La Ex Hacienda de Los Remedios: el patrimonio olvidado que une desierto, revolución y arqueología en Jiménez

Entre una casona levantada en el Porfiriato, manantiales termales y pinturas rupestres, Los Remedios conserva distintas capas de la historia del sur de Chihuahua. Sin embargo, el deterioro del inmueble, el turismo sin control y la repetición de relatos que no siempre cuentan con respaldo documental amenazan con borrar el verdadero valor del lugar.

HISTORIASMX. – A unos 60 kilómetros al sur de la ciudad de Jiménez, en el extremo sureste del estado de Chihuahua y cerca de la antigua estación ferroviaria de Escalón, aparece en medio del desierto una construcción de cantera clara, ventanales altos protegidos por herrería y muros que todavía resisten más de un siglo de abandono. Es la Ex Hacienda de Los Remedios, un conjunto histórico rodeado de montañas áridas, cuevas, aguas termales y uno de los sitios de manifestaciones rupestres reconocidos oficialmente por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Los Remedios no puede explicarse únicamente como una hacienda antigua ni como un balneario rural. El lugar representa la superposición de, por lo menos, tres historias distintas: la ocupación indígena del territorio anterior a la colonización española; la expansión de la propiedad privada y de las grandes fincas durante el Porfiriato; y la transformación política y agraria que siguió a la Revolución mexicana. A esas capas se suma una cuarta historia, todavía en construcción: la conversión del sitio en destino turístico y la lucha de sus habitantes por evitar que el casco de la hacienda termine convertido en ruinas irreconocibles.

La investigación documental permite confirmar algunos elementos, pero también revela contradicciones entre las fuentes. El dato más repetido en publicaciones turísticas afirma que la hacienda fue fundada o construida en 1906 por Marcos Russek. Una investigación académica sobre la presencia judía en Chihuahua ofrece una versión más precisa: Russek habría comprado desde 1876 una propiedad denominada Nuestra Señora de los Remedios, con una superficie de aproximadamente 86 mil hectáreas. La aparente contradicción puede resolverse distinguiendo la adquisición del territorio, ocurrida a finales del siglo XIX, de la construcción del casco que hoy conocemos, cuya fachada conserva la fecha de 1906.

Esta diferencia es fundamental. La hacienda como unidad territorial y productiva pudo existir antes que la residencia de cantera. El edificio visible en la actualidad habría sido una obra posterior, levantada cuando la propiedad ya se encontraba consolidada y cuando el régimen de Porfirio Díaz favorecía la expansión de grandes explotaciones agrícolas, ganaderas y comerciales mediante deslindes, compraventas y concentración de tierras.

Marcos Russek y la expansión de una propiedad en el desierto.

Marcos Russek fue un inmigrante judío de Europa central establecido en Chihuahua durante la segunda mitad del siglo XIX. Las fuentes académicas y genealógicas más consistentes relacionan a su familia con raíces judías polacas, aunque diversas publicaciones turísticas lo presentan indistintamente como checo, polaco o procedente del antiguo Imperio austrohúngaro. Estas variaciones no son extrañas, pues las fronteras y nacionalidades de Europa central cambiaron repetidamente entre los siglos XIX y XX; sin embargo, no existe suficiente evidencia publicada para afirmar con seguridad una localidad exacta de nacimiento sin consultar directamente registros migratorios, notariales o parroquiales.

Lo comprobable es que Russek llegó a Chihuahua en una época en la que el capital extranjero y las redes comerciales de inmigrantes comenzaron a participar con mayor fuerza en la economía regional. La compra de Nuestra Señora de los Remedios en 1876 debe situarse dentro de ese proceso. La propiedad se extendía por un territorio difícil, árido y distante de los principales centros urbanos, pero disponía de un recurso excepcional: agua caliente que surgía naturalmente en las faldas de la sierra.

En el desierto chihuahuense, la presencia de agua podía determinar la viabilidad de una finca. Permitía sostener ganado, abastecer a trabajadores, mantener pequeñas áreas de cultivo y establecer puntos permanentes de ocupación. Por ello, Los Remedios no fue elegida únicamente por su extensión. El conjunto de manantiales, cavernas y escurrimientos le otorgaba un valor estratégico dentro de una región caracterizada por precipitaciones escasas, cuencas cerradas y una marcada irregularidad hidrológica.

