El norte que se seca: por qué la lluvia es cada vez más incierta en los estados septentrionales de México

La crisis no consiste únicamente en que caiga menos agua, sino en que llega tarde, se concentra en pocas tormentas y desaparece con mayor rapidez

HISTORIASMX. – En el norte de México, la lluvia nunca ha sido abundante ni completamente predecible. Desde las planicies desérticas de Chihuahua y Coahuila hasta los valles agrícolas de Sonora, Sinaloa, Durango y Zacatecas, la vida ha dependido históricamente de una temporada húmeda corta, irregular y vulnerable a los movimientos de la atmósfera y los océanos. Sin embargo, durante las últimas décadas se ha extendido entre agricultores, ganaderos y habitantes de numerosas comunidades una misma percepción: las lluvias ya no llegan como antes, las temporadas secas parecen durar más y una tormenta intensa puede descargar en unas horas el agua que anteriormente caía de manera más gradual durante varios días.

La evidencia científica respalda una parte importante de esa percepción, pero obliga a expresarla con precisión. No existe una disminución uniforme y continua de la precipitación en todos los estados del norte, ni todos los años recientes han sido secos. Hay temporadas excepcionalmente lluviosas, ciclones capaces de dejar acumulaciones históricas y regiones serranas donde el monzón todavía produce precipitaciones considerables. Lo que está cambiando es el comportamiento completo del agua: aumentan la irregularidad, los periodos sin lluvia y la evaporación; disminuye en algunas regiones la precipitación invernal; se modifica el comienzo del monzón y una proporción creciente de la lluvia anual puede concentrarse en pocos eventos extremos.

El resultado es paradójico: puede llover intensamente y, aun así, permanecer la sequía.

Un territorio naturalmente vulnerable

Para comprender el problema es necesario partir de la geografía. Buena parte del norte mexicano se encuentra dentro de una franja árida y semiárida dominada por los desiertos Chihuahuense y Sonorense. Está ubicada alrededor de los 20 y 35 grados de latitud norte, cerca del cinturón subtropical donde el aire desciende desde las capas altas de la atmósfera. Al bajar, ese aire se comprime, se calienta y dificulta la formación de nubes.

La Sierra Madre Occidental añade otra barrera. Las masas de aire húmedo provenientes del Pacífico descargan una parte de su contenido en las laderas elevadas; hacia las cuencas interiores llega menos humedad. En el noreste, la entrada de vapor de agua desde el golfo de México depende de la posición de sistemas de alta y baja presión, de frentes fríos y de perturbaciones tropicales. Es, por definición, una región donde unos cuantos cambios en la circulación atmosférica pueden decidir si una temporada será generosa o desastrosa.

El norte recibe agua mediante dos grandes mecanismos. Durante el verano, el monzón de América del Norte transporta humedad del Pacífico, el golfo de California y zonas tropicales hacia el noroeste. Durante el otoño y el invierno, los frentes fríos y tormentas procedentes del Pacífico aportan precipitaciones, especialmente en Baja California y partes de Sonora, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León. Los ciclones tropicales y sus remanentes también pueden dejar grandes cantidades de agua, incluso a cientos de kilómetros de las costas.

Esta dependencia de unos cuantos sistemas vuelve extremadamente variable la precipitación. La UNAM señala que el monzón puede aportar alrededor de 300 milímetros en zonas de Sonora y Chihuahua, unos 400 en la Sierra Madre Occidental y más de 600 en sectores de Nayarit. Por su parte, una investigación publicada en el Journal of Climate estima que el monzón suministra aproximadamente 70% de la precipitación anual en algunas partes del noroeste de México. Cuando su inicio se retrasa, pierde intensidad o se interrumpe durante varias semanas, buena parte del agua de todo el año queda comprometida.

¿Realmente está lloviendo menos?

La respuesta corta es: en determinadas temporadas y regiones, sí; pero la tendencia no puede resumirse con una sola cifra para todo el norte.

