Ganado más pequeño para un territorio cada vez más seco: el cambio que Chihuahua debe discutir

La ganadería chihuahuense no necesita abandonar de manera precipitada las razas que construyeron su prestigio exportador, pero sí debe revisar un modelo que durante décadas privilegió animales más grandes, becerros más pesados y altos consumos de forraje en un territorio donde el agua, la lluvia y los pastizales son cada vez más limitados

El tamaño del ganado también pesa sobre el agostadero.

HISTORIASMX. – Durante generaciones, la imagen de una buena vaca de carne estuvo asociada con un animal ancho, pesado, profundo y capaz de destetar un becerro de gran tamaño. En las exposiciones ganaderas, en los catálogos de sementales y en el mercado de exportación, el volumen corporal llegó a convertirse en sinónimo de progreso genético. Chihuahua construyó buena parte de su prestigio pecuario mediante razas como Angus, Hereford, Charolais, Brangus y sus cruzamientos, animales con reconocidas cualidades cárnicas y comerciales que encontraron un mercado especialmente importante al otro lado de la frontera.

Sin embargo, mientras el ganado fue creciendo, el territorio que debía alimentarlo no creció con él. Por el contrario, los agostaderos han quedado expuestos a sequías recurrentes, lluvias cada vez más irregulares, degradación del suelo, invasión de arbustos, pérdida de pastos palatables y una competencia creciente por el agua. En este contexto, Chihuahua necesita discutir una pregunta que hace algunos años parecía innecesaria: ¿tiene sentido continuar seleccionando vacas cada vez más grandes en uno de los territorios ganaderos más secos de México?

La respuesta científica no conduce necesariamente a eliminar de los ranchos las razas tradicionales, pero sí obliga a reconsiderar el tamaño adulto de las vacas, sus requerimientos de mantenimiento y su capacidad real para producir en condiciones de escasez. El problema no es únicamente cuántos animales pastan en un potrero, sino cuántos kilogramos de peso vivo deben ser sostenidos por cada hectárea. Una vaca de 650 kilogramos no ejerce la misma demanda que otra de 400 o 450 kilogramos, aunque en los registros ambas aparezcan simplemente como una cabeza de ganado.

El Servicio de Conservación de Recursos Naturales de Estados Unidos utiliza como referencia una unidad animal equivalente aproximadamente a una vaca de 454 kilogramos con su becerro. Para sostenerla durante un mes se calculan alrededor de 414 kilogramos de materia seca de forraje. Cuando el peso del animal aumenta, también debe ajustarse la unidad animal y, por lo tanto, la cantidad de forraje que se le asigna. Esto significa que contar cabezas sin considerar el peso puede provocar que un rancho crea tener una carga moderada cuando, en realidad, mantiene demasiados kilogramos de ganado sobre una superficie incapaz de alimentarlos.

La ciencia ganadera ha documentado que el tamaño adulto de las vacas de carne ha aumentado considerablemente durante las últimas décadas. Una revisión sobre la relación entre los sistemas forrajeros y el tamaño corporal señala que una vaca 30 por ciento más grande puede necesitar alrededor de 22 por ciento más energía diaria solamente para mantenimiento. Ese gasto ocurre antes de producir un kilogramo de becerro: es la energía utilizada para conservar vivo un cuerpo de mayor tamaño, mantener sus órganos, desplazarse, regular su temperatura y sostener sus funciones básicas.

En un rancho con pastos abundantes, agua distribuida, suplementación accesible y lluvias relativamente constantes, ese costo puede compensarse con becerros más pesados. En un agostadero árido, la ecuación cambia. Una vaca grande puede destetar un becerro pesado en un año favorable, pero también representa una obligación alimentaria más alta durante los doce meses, incluso durante la sequía, la gestación, el invierno y los periodos en los que el pastizal permanece seco o dormido.

La eficiencia no debe medirse solamente por el peso del becerro.

La ganadería convencional suele medir el desempeño de una vaca por el peso de su cría al destete. Ese dato es importante, pero por sí solo puede resultar engañoso. Una vaca de 650 kilogramos que desteta un becerro de 250 kilogramos no necesariamente es más eficiente que una vaca de 430 kilogramos que desteta uno de 210. La primera entrega más kilos por becerro, pero también necesita mayor cantidad de alimento para mantenerse durante todo el año.

