La sobreexplotación del acuífero Jiménez-Camargo, la extracción profunda de agua subterránea y los antecedentes de contaminación por arsénico abren una discusión urgente de salud pública: no sólo se trata del agua que se bebe en los hogares, sino también del agua que puede terminar incorporada en alimentos, bebidas, procesos de cocina, comercios, cultivos y productos elaborados en la región.
HISTORIASMX. En Jiménez, Chihuahua, el problema del agua ya no puede reducirse únicamente a la falta de presión en las colonias, a los tandeos, a los pozos abatidos o a la disputa histórica entre el consumo humano y el uso agrícola. Detrás de la llave doméstica, de los garrafones, de los negocios de comida, de los cultivos y de la industria alimentaria local existe una pregunta más grave: ¿qué ocurre cuando el agua disponible para una comunidad contiene arsénico o proviene de un acuífero sobreexplotado donde la extracción cada vez más profunda puede arrastrar contaminantes naturales del subsuelo?
El municipio de Jiménez se encuentra dentro del área de influencia del acuífero Jiménez-Camargo, una de las reservas subterráneas más presionadas del sur de Chihuahua. De acuerdo con datos oficiales de Conagua, este acuífero registra una recarga media anual de 174.9 hectómetros cúbicos, pero un volumen de extracción de 336.77 hectómetros cúbicos, lo que arroja una disponibilidad negativa de -167.37 hectómetros cúbicos anuales. En términos simples: se extrae mucha más agua de la que el acuífero puede recuperar de manera natural.
Ese déficit no es una cifra técnica aislada. Es el retrato de un territorio donde el agua se ha convertido en un recurso cada vez más profundo, más disputado y más vulnerable. En regiones áridas como Jiménez, el abatimiento del manto freático puede obligar a perforar o bombear a mayores profundidades, donde el agua puede tener mayor contacto con formaciones geológicas que liberan arsénico, flúor u otros elementos presentes de forma natural en el subsuelo. Cuando ese líquido llega a las redes de distribución, a los pozos particulares, a los comercios o a la cadena alimentaria, el problema deja de ser solamente ambiental y se convierte en una amenaza sanitaria.
Un contaminante que no se ve, no huele y no cambia el sabor de manera evidente.
El arsénico es uno de los contaminantes más peligrosos del agua porque puede estar presente sin que la población lo perciba a simple vista. No siempre cambia el color, el olor o el sabor del líquido. Por eso, una familia puede consumirlo durante años sin saberlo, hasta que los efectos aparecen en forma de enfermedades crónicas, lesiones en la piel, problemas cardiovasculares, trastornos metabólicos, daños renales, gastrointestinales o incluso distintos tipos de cáncer.
La Organización Mundial de la Salud advierte que la exposición prolongada al arsénico inorgánico, principalmente a través del agua de consumo y los alimentos, puede provocar intoxicación crónica. Entre los efectos más característicos se encuentran lesiones cutáneas y cáncer de piel, pero también se ha asociado con cáncer de vejiga y pulmón, enfermedades cardiovasculares, diabetes, afectaciones pulmonares y daños en el desarrollo infantil.
En el caso de Chihuahua, estudios científicos han documentado exposición simultánea a arsénico y flúor en agua potable en distintas zonas del estado. La preocupación no es menor: cuando una población está expuesta durante años a agua contaminada, el riesgo no depende únicamente de un vaso de agua, sino de la suma diaria de pequeñas exposiciones: beber, cocinar, preparar café, hacer tortillas, lavar alimentos, elaborar bebidas, producir hielo, regar cultivos o fabricar productos alimenticios.
Jiménez: una alerta con antecedentes públicos.
El caso de Jiménez no es nuevo. Desde hace años existen antecedentes periodísticos, denuncias sociales y señalamientos públicos sobre pozos con arsénico en la región. En 2017, una publicación retomada por Agua.org.mx, con base en información de El Heraldo de Chihuahua, señaló que la ciudad de Jiménez contaba con pozos con altos niveles de arsénico y que ello estaba asociado a preocupaciones de salud pública, incluyendo enfermedades como cáncer, padecimientos renales y problemas gastrointestinales.
