La ciencia económica, la crisis del agua y la propia geografía del municipio apuntan hacia una misma dirección: Jiménez necesita diversificar sus fuentes de ingreso. No se trata de abandonar la agricultura que durante generaciones ha sostenido a la región, sino de construir una economía capaz de resistir sequías, cambios climáticos, fluctuaciones agrícolas y pérdida de población. El turismo aparece como una de las alternativas con mayor posibilidad de aprovechar recursos que el municipio ya posee: desierto, aguas termales, historia, gastronomía, patrimonio ferroviario, biodiversidad y una ubicación estratégica en el sur de Chihuahua.
HISTORIASMX | Jiménez, Chihuahua.— Durante generaciones, la economía de Jiménez ha estado estrechamente vinculada a la tierra. El nogal, la ganadería, las actividades agrícolas, el comercio que gira alrededor de ellas y posteriormente los servicios construyeron buena parte de la dinámica económica de este municipio del sur de Chihuahua. Las huertas transformaron el paisaje, generaron empleos y permitieron que productos de la región terminaran incluso en mercados internacionales. Pero debajo de ese modelo económico existe una fragilidad que se vuelve cada vez más difícil de ignorar: buena parte de la riqueza agrícola depende de un recurso que está siendo extraído a una velocidad superior a su recuperación natural.
El problema no es una interpretación política ni una percepción aislada. Es un fenómeno hidrogeológico documentado. La Comisión Nacional del Agua ha determinado que el acuífero Jiménez-Camargo se encuentra sometido a explotación intensiva. En uno de sus estudios técnicos, CONAGUA calculó una recarga media anual de aproximadamente 173.3 millones de metros cúbicos frente a una extracción de 303.1 millones, situación que produjo un déficit estimado entonces en más de 142 millones de metros cúbicos anuales. El organismo advirtió además sobre abatimiento de niveles, incremento de los costos de bombeo, posible disminución de manantiales y deterioro de la calidad del agua subterránea.
El significado económico de esas cifras es profundo. Cuando baja el nivel de un acuífero, el agricultor necesita extraer agua desde mayores profundidades. Esto significa bombas más potentes, más electricidad o combustible, mantenimiento adicional y nuevas inversiones en infraestructura. Una actividad puede continuar siendo productiva durante años mientras debajo de ella aumenta silenciosamente el costo necesario para mantenerla. Cuando el recurso limitante es el agua, expandir indefinidamente una economía basada en actividades de alto consumo hídrico resulta cada vez más complejo.
Esta presión adquiere especial importancia en una región productora de nuez. Chihuahua aporta alrededor de 59.7 por ciento de la producción nacional de nuez, y el propio Gobierno del Estado ha señalado a Camargo, Chihuahua y Jiménez entre los municipios de mayor producción. La nuez representa riqueza, exportación, empleos y conocimiento agrícola acumulado durante décadas; no existe argumento económico serio para simplemente abandonar esta actividad. Pero precisamente por su importancia resulta peligroso que una parte demasiado grande de la economía regional dependa de actividades cuyo principal insumo enfrenta restricciones crecientes.
EL AGUA CAMBIA LA DISCUSIÓN ECONÓMICA.
El debate sobre el futuro de Jiménez no puede reducirse entonces a elegir entre agricultura o turismo. La discusión científica debe formularse de otra manera: ¿cómo puede una región agrícola vulnerable al estrés hídrico diversificar sus ingresos sin destruir aquello que ya produce?
La respuesta utilizada en numerosas economías rurales del mundo es la diversificación productiva. Investigaciones económicas sobre regiones rurales mexicanas han documentado que las familias responden a riesgos, transformaciones económicas y limitaciones del sector agropecuario incorporando actividades no agrícolas a sus fuentes de ingreso. Esta estrategia disminuye la dependencia de un solo sector y permite que una caída en una actividad no arrastre necesariamente a toda la economía familiar.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos señala precisamente que el turismo puede desempeñar una función importante en regiones rurales y remotas porque permite diversificar economías tradicionalmente dependientes de la agricultura, crear pequeñas empresas, generar empleo y ampliar las fuentes de ingreso de las comunidades. La OCDE advierte, sin embargo, que estos beneficios aparecen cuando el turismo forma parte de una economía diversificada, no cuando sustituye completamente las demás actividades productivas.
Ese matiz resulta fundamental para Jiménez.
