El 4 de junio de 1912, Francisco Villa fue colocado frente a un pelotón de fusilamiento por orden de Victoriano Huerta. Una yegua aparece en el origen del conflicto, pero los documentos revelan una historia más profunda: una disputa por el mando militar, el desprecio hacia los revolucionarios populares y una ejecución sumaria que pudo cambiar el rumbo de México.
Reportaje de investigación | Gorki Belisario Rodríguez Ávila.
Jiménez, Chihuahua.— Antes de convertirse en el jefe de la poderosa División del Norte, antes de tomar Ciudad Juárez, gobernar Chihuahua y encabezar algunas de las batallas más importantes de la Revolución mexicana, Francisco Villa estuvo frente a una pared en Jiménez, rodeado por soldados que esperaban la orden de disparar.
Era la madrugada del 4 de junio de 1912.
Villa tenía entonces 33 años. No era todavía el caudillo cuya imagen recorrería periódicos, corridos y películas. Era un general brigadier honorario al mando de una brigada irregular incorporada al Ejército Federal para combatir la rebelión de Pascual Orozco.
Frente a él estaba el pelotón. Detrás de la orden se encontraba el general Victoriano Huerta.
La ejecución no se consumó. Sin embargo, durante algunos minutos, posiblemente segundos, la vida de uno de los personajes más importantes del siglo XX mexicano quedó suspendida en un cuartel de Ciudad Jiménez.
Jiménez en el centro de la guerra.
El episodio no ocurrió de manera aislada. Jiménez era entonces uno de los puntos estratégicos de la campaña militar contra Pascual Orozco. Las vías del ferrocarril permitían movilizar tropas, artillería, caballos, alimentos y comunicaciones entre Torreón, Chihuahua y Parral.
En marzo de 1912, Orozco se rebeló contra el presidente Francisco I. Madero. El antiguo dirigente maderista acusaba al nuevo gobierno de incumplir las promesas de la Revolución. Su movimiento consiguió importantes apoyos en Chihuahua y derrotó al Ejército Federal durante la primera batalla de Rellano.
Ante el avance orozquista, Madero encomendó la campaña al general Victoriano Huerta. El 10 de abril ordenó a Villa ponerse bajo su autoridad. Las fuerzas villistas participaron después en Tlahualilo, Conejos, Escalón y la segunda batalla de Rellano, librada los días 22 y 23 de mayo. Tras la derrota de Orozco, las fuerzas federales avanzaron hasta Ciudad Jiménez.
Es importante no confundir aquella División del Norte Federal, comandada por Huerta, con la célebre División del Norte revolucionaria que Villa encabezaría a partir de 1913. En 1912, Villa todavía combatía del lado del gobierno constitucional de Madero y se encontraba subordinado —al menos formalmente— a los militares profesionales del antiguo Ejército Federal.
Allí comenzó una relación condenada al enfrentamiento.
Dos maneras de entender la guerra.
Huerta representaba al ejército permanente formado durante el Porfiriato: jerarquías rígidas, obediencia absoluta y oficiales educados en instituciones militares. Villa provenía de otro mundo. Era un combatiente irregular, conocedor del terreno, seguido por rancheros, vaqueros, mineros y hombres que le obedecían por lealtad personal.
Aunque Huerta reconocía la utilidad militar de Villa, los oficiales de carrera lo consideraban un improvisado. Su nombramiento como general “honorario” no eliminó esa distancia. Los federales continuaron viendo a las tropas revolucionarias como fuerzas auxiliares que debían someterse o desaparecer una vez terminada la emergencia.
El INEHRM interpreta el intento de fusilamiento como parte de una lucha por el poder militar dentro del gobierno de Madero. Detrás del choque personal estaba la resistencia del antiguo Ejército Federal a reconocer como iguales a los hombres que habían participado en el derrocamiento de Porfirio Díaz.
La tensión había aumentado días antes. Tomás Urbina, uno de los principales lugartenientes de Villa, fue acusado de saquear propiedades de la compañía Tlahualilo. Huerta quiso fusilarlo, pero Villa y otros jefes irregulares amenazaron con abandonar la campaña. Huerta cedió, aunque la confrontación dejó una herida abierta.
La yegua: entre el expediente y la leyenda.
La memoria popular redujo el conflicto a una frase irresistible: “A Pancho Villa casi lo fusilan por robarse una yegua”.
La investigación documental obliga a contar una historia más compleja.
En el telegrama enviado desde Jiménez al presidente Madero, Huerta acusó a Villa de apropiarse “sin derecho alguno” de bienes ajenos y de negarse a devolver caballos y otros objetos. También sostuvo que Villa había armado a sus aproximadamente 300 hombres y los había preparado para desobedecer la orden de marchar hacia Santa Rosalía, hoy Ciudad Camargo.
