Petróleo bajo el desierto: los pozos, indicios y promesas que han alimentado el mito del “oro negro” en Chihuahua

Documentos técnicos confirman décadas de exploración petrolera en el territorio estatal y la existencia de formaciones con interés geológico. Sin embargo, los indicios de hidrocarburos no equivalen a reservas comercialmente comprobadas. Entre la ciencia, el discurso político y la escasez de agua existe una historia que todavía no termina de perforarse.

Por Gorki Rodríguez | HISTORIASMX

HISTORIASMX. – En las extensiones desérticas de Ojinaga, Coyame, Aldama, Ahumada y Casas Grandes, el petróleo ha existido durante décadas como posibilidad, rumor y promesa. No aparece en forma de torres productoras ni de oleoductos cruzando el horizonte, sino en mapas geológicos, expedientes de perforación, muestras de roca y antiguos pozos exploratorios. Bajo el suelo chihuahuense existe una historia sedimentaria capaz de despertar interés petrolero; lo que no existe, al menos de acuerdo con la documentación técnica revisada, es evidencia pública suficiente para presentar al estado como una provincia petrolera productora o como propietario de grandes reservas comerciales ya comprobadas.

La distinción es fundamental. Una región puede tener rocas generadoras, estructuras capaces de atrapar hidrocarburos e incluso manifestaciones de gas o aceite durante una perforación, sin que eso constituya un yacimiento económicamente explotable. Para hablar técnicamente de reservas se necesita demostrar que existe una acumulación descubierta, recuperable y comercial bajo condiciones económicas, operativas y regulatorias determinadas. Chihuahua posee indicios y prospectividad; convertirlos en riqueza petrolera confirmada exige todavía una cadena de pruebas que no puede sustituirse con declaraciones políticas o titulares periodísticos.

Una cuenca antigua bajo el norte de Chihuahua.

El principal escenario de esta historia es la denominada cuenca o fosa de Chihuahua, una extensa provincia sedimentaria mesozoica que ocupa parte del norte y noreste del estado y continúa hacia Texas y Nuevo México. Su subsuelo es el resultado de millones de años de hundimientos, depósitos marinos, deformaciones tectónicas, levantamientos y fallas. En esas sucesiones se encuentran calizas, lutitas, areniscas y materiales orgánicos que, bajo determinadas condiciones de presión y temperatura, pueden participar en la generación, migración y acumulación de hidrocarburos.

El geólogo Walter Haenggi documentó la compleja evolución de esta cuenca y reunió información de numerosos pozos de Petróleos Mexicanos, entre ellos Apache-1, Ascensión-1, Banco Lucero-1, Camello-1, Centauro-1, Chapo-1, Chapo-2, Cuchillo Parado-1 y 2, El Hueso-1, Espía-1, Juárez-1, Los Chinos-1, Menonita-1 y Maijoma-1. El trabajo científico demuestra que Chihuahua no ha sido ignorado por la exploración petrolera. También advierte, implícitamente, que buena parte de las interpretaciones regionales requieren comprobarse mediante más trabajo de campo y perforaciones. Un modelo geológico puede señalar dónde buscar; no garantiza lo que será encontrado.

Un estudio histórico sobre los pozos de exploración de la cuenca de Pedregosa registró doce perforaciones realizadas por Pemex en el noroeste de Chihuahua. Cinco se concentraron en la zona de Ascensión y siete en el corredor de Ciudad Juárez–Villa Ahumada. Algunas perforaciones atravesaron rocas paleozoicas y en determinados intervalos se reportaron manifestaciones de gas. El pozo Espía-1, por ejemplo, presentó un indicio de gas en una unidad geológica estudiada por los exploradores. Sin embargo, una manifestación durante la perforación no es sinónimo de un campo productor: puede tratarse de una cantidad pequeña, discontinua, atrapada en una roca de baja permeabilidad o imposible de extraer de manera rentable.

Los expedientes que prueban la exploración

La Carta Geológico-Minera Ojinaga H13-8, elaborada por el Servicio Geológico Mexicano, constituye otra pieza relevante. El documento cubre más de 18 mil kilómetros cuadrados de los municipios de Ahumada, Aldama, Coyame del Sotol, Manuel Benavides y Ojinaga. Además de describir las secuencias sedimentarias de la región, recupera antecedentes como el “Estudio Geológico del Prospecto Ojinaga”, de 1973; el “Prospecto Coyame”, de 1974, y los trabajos del área Mojina-Tacubaya realizados en 1980.

Estos registros demuestran que el interés petrolero en Chihuahua no nació recientemente. Técnicos y geólogos recorrieron el territorio, levantaron mapas, midieron estratos y evaluaron estructuras desde hace varias décadas. El propio lenguaje de los expedientes es revelador: se habla de “prospectos”, no necesariamente de campos descubiertos. La exploración buscaba reconocer condiciones favorables, delimitar estructuras y decidir si valía la pena perforar.

