El Desierto donde Hierve el Agua: El Ojo del Caballo.

Aguas termales, resistencia comunitaria y patrimonio natural en la Sierra de los Remedios

Reportaje Especial / HISTORIASMX. – En el extremo sur del municipio de Jiménez, donde los ejidos parecen vacíos y el silencio domina el paisaje, se levanta una formación montañosa que rompe la monotonía del desierto: la Sierra de los Remedios. Su silueta rojiza emerge sobre el terreno calichoso del Gran Desierto Chihuahuense, una región compartida con Durango y Coahuila, integrada al enigmático Bolsón de Mapimí, uno de los sistemas ecológicos más singulares del norte de México.

A lo largo de varios kilómetros, esta sierra de origen volcánico resguarda un fenómeno que desafía la lógica del clima árido: dos nacimientos de aguas termales, conocidos como Los Remedios y El Ojo del Caballo, ambos ubicados dentro del Ejido División del Norte, una comunidad donde hoy permanecen apenas unas cuantas familias.

Para los especialistas, la explicación es clara: el subsuelo conserva aún actividad térmica. Para quienes llegan por primera vez, la experiencia roza lo inexplicable.

Un corazón caliente bajo la tierra seca.

Geólogos que han estudiado la región coinciden en que la Sierra de los Remedios es una estructura volcánica antigua, con fracturas profundas que permiten el ascenso de agua calentada en el subsuelo. Estas corrientes emergen a temperaturas que oscilan entre 35 y 40 grados centígrados, con una composición rica en azufre, calcio y magnesio, minerales asociados a beneficios terapéuticos.

En medio de un entorno donde la vegetación es escasa y el agua es un recurso crítico, estos manantiales representan una anomalía natural de alto valor científico y ambiental.

“El desierto aquí parece muerto, pero cuando entras al balneario y ves el vapor, entiendes que está vivo”, comenta un visitante originario de Jiménez que acudió por recomendación de amigos. “Es como encontrar un oasis que nadie te contó que existía”.

Camino de polvo, viento y descubrimiento.

El acceso al sitio no es sencillo. Para llegar, es necesario desviarse en el kilómetro 165 de la Carretera Federal 49, rumbo a Durango. No hay señalización oficial. El trayecto continúa por un camino de terracería que serpentea entre montículos de arena, rocas volcánicas oscuras y matorrales resistentes al clima extremo.

El recorrido, que puede durar más de media hora dependiendo de las condiciones del camino, es parte de la experiencia. Conforme se avanza, el aire cambia de temperatura y, de manera casi imperceptible, el aroma seco del desierto se mezcla con humedad.

“Venimos pensando que nos habíamos equivocado de camino”, relata una familia visitante procedente de Chihuahua capital. “De pronto vimos árboles, luego vapor… y supimos que habíamos llegado”.

El trayecto termina frente a una pequeña arboleda. Desde ahí, el sonido del agua es tenue pero constante. En medio de las sierras, aparecen las albercas rústicas del Ojo del Caballo, construidas en piedra, integradas al paisaje y prácticamente intactas con el paso del tiempo.

El guardián del agua.

El sitio es propiedad de Don Domitilo, un hombre de más de 70 años, quien junto a su esposa, Doña Lencha, ha dedicado su vida a resguardar este oasis en medio del desierto. Su historia está profundamente ligada a la del manantial.

“Mis padres llegaron hace más de sesenta años”, relata. “En aquel entonces, esto formaba parte de la Hacienda de los Remedios. Mi padre cavó con pico y pala hasta que brotó el agua caliente. Desde ese día, no ha dejado de correr”.

Don Domitilo no se asume como dueño absoluto del lugar, sino como su cuidador. Ha mantenido el sitio en funcionamiento con recursos propios, respetando el entorno natural y sin alterar el cauce original del agua.

“Este lugar no es un negocio grande”, explica. “Es una responsabilidad”.

Entre el abandono institucional y la resistencia comunitaria.

A pesar de su cercanía con la Reserva de la Biósfera del Bolsón de Mapimí, el Ojo del Caballo carece de apoyo institucional, infraestructura turística y promoción oficial. El camino de acceso se encuentra deteriorado, no hay servicios básicos ni señalética, y la difusión del lugar depende casi exclusivamente del boca a boca y, más recientemente, de plataformas digitales como Google Maps.

“Aquí llegamos porque alguien nos pasó la ubicación por WhatsApp”, explica un visitante de Durango. “No hay anuncios, no hay letreros. Si no te dicen, no lo encuentras”.

La falta de inversión pública ha limitado el potencial turístico del sitio, aun cuando especialistas coinciden en que podría convertirse en un destino emblemático del sur de Chihuahua, bajo un modelo de turismo comunitario y sustentable.

Durante la pandemia de COVID-19, el balneario tuvo que cerrar temporalmente. “Fue lo más difícil”, recuerda Don Domitilo. “El agua seguía saliendo, pero ya no había gente, no había risas”.

La reapertura en 2021 trajo de vuelta a las familias, los visitantes ocasionales y una esperanza moderada de continuidad.

La amenaza del despojo.

En 2022, el lugar enfrentó uno de los episodios más delicados de su historia. Personas ajenas a la comunidad intentaron despojar a Don Domitilo del terreno y del derecho al agua, presentando documentos que él califica como falsos.

“Querían hacer negocio, construir cabañas”, afirma. “Pero esto no se vende”.

En uno de los momentos más críticos, individuos externos ingresaron al predio y cortaron el flujo del agua, bajo la consigna de presionarlo para ceder la propiedad. Gracias al apoyo de conocidos y a la intervención comunitaria, el intento fue detenido de manera temporal. Sin embargo, la incertidumbre persiste.

“Es triste ver que quien cuida termina siendo el más vulnerable”, comenta un visitante frecuente. “Si este lugar se pierde, perdemos todos”.

El espejo del desierto.

Desde el balneario se aprecia una vista privilegiada de los cerros de San Ignacio, las Tetas de Juana y, a la distancia, la entrada a la Zona del Silencio. En las rocas circundantes se observan depósitos minerales blancos y ocres, evidencia de la actividad geotérmica constante.

Durante la primavera, el entorno se transforma: florecen biznagas, gobernadoras y pequeñas especies adaptadas a la aridez extrema, creando un contraste visual entre el agua caliente y la vida del desierto.

“Es un lugar que te obliga a bajar la voz”, dice un visitante. “Aquí entiendes que el silencio también es parte del paisaje”.

Un patrimonio que resiste.

El Ojo del Caballo no es solo un balneario natural. Es un testimonio vivo de la relación entre el ser humano y un entorno hostil, de la resistencia comunitaria frente al abandono institucional y de la urgencia de proteger los recursos naturales del norte de México.

Mientras el sol cae detrás de la Sierra de los Remedios, el vapor se eleva lentamente y el desierto recupera su quietud. Don Domitilo permanece ahí, observando el agua que no deja de brotar.

Por: Laboratorio de Periodismo / HISTORIASMX-Gorki Rodríguez.

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