En 2020, La Jornada documentó denuncias de autoridades locales, colonos y activistas sobre escasez de agua y contaminación con arsénico en Jiménez. En esa información se vinculó el problema con la extracción profunda derivada de la sobreexplotación del acuífero, particularmente por el crecimiento de pozos agrícolas y el desgaste del manto freático.
Aunque estos antecedentes no sustituyen un monitoreo oficial actualizado pozo por pozo, sí muestran que el tema ha sido señalado durante años y que no puede ser tratado como rumor, alarma pasajera o exageración vecinal. La contaminación por arsénico en agua subterránea es un problema reconocido en el norte de México y requiere vigilancia permanente, transparencia pública y medidas de reducción de exposición.
Cuando el agua contaminada también entra a los alimentos.
El punto más delicado para Jiménez es que el agua no sólo se bebe. El agua se transforma en alimento. Se usa para lavar verduras, cocer frijoles, preparar caldos, hacer tortillas, elaborar pan, fabricar hielo, preparar aguas frescas, jugos, salsas, productos lácteos, nieves, paletas, conservas, carnes procesadas, bebidas y otros productos de consumo cotidiano.
Si el agua utilizada en esos procesos contiene arsénico por encima de los límites seguros, el riesgo no queda limitado al domicilio donde sale de la llave. Puede extenderse a comedores, restaurantes, tortillerías, panaderías, fábricas pequeñas, establecimientos ambulantes, negocios familiares y cualquier lugar donde el agua forme parte directa o indirecta de la preparación de alimentos.
La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos reconoce que el arsénico puede entrar a los alimentos desde el ambiente donde se cultivan, crían o procesan, y también durante el procesamiento cuando se agrega agua contaminada. Esto significa que la inocuidad alimentaria no depende únicamente de que un alimento se vea limpio o esté bien cocido, sino también de la calidad química del agua empleada en su elaboración.
En México, las buenas prácticas de higiene para el proceso de alimentos, bebidas y suplementos exigen controlar las condiciones sanitarias de elaboración. Sin embargo, en municipios con antecedentes de arsénico, la pregunta de fondo es si los negocios, productores y autoridades sanitarias realizan verificaciones suficientes de la calidad química del agua, no sólo de la limpieza visible de cocinas, equipos o recipientes.
La cadena completa: del pozo al cuerpo humano.
La ruta de exposición puede iniciar en un pozo profundo. De ahí, el agua puede pasar a la red pública, a pipas, a tomas domésticas, a tinacos, a garrafones rellenados, a cultivos, a negocios o a procesos alimentarios. En cada paso, si no existe monitoreo, filtración especializada o transparencia, la población queda obligada a confiar en un sistema que no siempre informa con claridad qué contiene el agua que consume.
El arsénico puede ingresar al cuerpo al beber agua contaminada, pero también a través de alimentos preparados con esa agua o cultivos irrigados con fuentes contaminadas. En zonas agrícolas, el problema puede ampliarse si el agua subterránea contaminada se usa de forma continua para riego, ya que ciertos cultivos pueden absorber contaminantes desde el suelo o el agua. No todos los alimentos acumulan arsénico de la misma manera, pero el riesgo existe y debe ser evaluado con análisis de agua, suelo y producto final.
Esto es particularmente importante en una región como Jiménez, donde la agricultura de alto consumo hídrico, la extracción intensiva del acuífero y la producción alimentaria conviven en el mismo territorio. La crisis del agua no sólo se mide en litros disponibles, sino en la calidad del líquido que sostiene la vida diaria y la economía local.
El límite legal no debe ser el techo de la salud pública.
La Norma Oficial Mexicana NOM-127-SSA1-2021 establece los límites permisibles de calidad para el agua de uso y consumo humano. La discusión nacional sobre arsénico ha avanzado hacia criterios más estrictos, alineados con recomendaciones internacionales que consideran 10 microgramos por litro como valor guía de referencia para agua potable.
