Los antecedentes de la cultura Casas Grandes se remontan a pequeñas comunidades agrícolas establecidas desde aproximadamente los siglos VII y VIII de nuestra era. Con el tiempo, aquellas aldeas fueron transformándose hasta que, hacia el año 1200, comenzó uno de los periodos de mayor crecimiento urbano de Paquimé.
Por HISTORIASMX
HISTORIASMX. – En medio del paisaje seco del noroeste de Chihuahua, donde el desierto parece imponer enormes distancias entre una población y otra, floreció hace más de siete siglos una ciudad que estuvo lejos de permanecer aislada. Paquimé, asentada a orillas del río Casas Grandes, fue uno de los centros urbanos, políticos, productivos y comerciales más complejos del norte prehispánico de México. Desde sus edificios de tierra, plazas y almacenes circularon cerámicas, conchas marinas, minerales, objetos de cobre, turquesa, aves exóticas y probablemente ideas religiosas procedentes de territorios situados a cientos e incluso más de mil kilómetros de distancia.
Durante mucho tiempo, Paquimé fue explicada casi exclusivamente como un punto intermedio entre las culturas Pueblo del actual suroeste de Estados Unidos y las civilizaciones mesoamericanas. Hoy, nuevas investigaciones permiten ofrecer una imagen mucho más interesante: sus habitantes no fueron simples intermediarios que transportaban mercancías de un extremo a otro. Construyeron una sociedad regional propia, capaz de producir bienes especializados, criar animales exóticos, controlar recursos, recibir mercancías procedentes de regiones lejanas y redistribuirlas mediante redes cuyos verdaderos alcances apenas comienzan a comprenderse. UNESCO reconoce precisamente esa condición al señalar que Paquimé desempeñó un papel fundamental en los contactos comerciales y culturales entre el suroeste de lo que hoy es Estados Unidos, el norte mexicano y Mesoamérica.
Una ciudad construida para sobrevivir y comerciar.
Los antecedentes de la cultura Casas Grandes se remontan a pequeñas comunidades agrícolas establecidas desde aproximadamente los siglos VII y VIII de nuestra era. Con el tiempo, aquellas aldeas fueron transformándose hasta que, hacia el año 1200, comenzó uno de los periodos de mayor crecimiento urbano de Paquimé. El Instituto Nacional de Antropología e Historia señala que el desarrollo de la agricultura de riego permitió acumular recursos suficientes para construir grandes conjuntos habitacionales, talleres, almacenes, plazas, espacios ceremoniales, juegos de pelota y una compleja infraestructura hidráulica.
Lo extraordinario no fue únicamente la escala de las construcciones. Paquimé fue diseñada como una ciudad funcional. El sitio conserva restos de aproximadamente 2,000 habitaciones organizadas alrededor de patios y edificios multifamiliares, aunque sólo una parte de la antigua ciudad ha sido excavada. Existieron depósitos de agua, canales que atravesaban sectores habitacionales, cisternas, hornos, talleres y espacios destinados al almacenamiento. UNESCO considera este complejo arquitectónico una de las principales evidencias del desarrollo de la arquitectura de tierra en América del Norte.
La actividad comercial también quedó incorporada físicamente al diseño de la ciudad. El INAH identifica una Plaza Central o Plaza-Mercado cuya organización habría permitido la circulación de visitantes y mercancías sin interferir demasiado con la vida cotidiana de quienes habitaban los grandes conjuntos residenciales. En esa zona podían intercambiarse alimentos, animales, productos artesanales y objetos elaborados con materias primas provenientes de regiones muy distantes.
Esto permite imaginar una escena distinta de la imagen tradicional de una ciudad silenciosa en medio del desierto. Durante su esplendor, las plazas debieron ser espacios de movimiento: agricultores llegando con maíz, frijol o chile; artesanos transportando cerámica; comerciantes con objetos de concha o minerales; animales vivos; pieles; herramientas; piedras trabajadas y bienes difíciles de obtener localmente. Paquimé era también una ciudad donde podía encontrarse aquello que no existía en el desierto inmediato.
La evidencia material de un comercio de larga distancia.
