Entre huertas antiguas, sequía, mercados insuficientes y conocimiento heredado, dos cultivos permanecen como parte de la identidad agrícola del sur de Chihuahua
HISTORIASMX. — En Valle de Allende, Chihuahua, los árboles frutales no constituyen únicamente una actividad agrícola. Crecen junto a casas antiguas, acequias, caminos rurales y huertas familiares que han pasado de una generación a otra. Entre ellos sobreviven el membrillero y el persimonio: dos especies originarias de otros continentes que encontraron condiciones para desarrollarse en esta franja del desierto chihuahuense y terminaron incorporándose a la memoria culinaria de sus habitantes.
El membrillo tiene una presencia histórica, productiva y comercial más documentada. Durante décadas sostuvo pequeñas huertas y talleres familiares dedicados a elaborar cajeta, jalea, vino, licor y fruta en conserva. El persimonio —nombre regional del persimón o caqui— permanece en una escala mucho menor: aparece disperso en patios y huertas mixtas, casi siempre fuera de las estadísticas agrícolas oficiales. Los dos frutos comparten, sin embargo, una misma paradoja: poseen valor cultural, cualidades alimentarias y posibilidades comerciales, pero carecen de una estructura productiva suficiente para convertir ese potencial en una actividad económica estable.
Un valle naturalmente seco que aprendió a producir fruta
La existencia de estos cultivos llama la atención porque Allende no es una región húmeda. El compendio geográfico municipal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía ubica al municipio entre los 1,300 y 2,100 metros sobre el nivel del mar, con temperaturas medias dentro de un rango de 16 a 20 grados centígrados y precipitaciones anuales de apenas 300 a 500 milímetros. Predominan los climas seco semicálido, semiseco templado y semiseco semicálido. Los calcisoles representan cerca de la mitad de los suelos municipales, aunque en las llanuras y márgenes fluviales también existen terrenos aluviales donde históricamente se desarrolló la agricultura.
Esto significa que las lluvias, por sí solas, no son suficientes para sostener una producción frutícola regular. La permanencia de las huertas se explica por su ubicación en el corredor del río Valle de Allende, por el aprovechamiento tradicional de acequias, norias y agua rodada, así como por el conocimiento acumulado sobre cuándo regar, podar, cosechar y proteger los árboles. El mismo documento del INEGI reconoce como parte de la cultura gastronómica municipal los vinos caseros de membrillo, los envasados de frutas y la cajeta, señal de que el cultivo rebasó desde hace tiempo el ámbito estrictamente agrícola para formar parte de la identidad local.
Los inviernos fríos favorecen el reposo de estos árboles caducifolios, mientras que la altitud y la amplitud térmica contribuyen al desarrollo y maduración de sus frutos. Sin embargo, la combinación de sequía, calor, granizo, heladas tardías y disponibilidad irregular de agua convierte cada ciclo en una apuesta. Una floración abundante no garantiza una buena cosecha: una granizada puede derribar el fruto en minutos y una temporada de riego deficiente puede reducir su tamaño, calidad y cantidad.
El membrillo: una tradición que pierde terreno.
El membrillero, cuyo nombre científico es Cydonia oblonga, pertenece a la familia de las rosáceas, la misma que incluye a la manzana y la pera. Su origen se ubica entre el Cáucaso, Asia occidental e Irán. Es un árbol caducifolio de porte relativamente pequeño, resistente al frío y capaz de adaptarse a climas templados con veranos secos, siempre que tenga humedad suficiente durante las etapas críticas de floración, formación y crecimiento del fruto.
Su membrillo es aromático, amarillo y de pulpa firme. Por su elevada concentración de pectina y por su acidez, rara vez se consume crudo en grandes cantidades. Es particularmente valioso para la elaboración de ate o cajeta, jaleas, mermeladas, conservas, vinos, licores y productos deshidratados. El procesamiento no es sólo una tradición culinaria: también representa la forma más lógica de evitar que una fruta relativamente perecedera se pierda durante una cosecha concentrada en pocas semanas.
En 2013, investigadores de la Universidad Autónoma de Chihuahua publicaron el estudio “Diagnóstico del cultivo del membrillo en el municipio de Allende, Chihuahua”. El trabajo se realizó mediante encuestas, entrevistas, observación directa e inventarios de productores, árboles, superficie sembrada y prácticas agrícolas en la región de Pueblito de Allende. La conclusión central fue preocupante: el cultivo tendía a desaparecer debido al bajo precio pagado al productor y estaba siendo sustituido progresivamente por nogal.
