Cuando el desierto pierde su piel: sobrepastoreo, tala y extracción de agua debilitan la capacidad del Desierto Chihuahuense para conservar la lluvia

La eliminación excesiva de pastos y mezquites, el pisoteo continuo del ganado y el bombeo intensivo de los acuíferos no necesariamente hacen que las nubes desaparezcan, pero sí provocan que una proporción creciente de la lluvia se pierda como escurrimiento, evaporación y erosión. La degradación está transformando terrenos capaces de capturar agua en superficies desnudas, compactadas y cada vez menos resistentes a la sequía.

En el Desierto Chihuahuense, la lluvia casi nunca llega de manera pausada. Después de semanas o meses de calor, puede caer en unos cuantos minutos sobre terrenos endurecidos por la sequedad, el pisoteo del ganado y la pérdida de vegetación. El agua golpea la superficie, arrastra partículas de suelo, abre pequeños canales y corre hacia las partes bajas. Al terminar la tormenta, la imagen puede resultar engañosa: caminos anegados, arroyos crecidos y corrientes de lodo parecen indicar abundancia, pero una parte considerable del agua ya abandonó el lugar donde podía sostener pastos, alimentar raíces o infiltrarse lentamente hacia el subsuelo.

Ese es uno de los efectos menos visibles de la degradación del desierto. No se trata solamente de que haya menos plantas. Cuando desaparece la cubierta vegetal también se altera la arquitectura física que permite detener, distribuir y almacenar el agua. La pérdida de pastizales, la extracción indiscriminada de mezquite y otros arbustos, el sobrepastoreo y el abatimiento de los acuíferos actúan en diferentes escalas, pero terminan conectados: disminuyen la protección del suelo, fragmentan el paisaje, elevan la temperatura superficial y reducen la capacidad del territorio para aprovechar cada episodio de lluvia.

La evidencia disponible obliga, sin embargo, a establecer una diferencia fundamental. La degradación del suelo sí modifica con claridad la infiltración, la escorrentía, la humedad, la erosión y la recarga. Su efecto directo sobre la cantidad de lluvia que cae en todo el Desierto Chihuahuense es mucho más difícil de demostrar. Las precipitaciones regionales dependen principalmente de la circulación atmosférica, el monzón de Norteamérica, el transporte de humedad desde el Pacífico, el Golfo de California y el Golfo de México, los frentes, las tormentas convectivas y la variabilidad climática global. La pérdida de vegetación puede modificar el microclima y debilitar ciertos intercambios de humedad y energía con la atmósfera, pero no existe sustento para afirmar que talar mezquites en una localidad sea, por sí solo, la causa directa de que deje de llover en una región completa.

Los pastizales funcionan como una infraestructura para el agua.

Un pastizal saludable no es únicamente una extensión cubierta de hierba. Es una red de tallos, hojas, raíces, materia orgánica, hongos, microorganismos y pequeñas irregularidades del terreno. Esa estructura intercepta las gotas, reduce su energía, frena el agua que corre sobre la superficie y le concede tiempo para entrar en el suelo.

Las raíces de los zacates crean conductos y ayudan a mantener agregadas las partículas. La materia orgánica mejora la porosidad y la capacidad de retención. Los restos vegetales disminuyen la evaporación directa y amortiguan las temperaturas extremas. Incluso los montículos alrededor de las plantas y la rugosidad natural del terreno funcionan como diminutas presas que capturan sedimentos, semillas y humedad.

La Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad reconoce entre los servicios ambientales de los pastizales la purificación del agua, la regulación climática, el control de la erosión y la contribución a la recarga de los acuíferos. No toda el agua infiltrada llegará a las reservas subterráneas profundas, pero infiltrarse constituye el primer paso: permite humedecer la zona de raíces y, cuando el suelo, la geología y la intensidad de la tormenta son favorables, avanzar hacia estratos inferiores.

En regiones áridas este funcionamiento es especialmente importante porque el agua llega de forma irregular. Puede transcurrir un periodo prolongado sin precipitaciones y después presentarse una tormenta intensa. La diferencia entre un terreno conservado y uno degradado no siempre está en cuánta lluvia reciben, sino en cuánto tiempo pueden conservarla.

El sobrepastoreo cambia la forma en que corre la lluvia.

El ganado forma parte histórica y económica del norte de México. El problema no es su sola presencia, sino mantener durante periodos prolongados más animales de los que el agostadero puede sostener, especialmente durante sequías, cuando la recuperación vegetal es lenta y la producción de forraje disminuye.