El municipio no necesita dejar de producir nuez para recibir turistas. Por el contrario, puede convertir parte de esa misma actividad agrícola en un producto turístico. Una huerta nogalera puede seguir produciendo nuez y simultáneamente convertirse, bajo esquemas organizados, en una experiencia de agroturismo. La cosecha, los sistemas de riego tecnificado, la historia del nogal, los procesos de selección, los productos derivados y la gastronomía pueden generar ingresos adicionales sin sustituir necesariamente la producción primaria.
La nuez puede venderse como materia prima, pero también como experiencia, gastronomía, identidad y producto terminado.
El Festival de la Nuez ofrece una pequeña demostración de ese principio. En su edición de 2024 reunió alrededor de 5 mil personas y generó una derrama económica reportada oficialmente de 960 mil pesos. El evento incorporó productos elaborados con nuez, actividades culturales y gastronomía. No se trata de una cantidad capaz de transformar por sí sola la economía municipal, pero demuestra un mecanismo económico importante: un producto agrícola puede generar valor adicional cuando se convierte también en cultura y experiencia turística.
UNA ECONOMÍA QUE NECESITA MÁS DE UNA FUENTE DE INGRESOS.
Los datos demográficos también deben formar parte de la discusión. Jiménez tenía 40 mil 859 habitantes en el Censo de 2020 y su población había disminuido aproximadamente 0.98 por ciento respecto de 2010. En un periodo en el que otras ciudades del estado crecieron considerablemente, la población municipal permaneció prácticamente estancada y ligeramente a la baja.
Ese dato parece pequeño, pero desde la economía regional funciona como una advertencia. Cuando una localidad ofrece oportunidades limitadas, principalmente los jóvenes comienzan a buscar empleo, educación o mejores ingresos en otras ciudades. Una región puede mantener producción agrícola y, al mismo tiempo, perder capital humano. El problema no es únicamente cuántas personas viven allí, sino cuántos jóvenes visualizan su futuro profesional dentro del municipio.
El turismo posee una característica particularmente interesante para economías pequeñas: genera ocupaciones en sectores muy diferentes. Un visitante necesita transportación, alimentos, combustible, hospedaje, mantenimiento, comercio, guías, productos locales, entretenimiento, fotografía, publicidad y actividades recreativas. No todos estos empleos requieren grandes plantas industriales ni inversiones multimillonarias.
Una familia puede vender alimentos. Un joven puede capacitarse como guía de naturaleza. Un productor puede comercializar directamente productos regionales. Un propietario puede desarrollar hospedaje rural. Un artesano puede encontrar compradores. Un restaurante puede ampliar su demanda. Un fotógrafo puede ofrecer recorridos. Una persona capacitada en astronomía puede participar en experiencias de observación del cielo.
Esa dispersión del gasto es una de las razones por las que el turismo puede ser particularmente interesante para economías regionales, aunque sólo funciona plenamente cuando una parte considerable del dinero permanece en manos de empresas y trabajadores locales.
La Secretaría de Turismo de Chihuahua ha expresado precisamente este objetivo durante sus actividades en Jiménez: generar mayor interés por la región para que el gasto de los visitantes alcance hoteles, restaurantes, comercios y otros establecimientos locales.
EL TURISMO YA NO ES SOLAMENTE UNA POSIBILIDAD TEÓRICA.
Durante años pudo argumentarse que Jiménez tenía “potencial turístico”, pero que no existían suficientes pruebas de una demanda real. Esa situación comienza a cambiar.
En enero de 2024 Jiménez fue seleccionado entre 17 localidades participantes para recibir la denominación de Pueblo Tradicional de Chihuahua. El Gobierno estatal estableció que los municipios reconocidos se convertirían en destinos prioritarios para fortalecer la actividad turística, mejorar servicios e incrementar la afluencia de visitantes.
Durante Semana Santa de 2026, el estado de Chihuahua registró cerca de 250 mil turistas-noche y alrededor de medio millón de excursionistas. Después de Ciudad Juárez, Chihuahua y el corredor de Perlas del Conchos, la Secretaría de Turismo mencionó a Bocoyna, Jiménez, Urique, Meoqui y Aldama entre los municipios con alta presencia turística durante ese periodo. No existe un ranking que permita afirmar qué posición exacta ocupó Jiménez, pero su aparición dentro de ese grupo demuestra que ya existe movimiento de visitantes que puede ser transformado en una economía más estructurada.
La diferencia entre recibir visitantes y tener una economía turística es enorme.