Formaciones regionales como La Casita, San Carlos y otras unidades del Cretácico han recibido atención porque reúnen algunas características asociadas con sistemas petroleros. Los expedientes léxico-estratigráficos del Servicio Geológico Mexicano mencionan trabajos de Pemex y antecedentes sobre rocas que pueden contener hidrocarburos. La existencia de materia orgánica o gas dentro de una formación confirma interés científico, pero no establece por sí misma su volumen, continuidad, capacidad de flujo ni rentabilidad.

Éste es uno de los puntos donde el discurso público suele separarse de la geología. Una roca “con hidrocarburos” puede contener cantidades microscópicas, gas adsorbido en materia orgánica o fluidos atrapados en poros sin comunicación suficiente. Para determinar si existe un yacimiento se necesitan registros de pozo, núcleos, análisis geoquímicos, pruebas de presión y producción, sísmica, pozos delimitadores y cálculos económicos. Sin esos pasos, la expresión correcta es recurso potencial o prospecto, no reserva probada.

De los indicios a la promesa de “tres reservas”

En julio de 2018, la Secretaría de Innovación y Desarrollo Económico del Gobierno de Chihuahua difundió que existían tres regiones con posibilidades de exploración. Una se ubicaba entre Ojinaga y Coyame, con objetivos geológicos alrededor de los 500 metros de profundidad; otra se relacionaba con La Casita, hacia Aldama, aproximadamente a dos mil metros, y una tercera se extendía en dirección de Villa Ahumada y Casas Grandes, con objetivos de hasta cuatro mil metros.

La publicación gubernamental utilizó expresiones que podían interpretarse como la existencia de reservas. No obstante, en la misma declaración se reconocía que los datos representaban potencial para realizar actividades de exploración y perforación, y que serían necesarios más estudios antes de pensar en una explotación. Esa diferencia, aparentemente menor, cambia por completo el significado técnico de la información.

A partir de entonces, diferentes publicaciones reprodujeron la versión de que Chihuahua tenía tres grandes reservas petroleras. El término resultaba atractivo: convertía una hipótesis geológica en patrimonio energético y una posibilidad futura en riqueza enterrada. Sin embargo, las fuentes técnicas consultadas no ofrecen los elementos públicos necesarios para afirmar que esas áreas constituyen tres reservas comerciales certificadas.

Una reserva petrolera no se declara por la profundidad de una formación ni por la extensión dibujada sobre un mapa. Primero debe localizarse una acumulación mediante perforación; después tiene que probarse su capacidad para producir hidrocarburos y calcularse cuánto puede recuperarse. Finalmente, deben evaluarse precios, infraestructura, tecnología, permisos y costos. Una acumulación descubierta que todavía no resulta comercial puede clasificarse como recurso contingente; una estructura que todavía no ha sido perforada con éxito permanece como recurso prospectivo.

¿Petróleo, gas natural o hidrocarburos no convencionales?

La palabra “petróleo” también simplifica excesivamente la discusión. Parte de la evidencia científica disponible para Chihuahua parece relacionarse más con gas natural, lutitas carbonosas y metano asociado al carbón que con enormes depósitos convencionales de aceite líquido. Esto no elimina el interés energético, pero modifica las tecnologías requeridas, los costos y los riesgos ambientales.

Una investigación doctoral sobre la madurez térmica y el comportamiento del metano en las cuencas de Sabinas y Chihuahua analizó muestras de la subcuenca de Ojinaga. En materiales de la formación San Carlos se calcularon capacidades de adsorción de metano relativamente reducidas. El trabajo observó condiciones de baja madurez en determinadas muestras y señaló que una eventual extracción podría requerir estimulación. Se trata de resultados científicos útiles para evaluar el sistema geológico, pero no de una comprobación de reservas comerciales.

La Universidad Autónoma de Chihuahua también ha incorporado el tema a la discusión académica mediante trabajos como “¿Hidrocarburos en Chihuahua?”, publicado en su revista de ingeniería. El solo hecho de que universidades, Pemex y organismos geológicos hayan estudiado la región confirma que existe una pregunta científica legítima. Lo que debe evitarse es convertir esa pregunta en una respuesta anticipada.

Si los hidrocarburos se encuentran atrapados en lutitas de muy baja permeabilidad, su extracción podría necesitar perforaciones horizontales y fracturación hidráulica. La regulación mexicana define los yacimientos no convencionales como formaciones cuyas condiciones petrofísicas, geoquímicas y geomecánicas obligan a utilizar métodos especiales para producir. Esta clase de explotación tiene una huella técnica y ambiental distinta a la de un pozo convencional.

