México bajo el frío: el territorio perdido de la Edad de Hielo y los gigantes que lo habitaron

Durante el Pleistoceno, el actual territorio mexicano no quedó sepultado bajo una capa continua de hielo. Fue un mosaico de pastizales, bosques fríos, grandes lagos, humedales y selvas desplazadas, recorrido por mamuts colombinos, mastodontes, gonfoterios, bisontes, caballos americanos, camellos, gliptodontes, perezosos gigantes y poderosos depredadores. Su desaparición coincidió con un cambio climático acelerado y con la expansión de los primeros grupos humanos.

HISTORIASMX. – Mucho antes de que existieran México, sus ciudades, caminos, desiertos y fronteras, el territorio que hoy ocupa el país formaba parte de un mundo más frío, cambiante y poblado por animales de dimensiones extraordinarias. En las planicies del centro caminaban manadas de mamuts colombinos; en los pastizales del norte corrían caballos nativos, bisontes y camellos; entre los bosques y humedales se desplazaban mastodontes; en regiones cálidas del sur avanzaban enormes perezosos terrestres y gliptodontes cubiertos por una coraza de hueso. Cerca de ellos vivían jaguares, lobos, osos de rostro corto y felinos con colmillos semejantes a sables.

Aquel territorio no fue una versión congelada del México actual. Tampoco fue una extensión uniforme de nieve como las imágenes populares de la “Edad de Hielo” suelen sugerir. Mientras enormes mantos glaciares cubrían Canadá y una parte de Estados Unidos, México permanecía mayoritariamente libre de hielo. Sin embargo, las temperaturas eran más bajas, los glaciares descendían por las cumbres de las montañas más altas, el nivel del mar estaba considerablemente por debajo del actual y la distribución de lluvias, lagos, plantas y animales era profundamente diferente.

La historia de ese México remoto se encuentra escrita en huesos, dientes, huellas, polen fosilizado, sedimentos lacustres, capas de ceniza volcánica, depósitos de antiguas cuevas y herramientas de piedra. Cada hallazgo permite reconstruir un fragmento del paisaje, aunque también recuerda que la Edad de Hielo no fue un solo momento, sino una extensa época marcada por repetidos ciclos de enfriamiento y calentamiento.

La Edad de Hielo no fue una sola glaciación.

La época geológica conocida como Pleistoceno comenzó hace aproximadamente 2.58 millones de años y terminó hace 11,700 años, cuando inició el Holoceno, periodo en el que vivimos. Durante ese prolongado intervalo, el planeta atravesó numerosos ciclos glaciales e interglaciales. El hielo avanzaba durante decenas de miles de años y después retrocedía cuando las temperaturas aumentaban.

Por ello, hablar de “la Edad de Hielo” como si se tratara de un invierno único es impreciso. Hubo fases extremadamente frías, otras relativamente templadas y transiciones que modificaron repetidamente los ecosistemas. Las oscilaciones se relacionaron principalmente con cambios periódicos en la órbita, inclinación y orientación de la Tierra, amplificados por variaciones en los gases de efecto invernadero, la circulación oceánica, las superficies cubiertas de hielo y otros mecanismos del sistema climático.

El episodio más conocido fue el Último Máximo Glacial, ocurrido aproximadamente entre hace 26,500 y 19,000 años. En ese momento los glaciares continentales alcanzaron uno de sus mayores volúmenes recientes y el nivel global del mar descendió alrededor de 120 a 130 metros, porque una enorme cantidad de agua quedó almacenada como hielo. La revisión paleoclimática publicada por el Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana sitúa este periodo entre unos 26,500 y 19,000 años antes del presente y calcula una reducción marina cercana a 130 metros.

México no fue cubierto por las gigantescas capas de hielo Laurentide y Cordillerana, localizadas principalmente al norte. La influencia de aquellas masas, sin embargo, alcanzó al país mediante temperaturas menores, circulación atmosférica distinta y cambios en la disponibilidad de humedad. La nieve permanente y los glaciares se concentraron en las montañas más altas del centro, como el Iztaccíhuatl, el Popocatépetl, el Pico de Orizaba y el Nevado de Toluca. Estudios geomorfológicos han identificado zonas modeladas por hielo antiguo en el Iztaccíhuatl, incluso entre los 3,800 y 4,000 metros de altitud.