Un excursionista que llega, permanece unas horas y regresa a su lugar de origen deja una derrama limitada. Un visitante que permanece una noche necesita habitación, cena, desayuno y probablemente realiza actividades adicionales. Si permanece dos noches, el impacto aumenta nuevamente. Desde esta perspectiva, el verdadero objetivo económico de Jiménez no debería ser únicamente aumentar el número de personas que llegan, sino aumentar el tiempo de estancia y el gasto local por visitante.
Para conseguirlo es necesario convertir atractivos dispersos en rutas.
JIMÉNEZ YA POSEE LA MATERIA PRIMA.
A diferencia de localidades que necesitan construir artificialmente sus atractivos, Jiménez posee recursos turísticos distintos entre sí y capaces de atraer públicos diferentes. La propia Secretaría de Turismo del Estado reconoce al municipio por su historia, arquitectura, paisajes desérticos y posibilidades de ecoturismo y actividades al aire libre.
Ojo de Dolores ofrece aguas termales dentro de un entorno desértico; el catálogo federal de productos turísticos lo reconoce como un manantial termal ubicado aproximadamente a 12 kilómetros de la ciudad y apto para actividades recreativas y de naturaleza.
La Zona del Silencio ofrece un producto totalmente diferente. Más allá de las leyendas sobre fenómenos extraños —muchas de ellas sin respaldo científico—, posee paisaje desértico, baja densidad poblacional, biodiversidad, aislamiento y posibilidades de observación astronómica. El complejo ecoturístico visitado por autoridades estatales dispone incluso de infraestructura para observación sideral, hospedaje tipo hostal y temazcal.
El Ex Cuartel Militar representa otra clase de turismo: patrimonio histórico y cultural. Durante 2026 el Gobierno estatal inauguró una segunda etapa de rehabilitación del inmueble y confirmó nuevas inversiones para continuar su conservación, señalándolo expresamente como una oportunidad para fortalecer la vocación turística de Jiménez.
A esto pueden sumarse la historia ferroviaria, la antigua estación, las haciendas, la Plaza de Armas, la Calzada Juárez, el patrimonio relacionado con el Camino Real de Tierra Adentro, la gastronomía, la producción agrícola y los paisajes abiertos del Desierto Chihuahuense.
El valor económico no está únicamente en cada atractivo de manera individual. Está en conectarlos.
Una familia que viaje a Ojo de Dolores podría permanecer una noche en Jiménez si existe una oferta organizada para visitar posteriormente el centro histórico. Un grupo interesado en la Zona del Silencio podría consumir alimentos y hospedarse en la cabecera municipal antes de iniciar su recorrido. Un turista interesado en historia podría visitar el Ex Cuartel, la estación ferroviaria, antiguas haciendas y posteriormente consumir gastronomía regional.
Eso es una cadena turística.
Y las cadenas son las que convierten un lugar atractivo en una economía.
EL DESIERTO PUEDE SER UN ACTIVO, NO UNA DESVENTAJA.
Durante mucho tiempo, los territorios desérticos fueron percibidos desde el desarrollo económico como regiones con limitaciones: poca agua, temperaturas extremas, largas distancias y baja densidad de población.
El turismo contemporáneo permite reinterpretar algunos de esos mismos elementos.
Una investigación publicada por el Instituto de Geografía de la UNAM sobre municipios del Altiplano de San Luis Potosí —otra región árida mexicana— concluyó que los paisajes desérticos, patrimonio cultural, gastronomía y recursos naturales podían integrarse en corredores turísticos capaces de diversificar economías tradicionalmente vinculadas a agricultura, comercio y minería. Los investigadores señalaron que el turismo puede movilizar bienes, servicios y visitantes cuando existe planificación territorial y participación local.
La comparación no significa que ambos territorios sean iguales. Lo importante es el principio económico: aquello que representa una limitación para una actividad puede convertirse en un recurso para otra.
Para la agricultura, un paisaje seco significa restricciones.
Para el turismo de naturaleza, ese mismo paisaje puede significar fotografía, senderismo, geología, biodiversidad, observación astronómica y experiencias de desierto.
El recurso es el mismo.
Lo que cambia es la manera de generar valor.
EL CAMBIO CLIMÁTICO HACE MÁS URGENTE LA DIVERSIFICACIÓN.
Existe además una razón científica de largo plazo.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático advierte que el norte de México se encuentra entre las regiones donde la explotación intensiva de recursos hídricos y las sequías prolongadas incrementan los riesgos para el abastecimiento de agua. El IPCC también ha documentado impactos del cambio climático sobre sistemas agrícolas de América del Norte mediante calor extremo, reducción de disponibilidad de agua, sequías y cambios en productividad.