El documento identificó problemas que continúan siendo reconocibles: mercados insuficientes, escasa organización entre productores, falta de tecnología, prácticas agrícolas poco estandarizadas y precios que no recompensaban el trabajo requerido. Para una familia, mantener árboles, regar, podar, controlar plagas y levantar la cosecha deja de tener sentido económico cuando el precio recibido no cubre la mano de obra y el traslado. El abandono no siempre ocurre de manera inmediata; a veces empieza con una poda que ya no se realiza, un riego que se pospone o una cosecha que termina en el suelo porque resulta más caro recogerla que venderla.
Investigaciones posteriores sobre las microempresas de Allende documentaron que algunas familias lograron transformar el membrillo en cajeta, jalea, crema y licor. Una de las huertas estudiadas conservaba árboles de aproximadamente 80 años y empleaba agua rodada, además de permitir el pastoreo entre las hileras para incorporar fertilización orgánica. El conocimiento del manejo había sido transmitido dentro de la familia, pero no siempre se contabilizaban costos como la leña, el trabajo familiar, el transporte o el valor de la propia fruta.
Ese detalle es fundamental. Una microempresa puede aparentemente sobrevivir porque la familia no cobra su propia mano de obra o porque utiliza leña y fruta de su propiedad; sin embargo, esa operación no necesariamente es rentable. Cuando llega el relevo generacional, los jóvenes comparan el esfuerzo agrícola con otros empleos y con frecuencia encuentran pocas razones económicas para continuar.
De 225 a 30 toneladas: la dimensión de la caída.
La situación se ha agravado con la sequía. Información publicada en noviembre de 2025 señaló que la producción municipal de membrillo había caído de 225 a 30 toneladas en seis años. Aunque la nota periodística describió la reducción como cercana al 90 por ciento, la diferencia matemática entre ambas cantidades equivale aproximadamente a una caída de 86.7 por ciento: sigue siendo, en cualquier caso, un desplome extraordinario.
Detrás de ese descenso existen consecuencias humanas. Menos fruta significa menos materia prima para quienes fabrican cajeta, conservas y licores; menos trabajo temporal durante la cosecha; menor circulación de dinero dentro de las comunidades y una mayor dependencia de fruta adquirida en otras regiones. Cuando una persona dedicada a transformar membrillo debe comprarlo fuera de Allende, no desaparece únicamente una cosecha: se rompe una cadena local que conectaba al árbol, al productor, al taller artesanal y al consumidor.
Un estudio de mercado desarrollado por investigadores de la Universidad Autónoma de Chihuahua en la ciudad de Delicias encontró posibilidades para comercializar derivados del membrillo de Allende. Entre 115 hogares consultados, la cajeta obtuvo la mayor aceptación: 65 por ciento la reconocía o mostraba preferencia por ella. El vino y la fruta envasada presentaban menor consumo previo, pero también posibilidades de crecimiento mediante promoción, identidad de marca y canales adecuados de distribución.
El problema, por tanto, no parece ser la ausencia absoluta de consumidores. Está en la distancia entre la huerta y el mercado: falta reunir volúmenes, estandarizar recetas, garantizar inocuidad, diseñar envases, obtener registros, conservar el producto, transportar mercancía y sostener una promoción continua. Una familia aislada difícilmente puede asumir toda esa estructura.
El persimonio: un fruto visible que no aparece en las estadísticas.
El persimonio que crece en Valle de Allende corresponde, en términos botánicos, al caqui asiático, Diospyros kaki. Procede de China y posteriormente se extendió a Corea, Japón, Europa, América y otras regiones. Su árbol es caducifolio y produce un fruto de color amarillo, naranja o rojizo, con gran cantidad de azúcares naturales, fibra, carotenoides y compuestos fenólicos.
La palabra “persimonio” es una adaptación regional del término inglés persimmon. En español técnico también recibe los nombres de persimón, caqui o palo santo. Existen variedades astringentes y no astringentes. Las primeras contienen taninos solubles que provocan una sensación áspera y seca en la boca cuando el fruto se consume antes de alcanzar la madurez adecuada; las segundas pueden comerse con pulpa firme. Esta diferencia es determinante para su manejo comercial.