Un país más frío, pero no uniformemente húmedo.

Reconstruir cómo era todo México durante el Pleistoceno exige evitar otra simplificación: frío no significa necesariamente que todas las regiones fueran más húmedas. El territorio mexicano ya poseía una geografía compleja, con sierras, altiplanos, cuencas cerradas, costas y zonas tropicales. Cada región respondió de manera diferente a las fluctuaciones climáticas.

El norte presentaba amplias extensiones abiertas, pastizales, matorrales y bosques de coníferas cuya distribución no coincidía con la actual. En diferentes momentos existieron lagos de origen pluvial dentro de cuencas que hoy son desérticas. En Chihuahua, por ejemplo, la cuenca de Palomas conserva rasgos de antiguos cuerpos de agua formados durante periodos más favorables para la acumulación de humedad. Otras depresiones del Desierto Chihuahuense también albergaron lagos y humedales intermitentes. Esto no significa que todo el norte fuera permanentemente húmedo: los registros revelan alternancias, diferencias regionales y etapas de sequedad.

Las plantas también cambiaron de lugar. Al descender la temperatura, comunidades de pinos, encinos, juníperos y otras especies adaptadas al frío podían establecerse a elevaciones inferiores a las actuales. Los pastizales se extendían sobre zonas que posteriormente se volvieron matorrales áridos. Cuando el clima se calentó, muchos bosques retrocedieron hacia las montañas, mientras las especies desérticas ampliaron su distribución.

En el centro del país, las cuencas actualmente urbanizadas estaban ocupadas por sistemas de lagos, pantanos, ríos y praderas. La Cuenca de México era un espacio de elevada productividad biológica, capaz de sostener grandes herbívoros. La abundancia de fósiles descubiertos durante perforaciones de pozos, cimentaciones y obras del Metro demuestra que la megafauna no era una presencia excepcional. Sus restos quedaron enterrados en sedimentos lacustres y aluviales acumulados durante miles de años.

El descenso del nivel del mar modificó las costas del Pacífico, el Golfo y el Caribe. La línea costera se encontraba más lejos que ahora y una mayor superficie de la plataforma continental permanecía expuesta. En Yucatán, muchas cuevas que actualmente se encuentran inundadas eran espacios secos y transitables para animales y seres humanos. Cuando terminó la glaciación, el hielo se derritió, el mar ascendió y el agua subterránea cubrió esos pasajes, conservando esqueletos y vestigios arqueológicos. La UNAM señala que el nivel marino llegó a encontrarse más de 120 metros por debajo del actual.

El mamut mexicano no era el mamut lanudo.

El animal más emblemático del Pleistoceno mexicano fue el mamut colombino, Mammuthus columbi. A diferencia del mamut lanudo asociado con Siberia, Alaska y las representaciones cinematográficas de paisajes nevados, el mamut colombino estaba adaptado a ambientes relativamente más templados. Era uno de los mamíferos terrestres más grandes del continente: algunos ejemplares pudieron superar los cuatro metros de altura en los hombros y alcanzar varias toneladas de peso.

Sus defensas curvas podían adquirir dimensiones enormes. Sus molares, formados por láminas resistentes, trituraban grandes cantidades de hierbas, plantas y vegetación áspera. Los estudios sobre el desgaste dental, isótopos y microrestos vegetales indican que su dieta podía variar según el ambiente y la estación. No todos los mamuts comían exactamente lo mismo ni vivían exclusivamente en praderas abiertas.

México posee una concentración excepcional de restos de esta especie. Se han encontrado fósiles desde estados del norte hasta regiones del centro y sur. La Cuenca de México es particularmente rica debido a la combinación de abundancia animal, actividad lacustre y condiciones favorables para el enterramiento de huesos.

Los rescates realizados durante la construcción del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, en Santa Lucía, Estado de México, recuperaron restos de cientos de mamuts y otros animales. El antiguo terreno formaba parte de un ambiente lacustre y pantanoso donde numerosos ejemplares pudieron quedar atrapados, morir de forma natural o ser aprovechados posteriormente por seres humanos y carroñeros. La extraordinaria acumulación no implica que todos murieran al mismo tiempo ni por una sola causa.

