Entre murales y memorias: La historia olvidada de la Ex Hacienda de Los Remedios.

Pese a su valor, la Hacienda de Los Remedios se encuentra al borde del colapso. La falta de interés de autoridades municipales, estatales y federales ha dejado el inmueble sin protección. Actualmente, algunas áreas son utilizadas como vivienda improvisada y establo para almacenar forraje, lo que acelera la degradación de la estructura y de los murales.

Reportaje Especial / HISTORIASMX. – A unos cuantos kilómetros del Ejido División del Norte, al sur del municipio de Jiménez, se levantan los muros viejos de lo que alguna vez fue la Hacienda de los Remedios, una construcción que hoy yace abandonada, devorada por el tiempo y la indiferencia del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) por sus siglas.


En medio del desierto, entre piedras, mezquites y viento seco, aún se distinguen las viejas paredes, la chimenea de la cocina, los restos de las habitaciones y un aire de historia que parece aferrarse a cada ladrillo.

Fue ahí donde don Vicente Acosta, habitante del ejido y uno de los pocos testigos que guarda memoria viva del lugar, compartió con esta reportera los recuerdos que ha conservado desde su infancia.
“Yo vine aquí en el 54, tenía cuatro años —recuerda—. Mi papá trabajaba como peón en la hacienda. En ese tiempo ya había pasado a segundas manos, porque los primeros dueños, según decían, eran los Rousset, unos judíos. Se dedicaban a la ganadería, tenían mucha caballada y hasta soldados llegaron a tener aquí”.

El relato fluye entre la nostalgia y el asombro. Según cuenta don Vicente, la vida en la hacienda era dura, pero estable. Los trabajadores vivían en casitas cercanas, las esposas atendían el hogar y los hijos estudiaban en una pequeña escuela que el hacendado mismo financiaba.


“El dueño pagaba al maestro, éramos como diez niños nada más. Ahí está todavía el pizarrón, en una de las paredes viejas”, dice mientras señala los muros agrietados.

El tiempo del ejido.

El cambio llegó en la década de los sesenta. “El ejido se formó en el 62 o 63, y desde entonces empezamos a vivir ya como ejidatarios”, explica.
Aun así, la hacienda siguió habitada algunos años más: “Todavía vivió gente aquí hasta hace unos 10 o 12 años. Después ya quedó sola, abandonada”.

En su andar por los restos del casco principal, don Vicente va reconstruyendo el mapa de lo que alguna vez fue un complejo agrícola y ganadero.
“Allá era la cocina, donde está la chimenea. En aquel cuarto estaba el comedor; por esa ventanita les pasaban la comida a los invitados. Las habitaciones estaban comunicadas. Aquí era el jardín… y más allá había una viña”, describe con precisión.

El recorrido se mezcla con la historia y la leyenda. A pocos metros, entre cerros y piedras, se localiza la Cueva de los Remedios, un sitio que guarda pinturas rupestres y vestigios de antiguos pueblos indígenas. “Según dicen, ahí hacían rituales los primeros mayas o los Tobosos, no se sabe bien”, comenta el ejidatario.

El panteón olvidado.

Un poco más lejos, perdido en el desierto, se encuentra un pequeño panteón.
“La mayoría de las tumbas son de niños, entre uno y tres años —dice don Vicente con voz baja—. No sé si fue una enfermedad o algo, porque eso fue de mucho antes. A veces vienen familiares de lejos, pero está muy abandonado”.

El silencio que envuelve el lugar habla de abandono, de memoria rota. Ninguna señal, placa o resguardo oficial existe en el sitio.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), pese a conocer de su existencia, no ha intervenido para preservar la ex hacienda ni sus vestigios. Las paredes continúan cayendo, el techo ha desaparecido y el saqueo ha dejado huellas visibles en lo que fueron las habitaciones y bodegas.

Entre Pancho Villa y la leyenda del Siete Leguas.

El relato de don Vicente se enciende cuando menciona el paso de la Revolución por la zona.
“Dicen que Pancho Villa pasó por aquí, y que se llevó el caballo del dueño, una yegua que le decían Siete Leguas”, cuenta mientras sonríe.