En Valle de Allende, su cosecha está ligada al otoño. Conforme las hojas cambian de verde a amarillo y ocre, los frutos permanecen en las ramas como esferas de color naranja. Se consumen frescos y también se emplean para preparar jalea, mermelada, cajeta, nieve, empanadas y conservas. Reportajes regionales documentan que su producción se concentra en huertas pequeñas y autoconsumo, con un periodo de cosecha particularmente breve durante septiembre y octubre.
A diferencia del membrillo, no se encontró una serie pública y verificable del SIAP que permita establecer cuántas hectáreas, toneladas o productores de persimonio existen en Allende. Un reporte de HISTORIASMX realizado con información del Distrito Agropecuario Río Florido señaló la existencia de poco más de cien árboles, pero sin superficie agrícola registrada. Es decir, el árbol está presente en el territorio, produce fruta y genera ventas, pero permanece estadísticamente invisible porque aparece disperso en patios, traspatios y huertas mixtas, no en plantaciones comerciales formalmente declaradas.
La falta de registro tiene consecuencias. Si no se sabe cuántos árboles existen, qué variedades se cultivan, cuánto producen o quiénes los manejan, resulta difícil diseñar programas de capacitación, control fitosanitario, protección contra granizo, tecnificación del riego o comercialización. La ausencia estadística no significa ausencia productiva; significa que el cultivo se encuentra debajo del umbral desde el cual las instituciones suelen observar el campo.
¿Por qué ambos árboles pueden crecer en Allende?
El membrillero necesita invierno suficiente para completar su reposo y una primavera sin heladas intensas durante la floración. Se adapta a diferentes suelos, pero responde mejor en terrenos profundos, fértiles y con buen drenaje. Puede tolerar una humedad mayor que otros frutales, aunque el encharcamiento prolongado favorece enfermedades de raíz. En una zona como Allende, los suelos calcáreos obligan a vigilar el pH y la disponibilidad de hierro, zinc y otros micronutrientes.
El persimonio posee requerimientos de frío relativamente bajos frente a otros frutales caducifolios y muestra cierta tolerancia al calor y al estrés hídrico. No obstante, tolerar la sequía no equivale a producir correctamente sin agua. Los estudios agronómicos advierten que el tamaño, la calidad y el rendimiento del fruto son sensibles al estrés durante etapas críticas. Una revisión técnica internacional señala que el árbol es resistente, pero su productividad y calidad disminuyen cuando enfrenta condiciones ambientales adversas.
El clima de Allende ofrece frío invernal, sol abundante y baja humedad ambiental, condiciones que pueden reducir algunas enfermedades. En contraste, la precipitación escasa exige riego y la amplitud térmica incrementa el riesgo de heladas tardías. El granizo representa otra amenaza seria: un evento de pocos minutos puede perforar hojas, marcar la piel de los frutos, romper ramas y destruir el valor comercial de toda la temporada.
Agua: el punto de quiebre.
El futuro de estos dos cultivos depende de la disponibilidad de agua. El membrillero y el persimonio pueden ser más rústicos que otros frutales, pero ninguno puede sostener cosechas comerciales regulares bajo un déficit permanente. La humedad resulta especialmente importante durante la floración, el amarre y llenado del fruto. Cuando el árbol atraviesa estrés severo, reduce el crecimiento, desprende flores o frutos y compromete la formación de yemas para el ciclo siguiente.
La transición del riego rodado al goteo o la microaspersión permitiría aplicar agua directamente en la zona radicular, reducir pérdidas por evaporación y ajustar los volúmenes a cada etapa fenológica. Sin embargo, la tecnificación no consiste solamente en instalar mangueras. Requiere medición de humedad, filtrado, mantenimiento, análisis de suelo y agua, conocimiento de la evapotranspiración y capacitación del productor.
También es necesario evitar una conclusión simplista: sustituir masivamente membrillos y persimonios por nogal no necesariamente soluciona la economía familiar. El nogal puede alcanzar un mayor valor comercial, pero demanda inversión, años de espera antes de entrar en producción, tecnificación, manejo especializado y una cantidad considerable de agua. En una región marcada por la sequía, la decisión sobre qué plantar debe incorporar no sólo el precio por kilogramo, sino el consumo hídrico, el costo de establecimiento, la estabilidad del mercado y la capacidad real del productor.
Plagas, enfermedades y pérdida de conocimiento.