Es importante distinguir entre mamut, mastodonte y gonfoterio. Aunque pertenecían al orden de los proboscídeos y tenían trompa y defensas, representaban linajes distintos. El mastodonte americano, Mammut americanum, poseía dientes adaptados al consumo de hojas, ramas y vegetación de bosque. Sus restos han sido documentados, entre otros lugares, en Hidalgo.

Los gonfoterios, como Cuvieronius, tenían una historia evolutiva diferente y se desplazaron hacia Sudamérica durante el Gran Intercambio Biótico Americano. En determinados sitios mexicanos pueden aparecer restos de varios proboscídeos, aunque su identificación correcta requiere estudiar la forma de los molares, defensas, cráneo y otros elementos del esqueleto.

Caballos y camellos antes de la llegada española.

Uno de los aspectos más sorprendentes de aquel mundo es que América del Norte fue centro de evolución de los caballos. Durante el Pleistoceno mexicano existieron varias formas del género Equus. Sus manadas pastaban en espacios abiertos y constituían una parte importante de las comunidades de grandes herbívoros.

Estos caballos desaparecieron de América al final del Pleistoceno. El caballo doméstico que llegó con los españoles en el siglo XVI no representó la aparición de un animal completamente ajeno al continente, sino el regreso de un linaje cuyo desarrollo evolutivo había comenzado en Norteamérica, pero que había sobrevivido en Eurasia y África.

También existieron camélidos nativos. Entre ellos destacó Camelops hesternus, un animal emparentado lejanamente con los camellos, llamas y alpacas actuales. Su aspecto probablemente combinaba un cuello largo, extremidades adaptadas al desplazamiento y un cuerpo robusto. No se sabe con certeza si tenía una joroba pronunciada como los camellos modernos; los tejidos blandos rara vez se fosilizan, por lo que las reconstrucciones deben mantener prudencia.

En San Mateo Huexoyucán, Tlaxcala, una asociación fósil fechada aproximadamente entre 51,798 y 47,650 años antes del presente incluye Camelops hesternus, caballos como Equus mexicanus, bisontes, mamut, gliptodonte y perezoso terrestre gigante. La coexistencia de estos animales revela la riqueza de las comunidades del centro de México mucho antes de la llegada humana documentada para etapas posteriores.

Bisontes, berrendos y venados en las grandes llanuras.

Los bisontes fueron otro componente fundamental. En el Pleistoceno existieron formas de tamaño superior al bisonte moderno, como Bison latifrons, conocido por la enorme extensión de sus cuernos, y posteriormente especies como Bison antiquus. En la bioestratigrafía norteamericana, la presencia del género Bison ayuda a reconocer la Edad Mamífero Rancholabreana, correspondiente al Pleistoceno tardío.

Los pastizales mexicanos también sostuvieron diferentes antilocápridos, familia a la que pertenece el berrendo actual. Entre ellos se encontraban formas como Stockoceros y Capromeryx. Sus fósiles en Hidalgo y otras regiones indican que las comunidades de herbívoros eran mucho más diversas que las actuales.

A ellos se sumaban venados, pecaríes, tapires en las regiones favorables y otros mamíferos pequeños y medianos que rara vez reciben tanta atención como los gigantes. La reconstrucción de un ecosistema no puede limitarse a la megafauna: roedores, conejos, murciélagos, musarañas, aves, reptiles, anfibios, peces, insectos y moluscos también permiten conocer temperatura, humedad, vegetación y disponibilidad de agua.

Perezosos gigantes y armadillos convertidos en fortalezas.

Desde Sudamérica llegaron a México animales que no se parecían a nada que hoy sobreviva en el país. El cierre progresivo del istmo de Panamá permitió el llamado Gran Intercambio Biótico Americano: especies del norte avanzaron hacia el sur y especies sudamericanas se desplazaron hacia Norteamérica.

Entre los inmigrantes se encontraban los perezosos terrestres gigantes. A diferencia de los pequeños perezosos arborícolas actuales, algunos caminaban sobre el suelo y alcanzaban grandes dimensiones. Eremotherium laurillardi fue uno de los mayores. Podía levantarse sobre las patas traseras para alcanzar ramas y utilizar sus poderosas extremidades delanteras y garras para acercar vegetación o defenderse.