Por ello, diversos investigadores proponen evaluar los kilogramos de becerro destetado en relación con el peso de la vaca, la cantidad de forraje consumido, la superficie utilizada y el costo total de mantenimiento. Las simulaciones realizadas con hatos de diferentes tamaños corporales han encontrado que la eficiencia productiva puede disminuir conforme aumenta el peso adulto de las vacas, especialmente cuando la disponibilidad de alimento es limitada. En ciertos sistemas, una población de vacas moderadas puede producir más carne por hectárea y dejar un mejor margen económico que un número menor de animales muy grandes.

Esto no significa que toda vaca pequeña sea eficiente ni que toda vaca grande sea improductiva. Una vaca pequeña que no se reproduce, desteta poco peso o requiere suplementación constante tampoco resulta conveniente. El objetivo debería ser encontrar un tamaño biológico compatible con la capacidad real del rancho, no imponer una medida única para toda la entidad.

En Chihuahua existen enormes diferencias entre los pastizales de la zona central, los matorrales del desierto, los valles, las áreas serranas y los ranchos con praderas cultivadas. Por ello, la raza y el tamaño corporal deberían seleccionarse de acuerdo con la precipitación, la calidad del forraje, la topografía, la distancia al agua y el sistema de comercialización de cada unidad productiva.

No se trata de criar animales con enanismo.

Cuando se habla de introducir “razas enanas”, es indispensable hacer una precisión. El enanismo genético es una anomalía que puede provocar deformaciones, problemas locomotores, alteraciones óseas, dificultades reproductivas y pérdida de bienestar. Ese tipo de animales no debe confundirse con las razas de talla pequeña o de estructura corporal moderada que han sido seleccionadas durante generaciones por su funcionalidad.

La alternativa para Chihuahua no consiste en llenar los ranchos con bovinos extremadamente pequeños por razones estéticas o de moda. La discusión seria debe centrarse en vacas compactas, fértiles, longevas, con patas funcionales, bajo requerimiento de mantenimiento y capacidad para recorrer grandes extensiones, aprovechar forrajes fibrosos y criar un becerro comercial sin depender excesivamente de alimentos comprados.

Entre las posibilidades pueden analizarse líneas Angus de talla moderada, Aberdeen Angus de estructura pequeña, Dexter, cruzamientos con ganado Corriente y, de manera especialmente relevante para el norte de México, biotipos criollos adaptados durante siglos a condiciones difíciles. No todas estas alternativas tendrán la misma aceptación comercial ni serán apropiadas para todos los ranchos. Por ello, cualquier introducción debe realizarse mediante pruebas regionales y no como una sustitución masiva dictada desde un escritorio.

El ganado criollo que Chihuahua dejó de mirar.

Una de las paradojas más profundas es que Chihuahua posee un recurso genético desarrollado dentro de su propio territorio: el ganado Rarámuri Criollo. Estos animales descienden de bovinos introducidos durante la época colonial y mantenidos durante generaciones en regiones montañosas y áridas, donde la selección natural favoreció a los ejemplares capaces de caminar, reproducirse y sobrevivir con recursos limitados.

Investigaciones realizadas en el desierto chihuahuense y en ranchos experimentales de Nuevo México han comparado el comportamiento del Rarámuri Criollo con cruzas comerciales de Angus y Hereford. Los estudios indican que el Criollo, de estructura más pequeña, tiende a recorrer mayores distancias, explorar superficies más amplias y alejarse más de los puntos de agua durante periodos de escasez forrajera. Esta distribución puede reducir la concentración excesiva de pastoreo alrededor de los bebederos, una de las zonas donde con frecuencia se observan suelo desnudo, compactación, acumulación de estiércol y pérdida de vegetación.

Otros trabajos encontraron que el Rarámuri Criollo mostró una mayor capacidad para modificar su comportamiento de búsqueda de alimento entre estaciones húmedas y secas. Durante los periodos de dormancia de la vegetación incrementó sus recorridos y el esfuerzo de pastoreo en mayor proporción que los animales comerciales estudiados. Los investigadores consideran que esa flexibilidad conductual puede convertirse en una ventaja ante lluvias más variables y periodos secos más prolongados.