Pero para la población, la pregunta no debe ser únicamente si una muestra cumple o no cumple en un día específico. La pregunta más profunda es cuánta exposición acumulada ha tenido una comunidad durante años. Una persona que bebe agua con arsénico durante décadas no enfrenta el mismo escenario que alguien expuesto de manera ocasional. Los riesgos aumentan con el tiempo, con la concentración, con el volumen consumido y con la vulnerabilidad de cada persona: niñas, niños, embarazadas, adultos mayores, personas con enfermedades renales, hepáticas, metabólicas o cardiovasculares.
Por eso, una política pública seria no debe conformarse con análisis aislados. Debe incluir monitoreos periódicos, publicación de resultados por pozo, mapas de riesgo, alternativas de abastecimiento seguro, filtros certificados, vigilancia de establecimientos alimentarios y campañas claras para que la población sepa qué agua puede beber, qué agua no debe usar para cocinar y qué medidas tomar mientras se resuelve el problema estructural.
La responsabilidad institucional.
El arsénico en el agua no puede quedar como una carga individual para las familias. No basta con decirle a la población que compre garrafones o que instale filtros, porque no todos los hogares tienen capacidad económica para hacerlo y no todos los filtros comerciales eliminan arsénico de manera efectiva. Algunos sistemas de filtración comunes mejoran sabor, olor o sedimentos, pero no necesariamente remueven metales pesados o metaloides como el arsénico.
La responsabilidad principal recae en las autoridades responsables del agua potable, salud pública, vigilancia sanitaria y administración del acuífero. Esto incluye a organismos operadores, autoridades municipales, estatales, federales, Conagua, salud, Coespris o las instancias competentes en materia de calidad del agua e inocuidad alimentaria.
En Jiménez se requiere una política de transparencia hídrica: publicar resultados actualizados de análisis de arsénico, flúor, nitratos y otros contaminantes por pozo; informar qué colonias reciben agua de cada fuente; explicar qué tratamientos se aplican; advertir qué usos son seguros y cuáles no; y revisar el agua utilizada en negocios donde se elaboran alimentos y bebidas.
También es indispensable revisar la presión agrícola sobre el acuífero. Mientras la extracción siga rebasando la recarga natural, el problema de cantidad y calidad puede profundizarse. El déficit del acuífero Jiménez-Camargo no es sólo una cifra de escritorio: es una señal de agotamiento que puede traducirse en pozos más profundos, agua de peor calidad, mayor costo de bombeo y más vulnerabilidad para la población.
La salud pública no puede esperar a que el daño sea irreversible.
El arsénico no provoca una emergencia visible como una inundación o un incendio. Su impacto es lento, acumulativo y silencioso. Por eso resulta más peligroso políticamente: puede ser ignorado durante años, minimizado en discursos oficiales o reducido a un problema técnico que la población no alcanza a dimensionar.
Pero la salud pública exige actuar antes de que las enfermedades se acumulen en estadísticas hospitalarias. Jiménez necesita saber qué está bebiendo, qué se está usando para cocinar y qué agua forma parte de los productos alimenticios que llegan a la mesa. La ciudadanía tiene derecho a información clara, verificable y actualizada.
El agua contaminada con arsénico no es solamente un problema ambiental. Es un problema de justicia social, de transparencia, de salud, de economía local y de seguridad alimentaria. En una región donde el agua ya es escasa, permitir que además sea insegura representa una doble condena para la población.
La pregunta que queda abierta es urgente: ¿quién está verificando, con pruebas recientes y públicas, que el agua que consumen las familias de Jiménez —y la que se utiliza para fabricar alimentos— realmente es segura?
Mientras esa respuesta no exista con datos transparentes, el arsénico seguirá siendo una amenaza invisible: una que no se mira en el vaso, pero puede permanecer durante años dentro del cuerpo.