Según la versión que él heredó de los mayores, Villa pidió al hacendado que le prestara un caballo, pero uno de los trabajadores, por travesura o por astucia, le dijo que había una más bonita escondida: la yegua preferida del patrón.

Villa la vio, la montó y se la llevó, pese a la negativa del dueño. Tiempo después, el revolucionario fue detenido en Torreón y, al escapar, volvió a Jiménez. “Dicen que regresó y le dijo al dueño: ‘Tienes tantas horas para irte, o si vuelvo y te hallo, te voy a colgar’. Y el dueño se fue”, narra don Vicente.

Esa historia, transmitida de generación en generación, se convirtió en parte del mito local.
“Pancho Villa venía por aquí rumbo a Rellano, donde tuvo una batalla fuerte. Quitaron los rieles al tren de los federales, y ahí hubo muertos y balas grandes como cañones”, relata con detalle.

Los Murales centenarios que resisten el abandono.

Murales que viajan desde el viejo continente.

Los frescos se encuentran en el pasillo principal del acceso a la hacienda, distribuidos simétricamente: dos a la derecha y dos a la izquierda, separados por puertas que conducen a las recámaras originales. Cada mural, contenido en recuadros ovalados de 1.5 metros por 50 centímetros, ilustra escenas de cacería y pastoreo en bosques de coníferas, un entorno que contrasta con el paisaje desértico de Jiménez.

Dos de los murales muestran escenas de cacería típicas de la nobleza europea: tres hombres elegantemente vestidos —con ropa color café y sombrero— participan en la actividad. Uno apunta con un rifle a un par de venados; otro levanta la mano, mientras un tercero dispara a patos volando en la distancia. En la continuación, un Pointer Inglés sostiene en su hocico un pato abatido, observado por un hombre detrás de unos arbustos, reforzando la hipótesis de que los dueños de la hacienda provenían de Europa, posiblemente Inglaterra.

Los otros dos murales narran la vida de pastoreo: un rebaño de ovejas avanza entre frondosos bosques, mientras un hombre con túnica azul y morral café, apoyado en un bastón, guía a un Collie de pelo largo, raza europea. Estas imágenes no solo revelan escenas cotidianas de los hacendados, sino también sus raíces y preferencias culturales lejanas al medio local.

El abandono amenaza la historia.

Pese a su valor, la Hacienda de Los Remedios se encuentra al borde del colapso. La falta de interés de autoridades municipales, estatales y federales ha dejado el inmueble sin protección. Actualmente, algunas áreas son utilizadas como vivienda improvisada y establo para almacenar forraje, lo que acelera la degradación de la estructura y de los murales.

“La naturaleza podría borrar todo con una fuerte lluvia, pero la intervención humana también ha causado daños irreversibles. Sin protección, estos murales se perderán y quedará solo el registro fotográfico”, advierte Selene Ulate, periodista que ha documentado el sitio.

Testimonios que preservan la memoria.

Don Miguel, habitante de avanzada edad que vivió de cerca los últimos años de esplendor de la hacienda, recuerda:
“Todo eso recorrí yo cuando era joven. Me tocó llevar mucho ganado para esa hacienda y para la Sierra del Diablo. Esas gentes tenían ganado para aventar para arriba, muy ricos los dueños, pero caciques. Y aquí también pasó Pancho Villa, se llevó a la famosa yegua Siete Leguas.”

Las palabras de don Miguel, sumadas a los murales, las chimeneas, las recámaras y los pasillos, forman un testimonio vivo de la historia de la región, de la vida de los trabajadores y de los momentos decisivos de la Revolución Mexicana en esta zona.

Un patrimonio olvidado.

Sin intervención oficial, la Ex Hacienda de Los Remedios corre el riesgo de desaparecer, llevándose consigo siglos de historia, arte y memoria. Cada mural, cada piedra, cada trazo labrado en cantera —como la fecha de 1906— es un recordatorio de que el desierto no solo guarda silencio, sino también la necesidad urgente de rescatar y proteger este patrimonio histórico.

Por: Gorki Rodríguez / Selene Ulate / HISTORIASMX-LABP

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