Hoy, este microecosistema enfrenta una amenaza directa: la sobreexplotación del acuífero Jiménez–Camargo, base hídrica de la región y sostén invisible del manantial.
Reportaje especial / HISTORIASMX. – En el sur del estado de Chihuahua, donde el desierto se impone sobre los llanos y las sierras bajas, un manantial rompe la monotonía del paisaje árido. Se trata del Ojo de Dolores, un cuerpo de agua termal ubicado a pocos kilómetros de la cabecera municipal de Jiménez. A primera vista, el sitio parece un estanque natural más; sin embargo, bajo su superficie se resguarda uno de los ecosistemas acuáticos más singulares y frágiles del norte de México.

En sus aguas sobreviven dos especies de peces que no existen en ningún otro lugar del planeta: el Cachorrito de Dolores (Cyprinodon macrolepis) y el Guayacón de Hacienda Dolores (Gambusia hurtadoi), ambas catalogadas como endémicas y en riesgo de extinción por instancias ambientales federales.
Hoy, este microecosistema enfrenta una amenaza directa: la sobreexplotación del acuífero Jiménez–Camargo, base hídrica de la región y sostén invisible del manantial.
Un oasis con historia.
El Ojo de Dolores se localiza dentro de los terrenos de una antigua hacienda que, desde el siglo XIX, utilizó las aguas termales para riego agrícola y abrevadero de ganado. Durante décadas, el sitio fue punto de paso para campesinos, pastores y viajeros del sur chihuahuense.

Sin embargo, mientras la actividad humana se desarrollaba en la superficie, en el interior del manantial ocurría un proceso biológico excepcional. Las condiciones físicas del Ojo de Dolores —temperatura constante, composición mineral específica y aislamiento geográfico— propiciaron un fenómeno de evolución aislada, dando origen a especies adaptadas exclusivamente a ese entorno.
Este tipo de procesos, conocidos como microendemismo, son poco comunes y extremadamente vulnerables: cualquier alteración mínima del hábitat puede provocar la desaparición total de las especies que lo habitan.
Joyas vivas del desierto.
Investigaciones realizadas desde mediados del siglo XX y retomadas en años recientes por especialistas de la Universidad Autónoma de Chihuahua y del Instituto de Biología de la UNAM identifican al Ojo de Dolores como hábitat exclusivo de dos peces endémicos:
- Cyprinodon macrolepis, conocido como Cachorrito de Dolores, es un pez de pequeño tamaño, cuerpo robusto y escamas grandes. Se alimenta de algas y microinvertebrados y es altamente sensible a cambios en la temperatura y calidad del agua.
- Gambusia hurtadoi, el Guayacón de Hacienda Dolores, pertenece a la familia de peces vivíparos. Fue descrito formalmente en la década de 1940 y su nombre honra al antiguo propietario de la hacienda donde fue descubierto.
Ambas especies representan un patrimonio biológico irrepetible. En México, solo algunos sitios presentan características similares, como Cuatro Ciénegas, en Coahuila, o el manantial de Julimes, también en Chihuahua.
Un laboratorio natural sin protección.
El reconocido biólogo José Luis Contreras-Balderas, pionero en el estudio de la ictiofauna del norte del país, describió al Ojo de Dolores como un “laboratorio natural de evolución”. No obstante, con el paso de los años, las visitas científicas se han vuelto esporádicas y el monitoreo prácticamente inexistente.

Documentos técnicos de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales advierten que el manantial alberga “un ecosistema singular, aislado y altamente vulnerable, cuya pérdida sería irreversible a escala mundial”.
A pesar de ello, el Ojo de Dolores no cuenta con ninguna figura de protección legal, ni federal ni estatal. No es área natural protegida, no tiene programa de manejo ambiental y carece de vigilancia o monitoreo permanente.
El agua que desaparece.
La principal amenaza para el manantial no es visible a simple vista. Se encuentra bajo tierra.
De acuerdo con los informes más recientes de la Comisión Nacional del Agua, el acuífero Jiménez–Camargo presenta un déficit anual de 167 millones de metros cúbicos, lo que significa que se extrae mucha más agua de la que el subsuelo puede recargar de manera natural.

