde a desechos de manufactura. En el cercano sitio de Los Patos aparecieron 2,528 fragmentos y 95.7 por ciento eran residuos. También se identificaron perforadores, pulidores y pequeñas puntas utilizadas posiblemente como herramientas.

Las cantidades son sorprendentes porque el área excavada en Villa Ahumada representa apenas una fracción de la explorada en Paquimé. Esto ha llevado a interpretar ambos sitios como centros de trabajo de turquesa. Una hipótesis propone que la materia prima pudo llegar desde yacimientos de Nuevo México, aunque su procedencia exacta todavía requiere análisis arqueométricos más amplios.

La escasez de piezas terminadas sugiere que cuentas, pendientes u ornamentos eran fabricados para circular fuera de los talleres. Villa Ahumada pudo participar en una ruta de intercambio que conectaba el sur de Nuevo México, el valle del Carmen y Paquimé. Lo importante es que la comunidad no aparece como una periferia dependiente, sino como un centro productor con decisiones económicas propias.

Samalayuca: una biblioteca escrita sobre piedra.

Más cerca de Ciudad Juárez, la Sierra de Samalayuca conserva uno de los mayores conjuntos de arte rupestre del norte de Chihuahua. Una revisión académica publicada en 2025 contabiliza al menos 62 sitios arqueológicos en la sierra y sus alrededores; 21 contienen arte rupestre. El registro incluye aproximadamente 3,000 petrograbados distribuidos sobre cerca de mil bloques, además de un número menor de pinturas.

Las cifras pueden variar según la fecha del inventario y el polígono considerado. Registros anteriores señalaban 42 sitios dentro del área natural protegida y alrededor de veinte en sus inmediaciones. La diferencia no constituye necesariamente una contradicción: refleja nuevos recorridos, actualizaciones de catálogo y distintas delimitaciones territoriales.

Entre las imágenes aparecen borregos cimarrones, venados, serpientes, figuras humanas, máscaras, escenas colectivas y diseños abstractos. Los especialistas han propuesto al menos cuatro grandes expresiones estilísticas: Candelaria; Abstracto del Desierto, posiblemente arcaico; Jornada, relacionado con el periodo tardío entre aproximadamente 1200 y 1450; y manifestaciones históricas o coloniales.

La mayoría de los petrograbados tardíos muestra vínculos con Jornada Mogollón. También existen materiales cerámicos relacionados con Mimbres y Casas Grandes. Esto refuerza la interpretación de Samalayuca como un punto de encuentro entre grupos que compartían rutas, recursos, símbolos y posiblemente ceremonias.

No obstante, los significados específicos continúan abiertos a investigación. Las escenas de animales pudieron relacionarse con cacería, memoria, territorio, fertilidad o narraciones rituales. Una representación de venado no equivale automáticamente a un registro de caza, del mismo modo que una figura humana no permite conocer por sí sola el nombre del pueblo que la produjo.

Lo que la ciencia todavía no puede asegurar.

Buena parte de los trabajos realizados en Samalayuca ha consistido en recorridos de superficie, registro fotográfico, levantamientos con GPS, clasificación estilística y análisis de objetos visibles. Han existido menos excavaciones estratigráficas, fechamientos directos y análisis de laboratorio de los que requiere un territorio tan amplio.

Por ello, algunas edades se asignan mediante la forma de las puntas, los estilos cerámicos, la superposición de imágenes o comparaciones con sitios de Nuevo México y Texas. Son procedimientos arqueológicos válidos, pero generan rangos y probabilidades, no fechas absolutas para cada grabado.

Los estudios recientes están incorporando fotogrametría terrestre y aérea, modelos tridimensionales, drones, sistemas de información geográfica y luz rasante digital. Estas técnicas permiten registrar petrograbados erosionados sin tocarlos y analizar su posición dentro del paisaje. Otros trabajos modelan las áreas que podían recorrerse en 30, 60 o 120 minutos desde cada asentamiento para estudiar acceso al agua, suelos, piedra y vegetación.

La prioridad científica ahora es obtener fechamientos sistemáticos, realizar excavaciones selectivas y estudiar conjuntamente campamentos, arquitectura, cerámica, herramientas y arte rupestre. Solo de esa manera podrá evitarse que las imágenes sean interpretadas fuera del contexto de las personas que las produjeron.

Mansos, sumas y la llegada de los españoles.

A finales del siglo XVI aparecen los primeros nombres históricos. Las expediciones españolas encontraron pueblos que fueron llamados tanpachoas o mansos en el entorno del río Bravo, y grupos identificados como caguates o sumas hacia el sur y el oeste. Los documentos son escasos, contradictorios y fueron redactados por conquistadores y religiosos interesados en ocupar el territorio y evangelizar, no en preservar una etnografía rigurosa.

La evidencia disponible sugiere que mansos y sumas eran grupos distintos. Los primeros desarrollaban buena parte de su vida alrededor del río Bravo y aprovechaban sus peces y recursos ribereños. Los sumas mostraban una adaptación más vinculada con el desierto, consumían agave y se desplazaban entre rancherías y campamentos. Ambos utilizaban viviendas ligeras y combinaban movilidad, caza y recolección.

En 1659 se estableció en el actual Ciudad Juárez la misión de Nuestra Señora de Guadalupe de los Mansos del Paso del Norte. En 1683 se fundó otra misión para los sumas en Ojito de Samalayuca, pero fue abandonada al año siguiente dentro del clima de rebelión y conflicto que atravesaba la región. Estos registros documentan la presencia histórica de pueblos indígenas en los dos extremos septentrionales del corredor.