El testimonio posterior del general Guillermo Rubio Navarrete ofrece una versión diferente. Según el militar, algunos integrantes de la División Federal robaron una yegua pura sangre y alguien hizo circular, “en broma”, que Villa era el autor. Rubio afirmó que Huerta inicialmente no dio importancia al asunto.
El Archivo General de la Nación registra otra variante: la yegua se encontraba bajo resguardo de los villistas y fue decomisada por un oficial federal. Villa habría exigido que se la devolvieran, lo que produjo una discusión que terminó transformándose en una acusación de insubordinación. El periódico El Tiempo, en su edición del 5 de junio de 1912, recogió versiones contradictorias sobre la detención.
Por lo tanto, está documentada la existencia de una disputa relacionada con una yegua de buena calidad. Lo que no puede afirmarse con la misma certeza es que Villa personalmente la hubiera robado.
Tampoco aparece en el telegrama de Huerta ni en el testimonio de Rubio Navarrete el nombre de “La Muñeca” o “Siete Leguas”. Las versiones que identifican al animal con esos nombres y lo vinculan con la familia Russek o con la Hacienda de Los Remedios pertenecen principalmente a la tradición regional y a publicaciones posteriores. Son datos valiosos para estudiar la memoria oral de Jiménez, pero no están confirmados en las fuentes militares revisadas.
La yegua existió como elemento del conflicto. Convertirla en la única causa del fusilamiento, sin embargo, oculta la verdadera dimensión política del episodio.
La orden de “no dejar ni astillas”
Villa había expresado su intención de separarse del mando de Huerta. Una versión señala que quería regresar a la vida civil; otra, contenida en el testimonio de Rubio Navarrete, afirma que pretendía continuar la campaña contra Orozco por su cuenta.
El mensaje que Villa intentó enviar a Madero no habría llegado a su destino porque el telégrafo estaba controlado por el cuartel general de Huerta.
Rubio Navarrete recordó que Huerta le informó que Villa pretendía sublevarse. El general le ordenó tomar la fuerza necesaria, rodear el cuartel villista y ametrallarlo.
Rubio cumplió parcialmente la instrucción. Mandó cercar el edificio, pero antes de atacar decidió verificar la situación. Encontró a Villa dormido junto a varios oficiales federales. No observó preparativos de rebelión ni una amenaza inmediata, por lo que regresó para informar a Huerta. El comandante ya se había retirado a dormir.
Poco después, Villa salió del cuartel, fue detenido y llevado ante las autoridades militares.
La primera orden había sido ametrallar a Villa y a sus hombres dentro del edificio. La segunda fue todavía más directa: fusilarlo.
Frente al pelotón.
Al amanecer, Rubio Navarrete fue informado de que Villa sería ejecutado frente a su cuartel. Cuando salió encontró al prisionero dentro del cuadro de ejecución y a los soldados preparando sus armas.
El testimonio de Rubio, reproducido décadas después en documentación de la Cámara de Diputados y retomado por el historiador Friedrich Katz, asegura que suspendió el fusilamiento bajo su propia responsabilidad. Tomó a Villa del brazo y lo condujo ante Huerta.
El testigo señaló una circunstancia decisiva: “no hubo consejo de guerra, ni siquiera capilla”. No existía una sentencia formal ni un procedimiento concluido. Se trataba de una orden sumaria emitida por el comandante de la División.
Villa se encontraba profundamente afectado. Rubio lo describió hincado y llorando. En sus memorias, ordenadas literariamente por Martín Luis Guzmán años después, el revolucionario no negó aquel llanto. Lo convirtió en una confesión humana: “Yo dejo que el mundo juzgue mis lágrimas”.
La escena contradice la imagen de bronce construida posteriormente alrededor del Centauro del Norte. Villa sintió miedo, impotencia o rabia. Tal vez las tres cosas. No estaba cayendo en combate, rodeado por sus hombres, sino a punto de morir acusado de traición por el mismo gobierno al que había servido.
Reconocer sus lágrimas no disminuye al personaje. Lo devuelve a su condición humana.
¿Quién salvó realmente a Villa?
Esta es la parte más discutida de la historia.
La versión popular sostiene que un telegrama del presidente Madero llegó en el instante preciso, cuando el pelotón estaba a punto de disparar. Algunas narraciones atribuyen la intervención a Emilio Madero; otras mencionan a Raúl Madero, a Francisco Castro, a Rubio Navarrete o a una combinación de todos ellos.