La investigación académica citada señala que la hacienda poseía alrededor de 86 mil hectáreas, una extensión equivalente a 860 kilómetros cuadrados. Para dimensionarla, se trataba de una superficie superior a la de numerosas ciudades mexicanas completas. No necesariamente todo el territorio tenía la misma productividad; buena parte debió corresponder a agostaderos, serranías y planicies desérticas. Aun así, el tamaño muestra la escala de concentración territorial alcanzada durante el Porfiriato.

El casco de 1906: arquitectura de poder en medio del desierto.

El inmueble principal conserva en su remate la fecha de 1906. Su fachada está elaborada con bloques de piedra de tonalidades claras, posiblemente cantera o roca sedimentaria disponible en la región. Presenta una composición horizontal, ventanas altas y estrechas, marcos ornamentales, herrería de protección y una balaustrada superior. El acceso central está coronado por un frontón triangular donde puede observarse el año de construcción.

Aunque algunas publicaciones describen el edificio como una construcción de “estilo hebreo” o aseguran que sus pilas termales funcionaron como baños rituales judíos, esta afirmación debe manejarse con prudencia. No se localizó un estudio arquitectónico del INAH, una memoria constructiva, un plano original ni un documento religioso que demuestre que la casa fue diseñada conforme a una tipología hebrea específica. La filiación judía de Marcos Russek está documentada, pero eso no basta para clasificar arquitectónicamente todo el inmueble ni para afirmar que las albercas fueron necesariamente mikvaot, es decir, baños rituales de purificación.

Las pilas pudieron responder a distintos usos: almacenamiento de agua, baños familiares, aprovechamiento recreativo de los manantiales o instalaciones productivas. Determinar su función original exige realizar un levantamiento arquitectónico, análisis de materiales, revisión de inventarios notariales y estudio de las obras hidráulicas. Convertir una hipótesis atractiva en certeza histórica sin estas pruebas puede distorsionar el patrimonio en vez de ayudar a comprenderlo.

El edificio constituye, aun así, una expresión material del poder económico de las haciendas. Levantar una residencia de piedra en un paraje remoto implicaba transportar herramientas, madera, herrería, cal y trabajadores especializados. También requería una red de caminos, corrales, bodegas, viviendas de peones y sistemas de abastecimiento. Aunque buena parte de esas dependencias ha desaparecido o permanece sin documentar, el casco principal permite imaginar la dimensión que tuvo el conjunto.

Una hacienda conectada con el ferrocarril y el auge de Jiménez.

La consolidación de Los Remedios coincidió con el periodo en que Jiménez se transformó en un nodo ferroviario del norte de México. A finales del siglo XIX y principios del XX, la llegada y expansión del ferrocarril modificaron la economía regional: facilitaron el traslado de ganado, minerales, mercancías, granos, madera y personas, además de vincular a Chihuahua con La Laguna, Durango, la frontera y el centro del país.

La cercanía de Los Remedios con Escalón resulta relevante. Escalón fue una estación ferroviaria importante dentro de las rutas que atravesaban el Bolsón de Mapimí. Esa conexión habría permitido a una hacienda de gran extensión mantener comunicación comercial con Jiménez, Torreón y otros mercados regionales. Sin embargo, no se localizaron libros contables, guías de carga o registros ferroviarios publicados que permitan determinar con precisión qué productos salían de Los Remedios, en qué volúmenes o hacia qué destinos.

Esta ausencia representa uno de los principales vacíos de la historia local. Para reconstruir la economía de la finca sería necesario consultar protocolos notariales de compraventa, inventarios sucesorios, archivos agrarios, padrones de población, expedientes fiscales y documentación de los antiguos ferrocarriles. Una referencia difundida por promotores culturales menciona la existencia de un inventario de bienes levantado después de la muerte de Marcos Russek, en 1922. De localizarse y cotejarse el documento original, podría aportar información sobre ganado, maquinaria, muebles, terrenos, trabajadores y construcciones.

Los Remedios durante la Revolución: entre historia y memoria oral.

Una de las narraciones más populares asegura que Francisco Villa utilizó la hacienda como refugio y que de allí obtuvo a Siete Leguas, su célebre yegua. Algunas versiones señalan que el animal pertenecía a Matilde Ramírez, esposa de Marcos Russek, y que Villa lo tomó o expropió durante el movimiento revolucionario. El relato ha sido atribuido a cronistas de Jiménez y reproducido por medios turísticos y regionales.

