El acuífero Jiménez-Camargo ha sido históricamente uno de los pilares de la actividad agrícola en la región. Durante décadas permitió el desarrollo de cultivos y la expansión de zonas productivas en medio de un territorio semidesértico.
HISTORIASMX. – En el norte de México, especialmente en regiones agrícolas como Jiménez y Camargo, la palabra “sequía” se ha convertido en una explicación fácil para justificar la escasez de agua. Cada año se repite el mismo discurso: las presas bajan, los pozos se secan, el campo sufre y la naturaleza es señalada como la principal responsable.
Sin embargo, detrás de ese argumento climático existe una realidad mucho más incómoda: el problema no es únicamente la sequía, sino décadas de sobreexplotación, perforaciones ilegales y corrupción institucional que han permitido el saqueo sistemático del acuífero Jiménez-Camargo.
La narrativa oficial suele presentar la crisis hídrica como un fenómeno natural inevitable. Pero en esta región del sur de Chihuahua, lo que ha ocurrido durante años es un proceso de extracción descontrolada de agua subterránea, muy por encima de la capacidad de recarga del acuífero.
El acuífero Jiménez-Camargo: una riqueza agotada
El acuífero Jiménez-Camargo ha sido históricamente uno de los pilares de la actividad agrícola en la región. Durante décadas permitió el desarrollo de cultivos y la expansión de zonas productivas en medio de un territorio semidesértico.
El problema comenzó cuando la extracción empezó a superar la capacidad natural de recarga. A pesar de que los estudios técnicos han advertido desde hace años sobre el abatimiento de los niveles de agua subterránea, la explotación continuó creciendo.
Los niveles freáticos han descendido progresivamente, obligando a profundizar los pozos cada vez más. En algunos casos, el agua que antes se encontraba a decenas de metros ahora se busca a más de 200 o incluso 300 metros de profundidad.
Este fenómeno no ocurre de un día para otro. Es el resultado de años de extracción intensiva sin control efectivo.
Perforaciones ilegales: el secreto a voces
Uno de los factores más señalados por productores y habitantes de la región es la proliferación de pozos clandestinos o perforaciones irregulares.
En muchas zonas agrícolas del estado, la perforación de pozos sin autorización ha sido un secreto a voces durante años. Equipos de perforación trabajando en zonas rurales, nuevos pozos que aparecen de un día para otro y concesiones que se extienden sin claridad.
Cada nuevo pozo representa más presión sobre un acuífero que ya se encuentra sobreexplotado.
La legislación mexicana establece que la extracción de agua subterránea debe realizarse bajo concesiones otorgadas por la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA). Sin embargo, en la práctica, el control y la supervisión han sido insuficientes.
El problema de los medidores que no existen
A esto se suma otro elemento crítico: la falta de medidores volumétricos en los pozos agrícolas.
En teoría, cada pozo concesionado debería contar con un sistema que registre cuánta agua se extrae realmente. Esto permitiría saber si se respeta el volumen autorizado y evitar abusos.
Pero en la realidad, en muchos casos los medidores simplemente no existen, no funcionan o nunca son revisados.
Sin medición real, el control se vuelve imposible. Y sin control, la extracción puede multiplicarse sin que nadie lo detecte.
La consecuencia es clara: se extrae más agua de la que oficialmente se reporta.
El nogal: un cultivo sediento
Otro elemento que ha intensificado la presión sobre los acuíferos del norte de México es la expansión del cultivo de nogal.
El nogal es uno de los cultivos más rentables del norte del país, pero también uno de los más demandantes en términos de agua.
Diversos estudios han señalado que una hectárea de nogal puede consumir alrededor de 19 mil metros cúbicos de agua al año, una cifra enorme para regiones donde la precipitación anual es mínima.
Durante los últimos años, la superficie de nogal en municipios como López, Jiménez y Camargo ha crecido de manera acelerada.
Más hectáreas significan más pozos, más bombeo y más presión sobre un acuífero que ya estaba al límite.
La paradoja es evidente: en medio de un desierto se han expandido cultivos que dependen de grandes volúmenes de agua subterránea.
La corrupción que nadie quiere mencionar
En cualquier crisis hídrica siempre aparece la misma pregunta incómoda: ¿dónde está la autoridad que debía regular el uso del agua?
La CONAGUA, responsable de administrar y vigilar los recursos hídricos del país, ha sido señalada en múltiples ocasiones por falta de vigilancia, omisiones administrativas y presuntos actos de corrupción.
Durante años, productores, investigadores y organizaciones han denunciado irregularidades en concesiones, falta de inspecciones y permisividad ante perforaciones ilegales.
El problema no es solo técnico, es también político.
Porque cuando las instituciones encargadas de regular el agua no cumplen su función, el resultado inevitable es el saqueo.
Sequía o colapso del modelo hídrico
La sequía existe. Nadie puede negarlo. El cambio climático ha intensificado los periodos de escasez en el norte de México.
Pero reducir la crisis hídrica únicamente a la sequía es ignorar décadas de decisiones equivocadas.
En el caso del acuífero Jiménez-Camargo, el problema no se explica solo por la falta de lluvia.
Se explica por la expansión descontrolada de cultivos intensivos en agua, la perforación indiscriminada de pozos, la ausencia de medición real y la falta de supervisión institucional.
Cuando el agua se extrae durante años a un ritmo mayor del que la naturaleza puede reponer, lo que ocurre no es sequía.
Lo que ocurre es agotamiento.
Nombrar el problema correctamente
El primer paso para resolver cualquier crisis es nombrarla correctamente.
Si se sigue hablando únicamente de sequía, se seguirá pensando que el problema es natural e inevitable.
Pero si se reconoce que existe sobreexplotación, mala gestión y corrupción, entonces la discusión cambia.
Porque la sequía no se puede evitar.
Pero el saqueo del agua sí.
Y mientras el discurso oficial siga culpando únicamente al clima, el verdadero problema seguirá oculto bajo una palabra cómoda que evita responsabilidades.
En el fondo, lo que ocurre en el acuífero Jiménez-Camargo no es solo una crisis hídrica.
Es también una crisis de gobernanza del agua.