Donde el agua se retiró, nació la cosecha: sandía de trasporo vive un año excepcional en La Boquilla

Productores de Valle de Zaragoza sembraron alrededor de 200 hectáreas en terrenos descubiertos por el descenso de la presa; esperan obtener entre cinco mil y seis mil toneladas destinadas a mercados nacionales

Valle de Zaragoza, Chihuahua.— Mientras gran parte del campo chihuahuense enfrenta los efectos acumulados de la sequía, en las orillas de la presa La Boquilla ocurre una paradoja: el descenso del agua dejó al descubierto tierras fértiles que actualmente sostienen una de las cosechas de sandía más importantes de los últimos años.

Donde antes se extendía el embalse, hoy aparecen largas hileras de plantas cargadas de frutos. Son tierras de trasporo: superficies que solamente pueden cultivarse cuando el nivel de la presa disminuye y deja tras de sí humedad y sedimentos ricos en nutrientes.

De acuerdo con el productor local Emilio Seáñez, durante esta temporada se establecieron aproximadamente 200 hectáreas de sandía de trasporo, además de unas 40 hectáreas cultivadas mediante sistemas convencionales de riego.

Las estimaciones preliminares apuntan a una producción total de entre cinco mil y seis mil toneladas, prácticamente el doble de lo obtenido durante 2025. Gran parte de la cosecha ya se encuentra comprometida con compradores de las centrales de abasto de Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México y Mérida.

La paradoja de una presa con poca agua

El bajo almacenamiento de La Boquilla representa un problema grave para miles de productores que dependen de sus recursos para irrigar cultivos en la región centro-sur de Chihuahua. Sin embargo, para quienes practican la agricultura de trasporo, el descenso del embalse abre una ventana de producción difícil de encontrar durante los años de abundancia.

Cuando la presa se encuentra completamente llena, estas tierras permanecen cubiertas por el agua y no pueden cultivarse. Cuando su nivel disminuye, las superficies quedan expuestas y conservan humedad suficiente para sostener temporalmente determinados cultivos.

Según los agricultores, las condiciones más favorables se presentan cuando La Boquilla se mantiene entre el 40 y el 50 por ciento de su capacidad, debido a que queda disponible una mayor extensión de terreno sin que desaparezca por completo la humedad acumulada en el suelo.

La oportunidad, sin embargo, nace de una condición preocupante: una presa que no logró recuperar sus niveles y un sistema agrícola regional que continúa bajo presión por la falta de agua.

¿Qué es el cultivo de trasporo?

El trasporo es un sistema tradicional que aprovecha la humedad retenida en el suelo después del retiro del agua de una presa, laguna o cuerpo superficial.

A diferencia de la agricultura convencional, durante buena parte del desarrollo del cultivo no se utilizan canales ni sistemas permanentes de bombeo. Las raíces encuentran humedad en las capas profundas, mientras que las lluvias moderadas complementan las necesidades de la planta.

Una vez que el agua retrocede, los productores esperan que el terreno pierda el exceso de humedad, preparan los surcos y realizan el trasplante sobre sedimentos que permanecieron sumergidos durante meses.

La sandía se adapta favorablemente a estas condiciones, pero requiere un equilibrio preciso. Demasiada humedad puede afectar las raíces, favorecer enfermedades o reducir la calidad del fruto. En cambio, el calor, la radiación solar y un suelo con buen drenaje ayudan a desarrollar sandías firmes, dulces y con el contenido de azúcar exigido por los compradores.

“Se necesita que la raíz permanezca firme y que las hojas reciban suficiente sol”, explican los agricultores de la región al describir las condiciones necesarias para obtener fruta de primera calidad.

Hasta 30 toneladas por hectárea

Las parcelas están alcanzando rendimientos estimados de entre 20 y 30 toneladas por hectárea. En términos prácticos, cada hectárea puede producir aproximadamente la carga de un tráiler.

Si se toma como referencia un promedio de 25 toneladas por hectárea sobre una superficie de 200 hectáreas, la producción rondaría las cinco mil toneladas. Los rendimientos más altos podrían acercar el volumen total a las seis mil toneladas proyectadas por los productores.

Con precios de entre cinco y seis pesos por kilogramo, cada tonelada tendría un valor comercial de cinco mil a seis mil pesos. Una hectárea podría generar ingresos brutos aproximados de entre 100 mil y 180 mil pesos, dependiendo de su rendimiento y del precio negociado.

Una cosecha de cinco mil toneladas representaría una derrama directa de entre 25 y 30 millones de pesos. A esa cantidad deben sumarse los empleos y servicios vinculados con el corte, selección, empaque, transporte, combustibles y comercialización.