Esto no significa que la agricultura vaya a desaparecer en Jiménez.
Significa que depender excesivamente de ella implica aceptar una exposición económica creciente a variables climáticas que el municipio no controla.
Una economía diversificada funciona de manera semejante a un portafolio financiero. Si todo el capital se encuentra concentrado en una sola actividad, una crisis en ese sector afecta a todo el sistema. Si existen diferentes fuentes de ingreso, el impacto puede distribuirse.
Agricultura, ganadería, comercio, servicios, industria ligera y turismo pueden coexistir.
Ésa es precisamente la lógica de la resiliencia económica.
PERO EL TURISMO TAMBIÉN CONSUME AGUA.
Aquí aparece una advertencia indispensable.
Sería contradictorio intentar resolver la vulnerabilidad hídrica de Jiménez mediante un turismo intensivo que reprodujera el mismo problema.
Hoteles, albercas, jardines, desarrollos inmobiliarios y grandes complejos recreativos pueden consumir cantidades significativas de agua. Además, Ojo de Dolores posee valor ecológico, por lo que aumentar visitantes sin determinar capacidad de carga podría deteriorar precisamente aquello que se pretende aprovechar.
La ciencia del turismo sustentable insiste en que el potencial natural por sí mismo no garantiza desarrollo. Estudios realizados en comunidades rurales mexicanas han encontrado que proyectos turísticos pueden fracasar cuando carecen de organización comunitaria, planeación, distribución equitativa de beneficios y mecanismos de conservación.
Por esa razón, Jiménez no debería buscar turismo masivo.
Su ventaja está probablemente en otro modelo: turismo regional, cultural, científico, rural, termal, astronómico, histórico y de naturaleza; actividades de menor escala, mayor contenido local y mayor gasto por visitante.
Un autobús que llega, permanece dos horas y se marcha produce poco valor.
Un pequeño grupo que contrata un guía local, consume en restaurantes, compra productos regionales y permanece dos noches puede producir mucho más ingreso con una presión ambiental considerablemente menor.
LA GRAN OPORTUNIDAD: TRANSFORMAR AL VIAJERO EN VISITANTE.
La ubicación geográfica de Jiménez tiene otra ventaja que durante años no se ha convertido plenamente en producto turístico.
Miles de personas atraviesan esta región para desplazarse entre Chihuahua, Parral, Camargo, Torreón, Durango y otros puntos del norte del país. Esa circulación significa que una parte del mercado potencial ya está pasando físicamente por el territorio.
El problema económico es que pasar por una ciudad no equivale a consumir en ella.
El reto turístico consiste en capturar una fracción de ese movimiento.
Una señal carretera puede provocar una parada. Una parada puede convertirse en comida. Una comida puede convertirse en visita al centro histórico. Una visita puede convertirse en hospedaje. Y una noche puede convertirse al día siguiente en un recorrido a Ojo de Dolores, la Zona del Silencio o alguna ruta histórica.
En turismo, aumentar la estancia puede ser tan importante como incrementar la cantidad de visitantes.
Jiménez necesita dejar de pensar solamente en cuántas personas llegan y comenzar a medir cuántas horas permanecen, cuánto gastan, dónde gastan y qué porcentaje de ese dinero queda realmente en negocios locales.
EL TURISMO TAMBIÉN PUEDE RETENER A LOS JÓVENES.
Existe además una dimensión humana que difícilmente aparece completa en las estadísticas.
Cuando un joven termina sus estudios y no encuentra oportunidades laborales relacionadas con comunicación, administración, gastronomía, idiomas, cultura, biología, diseño, fotografía o tecnología, la salida natural es buscar empleo en otra ciudad.
El turismo puede abrir pequeños nichos profesionales en lugares donde tradicionalmente esas ocupaciones tenían poca demanda.
Un biólogo puede desarrollar interpretación ambiental. Un historiador puede diseñar recorridos. Un comunicador puede producir contenidos. Un fotógrafo puede documentar experiencias. Un cocinero puede transformar productos regionales. Un diseñador puede crear marcas. Un programador puede desarrollar plataformas de reservación. Un productor agrícola puede vender directamente al visitante.
No todos esos empleos aparecerán automáticamente.
Pero una economía turística organizada amplía el número de actividades posibles dentro del mismo territorio.