En México también se ha documentado Paramylodon harlani, un perezoso terrestre grande y robusto. Un ejemplar procedente de la cuenca de Valsequillo, Puebla, amplió el conocimiento de su distribución en el país.

Los gliptodontes, parientes de los armadillos, poseían una coraza rígida compuesta por cientos de placas óseas u osteodermos. Algunos alcanzaban el tamaño aproximado de un automóvil pequeño. Su protección no consistía en una concha idéntica a la de una tortuga, sino en una estructura dérmica de hueso que cubría gran parte del cuerpo. Restos del género Glyptotherium han sido encontrados en Chihuahua, Sonora, Hidalgo, Estado de México, Puebla, Veracruz, Jalisco, Aguascalientes y otras regiones.

Estos animales confirman que México funcionó como territorio de encuentro entre dos historias evolutivas. Mamuts, bisontes, caballos y camellos representaban principalmente linajes norteamericanos o euroasiáticos llegados por Beringia en distintos momentos; perezosos y gliptodontes provenían de una expansión originada en Sudamérica.

Los grandes cazadores del México pleistocénico.

Donde había grandes concentraciones de herbívoros también existían depredadores y carroñeros. Entre los más conocidos se encontraba Smilodon fatalis, el felino de dientes de sable. Sus caninos superiores eran extraordinariamente largos, pero no funcionaban como simples cuchillos capaces de perforar cualquier parte del cuerpo. Su anatomía indica una estrategia especializada: sujetar a la presa con las extremidades delanteras y aplicar una mordida cuidadosa en zonas vulnerables.

También vivían jaguares, pumas y otros felinos. Algunos jaguares pleistocénicos pudieron alcanzar tallas mayores que muchas poblaciones actuales. El jaguar no desapareció al final de la Edad de Hielo; sobrevivió y ajustó su distribución conforme cambiaron el clima, las presas y los ecosistemas.

El lobo terrible, tradicionalmente denominado Canis dirus y reclasificado por algunos estudios genéticos dentro de Aenocyon, fue un cánido fuerte, capaz de aprovechar grandes herbívoros. No debe imaginarse como una simple versión gigantesca del lobo gris: pertenecía a un linaje diferente.

Uno de los mamíferos más imponentes fue el oso de rostro corto, Arctodus simus. Tenía extremidades largas y una masa corporal considerable. Continúa el debate sobre cuánto cazaba activamente y cuánto alimento obtenía mediante carroñeo o desplazando a otros depredadores. Como sucede con numerosas especies extintas, la evidencia no permite reducir su comportamiento a una sola estrategia.

La competencia por cadáveres y presas involucraba asimismo coyotes, zorros, aves carroñeras y otros organismos. La imagen real era la de una red ecológica compleja, no una sucesión de duelos entre gigantes.

El sur tropical también tuvo una Edad de Hielo.

La expresión “Edad de Hielo” puede hacer pensar que el sur de México se convirtió en tundra. La evidencia no respalda esa idea. Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Veracruz y la península de Yucatán conservaron ambientes tropicales y subtropicales, pero sus límites, temperatura, humedad y composición se modificaron.

Los bosques húmedos se contrajeron, se fragmentaron o descendieron hacia refugios climáticos, mientras comunidades más secas y frías ocuparon otros espacios. Las montañas actuaron como corredores y refugios. En la Sierra Norte de Oaxaca, los investigadores consideran posible la presencia de gliptodontes, mamuts colombinos, bisontes y perezosos gigantes a partir de fósiles regionales y de localidades vecinas. También se ha documentado en el entorno oaxaqueño al perezoso Meizonyx salvadorensis, conocido anteriormente en zonas más meridionales.

Las comunidades tropicales pleistocénicas no eran idénticas a las actuales. Algunas combinaban especies que hoy viven separadas por grandes distancias. El cambio climático obligaba a las poblaciones a moverse, adaptarse o refugiarse. Las montañas mexicanas permitieron que ciertos organismos sobrevivieran en pequeños parches ambientales, favoreciendo aislamiento y diferenciación genética.

Los seres humanos entran en el paisaje.