El contexto hace posible la presencia de fuerzas revolucionarias en la región. Jiménez y sus alrededores fueron escenario de movimientos militares, combates, transporte de tropas y control ferroviario durante distintas etapas de la Revolución. Las grandes haciendas eran utilizadas frecuentemente como puntos de abastecimiento, descanso, alojamiento o requisa de caballos y alimentos.

No obstante, la afirmación específica de que Villa se ocultó en el casco de Los Remedios o que Siete Leguas salió de esta propiedad no aparece respaldada, en las fuentes consultadas, por partes militares, correspondencia villista, documentos de expropiación, testimonios contemporáneos publicados o registros de propiedad del animal. Por rigor periodístico, debe presentarse como tradición oral o memoria regional, no como un hecho históricamente demostrado.

Esto no significa que el relato sea falso. La memoria oral puede conservar acontecimientos que nunca llegaron a los archivos oficiales, especialmente en territorios rurales. Pero requiere ser contrastada. Entrevistas a descendientes de antiguos trabajadores, revisión de archivos familiares y consulta del Fondo Francisco Villa podrían ayudar a confirmar, matizar o descartar el episodio.

La historia revolucionaria de Los Remedios también pudo ser más compleja que la visita de un solo personaje. Una propiedad de 86 mil hectáreas debió atravesar requisiciones, pérdida de ganado, interrupciones comerciales y conflictos laborales o agrarios. El verdadero impacto de la Revolución sobre la finca permanece prácticamente sin investigar.

Reforma agraria y nacimiento del ejido División del Norte.

Después del conflicto armado, el régimen de las grandes haciendas comenzó a transformarse bajo las políticas de reparto agrario. En la actualidad, el casco de Los Remedios se encuentra dentro o en las inmediaciones del ejido División del Norte, cuyos habitantes participan en el cuidado del sitio y en la atención de visitantes. Medios regionales han documentado que los custodios locales solicitan respaldo gubernamental para conservar la construcción, pues los muros, techos y ornamentos presentan un deterioro progresivo.

La incorporación de tierras al régimen ejidal representa un cambio profundo: el territorio dejó de funcionar como una gran propiedad bajo el control de una familia y pasó a formar parte de una estructura de tenencia social. Sin embargo, no fue posible localizar en línea la resolución presidencial de dotación, la fecha exacta del reparto ni los planos agrarios originales del ejido.

Estos expedientes deberían encontrarse en el Registro Agrario Nacional o en el Archivo General Agrario. Su consulta permitiría saber cuánto territorio de la antigua hacienda fue repartido, quiénes fueron los primeros ejidatarios, qué bienes quedaron considerados de uso común y cuál fue el estatus legal del casco histórico, de los manantiales y de las cuevas.

La falta de claridad jurídica puede convertirse en un obstáculo para la conservación. Antes de invertir recursos públicos en restauración deben conocerse con precisión la propiedad del inmueble, los derechos ejidales, las responsabilidades de mantenimiento y las restricciones impuestas por la legislación patrimonial.

Una historia mucho más antigua que la hacienda.

El aspecto más antiguo y quizá más valioso de Los Remedios no se encuentra en la casona de 1906, sino en los abrigos rocosos de la sierra. El Centro INAH Chihuahua identifica la Cueva de los Remedios como un abrigo de grandes dimensiones que contiene pinturas rupestres. El sitio se localiza cerca de Escalón, en el extremo sureste de Chihuahua. Además, el inventario público de sitios arqueológicos del INAH registra “Hacienda Los Remedios”, municipio de Jiménez, como un lugar con manifestaciones gráfico-rupestres.

Este reconocimiento oficial obliga a diferenciar dos patrimonios: el histórico, representado por la hacienda del siglo XIX y principios del XX, y el arqueológico, constituido por evidencias producidas antes del establecimiento de la sociedad colonial. Las pinturas no pertenecen a la hacienda; la hacienda fue construida siglos después dentro de un paisaje que ya había sido habitado, transitado y significado por grupos indígenas.