Uno de los argumentos más sólidos para considerar a Paquimé un centro de intercambio es la extraordinaria variedad de materiales recuperados durante las excavaciones arqueológicas. El Museo de las Culturas del Norte conserva objetos elaborados en concha, hueso, turquesa y cobre, además de cerámica y herramientas de piedra. El propio museo destaca que algunas materias primas aparecieron en grandes volúmenes, reforzando la interpretación de Paquimé como un centro especializado de intercambio y redistribución.
El Museo Nacional de Antropología resume esa red con una enumeración reveladora: los habitantes de Paquimé intercambiaron con comunidades mesoamericanas y del suroeste estadounidense cerámica policroma, plumas de guacamaya, ornamentos de concha, objetos de cobre, cuentas de turquesa, metates y obsidiana. Se trataba, por tanto, de una economía que vinculaba bienes cotidianos con objetos de prestigio y posiblemente de carácter ceremonial.
Sin embargo, hablar simplemente de un «comercio con el centro de México» requiere una precisión importante. La arqueología contemporánea no demuestra que todas esas mercancías viajaran directamente desde Paquimé hasta ciudades del altiplano central mediante una única ruta o comerciantes que recorrieran de principio a fin miles de kilómetros. Lo que muestran las evidencias es una red escalonada de intercambio que conectaba el noroeste de Chihuahua con el occidente mexicano, regiones mesoamericanas y el actual suroeste de Estados Unidos. Algunos productos podían cambiar de manos muchas veces antes de alcanzar su destino final. El propio INAH afirma que en Paquimé convergieron tradiciones culturales del desierto, Occidente y el centro de México.
Esta diferencia es fundamental. No es necesario imaginar caravanas viajando necesariamente de Casas Grandes hasta Tenochtitlan para explicar el intercambio. Las redes comerciales prehispánicas podían funcionar mediante numerosos nodos regionales. Una mercancía producida o concentrada en Chihuahua podía avanzar hacia el sur pasando por otros centros; del mismo modo, bienes y conocimientos mesoamericanos podían desplazarse hacia el norte mediante intercambios sucesivos.
Turquesa, cobre y conchas: objetos que viajaban cientos de kilómetros.
Entre los materiales característicos de estas redes se encontraba la turquesa. Su presencia en Paquimé y en otros asentamientos del norte forma parte de una circulación mucho más extensa de minerales apreciados por las sociedades prehispánicas. El INAH señala que los territorios septentrionales de México funcionaron durante siglos como corredores para el intercambio de bienes y elementos culturales entre las sociedades mesoamericanas y las comunidades del norte.
También se recuperaron enormes cantidades de concha marina. Esto resulta particularmente revelador porque Paquimé se encuentra a cientos de kilómetros del mar. Investigaciones recientes describen la presencia en el sitio de grandes concentraciones de conchas procedentes principalmente del litoral occidental mexicano, junto con objetos de cobre. El estudio genético publicado en 2025 en Proceedings of the National Academy of Sciences resume que grandes cantidades de joyería de cobre y concha marina fueron importadas principalmente desde la costa occidental de México y concentradas en Paquimé.
Las comunidades vinculadas con Paquimé también mantenían rutas hacia el Pacífico y el Golfo de California. El INAH señala, por ejemplo, que asentamientos asociados al mundo de Casas Grandes participaron en relaciones con regiones costeras, proporcionando otro indicio de que no existía una única carretera comercial sino numerosos corredores entre las montañas, los valles y las costas.
La obsidiana ofrece otra ventana hacia esas relaciones, aunque en este caso las evidencias científicas muestran principalmente conexiones regionales y septentrionales. Un análisis mediante fluorescencia de rayos X realizado sobre 116 artefactos de sitios de la región Casas Grandes identificó diez fuentes diferentes de obsidiana. Buena parte procedía de Chihuahua, Sonora y Nuevo México. Los resultados sugieren conexiones particularmente fuertes con la región de Animas, en el actual Nuevo México.
Esto demuestra que Paquimé funcionaba simultáneamente en diferentes escalas: mantenía redes cercanas dentro de Chihuahua, vínculos septentrionales con el actual territorio estadounidense y relaciones meridionales hacia otras regiones mexicanas.