Los estudios realizados en Pueblito de Allende identificaron al “gusano” como uno de los principales problemas del membrillo. Esa denominación popular puede abarcar distintas larvas que dañan fruto, brotes o madera, por lo que cualquier estrategia seria requiere identificación entomológica. Aplicar productos sin conocer la especie puede elevar costos, dejar residuos y destruir insectos benéficos sin resolver la infestación.
En ambos cultivos pueden presentarse cochinillas, ácaros, barrenadores, manchas foliares, antracnosis y pudriciones. La respuesta adecuada es el manejo integrado: inspección periódica, retiro de frutos enfermos, poda sanitaria, desinfección de herramientas, protección de heridas, conservación de enemigos naturales y utilización responsable de productos autorizados sólo cuando resulte necesario.
A esta vulnerabilidad biológica se suma otra menos visible: el envejecimiento de los productores. Gran parte del conocimiento se transmite de forma oral y práctica. Se aprende observando al padre o al abuelo decidir cuándo abrir el agua, cómo reconocer una rama productiva o cuánto tiempo debe hervir la cajeta. Si esa experiencia no se documenta y los jóvenes abandonan la actividad, puede desaparecer junto con los árboles.
Dos frutos con futuros diferentes, pero una misma oportunidad.
El membrillo cuenta con una cadena cultural y comercial existente, aunque debilitada. Tiene productores, recetas, pequeños talleres, consumidores regionales y una identidad asociada a Allende. Su rescate no tendría que comenzar desde cero: requeriría recuperar huertas, renovar árboles, mejorar el riego, organizar la compra de fruta y profesionalizar la transformación.
El persimonio se encuentra en una etapa anterior. Antes de hablar de grandes plantaciones sería necesario realizar un censo georreferenciado, identificar variedades, analizar su comportamiento, estimar rendimientos y documentar las técnicas locales de propagación. También sería indispensable determinar si los frutos son astringentes o no astringentes, porque de ello dependen la cosecha, el acondicionamiento y la experiencia del consumidor.
La ruta técnica debería incluir viveros con material vegetal identificado y sano; parcelas demostrativas; análisis de suelo, agua y hojas; capacitación en poda e injerto; sistemas de riego eficiente; protección contra granizo donde sea viable; centros de acopio; protocolos de inocuidad; envases adecuados y una marca territorial que vincule el producto con Valle de Allende.
Una cooperativa o asociación podría reunir fruta de diferentes huertas para alcanzar volúmenes comerciales, compartir equipo de procesamiento y negociar mejores precios. El turismo rural representa otra posibilidad: recorridos por huertas, talleres de elaboración de cajeta, degustaciones, venta directa y actividades durante la cosecha. El producto dejaría de venderse únicamente como fruta y comenzaría a ofrecerse como parte de una experiencia ligada al paisaje, la historia y la gastronomía del valle.
Conservar los árboles también es conservar la historia.
El membrillo y el persimonio no competirán en volumen con la nuez, la manzana o los grandes cultivos comerciales de Chihuahua. Su valor se encuentra precisamente en otra escala: son productos distintivos, ligados a familias, recetas y temporadas específicas. Pueden ocupar nichos gastronómicos, turísticos y artesanales donde la procedencia y la historia importan tanto como el peso de la fruta.
Pero ningún patrimonio agrícola se conserva sólo mediante discursos. Si mantener un árbol cuesta más que arrancarlo, si no hay agua suficiente, si el fruto se paga mal y si los jóvenes no encuentran una fuente digna de ingresos, la tradición terminará desapareciendo. La defensa de estos cultivos exige convertir su valor cultural en condiciones económicas reales.
En Valle de Allende, cada membrillero antiguo y cada persimonio cargado de frutos cuentan una historia de adaptación. Son árboles extranjeros que echaron raíces en suelo chihuahuense y terminaron formando parte de la identidad local. Hoy resisten entre la sequía, el abandono estadístico y la sustitución por cultivos más rentables.
Su futuro dependerá de si instituciones, investigadores, productores y consumidores son capaces de verlos no como una curiosidad del pasado, sino como una oportunidad de desarrollo rural a pequeña escala. Porque cuando desaparece una huerta no se pierden únicamente toneladas de fruta: también se extinguen conocimientos, sabores, empleos y una forma de relacionarse con la tierra.
Por Gorki Rodríguez | HISTORIASMX
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