Estas cantidades corresponden a ingresos brutos, por lo que no representan la utilidad final de los productores, quienes deben cubrir inversiones, jornales, preparación del terreno, plantas, maquinaria y traslado de la fruta.

Una recuperación frente a 2025

Durante 2025, las tierras no conservaron suficiente humedad y los rendimientos fueron considerablemente menores. Para este ciclo, las condiciones del suelo permitieron una recuperación que podría llevar la producción hasta el doble de la temporada anterior.

El precio también muestra un comportamiento favorable. Durante la etapa final de la cosecha pasada, el kilogramo de sandía llegó a comercializarse hasta en 3.50 pesos; actualmente se vende entre cinco y seis pesos.

La conclusión de la cosecha en otras regiones productoras, como Delicias, redujo la disponibilidad de fruta y permitió que los compradores dirigieran su atención hacia Valle de Zaragoza. Este ajuste en el calendario agrícola ha evitado, hasta ahora, una caída del precio pese al incremento de la producción local.

La sandía chihuahuense viajará por todo México

Aunque los puestos instalados a la orilla de la carretera son la imagen más visible de la temporada, representan únicamente una parte pequeña del volumen cosechado.

La fruta de primera calidad prácticamente no permanece en el municipio. Durante los días de mayor actividad salen varios tráileres con rumbo a las principales centrales de abasto del país.

Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México y Mérida se encuentran entre los principales destinos. Desde esos centros mayoristas, la sandía se distribuye a mercados, tiendas y comercios de diferentes regiones.

La fruta ofrecida en los puestos carreteros suele corresponder a piezas de segunda selección o a productos que no fueron incluidos en los embarques. Esto no necesariamente significa que sean inadecuados para el consumo, sino que pueden presentar variaciones de tamaño, forma o apariencia frente a los criterios comerciales de los compradores nacionales.

La cosecha comienza bajo techo

El trabajo inicia mucho antes de que las sandías aparezcan sobre los surcos. Mientras una parte del terreno todavía permanece húmeda o cubierta por el embalse, los productores desarrollan las plántulas dentro de invernaderos.

Las semillas se colocan en condiciones controladas para obtener plantas resistentes al traslado. Cuando el agua termina de retirarse, deben transcurrir aproximadamente dos semanas antes de que la maquinaria pueda entrar, acondicionar la superficie y formar los surcos.

Durante ese periodo, las plántulas continúan creciendo bajo techo. Cuando el terreno finalmente está listo, se trasladan al campo para aprovechar una ventana agrícola que solamente permanece abierta durante algunos meses.

Esta preparación permite compensar la desventaja frente a las parcelas convencionales, donde la siembra puede comenzar semanas antes. En el trasporo, todo depende del comportamiento de la presa: cuándo baja el nivel, cuánto tarda en secarse la superficie y cuánta humedad permanece almacenada en las capas profundas.

Tradición y conocimiento agrícola

A las técnicas de invernadero y preparación del terreno se suma el conocimiento transmitido durante generaciones. Algunos agricultores continúan observando las fases de la Luna para decidir el momento de la siembra, una práctica profundamente vinculada con la cultura rural de Valle de Zaragoza.

La producción actual combina esas tradiciones con el uso de maquinaria, selección de semillas, desarrollo controlado de plántulas y conocimiento técnico sobre las condiciones del suelo.

No se trata solamente de sembrar en un terreno que quedó libre. El productor debe leer el comportamiento de la presa, reconocer la humedad disponible y calcular si el cultivo tendrá tiempo suficiente para desarrollarse antes de que cambien las condiciones del embalse.

Una oportunidad nacida de la adversidad

La cosecha de Valle de Zaragoza demuestra que un mismo fenómeno hidrológico puede producir consecuencias completamente diferentes.

Para los agricultores dependientes del riego, el bajo almacenamiento de La Boquilla significa restricciones, menor superficie de siembra e incertidumbre. Para las familias que trabajan el trasporo, el descenso del agua representa la posibilidad de cultivar temporalmente suelos excepcionalmente fértiles.

Esa oportunidad no elimina la crisis hídrica ni convierte el bajo nivel de la presa en una buena noticia para todo el campo. Es, más bien, una adaptación construida mediante experiencia, trabajo y conocimiento del territorio.

En las orillas de La Boquilla, cada sandía cuenta esa paradoja. Nace en una tierra que el agua dejó libre, crece con la humedad escondida bajo el suelo y termina su recorrido en un tráiler que parte hacia los grandes mercados del país.

Mientras la sequía mantiene bajo presión al campo chihuahuense, Valle de Zaragoza transforma por unos meses el retroceso del embalse en cosecha, empleo y esperanza.

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