También se ha observado que estos animales pueden utilizar con mayor frecuencia zonas dominadas por arbustos y mostrar una preferencia igual o menor por áreas ribereñas que sus contrapartes Angus. Esto no significa que sean inmunes a la sequía ni que puedan permanecer indefinidamente en un rancho sin forraje. Ninguna raza puede producir alimento donde la vegetación ha desaparecido. Sin embargo, una genética capaz de distribuir mejor el pastoreo puede contribuir a aprovechar de manera más uniforme el territorio.

La experiencia con ganado criollo también advierte sobre una dificultad: los becerros pueden ser menos pesados o no ajustarse por completo a la apariencia que demanda el comprador tradicional. Por ello, una estrategia viable podría consistir en conservar vacas criollas o cruzadas como base materna y utilizar sementales terminales de razas comerciales moderadas, buscando heterosis, calidad de canal y adaptación. La meta no sería vender necesariamente una vaca pequeña, sino producir un becerro aceptado por el mercado a partir de una madre menos costosa de mantener.

Una vaca pequeña no necesita exactamente la misma cantidad de forraje.

El consumo de alimento depende del peso, la lactancia, la gestación, la calidad de la dieta, el clima y el nivel de producción. No puede afirmarse que una vaca pequeña siempre consumirá una proporción fija menos que una grande; sin embargo, en términos absolutos, un animal de menor peso normalmente requiere menos materia seca y menos energía de mantenimiento.

Tomando como referencia el sistema de unidades animales, una vaca de aproximadamente 454 kilogramos representa una unidad animal. Una vaca de 600 kilogramos equivale aproximadamente a 1.32 unidades animales. En términos teóricos, mantener cien vacas de 600 kilogramos puede ejercer una demanda semejante a la de alrededor de 132 vacas del peso de referencia. Lo importante no es utilizar este ejemplo para aumentar automáticamente el número de animales pequeños, sino comprender que el peso corporal debe formar parte del cálculo de carga.

El riesgo consiste en sustituir cien vacas grandes por 130 pequeñas y continuar utilizando todo el forraje disponible. En ese caso, el agostadero no descansaría ni se recuperaría. La reducción del tamaño corporal solamente ayuda al ecosistema cuando se acompaña de una disminución de la carga total expresada en kilogramos de peso vivo o unidades animales.

Por ello, la introducción de razas pequeñas no debe convertirse en una justificación para llenar los potreros con más cabezas. El beneficio real aparece cuando el productor conserva un hato que requiere menos forraje total, mantiene reservas para la sequía, permite dejar una mayor cantidad de material vegetal sobre el suelo y reduce la necesidad de comprar rastrojo, pacas, concentrados o subproductos durante los meses críticos.

El agua: una necesidad que aumenta con el calor y la producción.

El ganado no solamente consume agua de manera directa. También requiere agua indirectamente para producir el forraje, los granos, la alfalfa, el rastrojo y los suplementos utilizados para mantenerlo. En los sistemas extensivos, la disponibilidad de agua condiciona además la distribución del pastoreo: los animales tienden a concentrarse alrededor de aguajes, pozos y bebederos, dejando algunas áreas subutilizadas y otras severamente presionadas.

El consumo directo depende de la temperatura, el peso, el estado fisiológico, la cantidad de materia seca ingerida, la salinidad del agua y la producción de leche. Durante episodios de calor, el ganado incrementa sus mecanismos de enfriamiento y puede aumentar considerablemente su necesidad de beber. El estrés térmico, además, reduce el consumo de alimento, afecta el metabolismo y puede disminuir la ganancia de peso y el desempeño reproductivo.

Por esta razón, un animal de talla moderada y adaptado al calor puede ofrecer ventajas, pero tampoco puede hablarse de un ahorro de agua idéntico en todos los casos. Una vaca pequeña con alta producción de leche puede demandar más agua que otra de tamaño similar con menor producción. La genética debe evaluarse como parte de un sistema completo que incluya sombra, calidad del agua, ubicación de bebederos, condición corporal y disponibilidad de alimento.

