La posible desaparición del Ojo de Dolores no debe verse como una catástrofe aislada, sino como el resultado lógico de décadas de políticas hídricas fallidas. Si no se detiene la extracción excesiva, si no se actúan políticas claras de regulación y conservación del agua subterránea, perderemos algo que no puede recuperarse.
HISTORIASMX.– La espectacularidad natural del sur de Chihuahua —sus manantiales termales, sus oasis inesperados en medio del desierto, los sedientos nogales que se alzan bajo el sol abrasador— contrasta con la crisis hídrica que avanza con silenciosa pero implacable fuerza. Hoy, tras décadas de sobreexplotación del acuífero Jiménez-Camargo, lo que fue un recurso vital para generaciones podría desaparecer, tal como ya ocurrió con el Ojo de Atotonilco, en Villa López.
El legado del agua: de maravilla natural a recurso en agonía.
El Ojo de Dolores, en Jiménez, no es un simple atractivo turístico o una curiosidad geológica: es un ecosistema único. Sus aguas termales sustentan vida, sustentan memoria ambiental y representan un patrimonio ecológico para la región. Sin embargo, este oasis corre el riesgo —no hipotético, sino inminente— de extinguirse si continúa la tendencia actual de extracción de agua potable y subterránea.
El corazón de la crisis es el acuífero Jiménez-Camargo, cuyo déficit hídrico ha crecido en años recientes, debido principalmente al uso intensivo de agua para cultivos de nogal —un árbol de alto consumo hídrico— y a la proliferación de pozos, muchos de ellos ilegales o con concesiones poco transparentes.
Este desequilibrio entre extracción y recarga no es un problema abstracto: es concreto, medible y —lo más impactante— ya está teniendo efectos ecológicos y sociales colaterales en la región.
Villa López: el espejo de lo que puede venir.
Hace 30 años atrás, el Ojo de Atotonilco, un manantial en Villa López que muchos consideraban eterno, se secó por completo. Lo que antes era una fuente de vida —hogar de 16 especies de peces endémicos y un punto de encuentro comunitario— se transformó en tierra árida, con fauna extinta y memoria ecológica devastada.
Su desaparición no fue producto de una sequía pasajera, sino del uso indiscriminado del agua y de una gestión hídrica que falló en frenar extracciones excesivas y sin control. La consecuencia: un ecosistema irreparablemente perdido, con especies extintas y un patrimonio natural borrado.
Jiménez hoy: en la cuerda floja.
Si el caso de Villa López es un recordatorio doloroso, el estado actual del acuífero Jiménez-Camargo es la advertencia urgente. La extracción ha superado ampliamente la recarga natural del acuífero, lo que ha llevado a un déficit hídrico creciente, con impactos ya visibles en el suministro de agua potable y en la calidad del recurso.
Las comunidades rurales, pequeños productores y habitantes urbanos han denunciado escasez, contaminación y perforación de pozos sin regulación adecuada. Pese a las protestas y a las demandas de revisión por parte de usuarios y campesinos, la respuesta institucional ha sido lenta y, en muchos casos, insuficiente.
Una lección urgente.
La posible desaparición del Ojo de Dolores no debe verse como una catástrofe aislada, sino como el resultado lógico de décadas de políticas hídricas fallidas. Si no se detiene la extracción excesiva, si no se actúan políticas claras de regulación y conservación del agua subterránea, perderemos algo que no puede recuperarse.
La lección del Ojo de Atotonilco está aquí para quienes quieran verla: cuando el agua desaparece, no vuelve. Lo que hoy es un manantial puede ser mañana un recuerdo seco y polvoriento.