El pastoreo excesivo elimina hojas y tallos antes de que las plantas recompongan sus reservas. Reduce la producción de semillas, debilita las raíces y deja espacios sin protección. Al mismo tiempo, el paso reiterado de animales compacta el suelo, destruye agregados superficiales y disminuye las pequeñas irregularidades que detenían el agua.

Un estudio desarrollado sobre gradientes de pastoreo en pastizales del Desierto Chihuahuense documentó reducciones de los micromontículos del terreno, pérdida de plantas y compactación. La combinación disminuye la infiltración y facilita el movimiento de partículas. Cuando los espacios desnudos se conectan entre sí, el agua encuentra rutas continuas para abandonar el terreno.

La Jornada Experimental Range, en Nuevo México, uno de los centros de investigación ecológica más importantes para el norte del Desierto Chihuahuense, ha documentado cómo la fragmentación de la cubierta produce extensiones desnudas cada vez mayores. Los paisajes con parches pequeños de suelo descubierto suelen presentar mejor infiltración y menor escurrimiento y erosión que aquellos donde las áreas desnudas forman corredores amplios y conectados.

El deterioro puede convertirse en un círculo difícil de romper. Menos pasto significa más escurrimiento; más escurrimiento implica pérdida de suelo fino, nutrientes y semillas; un suelo más pobre retiene menos humedad y produce menos vegetación. La siguiente sequía encuentra al paisaje debilitado, y la tormenta posterior provoca todavía más erosión.

El agua no desaparece en el instante, pero cambia de destino. En lugar de permanecer distribuida en el suelo, se concentra en corrientes breves y violentas. Puede provocar inundaciones aguas abajo mientras las laderas y planicies quedan secas poco después. La paradoja del desierto degradado es que puede sufrir, durante una misma tormenta, exceso de escurrimiento y falta de humedad útil.

Una revisión sobre los efectos hidrológicos del pastoreo confirma que el pisoteo puede aumentar la compactación, reducir la infiltración e incrementar el escurrimiento y la erosión. La magnitud depende de la textura del suelo, la pendiente, la humedad previa, la carga animal y la duración del aprovechamiento; por eso no todos los terrenos responden igual.

El mezquite: consumidor de agua, protector del suelo y síntoma de transformación.

El debate sobre el mezquite requiere mayor precisión. Presentarlo únicamente como un árbol que “roba agua” ignora sus funciones ecológicas; considerarlo siempre intocable también pasa por alto que su expansión densa puede modificar pastizales y aumentar la evapotranspiración en determinados sitios.

Los mezquites poseen raíces capaces de explorar capas profundas. Bajo ciertas condiciones consumen más agua que los zacates, permanecen activos durante periodos secos y pueden competir con la vegetación herbácea. La invasión o densificación de mezquitales sobre antiguos pastizales constituye un fenómeno documentado en el suroeste de Estados Unidos y el norte de México. Entre sus causas se encuentran el sobrepastoreo, la dispersión de semillas por el ganado, la supresión de incendios y los cambios climáticos y de uso del suelo.

Sin embargo, la extracción total del mezquite no garantiza la recuperación del agua. Una vez eliminado el árbol, el resultado dependerá de lo que ocurra después. Si se recupera una cubierta de pastos nativos y se mantiene el suelo protegido, podría disminuir parte de la evapotranspiración y aumentar modestamente el agua disponible para infiltración profunda. Investigaciones en pastizales semiáridos del suroeste de Texas encontraron aumentos pequeños pero medibles de recarga después del reemplazo de vegetación leñosa por pastizal. Los autores advierten que el resultado depende del suelo, la profundidad del agua, el clima y el establecimiento efectivo de la cobertura sustituta.

Pero si la tala deja suelo desnudo, caminos de extracción, raíces removidas y material expuesto al viento, el balance puede ser contrario: mayor temperatura superficial, evaporación directa, erosión y escurrimiento. El agua teóricamente “ahorrada” al eliminar la transpiración del árbol puede perderse porque el suelo ya no logra capturarla.

El mezquite también intercepta sedimentos y genera islas de fertilidad. Bajo su copa se acumulan hojarasca, materia orgánica y nutrientes; su sombra reduce la radiación y ofrece refugio a otras especies. Sus raíces estabilizan el terreno y, como ocurre con otras plantas leñosas de zonas áridas, pueden participar en movimientos de agua dentro del perfil del suelo. La redistribución hidráulica —el movimiento nocturno de agua a través de las raíces desde capas húmedas hacia zonas más secas— ha sido documentada en especies leñosas de ambientes del Desierto Chihuahuense, aunque su intensidad varía entre especies y condiciones.

