A unos 40 kilómetros de Jiménez, Chihuahua, se encuentra el oasis de Los Remedios, una zona termal que brota entre formaciones rocosas y cactus. Allí, el agua alcanza temperaturas de entre 35 y 40 grados centígrados, y ha sido conocida desde hace más de un siglo por sus propiedades minerales y por el paisaje que la rodea.
HISTORIASMX. – En el extremo sur del estado de Chihuahua, dentro del área de influencia del gran desierto chihuahuense, donde el sol golpea con fuerza y las llanuras septentrionales parecen no tener fin, se levanta un paraje que parece ajeno al tiempo: Los Remedios, una zona donde brota agua caliente de las entrañas de la tierra y donde, en lo alto de la sierra, sobreviven —cada vez más deterioradas— las huellas del arte rupestre dejado por los antiguos tobosos.

Lo que alguna vez fue un santuario natural y espiritual hoy se enfrenta a su mayor amenaza: el turismo desorganizado, el abandono institucional del estado y la falta de conciencia sobre el valor de su historia. Las aguas termales atraen a visitantes que buscan descanso; la cueva, a curiosos que sin saberlo pisan un testimonio milenario.

Se han hecho esfuerzos por limpiar el acceso, incluso removiendo un enorme panal de abejas que impedía la visita. Pero más allá del gesto, las pinturas continúan cubiertas de grafitis, los muros erosionados, y la advertencia es clara: si no se actúa pronto, el arte que narra los orígenes del desierto desaparecerá.

Las aguas termales de Los Remedios.
A unos 40 kilómetros de Jiménez, Chihuahua, se encuentra el oasis de Los Remedios, una zona termal que brota entre formaciones rocosas y cactus. Allí, el agua alcanza temperaturas de entre 35 y 40 grados centígrados, y ha sido conocida desde hace más de un siglo por sus propiedades minerales y por el paisaje que la rodea.
El sitio se ubica en los terrenos de la antigua Hacienda de Los Remedios, fundada a inicios del siglo XX por el inmigrante checo Marcos Rusek. Durante la Revolución Mexicana, el lugar sirvió de paso a las tropas de Pancho Villa, y aún hoy conserva vestigios de esa época: muros gruesos, hornos antiguos y una atmósfera detenida en el tiempo.

Los visitantes describen el sitio como un “oasis en el desierto”, un contraste de agua caliente y viento seco. Las pozas naturales surgen desde una gruta profunda y, en temporada fresca, el vapor se mezcla con el aire frío del amanecer. No hay hoteles ni restaurantes; se trata de un sitio rústico, donde el silencio es parte del atractivo.

El acceso, sin embargo, no es sencillo. El camino desde Jiménez es de terracería y carece de señalización adecuada, dado que el Gobierno del Estado de Chihuahua, no ha puesto el interés adecuado a este sitio. No hay vigilancia ni servicios turísticos establecidos. Aun así, cada fin de semana llegan grupos de familias, ciclistas y senderistas que buscan las aguas termales sin imaginar que, unos metros más arriba, la sierra guarda un tesoro aún más antiguo: la cueva de las pinturas rupestres.
La cueva de las pinturas rupestres de la Sierra de Los Remedios.
En la parte alta de la Sierra de Los Remedios, a más de 1,300 metros sobre el nivel del mar, se abre una cueva de mediana profundidad. En sus paredes permanecen, aunque deterioradas, figuras pintadas por los antiguos tobosos, un pueblo nómada que habitó el desierto entre los siglos XV y XVII. Son trazos rojos, negros y ocres que representan humanos, animales y símbolos que aluden a la caza y la vida espiritual.

El ascenso a la cueva se realiza por un sendero recientemente acondicionado con andadores de cables de acero y plataformas que facilitan el paso. En la cima ondea una bandera de México, visible desde el camino de terracería que conduce a las aguas termales, como punto de referencia para los visitantes. Desde ahí, el paisaje se abre: un mar de matorrales, colinas áridas y horizontes infinitos del desierto.
Sin embargo, el deterioro del sitio es evidente. Recientemente, Protección Civil de Jiménez retiró un gran panal de abejas que impedía el acceso, con la intención de que la población pudiera conocer las pinturas. Desde entonces, el flujo de visitantes aumentó, pero también el vandalismo. En las rocas se observan grafitis, nombres grabados y restos de fogatas encendidas al pie de los murales.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), encargado legalmente de la protección de estos vestigios, no ha implementado acciones de restauración ni señalización visibles. Tampoco hay carteles de concientización que adviertan sobre la fragilidad del sitio o que prohíban rayar las paredes. La falta de vigilancia convierte cada visita en un riesgo para lo poco que queda del arte ancestral.

La amenaza principal proviene del turismo sin control: grupos que suben sin guía, toman fotografías con flash, tocan las figuras o incluso extraen fragmentos de roca. Sin educación ni límites, el daño se multiplica.
Los Tobosos: guardianes del desierto.
Antes de la colonización española, las vastas extensiones del Bolsón de Mapimí y del actual sur de Chihuahua estaban habitadas por los tobosos, una tribu nómada dedicada a la caza y recolección. Conocían el desierto, sus plantas y sus rutas de agua. Las cuevas de Los Remedios, como otras del norte del país, fueron refugio y santuario: allí registraron escenas de su vida diaria y rituales.

Las pinturas de Los Remedios son parte de esa cultura olvidada. Su trazo rudo y simbólico refleja el pensamiento de un pueblo que sobrevivió en condiciones extremas y que hoy apenas aparece en los libros de historia. Cuidar sus obras no es sólo preservar un muro, sino mantener viva la memoria de quienes habitaron antes que nosotros.
Un patrimonio al borde del olvido.
El conjunto natural y cultural de Los Remedios representa una de las joyas menos conocidas del sur de Chihuahua. Aguas termales, arte rupestre, desierto y sierra se combinan en un mismo espacio, pero sin una estrategia de conservación ni de turismo responsable.
El abandono institucional de Gobierno del Estado de Chihuahua y todas sus filiales turísticas, la falta de señalización, la carencia de vigilancia y la indiferencia social han permitido que la historia se borre con pintura en aerosol. Cada grafiti que cubre una figura ancestral es un golpe contra la memoria colectiva.

Mientras tanto, el viento sigue soplando entre las rocas calientes del desierto, y el agua continúa brotando como hace siglos. Pero si nada cambia la cueva de los tobosos será una sombra borrada en la piedra.