El INEHRM considera que Rubio Navarrete detuvo la ejecución y que también intervinieron Raúl Madero y el presidente, mediante una orden telegráfica. El Archivo General de la Nación reconoce las peticiones de los hermanos Raúl y Emilio Madero y las sucesivas interrupciones del fusilamiento, pero señala que existen diversas versiones sobre la instrucción final.
El propio Huerta intentó adjudicarse la decisión. En el telegrama que envió al presidente sostuvo: “A Villa le he perdonado la vida estando dentro del cuadro que debía ejecutarlo”. Afirmó que había decidido escucharlo, abrir una averiguación y enviarlo a la Secretaría de Guerra.
La declaración de Huerta parece una justificación construida después de los hechos. Presenta como acto de clemencia lo que otros testimonios describen como una ejecución suspendida por la resistencia de varios oficiales.
Existe, además, un dato que obliga a moderar la historia del telegrama providencial. La historiadora Guadalupe Villa Guerrero, apoyándose en el expediente conservado en el Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional —expediente XI/489/50—, señala que la respuesta documentada de Madero fue: “Pase a la Secretaría de Guerra, para que proceda conforme a la ley”. No fue una orden explícita de libertad o indulto.
La conclusión más rigurosa es que la intervención directa de Rubio Navarrete está respaldada por el testimonio más detallado. Las gestiones de oficiales maderistas también fueron importantes. La existencia de un telegrama presidencial que llegó exactamente cuando se gritaba “¡apunten!” no puede descartarse por completo, pero tampoco está demostrada con la claridad que sugieren las narraciones populares.
La versión de Huerta.
En su comunicación a Madero, Huerta presentó a Villa como una amenaza para la disciplina. Informó que había desarmado a sus 300 hombres y los había distribuido entre distintos cuerpos de la División Federal. Advirtió, además, que cualquier soldado que expresara inconformidad sería ejecutado.
El documento revela la dureza del mando militar. Huerta no estaba resolviendo solamente un conflicto relacionado con un animal. Estaba desarticulando una fuerza armada que obedecía personalmente a Villa y que podía convertirse en un poder independiente.
También resulta contradictorio que Huerta describiera a Villa como un hombre “sumamente útil” y, al mismo tiempo, como un peligro que relajaba la disciplina. Esa contradicción resume su relación: valoraba sus capacidades, pero no estaba dispuesto a tolerar su autonomía.
La acusación formal terminaría incluyendo insubordinación, desobediencia y robo. Es decir, el expediente judicial fue construido después de que Villa ya había estado frente al pelotón.
Primero se ordenó la muerte. Después se abrió la averiguación.
El tren de los prisioneros.
Ese mismo 4 de junio, Villa fue colocado en un tren con destino a la Ciudad de México. La fotografía y los testimonios conservados sitúan el episodio en el entorno ferroviario y militar de Jiménez, aunque las fuentes consultadas no permiten identificar con absoluta precisión el muro o edificio exacto que sirvió como paredón.
El 7 de junio llegó preso a la capital y el día 11 comenzó su proceso. Fue recluido inicialmente en la Penitenciaría de Lecumberri y posteriormente trasladado, el 7 de noviembre, a la prisión militar de Santiago Tlatelolco. Durante meses escribió al presidente Madero para reclamar justicia, pero no obtuvo una respuesta directa que resolviera su situación.
En la Navidad de 1912 escapó con la ayuda de Carlos Jáuregui, empleado del juzgado militar. Cruzó hacia Estados Unidos y llegó a El Paso en los primeros días de enero de 1913.
Villa seguía considerándose leal a Madero. Desde la prisión y después desde el exilio había advertido sobre los riesgos que representaba Huerta. Sus temores resultaron fundados.
En febrero de 1913, Huerta traicionó al gobierno durante la Decena Trágica. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron asesinados. Poco después también fue asesinado Abraham González, gobernador de Chihuahua y uno de los principales protectores políticos de Villa.
Entonces el antiguo prisionero regresó a México.
El hombre que Huerta no pudo matar.
La historia adquirió un giro casi trágico. El hombre que Huerta estuvo a punto de fusilar en Jiménez se convirtió en uno de los principales responsables de la destrucción de su ejército.
Villa regresó a Chihuahua en 1913 con un pequeño grupo. En pocos meses reunió a miles de combatientes y encabezó la nueva División del Norte. Tomó Ciudad Juárez, derrotó a los federales en Tierra Blanca, ocupó Chihuahua y avanzó hacia el centro del país.
La victoria de Zacatecas, el 23 de junio de 1914, quebró una parte fundamental de la capacidad militar del régimen. Menos de un mes después, Huerta renunció a la presidencia.