La parte final del Pleistoceno coincidió con la presencia humana en México. Sin embargo, determinar exactamente cuándo llegaron los primeros pobladores continúa siendo uno de los debates más intensos de la arqueología americana.

La cueva de Chiquihuite, en Zacatecas, produjo piedras interpretadas por sus investigadores como artefactos y depósitos que podrían remontarse a entre 33,000 y 31,000 años. El estudio publicado en Nature propuso ocupaciones anteriores o contemporáneas al Último Máximo Glacial.

La interpretación no es aceptada de manera unánime. Otros especialistas sostienen que algunas de las piezas pudieron formarse mediante procesos naturales y consideran insuficientes las pruebas de actividad humana. La ausencia de hogares claramente identificables, restos humanos u otros conjuntos culturales inequívocos mantiene abierta la controversia. Por ello, Chiquihuite debe presentarse como una hipótesis respaldada por una investigación importante, pero discutida, no como una fecha definitivamente resuelta.

Para etapas posteriores existe evidencia más sólida de grupos humanos que recorrían diferentes regiones de México al final del Pleistoceno. Eran poblaciones pequeñas, móviles y profundamente conocedoras del paisaje. Fabricaban herramientas de piedra, recolectaban plantas, capturaban animales de diversas tallas y aprovechaban cuerpos de agua, cuevas y corredores naturales.

La relación entre humanos y megafauna tampoco puede resumirse como una persecución permanente de mamuts. Los primeros pobladores consumían recursos variados. Algunos animales pudieron ser cazados; otros fueron aprovechados después de morir de manera natural o quedar atrapados en lodo, barrancas y orillas lacustres.

En Tultepec, Estado de México, el INAH anunció el hallazgo de dos grandes fosas que contenían centenares de huesos pertenecientes al menos a 14 mamuts. Las estructuras, fechadas alrededor de hace 15,000 años, fueron interpretadas como trampas utilizadas por grupos humanos. El descubrimiento resulta extraordinario, pero su explicación requiere análisis arqueológicos detallados y publicación científica suficiente para comprobar cómo fueron construidas, utilizadas y modificadas las fosas. La prudencia es indispensable: una asociación entre huesos y actividad humana no siempre demuestra por sí misma una cacería organizada.

¿Por qué desaparecieron los gigantes?

Al finalizar el Pleistoceno se produjo una de las transformaciones ecológicas más profundas de la historia reciente. En América desapareció una gran proporción de los mamíferos de mayor tamaño: mamuts, mastodontes, gonfoterios, caballos nativos, camellos, gliptodontes, perezosos gigantes, lobos terribles, osos de rostro corto y felinos de dientes de sable, entre otros.

No existe una explicación única aceptada para todas las especies y regiones. Las principales hipótesis analizan la interacción de dos factores: el rápido cambio climático al terminar la glaciación y la expansión de las poblaciones humanas.

Entre hace aproximadamente 15,000 y 11,700 años, el planeta experimentó oscilaciones abruptas. El hielo retrocedió, aumentó el nivel del mar, cambiaron las lluvias y se reorganizaron la vegetación y los cuerpos de agua. Los grandes herbívoros, caracterizados por reproducción lenta, extensos territorios y elevadas necesidades alimentarias, pudieron enfrentar fragmentación del hábitat y disminución de recursos.

La presencia humana añadió una nueva presión. No era necesario matar a todos los animales para provocar el colapso de una población. En especies que tenían pocas crías y tardaban años en alcanzar la madurez, una extracción constante de adultos reproductores podía superar su capacidad de recuperación. El uso humano del fuego y la alteración localizada del paisaje también pudieron influir.

No obstante, la calidad del registro mexicano todavía limita las conclusiones. Muchos fósiles carecen de dataciones directas y algunos supuestos sitios de interacción fueron interpretados a partir de asociaciones ambiguas. Una revisión científica de 2025 advirtió que las relaciones entre poblaciones humanas y megafauna en México deben evaluarse sitio por sitio, considerando estratigrafía, fechamientos y señales inequívocas de modificación.

La explicación más razonable no es imaginar un solo día de catástrofe ni atribuir todas las desapariciones exclusivamente al frío, al calor o a la caza. La extinción probablemente fue un proceso desigual, resultado de poblaciones debilitadas por la transformación ambiental y sometidas, en algunos lugares, a una presión humana adicional. Cada especie tuvo su propia historia.