Los registros muestran grandes oscilaciones de un año a otro. En 2023, México experimentó su año menos lluvioso desde 1941, con una anomalía nacional de 21.1% por debajo de la climatología. En 2024, en cambio, la precipitación nacional quedó solamente 1.6% por debajo del promedio 1991-2020. Junio de ese año fue incluso el junio más lluvioso desde 1941. Esa recuperación, sin embargo, no borró la sequía acumulada en el norte y noroeste, donde se mantuvieron áreas con sequía moderada, severa, extrema y excepcional durante gran parte del año.

El contraste de 2024 retrata el nuevo escenario. Mayo tuvo 29 milímetros menos que su promedio y fue el segundo mayo más seco desde 1941, mientras junio registró 151.9 milímetros a escala nacional, 52.1 por encima de lo normal. En Nuevo León, la estación El Cerrito recibió 600 milímetros el 19 de junio por la influencia de la tormenta tropical Alberto. Una lluvia extraordinaria en un solo sitio y día convivió con un déficit persistente en amplias regiones del norte.

Este comportamiento demuestra por qué el promedio anual puede resultar engañoso. Dos años pueden terminar con cantidades semejantes de precipitación, pero tener efectos totalmente distintos. Si en uno el agua cae gradualmente durante semanas y en otro se concentra en tres tormentas torrenciales separadas por largos periodos secos, la respuesta del suelo, los cultivos, la vegetación, los ríos y los acuíferos será diferente.

La lluvia demasiado intensa suele superar la capacidad de infiltración del terreno. El agua corre superficialmente, erosiona parcelas y caminos, provoca inundaciones repentinas y abandona con rapidez la cuenca. Una precipitación moderada y prolongada tiene más posibilidades de humedecer el perfil del suelo y contribuir a la recarga, aunque incluso ésta depende de la geología, la vegetación y el estado de conservación de la cuenca.

El calentamiento convierte una lluvia escasa en una sequía más profunda.

El cambio climático no actúa solamente reduciendo la precipitación. Su efecto más claro e inmediato en el norte de México es el aumento de la temperatura. Un ambiente más caliente eleva la demanda evaporativa de la atmósfera: el aire puede retener más vapor y extrae una mayor cantidad de humedad del suelo, los cultivos, los bosques y los cuerpos de agua.

Así, aunque en determinado año lloviera una cantidad cercana al promedio histórico, una porción mayor podría regresar rápidamente a la atmósfera. Los suelos se secan antes, los cultivos necesitan más riego, las presas pierden agua por evaporación y la vegetación entra con mayor rapidez en estrés hídrico. Este proceso se conoce como aridificación: no es simplemente una sequía pasajera, sino un desplazamiento hacia condiciones más secas provocado por el calentamiento persistente.

Una investigación sobre la sequía de comienzos del siglo XXI en el suroeste de América del Norte —región que comprende desde el oeste estadounidense hasta el norte mexicano— estimó que el cambio climático causado por las actividades humanas fue responsable de aproximadamente 42% del déficit de humedad del suelo entre 2000 y 2021. La causa principal fue el incremento de la evaporación asociado con temperaturas alrededor de 0.91 grados Celsius superiores al promedio de 1950-1999.

Esto permite entender por qué “lluvia” y “disponibilidad de agua” no significan lo mismo. La precipitación es el agua que cae; la disponibilidad depende de cuánto se infiltra, cuánto escurre hacia ríos y presas, cuánto retiene el suelo y cuánto se pierde por evaporación y evapotranspiración. El calentamiento está reduciendo la eficiencia hidrológica de cada milímetro recibido.

El monzón mexicano está cambiando.

El monzón de América del Norte no es una tormenta específica, sino un cambio estacional de la circulación atmosférica. Conforme el continente se calienta durante el verano, se forma una zona de baja presión que favorece el transporte de humedad hacia la Sierra Madre Occidental y las regiones interiores. En combinación con el relieve, esa humedad produce tormentas convectivas en Sonora, Chihuahua, Sinaloa, Durango y áreas vecinas.

Su intensidad depende de la temperatura del océano, la humedad disponible, los vientos, la posición de las áreas de alta presión y la circulación tropical. Una alteración en cualquiera de esos componentes puede retrasar su comienzo, provocar pausas o desplazar las zonas de mayor precipitación.

