Once años de fe: la promesa de doña María a San Judas Tadeo

“Me siento muy contenta. Desde semanas antes ya ando viendo qué le voy a hacer, qué guisos voy a preparar. Llega mucha gente, bastantes. No sé cuántos exactamente, pero mi casa se llena. Y nadie se va sin comer”, dice sonriendo.

HISTORIASMX. – En una vivienda de la colonia Estación, en Ciudad Jiménez, Chihuahua, el olor a guisos caseros y flores frescas se mezcla con el murmullo de los rezos. Cada 28 de octubre, la casa de doña María Viga se convierte en un punto de encuentro de fe y gratitud. Desde hace once años, ella levanta un altar dedicado a San Judas Tadeo, el santo de las causas imposibles, a quien atribuye no solo milagros, sino también la fortaleza de seguir adelante.

“Ya tengo once años haciéndole su altar. Todo empezó cuando me detectaron cáncer en la matriz. Yo me encomendé con mucha fe a él, y gracias a Dios todo salió bien. Desde entonces no me ha dejado sola”, cuenta con serenidad mientras acomoda veladoras alrededor de la imagen del santo.

Una promesa que se volvió tradición.

La historia de doña María comenzó como un ruego en medio de la desesperación. Hoy, su altar se ha convertido en símbolo de esperanza para toda su colonia. Desde principios de octubre, comienza los preparativos: limpia el espacio, coloca flores, enciende velas y cocina los guisos que cada año reparte entre vecinos, familiares y desconocidos.

“Me siento muy contenta. Desde semanas antes ya ando viendo qué le voy a hacer, qué guisos voy a preparar. Llega mucha gente, bastantes. No sé cuántos exactamente, pero mi casa se llena. Y nadie se va sin comer”, dice sonriendo.

No pide nada a cambio. Su manera de agradecer es compartiendo. “Yo no cobro, ni pido. Mis vecinos me ayudan porque saben que cada año lo hago. Ellos vienen por gusto, con fe”, comenta.

El milagro y la velación.

Este año, doña María decidió velar por primera vez la imagen de su santo. Lo hizo, dice, por un nuevo milagro recibido.

“Anoche lo velé, porque me hizo otro milagro. Primero mi padre Dios, y luego mi Sanjuditas. Por eso quise velarlo, como agradecimiento. Para mí es una alegría tan grande cuando se acerca su día. Es todo para mí”, relata con la voz quebrada, pero llena de emoción.

Durante la novena que inicia cada 19 de octubre, reza el rosario al mediodía. Luego, una vecina acude a bendecir los alimentos que reparte a partir de la una de la tarde. “La bendición es lo más bonito”, dice, mientras acomoda los platos sobre la mesa que sirve como altar y comedor al mismo tiempo.

Una fe que se comparte.

Para doña María, la devoción a San Judas Tadeo no se trata solo de pedir, sino de agradecer. En su voz hay calma, y en su mirada, una certeza profunda que no se explica, pero se siente.

“Yo siempre le pido con fe. Pido por mis hijos, mis vecinos, por mi gente. Y gracias a Dios, nunca me ha dejado sola. A la gente que me escucha le digo que no se desesperen. Si le piden, háganlo con mucha fe, porque él los escucha, como a mí”, expresa con una sonrisa.

En el transcurso del día, su casa se llena de visitantes: algunos llegan a rezar, otros solo a agradecer o a probar los guisos del altar. La música religiosa, las flores amarillas y las velas encendidas crean un ambiente íntimo, lleno de devoción y gratitud.

Un altar que trasciende las paredes.

La celebración de doña María no es solo un acto personal. Es también una muestra del profundo arraigo que San Judas Tadeo tiene entre la gente sencilla del norte de México. En cada altar, en cada vela, hay una historia de lucha y esperanza.

Mientras el sol cae sobre los techos de lámina de la colonia Estación, el altar sigue iluminado. Las llamas titilan, el aroma del incienso se mezcla con el de los guisos, y la voz de doña María se escucha firme:

“Mientras Dios me dé vida y salud, aquí voy a seguir haciéndole su fiesta a mi Sanjuditas. Porque él nunca me ha dejado sola.”

Por: Gorki Rodríguez / HISTORIASMX-LABP

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