Por ello, el manejo del mezquite no debería plantearse como una tala generalizada. La respuesta más razonable es evaluar densidad, suelo, pendiente, condición histórica del terreno y posibilidad de restaurar pastos. El aclareo selectivo puede ser útil en sitios invadidos, pero cortar árboles nativos sin asegurar cobertura posterior puede agravar exactamente el problema que se pretendía resolver.

Sacar agua del acuífero no significa que deje de llover, pero sí seca al territorio.

La sobreexplotación del agua subterránea opera de manera distinta. Los acuíferos no son depósitos aislados del paisaje. En muchos lugares mantienen manantiales, humedales, vegetación ribereña y flujos hacia ríos durante periodos sin lluvia. Cuando la extracción supera persistentemente la recarga, descienden los niveles piezométricos y se debilitan esas conexiones.

La disponibilidad oficial de un acuífero se obtiene, en términos generales, restando a su recarga media la descarga natural comprometida y la extracción. La base de CONAGUA, actualizada con datos publicados en el Diario Oficial de la Federación, permite consultar esos balances y muestra que numerosos acuíferos del norte presentan disponibilidad negativa.

La extracción no “succiona” directamente la humedad de las nubes. Sus consecuencias inmediatas se observan abajo: pozos cada vez más profundos, mayores costos energéticos, reducción de manantiales, pérdida de humedad en zonas donde el nivel freático estaba al alcance de las raíces y riesgo de subsidencia o compactación irreversible de materiales del subsuelo.

Cuando el nivel freático desciende, plantas acostumbradas a utilizar agua subterránea pueden perder acceso a ella. La vegetación disminuye su actividad, pierde follaje o muere. Al reducirse la cobertura, vuelve a comenzar el proceso superficial: más radiación sobre el suelo, mayor temperatura, menor protección y erosión.

También existe una conexión atmosférica, pero debe explicarse con prudencia. La vegetación devuelve agua a la atmósfera mediante transpiración, mientras que el suelo húmedo lo hace mediante evaporación. Esa evapotranspiración influye en la humedad y temperatura de la capa baja de la atmósfera. Si el territorio pierde vegetación y humedad, puede calentarse más rápidamente y aportar menos vapor de agua local.

No obstante, en una región árida la mayor parte de la humedad que genera las tormentas llega transportada desde grandes cuerpos de agua y mediante sistemas atmosféricos. Un estudio publicado en Journal of Geophysical Research: Atmospheres identificó entre los principales detonantes de precipitaciones extremas del monzón de Norteamérica los pulsos de humedad del Golfo de California, los sistemas convectivos de mesoescala y los sistemas frontales.

Por esa razón, sería científicamente incorrecto afirmar que el bombeo de un acuífero o la tala de un mezquital determinado provocan automáticamente menos lluvia. Lo que sí puede afirmarse es que esas acciones hacen al territorio más caliente, seco y vulnerable entre una tormenta y otra; reducen la humedad reciclada localmente y disminuyen la capacidad de transformar la precipitación en agua útil.

¿Puede un suelo degradado influir en las precipitaciones?

La superficie terrestre y la atmósfera intercambian agua y energía. Un suelo húmedo utiliza una proporción mayor de la radiación solar para evaporar agua; uno seco emplea más energía en calentarse. Esto puede modificar la temperatura del aire, la turbulencia, la altura de la capa límite y las condiciones necesarias para formar nubes.

El informe especial del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático sobre cambio climático y tierra señala que la degradación modifica la humedad del suelo, la evaporación y la evapotranspiración, así como la distribución del agua entre flujos superficiales y subterráneos. También reconoce interacciones entre desertificación, clima y uso del suelo.

Pero estas interacciones no permiten establecer una regla simple. Una superficie más caliente podría aumentar la convección en ciertas circunstancias, pero si falta humedad atmosférica no se formará lluvia. En otras situaciones, una reducción de la evapotranspiración puede disminuir la humedad disponible para tormentas posteriores. La respuesta depende de la extensión del cambio, la estación, los vientos, la topografía y el estado de la atmósfera.

La conclusión más sólida es que la degradación no controla por sí sola el monzón, pero sí altera el escenario sobre el cual actúa. Puede disminuir el reciclaje local de humedad y modificar el microclima; sobre todo, determina cuánto beneficio deja la lluvia después de caer.