En Chihuahua, el problema hídrico no es una hipótesis distante. El estado ha tenido que implementar programas emergentes para entregar rastrojo, cascarilla de algodón, concentrado de agostadero e infraestructura hídrica ante los efectos acumulados de la sequía. En marzo de 2024, el propio Gobierno estatal informó que todos los municipios presentaban algún nivel de sequía, mientras que en 2025 mantuvo un programa específico para tratar de evitar el despoblamiento del hato.

Las lluvias de una temporada pueden mejorar temporalmente el paisaje, llenar algunos bordos y reverdecer el campo, pero no reparan automáticamente años de degradación. Un pastizal puede verse verde y, aun así, presentar poca cobertura basal, pérdida de especies perennes, suelos compactados y predominio de plantas anuales que desaparecen pocas semanas después.

Un estado construido sobre millones de hectáreas de agostadero.

La dimensión territorial explica por qué este debate tiene importancia estatal. El Censo Agropecuario de 2007 registró que las unidades de producción de Chihuahua abarcaban más de 18.3 millones de hectáreas, de las cuales alrededor de 15.3 millones correspondían a terrenos con pastos no cultivados, agostadero o vegetación enmontada. Es decir, la ganadería chihuahuense depende fundamentalmente de ecosistemas naturales y no de fábricas de alimento capaces de mantener indefinidamente cualquier cantidad o tamaño de ganado.

El diagnóstico científico sobre los pastizales y matorrales áridos de México señala que el sobrepastoreo ha degradado pastizales, reducido su condición y favorecido procesos de deterioro. Los investigadores recomiendan ajustar la carga animal, utilizar sistemas de pastoreo acordes con cada sitio, distribuir adecuadamente el agua, controlar plantas invasoras y recurrir a la resiembra cuando el nivel de degradación lo justifique.

En los sistemas vaca-cría de Chihuahua, la vulnerabilidad no proviene solamente de los precios o de las restricciones comerciales. El sobrepastoreo, la variabilidad de las lluvias, la degradación de los recursos naturales y la falta de reservas forrajeras pueden combinarse hasta convertir una sequía meteorológica en una crisis productiva.

Cuando la carga animal permanece alta durante una sequía, las plantas son utilizadas repetidamente antes de recuperar sus hojas y reservas. Las especies más apetecidas disminuyen, mientras sobreviven plantas menos palatables, arbustos, malezas o especies resistentes al disturbio. Al perderse la cobertura, el suelo queda expuesto al viento y a las lluvias torrenciales. El agua corre sobre la superficie en lugar de infiltrarse, arrastra sedimentos y semillas, forma canales de erosión y reduce todavía más la capacidad del terreno para producir pasto.

Se establece así un círculo difícil de romper: menos cobertura genera menor infiltración; menor infiltración produce menos humedad útil; con menos humedad crece menos forraje; al existir menos forraje, el ganado consume las plantas restantes con mayor intensidad. El rancho termina dependiendo de alimento externo y de la extracción de agua para sostener una producción que el ecosistema ya no puede respaldar.

Restaurar el pastizal no significa llenarlo de árboles.

En el lenguaje cotidiano se habla con frecuencia de “reforestar los pastizales”. Técnicamente, esa expresión puede provocar errores. Un pastizal natural no es un bosque incompleto ni una superficie vacía que deba cubrirse indiscriminadamente con árboles. Es un ecosistema propio, dominado por gramíneas, hierbas, microorganismos y, según el sitio, una presencia determinada de arbustos.

Plantar árboles de manera masiva en una pradera natural puede alterar el hábitat de aves y fauna de pastizal, modificar la disponibilidad de agua y aumentar la competencia con las gramíneas. En muchas regiones de Chihuahua, la necesidad principal no es la forestación, sino la restauración, revegetación o resiembra del agostadero con especies nativas apropiadas para cada suelo y régimen de lluvia.

En áreas de matorral degradado o en zonas donde históricamente existieron mezquites, huizaches, encinos, táscates u otras especies leñosas, sí puede ser conveniente recuperar árboles y arbustos nativos. Pero esa decisión debe sustentarse en el tipo de vegetación original, el suelo, la altitud y la disponibilidad hídrica. La restauración no consiste en plantar por plantar, sino en reconstruir funciones ecológicas.