Los sobrevivientes de aquel mundo.

No todos los habitantes del Pleistoceno desaparecieron. El jaguar, el puma, el coyote, el oso negro, el berrendo, el venado, el pecarí, el tapir, numerosos roedores y muchas otras especies atravesaron la transición al Holoceno. Algunas modificaron su distribución; otras se refugiaron en montañas, bosques o regiones tropicales.

Su supervivencia dependió de factores como flexibilidad alimentaria, capacidad de desplazamiento, velocidad reproductiva y tolerancia a diferentes hábitats. Las especies demasiado especializadas o dependientes de extensas comunidades de megaherbívoros pudieron ser más vulnerables.

La desaparición de los gigantes también transformó el paisaje. Los grandes herbívoros derribaban plantas, dispersaban semillas, removían suelos, abrían senderos, transportaban nutrientes y mantenían espacios abiertos. Al extinguirse, esos procesos se redujeron. No sólo desaparecieron animales aislados: se perdieron funciones ecológicas que habían operado durante miles de años.

Un pasado que todavía emerge de la tierra.

En México, los fósiles pleistocénicos aparecen con frecuencia durante obras públicas, excavaciones, apertura de caminos, explotación de bancos de material y trabajos agrícolas. Muchos restos son destruidos o pierden su contexto antes de llegar a manos de especialistas. Un hueso separado del estrato donde fue encontrado conserva información anatómica, pero pierde buena parte de su valor histórico.

La posición del fósil, los sedimentos circundantes, el polen, los moluscos, las marcas sobre el hueso y la relación con otros materiales permiten determinar antigüedad, ambiente y causa probable de acumulación. Por eso, un descubrimiento paleontológico no debe extraerse como si fuera un objeto independiente. Necesita registro, protección y excavación controlada.

México conserva un archivo excepcional para comprender la evolución de Norteamérica y el intercambio biológico con Sudamérica. La base de datos sobre mastofauna del Cuaternario tardío, respaldada por CONABIO, reúne registros de numerosas localidades, incluidos hallazgos en Chihuahua y otras entidades.

La investigación continúa corrigiendo nombres, ampliando distribuciones y revisando fechas. Algunos animales conocidos por fragmentos aislados podrían estar mal identificados; algunos sitios atribuidos a una etapa pueden pertenecer a otra. La ciencia no debilita su relato al reconocer incertidumbres: lo fortalece.

El territorio anterior a México.

Imaginar el actual territorio mexicano hace 20,000 años exige borrar carreteras, presas, ciudades, campos agrícolas y fronteras. En su lugar aparecen amplias llanuras, lagos interiores, humedales, montañas con glaciares y costas lejanas. En Chihuahua, cuencas hoy áridas conservaban cuerpos de agua intermitentes y pastizales más extensos. En el centro, los mamuts caminaban junto a lagos y volcanes. En el sur, perezosos gigantes y gliptodontes cruzaban corredores tropicales transformados por el frío.

Era un mundo sin ganado doméstico, pero con bisontes, caballos y camellos americanos; sin zoológicos, pero con felinos de dientes de sable y osos enormes; sin registros escritos, aunque ya quizá recorrido por pequeños grupos humanos al final de la época.

El territorio no era silencioso ni vacío. Estaba lleno de pisadas, migraciones, competencia, nacimientos y muertes. Los gigantes no fueron monstruos de una fantasía remota: fueron animales reales, adaptados a ecosistemas que dejaron de existir con la misma configuración.

Sus huesos bajo las ciudades modernas recuerdan una verdad incómoda y profundamente humana: ningún paisaje es permanente. Los desiertos fueron pastizales, las cuevas inundadas estuvieron secas, la costa se encontraba kilómetros mar adentro y especies que parecían dominar el continente terminaron desapareciendo. La Edad de Hielo mexicana no es únicamente una historia sobre el pasado. Es una advertencia sobre la velocidad con la que el clima, los ecosistemas y la vida pueden transformarse.

Fuentes científicas y documentales consultadas.

Por: Gorki Belisario Rodríguez Ávila

Volver arriba