Las guacamayas: una conexión viva con el México tropical.
Pocas imágenes representan mejor la amplitud geográfica de estas redes que una guacamaya roja en pleno desierto chihuahuense. El ave no pertenece naturalmente al paisaje árido de Casas Grandes. Su distribución original se encuentra mucho más al sur y sureste, en regiones tropicales situadas a más de mil kilómetros.
Sin embargo, las excavaciones en Paquimé localizaron centenares de restos de guacamayas. Un estudio publicado en 2021 en el Journal of Anthropological Archaeology analizó mediante isótopos de estroncio los restos de 29 guacamayas rojas recuperadas en el sitio. Los investigadores concluyeron que aproximadamente 20 de las 29 habían sido criadas localmente o dentro de la región de Paquimé, mientras otras presentaban señales compatibles con orígenes no locales. Algunos ejemplares pudieron haber llegado desde regiones tan lejanas como el oriente de México.
La conclusión transforma nuestra interpretación del comercio. Los habitantes de Paquimé no se limitaban a recibir aves tropicales continuamente desde Mesoamérica. Aprendieron a mantenerlas y posiblemente reproducirlas localmente. Existían instalaciones destinadas a las aves y restos de individuos jóvenes y adultos. Esto convertía a Paquimé en un potencial productor y redistribuidor de guacamayas y, sobre todo, de sus plumas hacia otras comunidades del norte.
Las plumas tenían un importante significado ceremonial en buena parte de Mesoamérica. Fuentes arqueológicas y etnohistóricas muestran que las guacamayas fueron valoradas tanto por su color como por asociaciones religiosas y simbólicas. Desde Paquimé podían circular hacia regiones donde estos animales jamás habrían podido vivir naturalmente.
Es posible imaginar entonces algo extraordinario: aves cuyo origen biológico se encontraba en selvas tropicales viviendo dentro de estructuras de adobe rodeadas por uno de los paisajes más secos de México.
Paquimé no era una colonia del centro de México.
Durante décadas existió una explicación particularmente influyente sobre el origen del esplendor de Paquimé. El arqueólogo Charles Di Peso, quien encabezó grandes excavaciones entre 1959 y 1961, propuso que comerciantes provenientes de Mesoamérica habrían establecido o transformado la ciudad para controlar el movimiento de productos exóticos entre el norte y el sur. La presencia de juegos de pelota, montículos ceremoniales, cobre, aves tropicales y otros elementos aparentemente mesoamericanos parecía respaldar parcialmente aquella propuesta.
El debate nunca desapareció. El propio INAH reconoce dos grandes interpretaciones históricas: una que considera a Paquimé un desarrollo principalmente local ligado a las tradiciones del norte y otra que planteó una intervención importante de poblaciones procedentes de México central.
Pero la ciencia genética ha cambiado considerablemente esa discusión.
En septiembre de 2025, investigadores publicaron en PNAS un estudio basado en ADN mitocondrial de 114 individuos, comparando pobladores de comunidades anteriores al auge de Paquimé con personas enterradas durante el periodo de esplendor de la ciudad. El resultado mostró continuidad genética durante aproximadamente siete siglos y no encontró evidencia de una inmigración masiva que hubiera sustituido a la población regional durante el surgimiento de Paquimé.
El estudio no descarta movimientos de personas a pequeña escala. De hecho, los investigadores encontraron indicios compatibles con niveles reducidos de migración, suficientes para contribuir al intercambio cultural. Pero los resultados contradicen la idea de que una población llegada masivamente desde México central haya fundado o dominado Paquimé.
Otro estudio genético publicado en 2017 ya había encontrado afinidades importantes entre individuos de Paquimé y poblaciones Mimbres del suroeste estadounidense, reforzando la complejidad biológica y cultural de la región.
El panorama que emerge resulta mucho más interesante que la vieja teoría de una colonia mesoamericana. Paquimé parece haber sido fundamentalmente una creación de las poblaciones del norte, pero una creación profundamente conectada con un mundo exterior enorme.
Las ideas también viajaban.
El intercambio prehispánico no transportaba únicamente objetos. Las ideas podían viajar junto con ellos.