La resiembra de pastizales es una herramienta reconocida para sitios donde las gramíneas deseables han disminuido a tal grado que la recuperación natural sería demasiado lenta. INIFAP advierte que se trata de una práctica costosa y riesgosa, particularmente en zonas áridas donde una temporada sin lluvias puede impedir el establecimiento de las semillas. Por ello, debe aplicarse con preparación del suelo, selección correcta de especies, exclusión temporal del ganado y un plan de manejo posterior.

Sembrar pasto para introducir inmediatamente el mismo número de animales que destruyó la cobertura sería desperdiciar la inversión. La restauración necesita descanso, control de carga, monitoreo y tiempo. En algunos sitios bastará reducir el pastoreo y permitir la recuperación natural; en otros será necesario controlar erosión, construir bordos en curva de nivel, dispersar el escurrimiento, retener sedimentos, rehabilitar cárcavas o establecer islas de vegetación.

Los estudios de restauración en ambientes áridos muestran que las gramíneas perennes pueden ayudar a reducir la erosión a corto plazo, mientras la combinación espacial de pastos y arbustos puede favorecer la recuperación de distintas funciones del ecosistema. Sin embargo, el éxito depende enormemente de la lluvia posterior al establecimiento y de la protección de las plántulas.

El pasto es también una obra de infraestructura hídrica.

Cuando se habla de infraestructura para el agua, normalmente se piensa en presones, pozos, pilas, tuberías, bombas solares o bebederos. Todas estas obras pueden ser necesarias, pero la cubierta vegetal también funciona como infraestructura. Las hojas reducen la velocidad de las gotas de lluvia; los tallos frenan el escurrimiento; las raíces crean poros, sujetan el suelo y favorecen la infiltración; el material seco protege la superficie contra el sol y disminuye la evaporación.

Un terreno desnudo puede recibir una tormenta intensa y perder buena parte del agua en escurrimientos. Un pastizal con cobertura suficiente retiene el flujo durante más tiempo, permite que una proporción mayor penetre en el suelo y conserva humedad disponible para las plantas. La pérdida de vegetación, en contraste, incrementa la erosión, disminuye la infiltración y genera mayor producción de polvo.

Restaurar los pastizales no producirá por sí solo la recarga profunda de todos los acuíferos ni resolverá la sobreexplotación causada por extracciones superiores a la disponibilidad. Sería incorrecto presentarlo como una solución milagrosa. Sin embargo, sí puede mejorar el funcionamiento hidrológico del suelo, reducir la pérdida de agua y sedimentos, conservar humedad y favorecer la productividad vegetal.

Además de alimentar al ganado, los pastizales capturan carbono en sus raíces y suelos, protegen la biodiversidad, ofrecen hábitat para polinizadores y fauna silvestre, reducen tolvaneras y sostienen actividades cinegéticas y culturales. Su recuperación debe considerarse una inversión productiva, no un gasto ornamental.

La sequía no siempre es la única culpable.

En el campo es común atribuir el deterioro exclusivamente a la falta de lluvia. La sequía es determinante, pero sus efectos dependen de la condición en que encuentra al agostadero. Un terreno con cobertura, reservas de raíces, suelo estable y carga conservadora puede resistir mejor un año seco. Uno que ya se encuentra sobreutilizado puede colapsar después de una temporada desfavorable.

Los estudios en pastizales muestran que las cargas pesadas vuelven la producción animal más sensible a las variaciones de temperatura y precipitación. En años húmedos, una carga alta puede ofrecer más kilos por hectárea; en años secos, la pérdida productiva y ecológica puede ser considerable.

Durante una sequía evaluada en ranchos de Wyoming, el peso al destete llegó a disminuir hasta aproximadamente 45 kilogramos entre los años más secos y los más húmedos. Aunque las condiciones no son idénticas a Chihuahua, el resultado muestra hasta qué punto la productividad del sistema vaca-cría depende de la disponibilidad climática de forraje.

La respuesta tradicional ha sido comprar alimento, perforar más pozos, transportar agua o vender animales cuando ya han perdido condición corporal. Estas medidas pueden evitar muertes inmediatas, pero suelen ser más caras que una estrategia anticipada. La adaptación exige establecer fechas de decisión: reducir el hato antes de que se agote el pasto, destetar anticipadamente, conservar potreros de reserva, vigilar la lluvia de primavera y verano, y mantener vacas capaces de reproducirse con recursos moderados.