¿Eran los mansos descendientes de Jornada Mogollón?

Algunos investigadores plantean que los mansos descendían de las poblaciones de la fase El Paso de Jornada Mogollón. Su argumento se basa en la coincidencia territorial y en fechamientos obtenidos entre 1400 y 1600 en sitios localizados dentro del espacio históricamente manso.

Según esa hipótesis, alrededor de 1350–1450 las poblaciones no desaparecieron, sino que dejaron las grandes aldeas de adobe y adoptaron nuevamente un patrón más móvil de rancherías. Al reducirse la cerámica y la arquitectura permanente, sus campamentos se volvieron difíciles de distinguir de ocupaciones arcaicas mucho más antiguas.

Pero no existe consenso definitivo. La investigación histórica más reciente en la región Juárez–El Paso reconoce que la relación entre los últimos grupos Jornada Mogollón y los tanpachoas o mansos encontrados alrededor de 1580 continúa sin aclararse. Compartir un territorio o ciertos conocimientos no demuestra automáticamente una descendencia directa.

La respuesta científicamente responsable es mantener abierta la posibilidad de continuidad, sin convertirla en certeza.

El problema del nombre “jumano”.

El término jumano ha producido todavía más confusión. Los españoles utilizaron variantes semejantes para referirse a poblaciones diferentes de Arizona, Nuevo México, las llanuras de Texas y La Junta de los Ríos. Algunas eran agricultoras sedentarias; otras se especializaban en movilidad, cacería o comercio.

El análisis comparativo de Bill Lockhart concluyó que no existe evidencia suficiente para convertir a todos los llamados jumanos en un solo pueblo ni para identificarlos automáticamente con los sumas. Por ello, atribuir los petrograbados de Samalayuca o la aldea de Villa Ahumada a “los jumanos” carecería de respaldo sólido.

Conquista, misiones y desaparición de los nombres.

La colonización alteró profundamente la organización indígena. La concentración forzada en misiones, el trabajo impuesto, las epidemias, la violencia militar y el desplazamiento de población mezclaron comunidades que antes podían mantener territorios e identidades diferentes.

Después de la rebelión de los pueblos de Nuevo México en 1680 llegaron al Paso del Norte españoles, piros, tompiros y tiguas desplazados. Mansos y sumas fueron obligados a compartir recursos con nuevos pobladores. Durante las décadas siguientes se produjeron rebeliones, ejecuciones, campañas militares, epidemias y alianzas con grupos apaches.

Que los nombres manso o suma dejen de aparecer claramente en los documentos no significa que todas las personas murieran. Muchas fueron incorporadas a comunidades apaches, indígenas pueblo, mestizas o hispanas; otras conservaron memorias familiares que dejaron de ser reconocidas por las administraciones coloniales. La desaparición documental de una categoría étnica no equivale a la desaparición biológica de sus integrantes.

Un patrimonio todavía vulnerable.

Los vestigios enfrentan amenazas contemporáneas. Saqueo, caminos, crecimiento urbano, infraestructura energética, bancos de materiales, turismo sin control y proyectos extractivos pueden destruir contextos antes de que sean estudiados. En arqueología no importa solamente conservar una pieza: es esencial mantener su relación con el suelo, los objetos cercanos y el estrato donde apareció.

Samalayuca forma parte de un área natural protegida de más de 63 mil hectáreas desde 2009. Sin embargo, la protección ambiental no sustituye una declaratoria arqueológica específica. La revisión académica de 2025 señala que el expediente para reconocer formalmente la Sierra de Samalayuca como zona arqueológica continúa siendo una tarea pendiente. También identifica sitios localizados en corredores destinados a infraestructura, fuera de algunas poligonales o expuestos al turismo descontrolado.

El Proyecto Arqueológico Samalayuca ha realizado temporadas de campo en 2015, 2017, 2019, 2022 y 2023, centradas en prospección, registro, actualización de coordenadas y catalogación. En septiembre de 2024, el Consejo de Arqueología del INAH recibió el informe de la quinta temporada y una propuesta para continuar los trabajos.

Por razones de protección, la divulgación periodística responsable no debe publicar coordenadas precisas de campamentos, entierros o concentraciones de objetos. Tampoco deben retirarse tepalcates, puntas o piedras talladas. Una pieza llevada a una colección privada pierde gran parte de su información científica y deja un vacío irreversible en la historia del sitio.

El desierto no estaba vacío.

La conclusión más importante no está contenida en una punta, una vasija o un petrograbado aislado, sino en la suma de todas las evidencias. El corredor Villa Ahumada–Samalayuca–Ciudad Juárez fue habitado durante miles de años por personas capaces de leer el agua, organizar cacerías, procesar plantas, levantar viviendas, enfrentar inundaciones, fabricar ornamentos y establecer redes de intercambio a larga distancia.

Antes de la carretera, el ferrocarril, las aduanas y la frontera internacional ya existían senderos que conectaban manantiales, lagunas, ríos, talleres y lugares ceremoniales. Antes de que Ciudad Juárez fuera presentada como una ciudad de migrantes sin pasado remoto, distintos pueblos habían construido allí formas de vida y pertenencia.

La arqueología no permite conocer todos sus nombres. Tampoco autoriza a colocar una etiqueta tribal sobre cada objeto. Pero sí permite rechazar una vieja idea: la de un norte deshabitado que comenzó a tener historia cuando llegaron los españoles.

La arena no borró completamente a sus antiguos pobladores. Conservó fragmentos de sus herramientas, habitaciones, alimentos, muertos e imágenes. Lo que permanece ahora exige investigación, respeto y memoria.

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