Paquimé tenía estructuras que recuerdan tradiciones mesoamericanas, entre ellas canchas para juego de pelota y montículos ceremoniales. Investigadores han señalado que al menos dos de las canchas excavadas poseen configuraciones similares a ejemplos mesoamericanos. Sin embargo, no puede afirmarse automáticamente que allí se practicara exactamente el mismo ritual que en el centro o sur de México. Las sociedades locales podían adoptar, transformar y reinterpretar ideas extranjeras según sus propios sistemas culturales.
Algo similar ocurre con la arquitectura. UNESCO considera a Paquimé un ejemplo excepcional de combinación entre tradiciones constructivas del norte de América y técnicas asociadas a Mesoamérica. Sus habitantes desarrollaron una arquitectura de tierra monumental adaptada a las condiciones del desierto y construyeron viviendas multifamiliares que podían alcanzar varios pisos.
La cerámica ofrece todavía otra evidencia. Los análisis de arcillas han demostrado que Paquimé fue un centro especializado de producción de cerámica policroma distribuida posteriormente hacia otros asentamientos. Sus diseños muestran serpientes, aves y complejos motivos geométricos, algunos de los cuales presentan paralelismos con símbolos existentes tanto en el norte como en otras tradiciones mexicanas.
Paquimé, por tanto, no copiaba simplemente culturas externas. Tomaba elementos, los reinterpretaba y generaba expresiones propias.
Una economía sostenida por agricultores y artesanos.
Detrás de las piezas arqueológicas que hoy ocupan vitrinas existieron personas. Agricultores que mantenían los campos utilizando sistemas de riego; alfareros que modelaban vasijas; artesanos que cortaban concha; trabajadores que tallaban piedra; personas encargadas de alimentar aves; constructores que reparaban los muros de tierra y comerciantes que caminaban durante días entre asentamientos.
El esplendor comercial de Paquimé no habría sido posible sin excedentes agrícolas. La ciudad necesitaba alimentar a cientos o quizá miles de personas dedicadas parcialmente a actividades distintas de la producción de alimentos. Las estimaciones arqueológicas varían: algunas fuentes hablan de unas 2,500 personas y otras de más de 3,000 durante el momento de mayor desarrollo. Las diferencias obedecen a los distintos criterios utilizados para calcular la población de un asentamiento excavado sólo parcialmente.
Ese excedente permitió sostener especialistas y élites, pero también posibilitó el intercambio. Paquimé producía objetos que otras comunidades deseaban. El INAH identifica la cerámica policroma y diversas manufacturas entre los productos distribuidos desde la región.
La ciudad era al mismo tiempo consumidora, fabricante y redistribuidora.
¿Llegaban comerciantes de Paquimé hasta el centro de México?
Esta es probablemente una de las preguntas más importantes y también una de las más difíciles de responder.
Existe evidencia sólida de contactos culturales y comerciales entre el mundo de Paquimé y Mesoamérica, incluida la región central de México en un sentido amplio. El INAH menciona expresamente la convergencia en Paquimé de tradiciones provenientes del centro mexicano, mientras UNESCO reconoce su importancia como vínculo entre el norte y las civilizaciones mesoamericanas.
Pero hasta el momento la evidencia disponible no permite afirmar que existieran caravanas regulares viajando directamente de Paquimé a grandes ciudades del centro de México ni que comerciantes procedentes de Tenochtitlan u otros centros controlaran el asentamiento. Tampoco puede demostrarse que cada objeto de inspiración mesoamericana implicara la presencia física de habitantes procedentes del centro.
El escenario respaldado actualmente por una parte importante de la investigación es el de una cadena extensa de intercambio regional. Mercancías, animales y conocimientos podían atravesar múltiples comunidades antes de alcanzar Paquimé o partir de ella hacia destinos lejanos. El estudio de las guacamayas ilustra perfectamente esa complejidad: algunas llegaron desde fuera, pero muchas fueron criadas localmente; una mercancía originalmente tropical podía convertirse así en producto del propio norte.
Lo mismo pudo ocurrir con otros bienes. Una campana de cobre podía haber viajado desde el occidente mexicano hasta Chihuahua; una concha podía provenir del Pacífico; una cerámica de Paquimé podía terminar cientos de kilómetros al norte. Ninguna de esas trayectorias requería necesariamente que una sola persona recorriera el camino completo.