La vaca más rentable puede no ser la más grande.

Para un ganadero, la discusión solamente será viable si también tiene sentido económico. Un animal pequeño no representa una ventaja cuando el comprador castiga excesivamente el becerro, cuando la vaca tiene baja fertilidad o cuando el productor debe mantener más vientres para generar el mismo ingreso. Por eso, la evaluación debe incluir el costo de suplementación, porcentaje de preñez, mortalidad, longevidad, tasa de destete, kilos vendidos por hectárea y margen neto, no solamente el precio por becerro.

Una vaca moderada puede ofrecer valor económico cuando permanece preñada durante años difíciles, necesita menos alimento para conservar condición corporal y vuelve a ciclar después del parto. Una vaca grande que falla reproductivamente durante la sequía ocupa espacio, consume forraje y no entrega un becerro. En sistemas extensivos, la fertilidad suele tener un efecto económico mayor que una diferencia moderada en el peso individual al destete.

La adaptación tampoco tiene que significar un cambio absoluto de raza. Chihuahua puede comenzar seleccionando dentro de sus propios hatos. En prácticamente todas las razas comerciales existen líneas más grandes y más moderadas. El productor puede eliminar vacas excesivamente pesadas que destetan poco en relación con su tamaño, conservar hijas de madres fértiles y longevas, utilizar toros con peso adulto moderado y registrar qué familias mantienen mejor la condición corporal durante la sequía.

También pueden desarrollarse cruzamientos planificados con Criollo, Corriente, Brangus moderado u otros biotipos adaptados, sin perder de vista la calidad de canal, la docilidad, el color, el peso y las exigencias del mercado. El cruzamiento debe diseñarse con objetivos claros y no como una mezcla improvisada.

No existe una raza capaz de corregir el sobrepastoreo.

Sería peligroso convertir a las razas pequeñas en una nueva promesa comercial. Ningún bovino, por eficiente que sea, puede evitar la degradación cuando permanece demasiados meses en el mismo sitio, consume repetidamente los rebrotes o supera la producción anual de forraje.

Los estudios de manejo de agostaderos insisten en que la herramienta fundamental sigue siendo la carga animal. Cambiar cercos o aplicar pastoreo rotacional no garantiza por sí solo una recuperación. Una amplia síntesis científica encontró que no existe evidencia suficiente para presentar la rotación como una solución universal superior al pastoreo continuo; los resultados dependen principalmente de la intensidad de uso, el clima, el suelo y la capacidad del administrador para responder a las condiciones.

En otras palabras, mover demasiadas vacas de un potrero a otro sigue siendo sobrepastoreo. La rotación puede mejorar la distribución y facilitar descansos, pero no crea forraje. El productor debe calcular la carga con datos de producción vegetal, ajustar el número de unidades animales y conservar una fracción suficiente de la planta para que pueda continuar fotosintetizando, formar raíces y proteger el suelo.

La estrategia climática recomendada para los agostaderos incluye cargas conservadoras, variación de las temporadas de uso, optimización del tamaño y la composición del hato, reservas forrajeras, mejor distribución del agua y manejo activo de la vegetación y el suelo.

Una transición gradual, medible y diseñada desde cada rancho.

Chihuahua no necesita reemplazar de un año para otro todos sus vientres Angus, Hereford, Charolais o Brangus. Una decisión de esa magnitud destruiría capital genético, afectaría la uniformidad de los becerros y podría generar un problema comercial mayor que el que pretende resolver.

La transición razonable debe comenzar con información. Cada rancho podría pesar sus vacas adultas, estimar unidades animales, medir porcentaje de preñez, registrar kilos destetados por vientre expuesto y calcular cuánto cuesta mantener cada familia genética. Después sería posible comparar vacas grandes y moderadas bajo las mismas condiciones.

Los programas públicos de mejoramiento genético deberían dejar de premiar exclusivamente el crecimiento, la talla y el peso. También tendrían que financiar pruebas de fertilidad bajo sequía, eficiencia materna, consumo residual, longevidad, tolerancia al calor, desplazamiento y aprovechamiento del paisaje. Las asociaciones ganaderas, universidades, INIFAP y productores podrían establecer hatos demostrativos con Criollo Rarámuri y cruzamientos comerciales, evaluados durante varios años en distintas regiones de Chihuahua.

