La carne proporcionaba alimento; las pieles se convertían en ropa, tiendas y cobijas; los huesos servían para fabricar herramientas; y los tendones eran utilizados como cuerdas. En muchas culturas indígenas, el bisonte era considerado un animal sagrado cuya existencia estaba ligada al equilibrio de la vida en las praderas.
HISTORIASMX. – Durante miles de años, el bisonte americano fue el animal más importante de las grandes praderas de Norteamérica. Antes de la llegada masiva de colonos europeos, entre 30 y 60 millones de bisontes recorrían desde el norte de México hasta Canadá, formando inmensas manadas que podían extenderse por kilómetros. Para decenas de pueblos indígenas, entre ellos lakotas, cheyennes, comanches, kiowas y arapahos, el bisonte era mucho más que una fuente de alimento: era la base de su economía, cultura, religión y supervivencia.
La carne proporcionaba alimento; las pieles se convertían en ropa, tiendas y cobijas; los huesos servían para fabricar herramientas; y los tendones eran utilizados como cuerdas. En muchas culturas indígenas, el bisonte era considerado un animal sagrado cuya existencia estaba ligada al equilibrio de la vida en las praderas.
El inicio de la gran matanza.
La situación comenzó a cambiar durante el siglo XIX. La expansión de Estados Unidos hacia el oeste, la construcción de los ferrocarriles, la aparición de rifles más precisos y el crecimiento del mercado internacional de pieles provocaron una cacería masiva sin precedentes. Millones de animales fueron sacrificados únicamente por sus pieles, dejando los cadáveres pudriéndose sobre las llanuras.
Los trenes que cruzaban las Grandes Llanuras incluso organizaban «cacerías deportivas» desde las ventanillas. Los pasajeros disparaban contra las manadas por diversión mientras el ferrocarril avanzaba. Algunos cazadores profesionales llegaron a matar decenas o cientos de animales en un solo día.
Entre 1820 y 1880 ocurrió lo que los historiadores denominan «La Gran Matanza» («The Great Slaughter»), un proceso que redujo la población de bisontes de decenas de millones a menos de mil ejemplares.
¿Fue una estrategia contra los pueblos indígenas?
La respuesta histórica es sí.
Diversos documentos oficiales y estudios históricos muestran que numerosos militares y funcionarios estadounidenses consideraban que la destrucción de los bisontes era una herramienta para derrotar a las tribus de las Grandes Llanuras. El razonamiento era sencillo: si desaparecía el bisonte, desaparecería la principal fuente de alimento y recursos de los pueblos indígenas, obligándolos a rendirse y aceptar la vida en las reservas.
El general Philip Sheridan defendió públicamente la continuación de la matanza de bisontes como una forma de resolver lo que entonces llamaban «la cuestión indígena». William Tecumseh Sherman expresó opiniones similares, argumentando que sin bisontes las tribus serían obligadas a abandonar su modo de vida tradicional. Incluso existieron intentos en el Congreso para proteger a los animales, pero en 1874 el presidente Ulysses S. Grant vetó una ley destinada a limitar la matanza.
Muchos historiadores contemporáneos consideran que la destrucción deliberada del bisonte constituyó una forma indirecta de guerra económica y cultural contra las naciones indígenas de las praderas.
Al borde de la extinción.
Lo que parecía imposible ocurrió en apenas unas décadas.
Hacia 1889, se estimaba que quedaban alrededor de mil bisontes en toda Norteamérica, entre ejemplares salvajes y cautivos. Algunas fuentes registran apenas unos cientos viviendo libremente en estado silvestre.
El colapso fue tan dramático que numerosos científicos de la época pensaron que el bisonte desaparecería por completo durante el siglo XX. La desaparición de las grandes manadas transformó radicalmente los ecosistemas de las praderas y aceleró el confinamiento de los pueblos indígenas en reservas.
El rescate de una especie.
A principios del siglo XX surgieron movimientos de conservación impulsados por naturalistas, rancheros y organizaciones dedicadas a la protección de la fauna. En 1905 fue creada la American Bison Society, considerada una de las organizaciones pioneras en la recuperación del bisonte.
Gracias a programas de reproducción, áreas protegidas y reservas nacionales, la especie logró recuperarse gradualmente. Uno de los refugios más importantes fue Yellowstone National Park, donde sobrevivió una de las últimas poblaciones silvestres.
Actualmente existen cientos de miles de bisontes en Norteamérica, aunque la mayoría vive en ranchos privados, reservas o áreas manejadas. Las poblaciones verdaderamente silvestres siguen siendo relativamente pequeñas en comparación con las enormes manadas que existían antes del siglo XIX.
El regreso del bisonte a México.
Pocas personas saben que el bisonte también habitó históricamente el norte de México.
Registros arqueológicos, documentos coloniales y estudios biológicos confirman que las manadas llegaban hasta Chihuahua, Coahuila, Sonora y Durango. Durante décadas se creyó que habían desaparecido completamente del territorio mexicano.
Sin embargo, durante los últimos años México y Estados Unidos han impulsado programas binacionales de restauración. Uno de los proyectos más importantes se encuentra en la Reserva de la Biosfera de Janos, en el noroeste de Chihuahua, donde se estableció una población de bisontes que actualmente se reproduce de forma natural.
La recuperación de Janos ha demostrado que los pastizales chihuahuenses aún conservan condiciones adecuadas para albergar a este emblemático mamífero. Posteriormente también fueron introducidos ejemplares en la región de Maderas del Carmen, en Coahuila, como parte de los esfuerzos de restauración ecológica.
Más que salvar un animal.
La recuperación del bisonte no sólo busca rescatar una especie.
Los científicos consideran que el bisonte es una «especie clave» para las praderas. Al pastar, abrir senderos y dispersar semillas, ayuda a mantener la diversidad biológica, favorece la infiltración del agua y contribuye a la salud de los pastizales. Además, para numerosas comunidades indígenas representa la recuperación de una parte fundamental de su patrimonio cultural.
La historia del bisonte americano es también la historia de cómo una política de expansión territorial y explotación económica estuvo a punto de borrar de la faz de la tierra a uno de los animales más emblemáticos del continente. Lo que alguna vez fue una herramienta para someter a los pueblos originarios se ha convertido hoy en un símbolo de restauración ecológica y reconciliación histórica.
Y quizá el dato más sorprendente sea que una parte de ese regreso está ocurriendo precisamente en Chihuahua, donde después de más de un siglo de ausencia, el gigante de las praderas vuelve a caminar sobre tierras mexicanas.