Diversos textos turísticos atribuyen las figuras a los tobosos y les asignan una antigüedad superior a 500 años. El Atlas Turístico de Chihuahua repite esta estimación general, pero no se encontró un informe arqueológico publicado que establezca mediante datación científica la edad exacta de los pigmentos ni que determine de manera concluyente la identidad étnica de sus autores.

Los tobosos ocuparon y recorrieron amplias regiones del Bolsón de Mapimí durante el periodo colonial; por ello, la asociación resulta plausible. Sin embargo, las sociedades cazadoras-recolectoras dejaron manifestaciones rupestres a lo largo de milenios y las fronteras étnicas conocidas por los españoles no siempre corresponden a quienes realizaron cada pintura. Para atribuirlas con certeza sería necesario estudiar pigmentos, superposiciones, estilos, materiales arqueológicos asociados y cronologías regionales.

Las imágenes visibles incluyen figuras humanas, animales, manos y trazos geométricos. No deben interpretarse automáticamente como escenas de cacería, ceremonias religiosas o “mensajes” sin un análisis especializado. El arte rupestre es una forma de comunicación compleja cuyo significado original puede haberse perdido o transformado con el paso del tiempo.

Las aguas termales: un fenómeno geológico, no un misterio.

En las faldas de la sierra existe una caverna donde brota agua caliente que alimenta pozas utilizadas actualmente con fines recreativos. Algunas crónicas periodísticas reportan temperaturas superiores a los 40 grados centígrados. Sin embargo, no se localizó un análisis hidroquímico público específico que indique temperatura constante, concentración de minerales, calidad bacteriológica o aptitud terapéutica del agua.

Desde el punto de vista geológico, la existencia de manantiales termales no requiere actividad volcánica reciente. El agua de lluvia puede infiltrarse a través de fracturas y capas permeables, descender a profundidad, calentarse por el gradiente geotérmico natural de la Tierra y regresar a la superficie mediante fallas. Los mapas geológicos de INEGI muestran que el municipio de Jiménez combina rocas sedimentarias, cuerpos ígneos, materiales aluviales y estructuras de falla. El estudio hidrológico estatal también describe cuencas endorreicas y un patrón regional de fallamiento normal con orientación predominante noroeste-sureste.

Por ello, es razonable plantear —como interpretación geológica y no como conclusión de un estudio directo— que el agua de Los Remedios circula a través de fracturas profundas, se calienta en el subsuelo y emerge aprovechando contactos estructurales en la sierra. Para comprobarlo se requerirían mediciones de temperatura, análisis isotópicos, geoquímica, estudios de conductividad y cartografía de fallas a escala local.

Tampoco puede asegurarse que las aguas “curen” enfermedades. El uso tradicional de manantiales termales puede proporcionar relajación muscular y bienestar, pero atribuir propiedades médicas específicas exige investigaciones clínicas y sanitarias. La expresión “aguas curativas”, frecuente en publicidad turística, debe manejarse con responsabilidad.

La calidad del agua resulta especialmente importante porque las pozas reciben visitantes y están expuestas a contaminación por residuos, detergentes, bloqueadores solares, materia orgánica y animales. Un programa de aprovechamiento turístico debería incluir monitoreo periódico y protocolos de higiene, sin alterar el flujo natural del manantial.

Un ecosistema frágil dentro del Bolsón de Mapimí.

Los Remedios forma parte del paisaje árido del Bolsón de Mapimí, una extensa región de cuencas interiores compartida por Chihuahua, Durango y Coahuila. Las sierras aisladas funcionan como islas ecológicas, mientras que los manantiales crean pequeños refugios húmedos en medio del desierto.

Estos puntos de agua pueden sostener plantas, insectos, reptiles, aves y mamíferos que dependen de ellos para beber, reproducirse o refugiarse. Aunque no se encontraron inventarios biológicos específicos para la hacienda, la presencia permanente de agua aumenta la probabilidad de que el lugar tenga importancia ecológica local.

El turismo sin regulación puede generar compactación del suelo, basura, ruido, extracción de plantas, grafiti, alteración de las cuevas y daño a las pinturas rupestres. El problema no consiste en visitar el sitio, sino en hacerlo sin capacidad de carga, señalización, vigilancia ni educación patrimonial.

Las cuevas son ambientes particularmente sensibles. El contacto con las paredes, el humo, la humedad producida por grupos numerosos, el uso de luces intensas y los cambios en la circulación de aire pueden acelerar el deterioro de los pigmentos. Tocar una pintura rupestre, mojarla para hacerla visible o marcarla constituye una afectación irreversible.