La OCDE ha señalado que precisamente en regiones rurales el turismo puede generar oportunidades para jóvenes, mujeres y pequeñas empresas, además de contribuir a la conservación del patrimonio cuando existe una estrategia adecuada.
NO VENDER EL TERRITORIO: HACER QUE EL TERRITORIO PRODUZCA SIN DESTRUIRSE.
Existe una diferencia esencial entre desarrollo turístico y explotación turística.
El primero convierte patrimonio y paisaje en experiencias manteniendo su integridad.
El segundo consume el lugar hasta deteriorarlo.
Para Jiménez, apostar económicamente por el turismo debería significar rehabilitar edificios antes de perderlos, proteger manantiales antes de degradarlos, documentar historias antes de que desaparezcan, capacitar habitantes antes de contratar operadores externos y procurar que hoteles, restaurantes, guías y comercios locales sean quienes capturen la mayor parte de la derrama.
El patrimonio histórico puede generar ingresos precisamente porque se conserva.
El desierto puede generar ingresos precisamente porque permanece desierto.
El agua termal puede generar ingresos precisamente porque sigue limpia.
La biodiversidad puede generar ingresos precisamente porque continúa existiendo.
Ese principio convierte a la conservación en una inversión económica y no únicamente en una obligación ambiental.
JIMÉNEZ NO DEBE ABANDONAR EL CAMPO; DEBE DEJAR DE DEPENDER ÚNICAMENTE DE ÉL.
Ésta es quizá la conclusión central del análisis.
La agricultura continuará siendo fundamental para Jiménez. El conocimiento acumulado por productores, la infraestructura existente, las huertas, el ganado y las cadenas comerciales representan activos demasiado importantes como para imaginar una sustitución.
Pero las señales económicas, demográficas, climáticas e hidrológicas indican que concentrar excesivamente el futuro municipal alrededor de actividades dependientes del agua incrementa el riesgo.
El acuífero Jiménez-Camargo enfrenta una condición documentada de sobreexplotación. La población municipal disminuyó ligeramente entre 2010 y 2020. El cambio climático incrementa la exposición de la agricultura del norte de México a sequías y calor. Al mismo tiempo, Jiménez posee recursos naturales y culturales ya identificados por las autoridades turísticas, recibió la denominación de Pueblo Tradicional, cuenta con inversión en patrimonio y comenzó a aparecer entre los municipios con presencia turística destacada durante temporadas vacacionales.
La oportunidad, por tanto, no consiste en inventar una vocación turística.
Consiste en organizar una vocación que ya existe.
El futuro económico podría estar en unir lo que durante décadas se ha observado por separado: el nogal con la gastronomía; Ojo de Dolores con la educación ambiental; el Ex Cuartel con la historia; la estación con el patrimonio ferroviario; la Zona del Silencio con la astronomía y la ciencia; las comunidades rurales con el turismo de naturaleza; el desierto con la fotografía; las haciendas con recorridos culturales y la carretera con un flujo permanente de viajeros.
Convertir todo eso en una economía requiere inversión, capacitación, conservación, señalización, promoción, medición estadística y participación empresarial.
Pero, sobre todo, requiere cambiar la manera de pensar el territorio.
Durante generaciones, Jiménez produjo riqueza extrayendo recursos de su suelo: agua, cosechas, ganado y productos agrícolas.
El turismo permite una lógica diferente.
Permite que un paisaje genere valor sin desaparecer.
Que un edificio antiguo produzca riqueza porque sigue en pie.
Que una historia produzca empleo porque alguien aprende a contarla.
Que un desierto produzca ingresos precisamente porque conserva su silencio.
Y que el agua, el recurso más vulnerable de esta región, deje de ser únicamente un insumo que se extrae para convertirse también en un patrimonio que se protege.
La pregunta entonces ya no es si Jiménez tiene suficientes atractivos para apostar por el turismo.
Los tiene.
La verdadera pregunta es cuánto tiempo puede permitirse seguir dependiendo de una estructura económica que enfrenta cada vez mayores límites ambientales sin desarrollar al mismo tiempo nuevas fuentes de ingreso.
La ciencia económica llama a eso diversificación.
La ecología lo llamaría adaptación.
Y para Jiménez podría significar algo todavía más sencillo: construir una economía capaz de seguir sosteniendo a su gente cuando el agua, el clima o los mercados vuelvan a cambiar.
HISTORIASMX — Periodismo del Norte, Periodismo con Carácter.