Los estudios climáticos advierten que la respuesta futura del monzón es compleja. No todos los modelos reproducen de igual manera el relieve del noroeste ni la circulación del golfo de California. Sin embargo, una investigación publicada en 2020 encontró que más de 70% de los modelos analizados proyectaban una disminución de la lluvia del monzón norteamericano en un clima más cálido. El mecanismo propuesto incluye cambios en la circulación atmosférica y una menor convergencia de humedad sobre la región, aun cuando una atmósfera caliente pueda contener más vapor de agua.

Otros estudios proyectan modificaciones en la estacionalidad: comienzo más tardío, periodos secos más largos y una mayor contribución de episodios extremos a la precipitación total. Esto significaría menos días útiles de lluvia, pero tormentas potencialmente más intensas cuando finalmente logran desarrollarse.

El panorama tampoco será idéntico en todos los lugares. Las laderas occidentales de la Sierra Madre, el altiplano chihuahuense, el desierto sonorense y el noreste conectado con el golfo responden de manera distinta. Por ello, los análisis estatales deben descender a la escala de cuencas y municipios. Una temporada favorable en la Sierra Tarahumara no garantiza lluvia suficiente en el centro y oriente de Chihuahua; del mismo modo, una tormenta tropical en Nuevo León no corrige automáticamente el déficit de Coahuila.

El Pacífico mueve los años húmedos y los años secos.

El cambio climático es una fuerza de largo plazo, pero se superpone con oscilaciones naturales que pueden prolongar una sequía o interrumpirla temporalmente. Entre ellas se encuentran El Niño-Oscilación del Sur y la Oscilación Decadal del Pacífico.

El Niño es el calentamiento periódico de una extensa región del Pacífico ecuatorial. En México suele favorecer mayor precipitación invernal en el noroeste, aunque sus efectos varían según la intensidad del evento y su interacción con otros sistemas. La Niña, asociada con un enfriamiento de esas aguas, suele incrementar el riesgo de inviernos secos en el norte. No es una regla absoluta, pero sí una relación climatológica importante.

La Oscilación Decadal del Pacífico funciona en escalas más largas. Una investigación publicada en npj Climate and Atmospheric Science relaciona el periodo relativamente húmedo de las últimas dos décadas del siglo XX con una fase cálida del Pacífico, mientras que la sequía prolongada del siglo XXI coincidió con una fase fría iniciada después de El Niño de 1997-1998. El mismo estudio señala que el calentamiento humano continuará y que los modelos proyectan una reducción de la precipitación invernal en México y el extremo suroeste de Estados Unidos.

La Oscilación Multidecadal del Atlántico también puede modificar la circulación y la humedad que llega al continente. Estas oscilaciones ayudan a explicar por qué existen periodos de varios años lluviosos o secos sin que cada episodio pueda atribuirse exclusivamente al calentamiento global.

La conclusión científica no es que la variabilidad natural haya desaparecido, sino que ahora opera sobre una superficie más caliente. Una fase oceánica naturalmente seca puede producir impactos más intensos porque la atmósfera extrae más humedad. Una temporada lluviosa puede ofrecer alivio, pero no necesariamente devuelve el sistema a las condiciones del siglo XX.

Los anticiclones que cierran el cielo.

Otro componente importante son las áreas persistentes de alta presión, conocidas popularmente como domos de calor cuando adquieren gran intensidad y duración. En estos sistemas, el aire desciende, se comprime y se calienta; además, inhibe el crecimiento vertical de las nubes. El resultado son cielos despejados, temperaturas elevadas y ausencia prolongada de precipitación.

En mayo de 2024, el SMN documentó dos circulaciones anticiclónicas que mantuvieron condiciones secas y produjeron la segunda y tercera ondas de calor del año. La investigación científica sobre ese episodio encontró que los cambios en la corriente en chorro subtropical, las altas presiones y el calentamiento anómalo del golfo de México y el Atlántico norte favorecieron un anticiclón semipermanente sobre México.

Estos bloqueos no son provocados por la deforestación de una comunidad ni por un solo fenómeno local. Son estructuras atmosféricas de gran escala. Sin embargo, el calentamiento del suelo y la pérdida de humedad pueden reforzar sus efectos: un terreno seco utiliza menos energía solar para evaporar agua y más para calentar el aire. Se forma así una retroalimentación en la que el calor seca el suelo y el suelo seco intensifica el calor.