El deterioro del casco histórico.

Fotografías recientes muestran pérdida de aplanados, grietas, vegetación creciendo junto a los muros, puertas abiertas, piezas de cantera erosionadas y señales de abandono. Habitantes del ejido han advertido que el inmueble se degrada paulatinamente y han solicitado apoyo de los gobiernos para preservarlo.

La ruina de una construcción histórica no ocurre de un día para otro. Comienza con pequeñas filtraciones, pérdida de impermeabilización y desprendimiento de materiales. Después se pudren vigas, se desplazan muros y colapsan cubiertas. Una vez perdido el techo, la lluvia y los cambios de temperatura aceleran la destrucción del resto del edificio.

En una región desértica, la amplitud térmica también juega un papel importante. La piedra se expande durante el día y se contrae por la noche; las juntas debilitadas pierden cohesión y las lluvias intensas ocasionales penetran por las fisuras. La extracción de piezas, el vandalismo y las intervenciones realizadas con cemento moderno pueden agravar los daños.

Restaurar no significa reconstruir la hacienda hasta que parezca nueva. Una intervención profesional debe respetar materiales, técnicas y huellas históricas. El primer paso tendría que ser un diagnóstico estructural y arquitectónico realizado por especialistas en conservación, seguido de obras de emergencia: apuntalamiento, protección de cubiertas, control de escurrimientos y estabilización de muros.

Un patrimonio con reconocimiento, pero sin protección suficiente.

El registro arqueológico de las pinturas rupestres otorga al sitio protección bajo la legislación federal. Los vestigios prehispánicos son propiedad de la nación y cualquier excavación, modificación o intervención requiere autorización del INAH. El casco construido en 1906 plantea una situación distinta: por su antigüedad corresponde al siglo XX y no necesariamente entra de manera automática en la categoría federal de monumento histórico, que se aplica principalmente a inmuebles construidos entre los siglos XVI y XIX.

Esto no significa que carezca de valor patrimonial. Puede ser protegido mediante declaratorias estatales o municipales, incorporación a inventarios, convenios de conservación y ordenamientos territoriales. También puede reconocerse como parte de un paisaje cultural que integra arquitectura, memoria agraria, arqueología y patrimonio natural.

La presencia de la Hacienda Los Remedios en materiales recientes del Centro INAH Chihuahua y en el Atlas Turístico estatal muestra que existe reconocimiento institucional. Sin embargo, reconocimiento no equivale a conservación efectiva. Sin presupuesto, expediente técnico, vigilancia y participación comunitaria, el deterioro continuará.

Turismo: oportunidad económica y riesgo patrimonial.

Los Remedios recibe visitantes atraídos por las aguas termales, las ruinas y las pinturas. Esta actividad puede generar ingresos para habitantes del ejido mediante cuotas de acceso, servicios de guía, venta de alimentos, hospedaje rural y transporte. En una zona con pocas oportunidades económicas, el turismo comunitario podría convertirse en una alternativa valiosa.

Pero un sitio arqueológico no puede administrarse de la misma manera que un balneario convencional. Las áreas de baño, la casona y la cueva con pinturas requieren reglas diferenciadas. El acceso a las manifestaciones rupestres debería realizarse en grupos pequeños, acompañado por guías capacitados y mediante senderos definidos. También sería necesario prohibir tocar las paredes, introducir bebidas, encender fuego o realizar grabaciones con iluminación invasiva.

La improvisación puede destruir aquello que atrae a los turistas. Si las pinturas son rayadas, si la cueva acumula basura o si el casco colapsa, el destino perderá su singularidad. La conservación no es enemiga del desarrollo económico; constituye la condición para que el aprovechamiento pueda mantenerse a largo plazo.

Lo que todavía no sabemos.

La investigación permite identificar numerosos vacíos. No se localizaron en acceso abierto la escritura de compra de 1876, los planos originales, el inventario completo de 1922, nóminas de trabajadores, libros de contabilidad ni documentos que describan la producción de la hacienda. Tampoco se encontró la resolución agraria que dio origen al ejido División del Norte ni un estudio arquitectónico integral.