En la región existen más de 11 mil hectáreas de nogal en producción, un cultivo de alta demanda hídrica. Cada hectárea requiere en promedio más de 19 mil metros cúbicos de agua al año, lo que equivale a más de 209 millones de metros cúbicos destinados exclusivamente a este monocultivo, casi tres veces la recarga natural estimada del acuífero.
El contraste es evidente: mientras la frontera agrícola se expande, los manantiales disminuyen su caudal y los ecosistemas naturales quedan sin protección.
Pozos, nogaleras y vacío de autoridad.
En los alrededores del Ojo de Dolores se han documentado nuevas perforaciones de pozos profundos, canalizaciones y sistemas de riego tecnificado. Ejidatarios y habitantes de la zona aseguran que varios de estos pozos se encuentran a menos de dos kilómetros del manantial.
“Antes el Ojo brotaba con fuerza; ahora el nivel baja y el agua se siente más caliente”, relata un habitante del ejido Dolores. “Los pozos jalan el agua de abajo; lo que sube allá es lo mismo que baja aquí”.
Informes locales señalan que algunas perforaciones no aparecen en los registros oficiales o fueron clasificadas como de uso doméstico, cuando en realidad abastecen extensiones agrícolas de gran escala.
Ni la CONAGUA, ni la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, ni la SEMARNAT han implementado acciones específicas para proteger el manantial o regular la extracción en su zona de influencia.
Las víctimas invisibles.
La disminución del caudal y las alteraciones térmicas del Ojo de Dolores ponen en riesgo directo a sus especies endémicas. Ambos peces dependen de condiciones muy específicas: temperatura estable, oxigenación constante y equilibrio químico del agua.

Especialistas advierten que, de mantenerse el descenso del acuífero, el Cachorrito de Dolores y el Guayacón de Hacienda Dolores podrían extinguirse en menos de una década.
Su desaparición no solo significaría la pérdida de dos especies, sino el colapso de un ecosistema que tardó miles de años en formarse.
Un llamado urgente.
Organismos académicos y especialistas proponen medidas concretas para evitar la desaparición del Ojo de Dolores:
- Establecer una zona de protección hídrica alrededor del manantial.
- Suspender la perforación de nuevos pozos en un radio mínimo de cinco kilómetros.
- Regular el uso agrícola del agua y exigir medidores obligatorios en todos los pozos.
- Impulsar cultivos alternativos de menor consumo hídrico.
- Integrar el sitio al sistema estatal de Áreas Naturales Protegidas.
Hasta ahora, ninguna de estas propuestas ha sido aplicada.
El futuro en disputa.
El espejo azul del Ojo de Dolores aún refleja el cielo del desierto, pero bajo su superficie se libra una batalla silenciosa. Cada pozo perforado, cada hectárea de riego intensivo, reduce la posibilidad de supervivencia de este oasis milenario.
Lo que está en juego no es solo un paisaje, sino un patrimonio biológico único del norte de México.
Si el Ojo de Dolores desaparece, no será por causas naturales, sino por la sed humana.
Fuentes consultadas.
- Comisión Nacional del Agua (2024). Disponibilidad media anual del acuífero Jiménez–Camargo.
- Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (2022). Plan de Acción para la Conservación de Especies Prioritarias en Chihuahua.
- Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad. Sitios prioritarios para la conservación.
- Instituto de Biología, UNAM / UACH. Inventario ictiológico del Río Conchos.
- Contreras-Balderas, J.L. Estudios sobre la ictiofauna de Chihuahua (1980–2004).
- Testimonios de pobladores del ejido Dolores, Jiménez, Chihuahua (2024).