Menos lluvia de invierno y una mayor dependencia de tormentas extraordinarias.

El invierno es especialmente importante para Baja California, Sonora y sectores del norte central. Sus lluvias suelen ser menos intensas que las tormentas de verano, pero pueden extenderse durante más tiempo y favorecer una infiltración más lenta.

Las proyecciones climáticas muestran una señal relativamente consistente de reducción de la lluvia invernal sobre México y el suroeste estadounidense. Esta disminución estaría relacionada con cambios en la corriente en chorro, en las trayectorias de las tormentas y en el transporte de humedad. Si las tormentas invernales circulan más al norte, una parte de la región mexicana queda bajo condiciones más secas.

Al mismo tiempo, algunas cuencas dependen de eventos tropicales para recuperarse. Los ciclones y sus remanentes pueden romper una sequía, llenar presas y restaurar temporalmente la humedad, pero son una fuente de agua extremadamente irregular. Pueden pasar años sin que una trayectoria favorable alcance determinadas cuencas, y cuando ocurre, la lluvia puede ser tan intensa que provoque inundaciones, daños y pérdida de suelo.

La ciencia describe así una transición peligrosa: periodos secos más largos interrumpidos por lluvias más violentas. No significa que cada año vaya a ser menos lluvioso que el anterior, sino que el suministro natural se vuelve más difícil de anticipar y administrar.

La sequía meteorológica no explica por sí sola la escasez.

En el debate público se suele atribuir toda falta de agua a la ausencia de lluvia. Esa interpretación es incompleta. La sequía meteorológica ocurre cuando la precipitación queda por debajo de su promedio. La sequía agrícola aparece cuando el suelo ya no conserva humedad suficiente para las plantas. La sequía hidrológica se manifiesta cuando disminuyen ríos, presas y acuíferos. Finalmente, existe una sequía socioeconómica cuando la disponibilidad no alcanza para cubrir la demanda de población, agricultura, industria y ecosistemas.

La lluvia es el detonante natural, pero el manejo del territorio decide en buena medida la magnitud del daño. La extracción intensiva de agua subterránea, el crecimiento de las ciudades, los cultivos de alto consumo, la pérdida de pastizales, la erosión y la ocupación de zonas de recarga disminuyen la capacidad de resistir varios años secos.

Una revisión de la UNAM sobre cambio climático y recursos hídricos encontró que los acuíferos sin disponibilidad pasaron de 178 en 2011 a 275 en 2020. También señala que 58% del agua subterránea extraída proviene de 101 acuíferos sobreexplotados. Las proyecciones indican que el norte y centro de México podrían experimentar reducciones en precipitación, escurrimiento, infiltración y recarga, agravadas por el aumento de la temperatura y la evapotranspiración. Para algunos ríos del norte, los modelos evaluados proyectan reducciones de escorrentía de hasta 60% en el largo plazo, aunque el resultado concreto dependerá de la cuenca y del escenario de emisiones.

Por ello, la crisis hídrica no puede explicarse solamente mirando al cielo. Si durante una sequía se bombea más agua de la que los acuíferos reciben durante años o décadas, una temporada lluviosa difícilmente restablecerá el equilibrio. La lluvia puede aliviar la emergencia superficial; no necesariamente repara un déficit subterráneo acumulado.

El campo recibe el primer golpe.

En las zonas rurales, el cambio se observa antes que en las ciudades. El ganadero lo percibe cuando el pastizal tarda más en reverdecer; el agricultor, cuando las primeras lluvias permiten sembrar, pero una pausa posterior pierde la germinación; las familias serranas, cuando un manantial reduce su caudal; y los apicultores, cuando la falta de floración disminuye el alimento disponible para las abejas.

Los cultivos de temporal son particularmente vulnerables. No requieren únicamente una cantidad total de agua, sino que ésta llegue en momentos específicos. Una lluvia abundante al final de la temporada no compensa necesariamente la ausencia de humedad durante la siembra, germinación o floración. La alteración del calendario puede reducir rendimientos incluso si el total anual termina cerca del promedio.