El norte prehispánico no estaba aislado.
Durante mucho tiempo, una parte de la narrativa popular sobre el México prehispánico presentó al norte como una frontera distante de las grandes civilizaciones mesoamericanas. Paquimé demuestra que aquella imagen es demasiado simple.
El norte tenía ciudades, sistemas agrícolas, rutas comerciales, centros ceremoniales y sociedades capaces de construir redes económicas regionales de enorme alcance. Los desiertos no eran barreras absolutas; estaban atravesados por ríos, corredores serranos, oasis, caminos y asentamientos humanos que permitían el movimiento de personas y mercancías.
Paquimé ocupaba una posición especialmente favorable entre la Sierra Madre Occidental, las llanuras del desierto chihuahuense y las rutas que comunicaban el norte con Sonora, el Pacífico, el actual Nuevo México y territorios situados más al sur.
Ese lugar geográfico explica parte de su importancia, pero no toda. Una ubicación privilegiada sólo se convierte en centro comercial cuando existe una sociedad capaz de organizar producción, almacenamiento, intercambio y relaciones políticas. Paquimé consiguió hacerlo durante generaciones.
El final de una gran ciudad.
Hacia mediados del siglo XV comenzó el abandono definitivo de Paquimé. Las causas todavía se discuten. Existen evidencias de violencia y destrucción, y se han propuesto conflictos internos o regionales, transformaciones económicas, desplazamientos de población y factores ambientales. No existe una explicación única suficientemente demostrada para todos los cambios ocurridos.
Lo que sí resulta claro es que cuando los europeos comenzaron a explorar aquella región durante el siglo XVI encontraron grandes estructuras ya abandonadas. Sus dimensiones sorprendieron a quienes las observaron. La ciudad que había concentrado mercancías, personas y conocimientos durante generaciones se había convertido en ruinas de tierra.
Pero las redes humanas no desaparecieron necesariamente con sus edificios. Las poblaciones pudieron desplazarse, integrarse en otras comunidades y mantener parte de sus tradiciones.
Paquimé, un punto de encuentro continental.
La investigación arqueológica realizada durante las últimas décadas obliga finalmente a modificar una pregunta tradicional. Quizá no deberíamos preguntarnos únicamente qué recibió Paquimé de Mesoamérica, sino qué aportó Paquimé a las redes culturales del continente.
Desde Chihuahua circularon cerámicas y otros productos hacia comunidades alejadas. Allí se mantuvieron y criaron guacamayas que posiblemente fueron posteriormente redistribuidas. Grandes cantidades de concha y cobre fueron concentradas y transformadas. Las plazas permitieron que productos regionales y extranjeros cambiaran de manos. Las ideas arquitectónicas, religiosas y artísticas fueron asimiladas y convertidas en expresiones distintas.
La evidencia científica más reciente también devuelve protagonismo a quienes vivieron en la región. Paquimé no parece haber sido una ciudad construida por una multitud llegada repentinamente desde México central. La continuidad genética encontrada entre las poblaciones anteriores y posteriores al surgimiento de la ciudad indica que buena parte de aquella transformación fue protagonizada por comunidades locales que, durante siglos, habían aprendido a vivir en uno de los territorios más difíciles de América del Norte.
Es precisamente ahí donde probablemente se encuentra la verdadera grandeza de Paquimé.
No fue solamente una ciudad ubicada entre dos mundos.
Fue uno de los lugares donde esos mundos se encontraron.
Donde las plumas tropicales llegaron al desierto, las conchas del océano terminaron cientos de kilómetros tierra adentro, el cobre cambió de manos, las vasijas cruzaron montañas y la cultura del norte de México construyó una identidad propia a partir del intercambio, pero sin perder su raíz regional.
Más de quinientos años después de su abandono, sus muros de tierra continúan demostrando algo que el desierto parecía querer ocultar: antes de las carreteras, del ferrocarril y de las fronteras modernas, Chihuahua ya formaba parte de una enorme red de comunicación humana que conectaba el corazón de México con los pueblos del norte del continente.