En materia arqueológica, el INAH confirma la existencia del sitio, pero no fue posible consultar un informe detallado con inventario de figuras, técnicas pictóricas, estado de conservación y dataciones. En materia natural, no aparecen análisis hidroquímicos públicos del manantial, estudios microbiológicos, mediciones continuas de temperatura ni inventarios de flora y fauna.

Estos vacíos no reducen la importancia de Los Remedios; al contrario, demuestran que sigue siendo un territorio pendiente de investigación. La repetición de leyendas ha ocupado el espacio que debería llenar el trabajo histórico, arqueológico y científico.

Una ruta para rescatar Los Remedios.

La conservación del sitio requiere un proyecto integral y no acciones aisladas. El punto de partida debería ser la creación de una mesa de trabajo con ejidatarios, Municipio de Jiménez, Gobierno de Chihuahua, INAH, universidades y especialistas independientes.

Esa mesa tendría que realizar un levantamiento con drones, fotogrametría y escaneo tridimensional del casco, registrar grietas y elementos constructivos, elaborar un catálogo de bienes y establecer medidas de emergencia. Paralelamente, el INAH debería actualizar el diagnóstico de las pinturas rupestres, delimitar zonas de acceso y capacitar a custodios comunitarios.

También sería necesario estudiar el agua. Un laboratorio acreditado tendría que analizar temperatura, minerales, metales, bacterias y variaciones estacionales. Esto permitiría proteger a los visitantes y conocer mejor el sistema hidrotermal.

En el aspecto histórico, convendría abrir una línea de investigación documental en el Archivo General de la Nación, Archivo Histórico del Estado de Chihuahua, Registro Público de la Propiedad, Archivo General Agrario, archivos notariales y fondos ferroviarios. El objetivo sería reconstruir la trayectoria de la propiedad desde 1876, su producción, sus trabajadores, la Revolución, el reparto ejidal y los cambios del siglo XX.

Finalmente, podría establecerse un centro de interpretación pequeño, de bajo impacto y administrado por la comunidad. En lugar de presentar leyendas como hechos, explicaría las distintas etapas del sitio y distinguiría claramente entre evidencia documental, hipótesis y tradición oral.

Un archivo abierto en medio del desierto.

La Ex Hacienda de Los Remedios es mucho más que una casa abandonada. Sus muros cuentan la historia de la concentración de la tierra durante el Porfiriato; sus alrededores conservan la memoria de comunidades rurales y de la reforma agraria; las cuevas revelan una ocupación humana anterior a las haciendas; y el agua termal recuerda que la geología condicionó la vida en el desierto mucho antes de que existieran caminos, trenes o fronteras.

El mayor riesgo para Los Remedios no es únicamente el paso del tiempo. También lo es la simplificación. Reducirla a “la hacienda donde se escondió Villa”, a “los baños hebreos” o a un balneario pintoresco deja fuera la complejidad histórica del lugar. Algunas de esas narraciones pueden contener elementos verdaderos, pero deben ser investigadas y no repetidas sin reservas.

Hoy, mientras los muros pierden material y las pinturas rupestres reciben visitantes sin una estrategia pública visible de conservación, Los Remedios se encuentra en una encrucijada. Puede convertirse en un modelo de turismo comunitario, investigación y protección patrimonial, o continuar deteriorándose hasta que sólo sobrevivan fotografías, recuerdos y versiones fragmentadas.

Salvarla exige algo más que promocionarla. Requiere estudiarla, documentarla, regular su visita y reconocer que allí no existe un solo patrimonio, sino varios: indígena, histórico, agrario, arquitectónico, geológico y comunitario. En medio del desierto de Jiménez, la antigua hacienda permanece como un enorme archivo al aire libre. Todavía es posible leerlo, pero cada temporada de abandono borra una parte de sus páginas.

Fuentes principales consultadas.

Para esta investigación se contrastaron materiales del Instituto Nacional de Antropología e Historia y su inventario de sitios arqueológicos; una investigación académica sobre la comunidad judía en Chihuahua; los compendios geográficos e hidrológicos del INEGI; el Atlas Turístico de Chihuahua; publicaciones del Gobierno estatal y reportajes regionales de El Sol de Parral, El Heraldo de Chihuahua y Milenio. Los relatos sobre Francisco Villa, Siete Leguas y el supuesto uso ritual de las pilas fueron tratados como versiones no plenamente demostradas debido a la falta de documentos primarios disponibles.

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