El obstáculo que ningún discurso puede perforar

La falta de producción petrolera en Chihuahua no necesariamente demuestra que no haya hidrocarburos. Puede indicar que los volúmenes encontrados fueron insuficientes, que las rocas no alcanzaron la madurez necesaria, que el reservorio carece de permeabilidad, que las estructuras son demasiado complejas o que el costo de extracción supera el valor del producto. A esto se suman la profundidad de algunos objetivos, la ausencia de infraestructura petrolera regional y el costo de construir caminos, ductos, plantas, instalaciones de tratamiento y redes de transporte.

También existe un límite físico y social: el agua. Buena parte de las áreas consideradas prospectivas se localiza en territorios áridos donde agricultores, ganaderos, comunidades rurales y ciudades dependen de acuíferos sometidos a presión. Si una eventual explotación requiriera fracturación hidráulica, cada proyecto tendría que explicar públicamente de dónde obtendría el agua, cómo evitaría competir con el consumo humano y agrícola, qué sustancias utilizaría y cuál sería el destino de los fluidos de retorno.

La literatura científica internacional advierte que la fracturación hidráulica demanda grandes cantidades de agua en periodos cortos y puede intensificar la presión sobre acuíferos en regiones áridas o semiáridas. También señala que el fluido que regresa a la superficie puede contener sales, metales, compuestos orgánicos y otros contaminantes, por lo que necesita tratamiento, almacenamiento y disposición estrictamente controlados. Estos estudios no prueban un daño ocurrido en Chihuahua, donde no se ha documentado una explotación comercial semejante, pero sí describen los riesgos que tendrían que evaluarse antes de autorizarla. Groundwater, Environmental Science & Technology

Para las familias que viven en Ojinaga, Coyame o Ahumada, la discusión no puede limitarse a mapas de colores y profundidades. Una industria petrolera podría generar empleos, caminos, contratación de servicios e ingresos públicos, pero también podría provocar competencia por el agua, tránsito pesado, fragmentación del territorio, emisiones, ruido y pasivos ambientales. Las promesas económicas tendrían que compararse con beneficios verificables, mecanismos de reparación, garantías financieras y vigilancia independiente.

Lo que tendría que ocurrir antes de hablar de un descubrimiento

Una investigación seria sobre los hidrocarburos de Chihuahua tendría que comenzar con la publicación íntegra de los antecedentes existentes: localización de pozos, profundidades, registros geofísicos, resultados de laboratorio, intervalos con manifestaciones, pruebas de presión y causas de abandono. Sin transparencia, la sociedad queda atrapada entre dos extremos igualmente débiles: la promesa de una riqueza enorme y la negación absoluta de cualquier posibilidad geológica.

Después sería necesario actualizar la información mediante estudios sísmicos y geoquímicos, perforar objetivos definidos, recuperar núcleos y realizar pruebas de flujo. Si un pozo encontrara hidrocarburos móviles, todavía harían falta perforaciones delimitadoras para calcular la extensión de la acumulación. Solamente entonces podría evaluarse su recuperación técnica y económica y, en su caso, presentarse una estimación formal de reservas ante la autoridad correspondiente.

El procedimiento también tendría que incluir evaluaciones ambientales regionales, líneas base sobre calidad y disponibilidad del agua, consulta efectiva a propietarios y comunidades, planes de atención de accidentes y divulgación de sustancias. La regulación de la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente establece obligaciones técnicas y ambientales para la exploración y extracción de hidrocarburos no convencionales. El cumplimiento administrativo, sin embargo, no sustituye la vigilancia pública ni la necesidad de determinar si un proyecto es compatible con un territorio donde cada metro cúbico de agua tiene valor social. Diario Oficial de la Federación

Chihuahua no es todavía un estado petrolero

La documentación examinada permite establecer una conclusión más compleja que el entusiasmo y más honesta que el rechazo automático. En Chihuahua sí ha existido exploración petrolera. Pemex perforó numerosos pozos, los geólogos identificaron cuencas sedimentarias y algunas perforaciones registraron manifestaciones de gas. También existen formaciones con condiciones que justifican nuevos estudios. Ésa es la parte comprobada.

Lo que no está demostrado públicamente es la existencia de tres grandes reservas comerciales listas para explotarse. Tampoco se ha documentado una provincia productora comparable con las cuencas consolidadas del Golfo de México. Los documentos describen posibilidades, estructuras, muestras y prospectos; no una industria esperando únicamente la decisión de abrir la llave.

El petróleo de Chihuahua permanece, por ahora, en una frontera incierta entre la geología y la expectativa. Debajo del desierto puede haber hidrocarburos, pero la ciencia obliga a preguntar cuánto hay, en qué estado se encuentra, si puede fluir, cuánto costaría extraerlo y qué precio ambiental pagaría la población. Mientras esas preguntas no tengan respuestas verificables, llamar “reservas” a los indicios no es desarrollo energético: es adelantar una conclusión que el subsuelo todavía no ha confirmado.

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