Afirmar que Villa destruyó por sí solo al huertismo sería exagerado. La derrota del régimen fue resultado de la acción conjunta de diferentes ejércitos constitucionalistas y de una crisis política nacional. Pero la División del Norte fue una fuerza decisiva.
Si los rifles hubieran disparado aquella madrugada de 1912, la Revolución mexicana habría seguido su curso, pero difícilmente habría sido la misma. La División del Norte quizá habría surgido bajo otro mando o con otra composición; las campañas de Chihuahua, Torreón y Zacatecas habrían tenido protagonistas y resultados distintos.
Es una especulación imposible de demostrar, pero permite comprender la trascendencia del episodio ocurrido en Jiménez.
Lo comprobado y lo discutido.
| Afirmación | Evaluación histórica |
|---|---|
| Villa fue llevado ante un pelotón en Ciudad Jiménez | Ampliamente documentado. Ocurrió el 4 de junio de 1912. |
| Huerta ordenó su ejecución inmediata | Confirmado por testimonios militares, cronologías oficiales y el expediente posterior. |
| No existió consejo de guerra antes del fusilamiento | Confirmado por el testimonio de Rubio Navarrete. |
| Todo ocurrió únicamente por el robo de una yegua | Engañoso. El animal fue un detonante, pero el fondo fue la acusación de insubordinación y la lucha por el mando. |
| Villa robó personalmente la yegua | No está demostrado. Rubio afirmó que otros elementos la sustrajeron y que a Villa se le atribuyó el hecho. |
| La yegua se llamaba “La Muñeca” o era “Siete Leguas” | Tradición posterior no confirmada en los principales documentos militares revisados. |
| Pertenecía a la familia Russek de Los Remedios | Versión regional que requiere respaldo documental adicional. |
| Un telegrama de Madero llegó cuando iban a disparar | Posible, pero discutido. Las fuentes atribuyen la suspensión a varias personas. |
| Rubio Navarrete intervino directamente | Es la versión con el testimonio presencial más detallado. |
| Existe una fotografía del momento | Sí. Un estudio publicado por el INAH la identifica como “Villa a punto de ser fusilado”, tomada en Jiménez en junio de 1912. |
Jiménez, el lugar donde la historia contuvo el aliento.
La memoria de Ciudad Jiménez suele concentrarse en las batallas de Rellano, pero el intento de fusilamiento de Villa posee una importancia nacional propia.
En este lugar se cruzaron dos ejércitos y dos ideas de autoridad. Por un lado, los militares profesionales que pretendían recuperar el control del país después de la caída de Porfirio Díaz. Por el otro, los jefes populares surgidos de la insurrección, armados y respaldados por hombres que no se sentían representados por los antiguos mandos.
La yegua fue la chispa. El verdadero combustible era la desconfianza.
Huerta quiso resolver la disputa mediante una ejecución inmediata. Rubio Navarrete se negó a permitir que se disparara sin investigar. Villa sobrevivió, fue encarcelado, escapó y regresó para combatir al mismo hombre que había ordenado su muerte.
Más de un siglo después, aquel amanecer continúa atrapado entre los documentos y la leyenda. La tarea del periodismo histórico no consiste en eliminar la memoria popular, sino en colocarla frente al expediente, escuchar sus contradicciones y separar lo verificable de lo que el tiempo fue agregando.
En Jiménez, Pancho Villa no fue inmortal, invencible ni de piedra.
Fue un hombre arrodillado frente a los rifles, consciente de que podía morir sin juicio y sin comprender por completo la acusación levantada en su contra. Lloró, pidió ser escuchado y sobrevivió.
El pelotón no disparó.
Y con ese silencio, la historia de México cambió de rumbo.
Fuentes principales consultadas
- Archivo General de la Nación, fondos presidenciales de Francisco I. Madero y ejemplar de El Tiempo del 5 de junio de 1912.
- Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional, causa contra Francisco Villa, expediente XI/489/50, citado por Guadalupe Villa Guerrero.
- Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, cronología de Francisco Villa e investigación sobre el intento de ejecución.
- Guillermo Rubio Navarrete, testimonio reproducido en la documentación histórica de la Cámara de Diputados.
- Guadalupe Villa Guerrero, “Pancho Villa en prisión (1912)”, revista BiCentenario, Instituto Mora.
- John Mraz, Fotografiar la Revolución mexicana, INAH; análisis de la fotografía y del testimonio recopilado por Friedrich Katz.
- Miguel A. Sánchez Lamego, historia militar de la época maderista, publicada por el INEHRM.
HISTORIASMX
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