En la agricultura de riego, el déficit se traslada a las presas y los acuíferos. Para mantener la producción, se extrae más agua subterránea y se perforan pozos más profundos. Esto eleva los costos energéticos, favorece el hundimiento del terreno en algunas regiones y puede deteriorar la calidad del agua al movilizar sales, fluoruros o arsénico presentes de manera natural en determinados estratos geológicos.

Las consecuencias sociales no se distribuyen por igual. Una empresa agrícola con capital puede instalar sistemas de riego tecnificado o profundizar un pozo. Una familia campesina o un pequeño ganadero difícilmente dispone de esos recursos. La sequía climática termina convirtiéndose en desigualdad económica, pérdida de patrimonio y migración.

¿Qué puede hacerse frente a un cielo más incierto?

Ninguna obra puede fabricar lluvia, pero sí es posible conservar mejor el agua que todavía llega. La primera medida es abandonar la idea de que una temporada húmeda excepcional garantiza la seguridad del siguiente año. La administración del recurso debe basarse en periodos de varios años y considerar que las sequías prolongadas serán más probables bajo un clima más caliente.

En las cuencas rurales se requiere restaurar pastizales, proteger bosques serranos, controlar la erosión y recuperar zonas de infiltración. La vegetación no crea lluvia por sí sola, pero mejora la estructura del suelo, reduce la velocidad del escurrimiento y facilita que una mayor proporción del agua permanezca en la cuenca.

En la agricultura son necesarios sistemas de medición efectivos, riego ajustado a la humedad real del suelo, reconversión productiva donde los cultivos superan la disponibilidad local y límites de extracción que se cumplan. La tecnificación ayuda, pero no funciona si el agua ahorrada se utiliza para ampliar la superficie cultivada: en ese caso aumenta la eficiencia de cada hectárea, pero no disminuye el consumo total de la cuenca.

Las ciudades necesitan reparar fugas, reutilizar aguas tratadas, proteger sus fuentes y captar lluvia donde sea técnica y sanitariamente viable. También deben evitar que la expansión urbana cubra con concreto los cauces y áreas de infiltración, porque una ciudad impermeabilizada puede inundarse durante una tormenta y padecer escasez pocas semanas después.

Finalmente, hace falta fortalecer la red de estaciones meteorológicas e hidrométricas. Determinar si llueve menos en una comunidad exige series largas, continuas y comparables. Sin datos suficientes, las autoridades pueden confundir un episodio temporal con una tendencia o ignorar un cambio que ya se encuentra en marcha.

El mensaje del territorio.

En el norte de México no ha dejado de llover. El monzón continúa levantando nubes sobre la Sierra Madre, los frentes todavía cruzan la frontera y los ciclones siguen llevando humedad hacia el interior. Pero el sistema climático que organizaba esas lluvias está cambiando sobre una región que ya era seca y que, además, ha incrementado intensamente su demanda de agua.

La respuesta a la pregunta de por qué llueve menos no cabe en una causa única. Intervienen la variabilidad natural del Pacífico y el Atlántico, los episodios de El Niño y La Niña, la posición de las corrientes en chorro, los anticiclones, la irregularidad del monzón y las trayectorias de tormentas y ciclones. Sobre todos ellos actúa un calentamiento de origen humano que eleva la evaporación, prolonga la humedad deficitaria del suelo y aumenta el impacto de cada periodo sin precipitaciones.

Por eso, el cambio más grave quizá no sea una reducción simple del promedio anual. Es la pérdida de regularidad. El agua llega menos veces, puede caer con mayor violencia, encuentra suelos degradados que no logran retenerla y desaparece bajo temperaturas más altas. Después, cuando las presas bajan y los pozos se profundizan, el problema se atribuye exclusivamente al cielo.

La ciencia muestra algo distinto: el clima está endureciendo las condiciones, pero la magnitud de la crisis también depende de la manera en que se ocupa el territorio y se administra el agua. En el norte mexicano, cada milímetro será más valioso. La lluvia seguirá siendo incierta; lo que no debería continuar siendo incierta es la decisión de prepararse.

Fuentes principales consultadas.

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