La comercialización también necesita adaptarse. Mientras el comprador pague únicamente por tamaño y apariencia, muchos productores evitarán las vacas moderadas aun cuando sean más eficientes. Se requieren esquemas que valoren la calidad, la trazabilidad, la producción sustentable y los kilogramos obtenidos por hectárea, además del peso individual.

El verdadero cambio consiste en producir con lo que el territorio puede dar.

Durante mucho tiempo, la ganadería intentó modificar el desierto para sostener al ganado: perforó pozos, extendió tuberías, desmontó vegetación, sembró forrajes y compró suplementos. Muchas de esas acciones hicieron posible la actividad económica y permitieron sostener comunidades rurales. Pero el costo de continuar forzando el sistema es cada vez más alto.

La siguiente etapa podría invertir la lógica: en lugar de obligar al territorio a mantener animales que exceden su capacidad, seleccionar animales compatibles con el territorio. Vacas menos pesadas, más fértiles, caminadoras, resistentes y capaces de producir con dietas variables podrían formar parte de esa reconciliación.

La discusión no debe convertirse en una confrontación entre ganado “fino” y ganado criollo, ni entre tradición y modernidad. Lo moderno, en un contexto de sequía y sobreexplotación, es utilizar la genética disponible para disminuir riesgos. Conservar las virtudes comerciales de las razas actuales y recuperar la adaptación de los bovinos criollos puede ser más inteligente que insistir en un solo modelo.

El futuro de la ganadería de Chihuahua no dependerá únicamente del número de becerros exportados ni del peso alcanzado en la báscula. Dependerá de que todavía exista suelo, vegetación y agua para criar a la siguiente generación de animales. Una vaca más pequeña puede ser parte de la solución, pero solamente cuando detrás de ella existe un hato más eficiente, una carga animal responsable y un pastizal al que finalmente se le permite respirar.

Conclusiones.

Chihuahua debe reconsiderar el predominio de animales de gran talla porque su mantenimiento exige más forraje y energía, reduce la cantidad de vacas que el terreno puede sostener y aumenta el riesgo económico durante las sequías. Esto no obliga a desechar las razas comerciales actuales, sino a seleccionar líneas de tamaño moderado y probar cruzamientos con biotipos adaptados.

Las razas pequeñas y el Rarámuri Criollo ofrecen características que merecen una investigación y adopción mayores: menor peso adulto, movilidad, aprovechamiento más amplio del paisaje y adaptación a ambientes variables. No obstante, sus beneficios productivos, comerciales y ambientales deben comprobarse en cada región.

Reducir el tamaño del ganado no sustituye la disminución de la carga animal. Si el productor aumenta el número de vacas hasta consumir el mismo volumen total de forraje, la presión sobre el agostadero permanecerá intacta.

Finalmente, la restauración debe enfocarse en pastos, hierbas, arbustos y árboles nativos según el ecosistema original. Los pastizales naturales no deben forestarse indiscriminadamente. Recuperar su cobertura permite proteger el suelo, conservar humedad, mejorar la infiltración, reducir la erosión y reconstruir la base alimentaria de la ganadería.

Fuentes técnicas y científicas consultadas.

La investigación se sustentó en documentos y estudios de INEGI, INIFAP, CONABIO, Conagua, el Gobierno del Estado de Chihuahua, USDA Agricultural Research Service, Natural Resources Conservation Service, New Mexico State University y artículos científicos publicados en Rangeland Ecology & Management, Journal of Arid Environments, Livestock Science, Agriculture y otras revistas especializadas. Entre los trabajos centrales se encuentran las investigaciones sobre tamaño adulto y eficiencia de vacas de carne, unidades animales y capacidad de carga, comportamiento del ganado Rarámuri Criollo, vulnerabilidad de los sistemas vaca-cría y rehabilitación de pastizales áridos.

El planteamiento central no es sustituir indiscriminadamente las razas actuales, sino construir un modelo de vacas de talla moderada, carga animal reducida, genética adaptada y restauración del agostadero.

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