El cambio de pastizal a desierto desnudo puede volverse persistente.

Uno de los mayores riesgos es cruzar umbrales ecológicos. Un pastizal moderadamente afectado puede recuperarse mediante descanso, ajuste de cargas ganaderas, resiembra y conservación de suelo. Pero cuando se pierden las capas fértiles, se forman costras físicas, se conectan grandes espacios desnudos y desaparecen las plantas productoras de semilla, suspender el pastoreo quizá ya no sea suficiente.

La erosión selectiva se lleva primero las partículas finas, precisamente las que almacenan nutrientes y humedad. Quedan arenas gruesas, gravas o superficies encostradas. El viento transporta polvo y materia orgánica; las tormentas arrastran sedimentos hacia cauces y depresiones. La productividad disminuye y los animales se concentran en los pocos parches que aún conservan forraje, aumentando la presión sobre ellos.

Este cambio explica parte de la expansión de arbustos sobre antiguos pastizales. Los arbustos de raíces profundas pueden sobrevivir donde los zacates debilitados ya no logran establecerse. Culpar únicamente al mezquite omite que, con frecuencia, su expansión es también una señal del deterioro previo provocado por la pérdida de pastos y la alteración de los procesos ecológicos.

La restauración exige entonces reconstruir funciones, no solamente plantar árboles o retirar arbustos. Hay que desacelerar el agua, romper la conectividad de las áreas desnudas, recuperar materia orgánica y permitir que las raíces vuelvan a ocupar el suelo.

La lluvia que cuenta es la que permanece.

En el Desierto Chihuahuense, conservar agua comienza antes del pozo y antes de la presa. Comienza en la hoja que amortigua la gota, en el zacate que frena el escurrimiento, en la raíz que abre un conducto, en la hojarasca que da sombra y en la pequeña depresión que conserva un charco durante el tiempo suficiente para infiltrarlo.

El manejo sustentable requiere cargas ganaderas ajustadas a la producción real de forraje, con reducciones anticipadas durante la sequía; periodos de descanso que permitan la recuperación; protección de áreas ribereñas y manantiales; conservación de cobertura residual; obras pequeñas siguiendo curvas de nivel; restauración con especies nativas y control del tránsito de ganado en los puntos más frágiles.

En terrenos dominados por mezquite, el manejo debe ser selectivo. Antes de cortar es necesario determinar si se trata de una invasión reciente de un antiguo pastizal o de una comunidad natural; medir densidades, pendiente y condición del suelo; conservar árboles que protegen cauces y decidir cómo se establecerá la cubierta vegetal posterior. Retirar mezquites sin restaurar el piso puede cambiar sombra y hojarasca por polvo.

Frente a la sobreexplotación de acuíferos, la restauración superficial no sustituye el control de las extracciones. Es indispensable conocer el volumen realmente bombeado, vigilar los niveles, proteger zonas de recarga, tecnificar el riego sin utilizar el ahorro para ampliar la superficie agrícola y ajustar la demanda a la disponibilidad efectiva. Recuperar el suelo mientras aumenta el bombeo únicamente atiende una parte del problema.

Un desierto vivo no desperdicia el agua.

El Desierto Chihuahuense no es una tierra vacía. Sus pastizales, matorrales y mezquitales forman una infraestructura ecológica construida durante siglos. Cada planta cumple una función en un sistema donde unos cuantos milímetros de agua pueden decidir la germinación de una semilla, la supervivencia de un animal o la producción anual de un rancho.

La sobreexplotación de los pastizales elimina esa infraestructura desde arriba. La tala indiscriminada la fragmenta. La extracción excesiva de agua la debilita desde abajo. Ninguno de estos procesos explica por sí solo la variabilidad de las lluvias regionales, pero todos reducen la capacidad del territorio para recibirlas y conservarlas.

El verdadero problema no es solamente que pueda llover menos durante una sequía. Es que, cuando finalmente llueve, el agua encuentra un suelo cada vez menos preparado para detenerla. Entonces corre con violencia, arrastra la fertilidad y desaparece del paisaje. Días después queda el polvo y vuelve la sensación de que nunca cayó una sola gota.

Defender el agua del desierto significa también defender la piel que la recibe. Sin pastos, raíces, materia orgánica y vegetación leñosa manejada con criterios ecológicos, la lluvia puede convertirse en inundación momentánea sin transformarse en humedad, productividad ni futuro.

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